Episodio 12Grandes artistas
La fama después de la muerte
7 de diciembre de 2021

Hay un fenómeno que se repite tanto en la historia del arte que ha terminado por convertirse en un lugar común: artistas que hoy son considerados genios fueron, en su momento, rechazados e incomprendidos. No es un caso ni dos. Es tan recurrente que algunos han llegado a decir que la muerte de un artista es el suceso más favorable que puede ocurrirle al éxito de su obra. Vidas miserables y veneración post mortem.
Este es un episodio a cuatro voces, y en él nos acercamos a cuatro grandes de hoy que fueron don nadie ayer. No son los únicos, ni mucho menos: son cuatro casos extremos. Édouard Manet, Vincent van Gogh, Paul Gauguin y Amedeo Modigliani.
Pero todo tiene su porqué, y el porqué no es el mismo en los cuatro aunque el resultado se parezca. De hecho, de estas cuatro historias salen cuatro mecanismos distintos, y conviene tenerlos separados: el poder de la crítica autorizada, el trabajo de promoción que alguien tiene que hacer, el tiempo que el público necesita para asimilar un lenguaje nuevo, y la aritmética fría de la oferta y la demanda.
Manet, o cuando el escándalo lo firma el emperador
A Manet se le llama a menudo el último de los viejos maestros y el primero de los modernos. Y ser el primero en algo, el primero en ir contra la corriente, trae sus problemas de aceptación.
Lo que hizo fue atreverse a romper con la tradición pictórica que había imperado en Europa durante siglos, una tradición que aspiraba a que el artista copiara fielmente la realidad, con su tridimensionalidad, su perspectiva y su claroscuro. Con Manet, la subjetividad del artista empieza a cobrar relevancia: ya no se trataba de copiar la realidad tal cual se ve, sino de plasmarla según el mundo interior de quien pinta. Y las obras dejan de ser del todo agradables o complacientes a la vista.
Para entender el tamaño del desafío hay que entender quién repartía las cartas. Estaba la academia, donde se formaban oficialmente los artistas, y estaban los salones oficiales de pintura, las exposiciones que se celebraban en Francia cada año, y entre las dos instituciones dictaban qué era artísticamente correcto y qué no. Ser aceptado en un salón, y más aún ser premiado, lanzaba a un pintor a la fama. Manet renunció a todo eso y dijo que su camino era otro. En aquella Francia, eso se leía como una actitud contestataria que iba más allá del propio arte y que podía tener sus matices políticos.
1863: el Salón de los Rechazados
En 1863, el emperador Napoleón III conocía las inconformidades que había con las decisiones de los jurados, y aprobó ese año el Salón de los Rechazados, donde podrían exponerse las obras que el salón tradicional no había aceptado. La idea era que el público las viera y sacara sus propias conclusiones.
Ese mismo año, Manet presentó obras al Salón y se las rechazaron, y así fue como «Desayuno sobre la hierba» —también conocido como «Almuerzo campestre»— acabó colgado entre los rechazados. El cuadro estaba inspirado en obras de siglos pasados, pero el escándalo lo provocó la manera de representar el tema. En el centro aparecen dos caballeros vestidos y una dama completamente desnuda, y en un plano más alejado una joven que se lava en el río a medio vestir. El problema era visual y era moral: no era un desnudo idealizado, era un desnudo terrenal.
Según la ficha del Musée d'Orsay, Manet lo expuso en el Salón de los Rechazados de 1863 con otro título: «Le Bain», «El baño». El nombre por el que hoy lo conocemos, «Le Déjeuner sur l'herbe», se impuso después. La obra se conserva hoy en ese museo de París.
Y hay una anécdota famosa. Ocurrió el día en que se inauguraba el Salón de los Rechazados, en el mismo edificio donde se celebraba el salón de los admitidos. Hasta allí se presentó el emperador acompañado de su esposa. Napoleón III se detuvo ante el cuadro y dijo que aquello era una inmoralidad, y la emperatriz le dio la espalda a la obra. Con eso bastó para que los periodistas se hicieran eco del desprecio imperial en medios y periódicos.
Lo que no ocurrió es que aquel fuera el último Salón de los Rechazados: el episodio recoge que el emperador anunció que no daría más permisos, pero la Wikipedia francesa registra ediciones posteriores en 1864, 1873, 1875 y 1886, aunque advierte que llamarlas así es un abuso de lenguaje; la inglesa da 1874, 1875 y 1886.
