Episodio 10Arte y sociedad
Arte, drogas, locura y alcohol
23 de noviembre de 2021

La historia del arte y el consumo de sustancias adictivas han mantenido una relación bien cercana en cada época. Muchísimos de los artistas más famosos de la historia son conocidos por ser ávidos consumidores de alcohol, fármacos y drogas recreativas.
¿Por qué ocurre esto? ¿Es realmente un modo de desarrollar la creatividad, como dicen algunos? A lo anterior hay que sumarle los trastornos mentales de algunos artistas, que en combinación con las drogas han ayudado a construir ese estereotipo del genio loco.
Este episodio no da una respuesta cómoda, y hace bien. Lo que hace es recorrer los casos, y al final los casos dicen algo distinto de lo que dice el mito.
Por qué los artistas
Hay determinadas profesiones que sufren estereotipos, y los artistas tienen fama de locos, raros, bohemios. Algunos lo asocian a la sensibilidad extra que necesitan para enfrentar sus procesos de creación, y a que a veces son personas con modos de vida más desinhibidos.
Sin duda es una profesión que necesita indagar mucho en la psiquis y en las emociones humanas: trabajos muy subjetivos, que conllevan una reinterpretación de la realidad más allá de lo que vemos, de ahí que los artistas suelan tener un mundo interior bastante complejo.
El consumo recurrente de psicofármacos y alcohol a lo largo de la historia está vinculado, en parte, a la búsqueda de inspiración. Pero no es el único motivo, y esa es la clave del episodio: hay quien las usó como supuesta vía para que llegue la musa, hay quien las vio como un modo de apartarse del mundo real, como un refugio, y hay quien simplemente consumía por recreación.
Tres motivos distintos que el mito del genio loco confunde en uno solo.
El laudano, protagonista del siglo XIX
Hay una historia que combina los tres factores, y gira alrededor de un protagonista: el laudano.
Desde el siglo XVII, un médico llamado Thomas Sydenham ideó una fórmula de laudano que se hizo muy popular y se comenzó a producir en Londres con fines terapéuticos, porque calmaba dolores y ansiedad, entre otros males. Y se podía consumir libremente, como una aspirina que compras en la farmacia.
Ese detalle es el que hay que retener. No estamos ante una sustancia clandestina: estamos ante el analgésico normal de la época, a la venta sin receta. Pero en dosis mayores de la necesaria producía un estado de éxtasis que le resultó muy atractivo a ciertos escritores y pintores, que veían en él un modo de aislarse del mundo y llegar a la inspiración.
Puede decirse que el laudano se fue convirtiendo en una sustancia de los bohemios, de quienes viven una vida donde el arte va por encima de todo lo demás y de las convenciones sociales.
Los prerrafaelitas, y la tragedia de Lizzie Siddal
Un claro ejemplo de esto está en la Inglaterra del siglo XIX, con los prerrafaelitas: una hermandad pequeña de pintores ingleses rebeldes que desafiaban el estilo de pintura establecido por la Royal Academy, y cuyo nombre viene de que su referente ideal era la pintura italiana anterior al Renacimiento, precisamente antes de Rafael.
Como muchos artistas de su época, estuvieron asociados al uso del laudano. Y eso terminó en una tragedia dentro de la hermandad.
La que se llevó la peor parte fue Elizabeth Siddal, musa y esposa de Dante Gabriel Rossetti, uno de los miembros. Elizabeth fue modelo de ellos, aunque su relación amorosa fue con Rossetti, y era además pintora y poetisa. Cayó en una depresión tras la pérdida de su hijo y un matrimonio poco feliz, y se quitó la vida con laudano.
Según la Wikipedia en inglés, Elizabeth Siddal murió el 11 de febrero de 1862 de una sobredosis de láudano, tras hundirse en una depresión por la pérdida de su bebé. El forense dictaminó muerte accidental; que fuera un suicidio es una sospecha, y se habla de una nota que Rossetti habría encontrado. Cuando el episodio dice que se quitó la vida, aquí y en el cuadro que sigue, cuenta esa sospecha.
Por eso Rossetti la inmortalizó en Beata Beatrix, una de sus obras maestras, donde representa a su amada Lizzie como la Beatriz de Dante Alighieri. El cuadro está lleno de símbolos: un ave roja, interpretada como la muerte, que pone en las manos de Beatriz una flor de amapola, haciendo referencia de un modo muy poético a cómo Lizzie se quitó la vida. No en vano al laudano se le ha llamado el néctar divino de la amapola.
Y después viene lo que parece una leyenda y no lo es. Rossetti enterró a su amada junto a un libro de sus poemas; tiempo después cambió de idea y exhumó el cadáver para extraer los poemas.
Según la Wikipedia en inglés, ocurrió en octubre de 1869, en el cementerio de Highgate, en Londres. El libro se recuperó y se desinfectó, y los poemas se publicaron en los Poems de 1870.
Henri Michaux, que convirtió el consumo en método
Otro caso interesante vinculado al laudano —y a todo lo demás que se pudiera probar— es el del poeta y pintor belga Henri Michaux: mescalina, LSD, hachís. La lista es larga.
