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Desnudo… ¿artístico o pornográfico?

5 de octubre de 2021

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arte desnudo

El protagonista de este episodio es bastante polémico: lleva siglos y siglos generando debates, reacciones opuestas, caritas ruborizadas, censuras, alabanzas. Es el desnudo artístico.

Y las preguntas son dos: ¿cuándo el cuerpo humano desprovisto de ropas puede considerarse arte? ¿Qué diferencias existen entre un desnudo artístico y uno obsceno o pornográfico?

Acompaña Jenny, que lleva investigando el tema desde hace un buen tiempo.

Un profesor, un Courbet y una cuenta bloqueada

El episodio arranca con un caso que lo dice todo.

Hace unos años un profesor francés subió a su muro de Facebook la obra El origen del mundo, de Gustave Courbet, para aportar información sobre ella. Es una obra paradigmática dentro del patrimonio francés y de la historia del arte, que muestra el sexo de una mujer desnuda en primer plano. La pintó Courbet en 1866.

Para sorpresa del profesor, Facebook bloqueó su cuenta por considerar inapropiado el post. Y el caso fue a parar a un juzgado por una obra que está expuesta en el Museo de Orsay, en París.

La historia completa es todavía mejor que el resumen, y vale la pena tenerla entera:

Ocho años de pleito. El profesor se llama Frédéric Durand-Baïssas, es maestro, y le cerraron la cuenta sin aviso previo tras publicar el cuadro, en 2011. Reclamaba 20.000 euros —había perdido cientos de contactos y todas sus publicaciones anteriores—, la reactivación de la cuenta y una explicación.

En 2018 el tribunal de gran instancia de París dictaminó que Facebook había hecho mal en cerrarle la cuenta, pero no le concedió indemnización, con el argumento de que había podido abrirse un perfil nuevo. El asunto se cerró en 2019, ocho años después de la demanda, con un acuerdo: Facebook donó una cantidad no revelada a la asociación francesa de arte urbano Le MUR.

Y hay un efecto que importa para todo lo que viene después: en 2015 Facebook cambió su política de desnudos, y desde entonces sus normas dicen explícitamente que permiten fotografías de pinturas, esculturas y otras obras de arte que representen figuras desnudas.

O sea: la excepción artística que hoy invocan todas las plataformas nació, en parte, de un maestro enfadado.

Por qué la norma existe y aun así falla

El mecanismo lo explican bien, y conviene retenerlo porque es la causa de todo lo demás. Facebook e Instagram no permiten la publicación de desnudos, para evitar contenidos pornográficos y obscenos, pero según sus regulaciones sí aceptan obras de arte donde se muestran figuras desnudas.

¿Entonces? Son millones y millones de usuarios publicando, por lo tanto hay algoritmos que determinan qué se acepta y qué no, y al ser un proceso mecánico a veces se cometen errores.

El resultado tiene consecuencias bien serias: limita la creación de los artistas y dificulta la promoción y la venta.

El ejemplo que traen es la Casa Museo de Rubens en Flandes, muy afectada porque muchas de sus obras son desnudos emblemáticos del siglo XVI —del XVI, dice el episodio; en realidad Rubens (1577-1640) pintó en el XVII—, hasta el punto de que el turismo de la región se estaba viendo perjudicado. Su respuesta fue filmar un experimento: cada vez que entraba una persona al museo, los guardias le preguntaban si tenía cuenta en Facebook, y si decía que sí se le impedía ver los desnudos expuestos en la sala. El objetivo era demostrar con un ejemplo práctico y gracioso lo absurdo que pueden llegar a ser esos algoritmos.

Conviene precisar que los guardias eran actores y el vídeo es una acción de la oficina de turismo de Flandes, pero los visitantes, según Reuters, eran reales, y que detrás hubo algo más serio: según contó AP el 28 de julio de 2018, más de una docena de responsables de arte belgas escribieron a Mark Zuckerberg y ambas partes acordaron reunirse.

Y un apunte que el propio episodio suelta de pasada y que conviene no perder: hasta la Venus de Willendorf, una escultura prehistórica, ha tenido sus problemillas en Facebook.

Para qué ha servido el desnudo, en cuatro tiempos

Siempre ha habido detractores, pero también siempre el ser humano ha tenido la necesidad de recurrir a él, desde hace miles de años y con diferentes motivos:

  • Prehistoria: atraer la fertilidad. Por eso la Venus de Willendorf no tiene un rostro definido pero sí muy exaltadas las caderas y los órganos sexuales.
  • Antigua Grecia: el desnudo era visto como algo normal, y a través de él se trató de crear un patrón de belleza humana ideal. De ahí las esculturas de atletas desnudos, simétricos, sin imperfecciones.
  • Medievo: se satanizó, era el símbolo del pecado.
  • Renacimiento: el desnudo se utilizó para estudiar la anatomía, y nace el David — que, por cierto, en determinados momentos no fue visto con muy buenos ojos.