Olympia, 1865
Si algo hay que admirarle a Manet es que no se daba por vencido. Volvió a presentarse al salón tradicional con «Olympia», en 1865, y esta vez se la admitieron. Hay quien sostiene que el jurado la aceptó precisamente para que la humillación fuera mayor que la vez anterior. En el cuadro, una joven prostituta desnuda ocupa el centro y mira directamente al espectador.
Si ese era el propósito, se cumplió con creces. Las personas que fueron a la exposición se escandalizaron, los diarios lo llamaron pintor de la indecencia, se lanzaron objetos contra la obra y se gritaron ofensas en voz alta, y hubo que acordonar el cuadro para protegerlo.
En «La Presse», en mayo de 1865, se leía que la multitud se agolpaba, como en la Morgue, ante la Olympia pasada y ante el horrible Ecce homo de Manet. El adjetivo francés de la reseña, faisandée, se usa para la carne manida, la que ya ha empezado a pasarse.
El episodio lee además otra frase de aquella prensa, sobre la fealdad estudiada del personaje y su piel cadavérica; no hemos podido localizar el original ni atribuirla a un crítico concreto, así que la dejamos donde está, sin ponerle firma. Lo que sí está documentado es que el vocabulario de la descomposición —la piel cadavérica, la carne pasada— recorre buena parte de aquellas reseñas.
De aquí se desprende algo que el episodio señala y que sigue igual de vivo hoy: el peso de los agentes del establishment del arte. Si la crítica especializada te despedaza, es muy probable que el público haga lo mismo. El respaldo de los críticos y de las casas de subastas sigue influyendo en el reconocimiento de un artista o de una tendencia.
El reconocimiento, y lo que vino después
Conviene no confundir el rechazo con la ruina. Manet mantuvo una posición económica desahogada a lo largo de su vida; su tragedia fue no ser comprendido por la mayoría de sus contemporáneos. Y aquellas críticas le afectaban, porque su mayor aspiración era brillar y gozar del reconocimiento.
Poco a poco se fue convirtiendo en el núcleo de un grupo de jóvenes artistas que también se oponían a las rígidas formas académicas, hasta quedar como precursor del impresionismo y de las vanguardias del siglo XX. Y hubo un consuelo tardío: ya muy enfermo, recibió la Legión de Honor de la mano de un amigo de la infancia que en ese momento era ministro.
Ese amigo era Antonin Proust, compañero de Manet desde 1844 en el Collège Rollin, según la Wikipedia inglesa sobre Manet, y primer ministro de Artes de Francia, nombrado en 1881, según la francesa sobre Proust. Fue él quien presionó para la condecoración, concedida a finales de 1881. Manet murió el 30 de abril de 1883, a los 51 años, de modo que disfrutó de ella algo más de un año.
Su reconocimiento, tal y como hoy lo valoramos, llegó después de su muerte. Y el episodio lo deja ahí, pero el caso concreto existe y merece contarse, porque es el arco completo de esta historia.
En 1889, alertado el año anterior por el pintor estadounidense John Singer Sargent, Claude Monet lanzó una suscripción pública para comprar «Olympia» y regalársela al Estado francés. En marzo de 1890 el cuadro se compró a Suzanne Manet por 19.415 francos, y poco después entró en el Musée du Luxembourg; lo recogen la Wikipedia inglesa y el Musée d'Orsay. Hubo que esperar a 1907 y a la orden de Georges Clemenceau, entonces jefe del gobierno, para que «Olympia» colgara en el Louvre. Cuarenta y dos años después de que hubiera que acordonarla para que no la destrozaran.
El episodio cierra el caso con una cifra de subasta: «La primavera», del pintor tan rechazado, vendida en el siglo XXI en la casa Christie's. La venta existió y fue un récord, aunque la cifra que damos no es la correcta; está en la fe de erratas del final.
Van Gogh: la fama no llegó sola, la trajo alguien
Van Gogh se convirtió en el Van Gogh admirado después de fallecer. Su vida fue bastante agónica: pintor autodidacta, con una enfermedad psíquica, epilepsia y depresión, hasta el extremo de suicidarse a los 37 años. En vida, su obra fue subestimada y ridiculizada, y aun así no podía vivir sin pintar: era su refugio.
El episodio dice que se cree que solo vendió dos o tres cuadros mientras vivía. La cifra baila según qué se cuente como venta, porque hubo trueques por comida y materiales y algún encargo familiar. Según la Wikipedia inglesa, la única venta documentada a través de una exposición es la de «La viña roja», comprada por 400 francos por la pintora y coleccionista belga Anna Boch en la muestra de Les XX de Bruselas, en 1890. Uno. El cuadro está hoy en el Museo Pushkin de Moscú.