Michaux experimentó la creación con varias sustancias para observar los resultados en sus pinturas abstractas, recreando en sus trazos los efectos alucinógenos. Una forma peculiar y peligrosa de desplegar la creatividad.
Conviene marcar la diferencia con todos los demás casos del episodio: Michaux no consumía para inspirarse ni para huir. Consumía para documentar. La droga no era el combustible de la obra: era su objeto de estudio.
Van Gogh y la teoría de la digital
Si se habla de locura, drogas y artistas, Van Gogh no puede faltar. Es el artista bohemio por excelencia: aislado, con problemas maníaco-depresivos, sin dinero. Encarna también el mito del artista maldito, ese cuya vida es una desgracia, y cuya vida termina de manera trágica tras haber vendido malamente un par de cuadros.
Hay algo curioso: existe la teoría de que el color de sus cuadros está relacionado con una droga llamada digital, que se utilizaba en aquella época para tratar problemas mentales y que le recetaba su doctor, Paul Gachet. El consumo prolongado puede alterar la percepción de los colores, de manera que se ve el mundo con una especie de filtro amarillo, un color muy presente en su obra. Y de hecho, en el cuadro Retrato del doctor Gachet se ve junto al médico una planta de digital.
El episodio lo dice con la cautela correcta —«pero bueno, es una teoría»—, y conviene reforzar esa cautela, porque las objeciones son serias:
La teoría sostiene que la xantopsia —ver amarillo— vendría del consumo de digoxina, extraída de la dedalera, que es la planta que aparece en el retrato. Pero, según Arnold y Loftus en la revista Eye (1991), no está documentado que Van Gogh llegara a tomarla; y su preferencia por el amarillo es anterior a 1889, y se ve en obras como los Girasoles, pintados antes de su estancia en Saint-Rémy.
O sea: la planta del cuadro es real, la teoría es antigua, y la evidencia no la sostiene. Es un ejemplo perfecto de cómo se fabrica el mito del artista maldito: un detalle verdadero, una inferencia razonable, y una conclusión que nadie comprueba.
La absenta, y el mito que el episodio desmonta
La absenta tiene una estrecha relación con el mundo del arte. Muchos la consideran la droga maldita de los artistas bohemios de la belle époque parisina, a finales del XIX y principios del XX. En Francia la llamaban la Fée Verte —el hada verde— o musa verde, y la consumían Picasso, Manet, Degas, Toulouse-Lautrec, Gauguin, Oscar Wilde. Prácticamente todo el mundo.
Los artistas se reunían en los bares a la llamada hora verde y bebían aquel brebaje porque creían que contribuía a su creatividad. Se dice que el efecto era similar al de la marihuana: desorientación, alucinaciones. Era legal hasta que la prohibieron en 1915.
Y aquí el episodio hace algo que merece subrayarse: desmonta su propio mito. Hay estudios que dicen que la absenta no es tan potente como se piensa y que existe toda una leyenda alrededor de ella; que lo que provocaba aquel sentimiento de enajenación era simplemente su alto contenido alcohólico; y que, probablemente, Van Gogh estaba muy ebrio cuando se cortó la oreja.
La investigación moderna le da la razón. La tuyona, el compuesto del ajenjo al que se culpaba de las alucinaciones, resulta inofensiva en las dosis que contiene la absenta. Las prohibiciones van de 1906, en Bélgica, a 1915, en Francia. Que las impulsaran el movimiento antialcohólico y la industria del vino lo sostiene un autor moderno, según la Wikipedia en inglés.
Estados Unidos, mediados del siglo XX
Dos grandes de la abstracción tienen un final trágico producto de las drogas y el alcohol: Mark Rothko y Jackson Pollock. Artistas muy talentosos que se dejaron arrastrar.
Rothko acabó con su propia vida causándose heridas mortales después de consumir una sobredosis de fármacos. Pollock pasó gran parte de su vida siendo adicto al alcohol, hasta morir por conducir ebrio, aunque también se dice que pudo haber sido un suicidio.
Las fichas, según la Wikipedia en inglés: Rothko fue hallado muerto en su estudio de Nueva York el 25 de febrero de 1970, a los 66 años, tras una sobredosis de barbitúricos y cortarse una arteria del brazo derecho con una cuchilla. No dejó nota.
Pollock murió el 11 de agosto de 1956, a los 44, cerca de East Hampton, en un accidente de coche él solo, con alcohol de por medio. No iba solo en el coche: murió también su acompañante Edith Metzger; Ruth Kligman sobrevivió.
Ese último dato no suele contarse cuando se romantiza el final de Pollock, y cambia bastante la historia.
Warhol y la Factory
Dentro del arte pop está Andy Warhol, más conocido por fomentar un ambiente de drogas que por consumirlas: siempre negó consumirlas. En su conocida Factory, el estudio que él mismo fundó, se reunían todo tipo de artistas y personas excéntricas, y se decía que allí podía pasar cualquier cosa. También había drogas en variedad.
De ahí se deriva la historia de su musa, Edie Sedgwick, una joven atractiva de la alta sociedad que se internó en ese mundo neoyorquino buscando nuevas experiencias y que, como la musa de Rossetti, terminó acabando con su vida.