Pero lo importante de este caso no es la miseria: es que la fama de Van Gogh no llegó de la nada. Hubo un factor decisivo, y tiene nombre.
Johanna van Gogh-Bonger
Su cuñada, Johanna van Gogh-Bonger, era la esposa de Theo, el hermano de Vincent. Con una mentalidad muy adelantada para su época, y contra todos los prejuicios que pesaban sobre las mujeres entonces, fue ella quien empezó a promover internacionalmente la obra. En Holanda, en Francia, en Estados Unidos: organizó exposiciones, vendió, preservó las pinturas, ofreció comisiones e hizo contactos con galerías, críticos y artistas. Y fue criticada tanto como la propia obra que defendía.
Tenía además una ventaja que nadie más tenía: había conocido de cerca al pintor y la relación estrecha entre los dos hermanos, y fue sacando a la luz la correspondencia, los testimonios y el mundo interior que había detrás de esas pinturas y dibujos. Gracias a ella la obra de Van Gogh se posicionó en el mercado, y después su hijo continuó la labor.
Johanna van Gogh-Bonger (1862-1925) publicó en 1914 la edición de las cartas entre Vincent y Theo, en tres volúmenes, que es la base de todo lo que sabemos del pintor por su propia voz. El Van Gogh Museum de Ámsterdam le dedicó un proyecto de investigación y una biografía, escrita por Hans Luijten, cuyo título en inglés la presenta sin rodeos como la mujer que hizo famoso a Vincent.
El episodio le atribuye una frase de su diario, que se habría escrito a sí misma diciendo que le había dado un hombre al mundo. No hemos conseguido verificarla, así que la dejamos como lo que es, una frase que el episodio recuerda. Sí está recogida en cambio, a través de la biografía de Luijten, la satisfacción con la que hacia el final de su vida constataba que, después de tantos años de indiferencia e incluso hostilidad públicas hacia Vincent y su obra, la batalla estaba ganada.
De este caso se desprende el segundo mecanismo: en el arte, la promoción es fundamental. Puedes pintar una gran obra, pero si la dejas guardada en casa, si no la exhibes, si no tienes contactos con los agentes del mercado y con los espectadores, es como si no existiera.
Gauguin: el agente de bolsa que se fue al Pacífico
De Van Gogh a Paul Gauguin hay un paso corto, porque en cierta medida fueron amigos. Intercambiaron durante semanas experiencias artísticas en el sur de Francia, y se dice que aquella convivencia terminó en la mutilación de la oreja de Van Gogh, por diferencias de visión y porque Vincent presentía que Gauguin se marcharía. Todo ello al calor de la absenta y los medicamentos, un asunto que da para un episodio entero y que ya tratamos en su momento.
Gauguin fue un hombre que siempre anduvo de aquí para allá buscando inspiración. Lo asombroso es el punto de partida: en su juventud había sido un agente de bolsa exitoso, con esposa y cinco hijos, y una caída de la bolsa fue el pretexto perfecto para renunciar a todo aquello y dedicarse por entero a la pintura.
Con el tiempo empezó a interesarse por la pureza y la simplicidad del arte primitivo, y decidió buscar un paraíso perdido, no contaminado por la cultura occidental. Fue a Tahití y después a las Islas Marquesas, donde se insertó en aquellos modos de vida. Allí murió en 1903, pobre y con 54 años; hay quien apunta a la sífilis. Las obras que produjo allí están hoy entre las más caras del arte moderno.
El episodio atribuye ese éxito internacional a las exposiciones del marchante Ambroise Vollard, y la atribución es justa, aunque conviene completarla.
Vollard abrió su galería en la rue Laffitte de París en 1893. Compraba a Gauguin a través del marchante Chaudet, y tras la muerte de este, a finales de 1899, pactó directamente con él un adelanto de 300 francos mensuales. La consagración póstuma, sin embargo, llegó con la gran retrospectiva del Salon d'Automne de 1906, tres años después de su muerte.
Porque Gauguin tampoco consiguió el reconocimiento hasta morir. Al contrario: sus cuadros fueron maldecidos y motivo de burla, y sus figuras se compararon con mamarrachos.
Por qué tardó tanto: el tiempo de asimilación
Los tres artistas mencionados hasta aquí se relacionan con el impresionismo y el posimpresionismo, tendencias muy chocantes para su época en lo estético. El público no estaba entrenado para asimilar ese lenguaje pictórico. Y es lógico que una tendencia que rompe con lo anterior necesite tiempo para ser asimilada: a veces años, a veces décadas, a veces siglos.
Aquí está el tercer mecanismo, y es más sutil de lo que parece. El impresionismo y el posimpresionismo fueron la antesala de las vanguardias del siglo XX, y fue precisamente lo que vino después lo que los volvió aceptables. Una vez que las vanguardias rompen definitivamente con la manera tradicional de pintar, o que Marcel Duchamp expone un urinario como obra de arte, los impresionistas pasan a verse como algo normal. No cambiaron los cuadros: cambió la escala con la que se medían.
Modigliani: una sola exposición, clausurada
El cuarto es Amedeo Modigliani, artista italiano de las vanguardias. Quien haya estudiado arte lleva en la memoria los cuellos largos y estilizados de sus figuras, y es hoy uno de los artistas más importantes del siglo XX y de los más codiciados.
En vida no disfrutó nada de eso: vivió en la miseria. Tenía mala salud desde pequeño, abusó de las drogas y del alcohol y se sumergió en las noches interminables del París bohemio de principios del siglo XX. Murió a los 35 años. Y aun con una vida tan corta fue capaz de crear un estilo propio, totalmente identificable, con una paleta muy particular.
Tuvo una sola oportunidad de exponer, la única de su vida, y se la censuraron por el escándalo que provocaron algunas piezas de desnudo. Es la misma exposición que mencionamos en el episodio sobre el desnudo artístico.
Según la Wikipedia inglesa, la muestra se inauguró el 3 de diciembre de 1917 en la galería de Berthe Weill, en la rue Taitbout de París, y la policía la clausuró el mismo día de la inauguración. El motivo: los desnudos expuestos en el escaparate, visibles desde la calle. La exposición siguió, probablemente, tras retirar los cuadros del escaparate.
Y para colmo de males, cuando parecía que no había encontrado la fama pero sí el amor, le llegó la muerte, y su pareja se suicidó lanzándose por una ventana estando embarazada.
Era Jeanne Hébuterne, pintora, que se quitó la vida dos días después de la muerte de Modigliani, embarazada de ocho meses.
La cifra con la que el episodio cierra este caso sí es exacta: en 2015 se vendió una obra suya por 170 millones de dólares. Fue «Nu couché», rematada en Christie's de Nueva York el 9 de noviembre de 2015 por 170,4 millones, récord del artista. La compró el coleccionista Liu Yiqian; lo recogen las fichas de Modigliani y de Liu en la Wikipedia inglesa.
El cuarto mecanismo: menos obra, más valor
De Modigliani se desprende el último factor, y es el más incómodo de los cuatro porque no tiene nada que ver con el arte. Muchos de estos artistas murieron jóvenes, así que su producción es limitada en cantidad, y eso —sencilla oferta y demanda— empuja el valor de cada pieza hacia arriba. Sin olvidar el talento, que es la condición previa.
Más allá de las cifras, estas cuatro vidas demuestran cómo el arte puede convertirse en el único asidero espiritual y vital de una persona. Incomprendidos, ofendidos, rechazados y desconocidos, los cuatro continuaron produciendo.
Y conviene medir bien lo que eso costaba. En la época de los impresionistas y los posimpresionistas, renunciar a exponer en los salones oficiales era una decisión peligrosísima en lo económico, porque era allí donde las clases adineradas compraban arte. Renunciar al salón era renunciar a una clientela fija y a una posición desahogada: una vía miserable casi segura. Aun así la asumieron, y a eso se le llama pasión por lo que haces.
En este episodio damos un dato incorrecto. Decimos que «La primavera» («Le Printemps») de Manet se vendió por 165,6 millones de dólares, y la cifra correcta es de 65.125.000 dólares: ese fue el precio alcanzado en Christie's de Nueva York el 5 de noviembre de 2014, un récord para el artista, y el comprador fue el Museo J. Paul Getty de Los Ángeles. Los 165 millones corresponden al total recaudado por la sesión completa de arte impresionista y moderno de esa noche, no por el cuadro.
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- El Salón de los Rechazados reaparece en 3 casos de censura en el arte.
- El caso contrario, el de un pintor que sí hizo fortuna en vida, lo contamos en TIZIANO: el afortunado pintor.
- La absenta y los medicamentos al calor de los cuales transcurre lo de Van Gogh y Gauguin, y el mito del artista maldito, los tratamos en Arte, drogas, locura y alcohol.
- La exposición de Modigliani que la policía clausuró en 1917 vuelve a aparecer en Desnudo… ¿artístico o pornográfico?.
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