Aunque la historia es bastante distinta, y el episodio lo señala bien: la atracción de Warhol por ella no era romántica. Todo indica que le parecía un tipo de mujer ideal —como a él le habría gustado ser si fuera mujer— y la encontró perfecta para sus películas. Cuando la joven falleció no estaban en buenos términos, y se cuenta que él no le dio importancia a su muerte.
Y aunque presumía de no consumir, sí tomaba un medicamento para lograr una mejor concentración en su trabajo.
Ese medicamento era el Obetrol, una anfetamina en pastillas. Según Brigid Berlin, su confidente, Warhol tomó una o dos cada día hasta que murió; según su biógrafo Victor Bockris, lo dejó a finales de 1968 y pasó al Dexamyl.
Basquiat
Su gran amigo y otro de los artistas más importantes de su tiempo, Jean-Michel Basquiat, era conocido por su adicción a la heroína, que cada vez lo volvió menos creativo porque lo aislaba demasiado del mundo, hasta acabar con su vida con tan solo 27 años: esa edad maldita en la que han muerto tantos artistas conocidos.
Basquiat es el ejemplo de artista que consumió para combatir su inseguridad y sus miedos, y que gracias a ello daba esa imagen de enfant terrible del mundo del arte. Un alivio temporal que a la larga sale demasiado caro.
Según la Wikipedia en inglés, murió el 12 de agosto de 1988 de una sobredosis accidental de heroína, en su casa de Great Jones Street, en Nueva York. La muerte de Warhol, en febrero de 1987, le había afectado.
El que lo cuenta desde dentro
Hay un contraste llamativo, y el episodio lo señala: en el deporte el consumo de estas sustancias está penado, y en el arte es tan común que se acude a ellas buscando un plus que lleve más allá de las capacidades reales — y eso se ve como algo relativamente normal.
La experiencia del artista inglés Damien Hirst es reveladora. Ha reconocido su consumo de drogas y alcohol y ha dicho que sí, que ayudan a enfrentar la vida y su dolor; pero también que le gustaba la droga como vía de escape y que al final te aleja de la vida. Por ese motivo, según dice, lleva ya varios años sobrio.
Su trabajo juega mucho con la muerte y los fármacos, y ha confesado que para él las drogas ocupan un lugar entre la vida y la muerte donde lo malo no parece tan malo, porque lo estás viendo bajo sus efectos. Es, para quien no lo recuerde, el artista que vendió el famoso tiburón en 12 millones de dólares, y que para muchos ni siquiera es artista.
Hirst es el único de la lista que habla en primera persona y en pasado. Los demás son casos contados por otros; él cuenta el suyo, y lo que dice no es que le arruinara la obra, sino que le alejaba de la vida.
Cien artistas en una sola sala
Un dato curioso: en París, en 2013, el museo La Maison Rouge acogió una exposición titulada Bajo la influencia, sobre las drogas y el arte, que reunía tanto a artistas que habían trabajado sobre las drogas como a los que habían trabajado bajo su influencia. Estaban cerca de 100 artistas: entre ellos Basquiat, Damien Hirst, Takashi Murakami, Nam June Paik y Carsten Höller.
Cien. Eso es lo que hace pensar.
¿Y aportó algo?
La pregunta de cierre es la buena: ¿el consumo de estas sustancias le aportó de veras creatividad, talento o genialidad al mundo del arte?
La respuesta del episodio es la correcta, y conviene reproducirla entera. El talento y las drogas no están ligados en sí, ni tampoco la locura con el talento. Lo que hay es gente con una capacidad de crear que la hace un poco distinta: personas de gran sensibilidad, que sufren, que cargan con una percepción otra del mundo, y para quienes las sustancias están ahí siempre como tentación. Para unos, un modo de enajenarse de la realidad, de sus enfermedades y de sus tormentos; para otros, simplemente ocio, uno muy peligroso.
Así que sí: las drogas han tenido un papel importante en la historia del arte. Pero no determinan la capacidad creativa ni el talento, ni hacen de cualquiera un artista. Ha habido grandísimos creadores sin vidas tormentosas que no recurrieron a ellas.
Y para cerrar, la frase que mejor resume todo el episodio, de Salvador Dalí: dijo una vez que no consumía drogas porque él ya era una droga.
Una precisión sobre un dato que damos en el episodio: decimos que Andy Warhol tomaba Adderall para concentrarse, y ese medicamento no existía en su tiempo. Lo que tomaba era Obetrol, una anfetamina, desde el invierno de 1962-63. Cuánto tiempo, las fuentes no coinciden: según su biógrafo Victor Bockris, lo dejó a finales de 1968, tras los disparos, y pasó al Dexamyl, que el propio Warhol decía tomar en 1972; su confidente Brigid Berlin contó que tomaba una o dos al día hasta su muerte en 1987. La confusión tiene su gracia, porque no es casual: el Obetrol se reformuló y en 1996 pasó a llamarse Adderall. Lo recogen el archivo Warholstars sobre 1963 y la ficha del Adderall en la Wikipedia en inglés.
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