De ahí sale el principio que ordena el episodio entero: la moral que predomina en cada época define si este tipo de desnudo es aceptado o no.

El vello púbico, que es donde estaba la frontera de verdad

Esta es la mejor idea del episodio, y está casi escondida.

Otros artistas utilizan el desnudo como sinónimo de franqueza: me muestro desnudo como un gesto de sinceridad para enseñarte mis pensamientos. El caso son los autorretratos desnudos del austriaco Egon Schiele, que ni siquiera empleaba espejos para representarse a sí mismo, porque no le interesaba pintar su imagen real sino sus conflictos internos, su cuestionamiento sobre la sexualidad y el erotismo. Por eso no son desnudos agradables a la vista: son más bien hirientes, tan convulsos como el mundo interior de su autor.

Sus obras han sido también censuradas en las redes, y uno de los motivos era nada más y nada menos que por mostrar vello púbico.

Aquí Jenny se permite una confesión que vale la pena rescatar: «Uno de mis sueños es ir al Museo Leopold, en Austria, para poder ver frente a frente una buena cantidad de obras» de Schiele. Es el mismo Museo Leopold de Viena que custodia la mayor colección del artista, y cuyas obras, semanas después de este episodio, acabaron en la cuenta de OnlyFans que abrió la oficina de turismo de Viena, según NPR (20 de octubre de 2021).

Y entonces llega el paralelismo, que es de los que dejan callado: en pleno siglo XXI está ocurriendo lo mismo que en 1917, cuando una exposición del italiano Amedeo Modigliani provocó un escándalo porque contenía una obra que mostraba vello púbico femenino.

Merece la ficha entera, porque es todavía peor de lo que suena:

La única exposición individual de Modigliani en vida. Se inauguró el 3 de diciembre de 1917 en la Galerie Berthe Weill, en el número 50 de la rue Taitbout de París. La policía interrumpió la inauguración el mismo día, por ultraje al pudor.

El detonante fue que Weill había colgado los desnudos en el escaparate, a la vista de la calle. Y el escándalo era exactamente ese: Modigliani había pintado vello púbico, un tabú absoluto en la pintura académica de la época.

Según el relato de Francis Carco, el comisario exigió retirar los desnudos, y la exposición solo pudo reanudarse una vez retirados.

Puestos uno al lado del otro, 1917 y hoy, sale la conclusión que el episodio apunta sin rematar: durante siglos el límite no estuvo en mostrar el cuerpo, sino en mostrarlo como es. El desnudo idealizado pasaba; el real, no. Los algoritmos no inventaron esa frontera: la heredaron tal cual.

Cut Piece: el cuerpo que se vuelve la obra

Hubo un momento en el que el ser humano dio un paso aún más osado y decidió que su propio cuerpo de carne y hueso se volviera arte. Entonces los artistas, a través del performance, llevaron sus cuerpos desnudos a situaciones límite para hacer críticas sociales.

El ejemplo es Cut Piece, «pieza cortada», de Yoko Ono, realizado en varios países y en diferentes épocas: la primera versión en 1964 en Japón, y la segunda al año siguiente en Nueva York.

Precisión al audio, que se salta una función: la primera fue en Kioto, el 20 de julio de 1964; la segunda, en Tokio, en el Sogetsu Kaikan, el 11 de agosto de 1964, y la tercera, en Nueva York, en el Carnegie Recital Hall, el 21 de marzo de 1965.

Yoko Ono se sentaba vestida en medio de un escenario, con una tijera a su lado, delante de un grupo de personas. Esas personas podían por libre y espontánea voluntad acercarse, tomar la tijera y cortarle pedazos de sus ropas. Ella nunca iba a protestar, le hicieran lo que le hicieran.

Y así fue: tanto hombres como mujeres fueron cortando su vestimenta hasta dejar su cuerpo al descubierto. Algunos lo hicieron con más ensañamiento que otros, y la propia Yoko Ono ha confesado que en algunos momentos se sintió amenazada por la tijera, pero nunca se quejó.

Las fechas exactas, según la entrada Cut Piece de la Wikipedia en inglés: 20 de julio de 1964, Yamaichi Concert Hall de Kioto, y 21 de marzo de 1965, Carnegie Recital Hall de Nueva York. Quien se acercaba podía quedarse el trozo de tela, y la versión neoyorquina la filmaron los documentalistas Albert y David Maysles.

La lectura que hacen es la correcta y no es la fácil. La acción nace en un siglo marcado por guerras, violencia y discriminación, así que nos hace reflexionar sobre cómo actúa el ser humano ante un cuerpo que no se puede defender y cuán violento puede llegar a ser. Pero además cuestiona la actitud pasiva de quien presencia una situación desgarradora y nada hace al respecto.

Ahí está lo importante: la obra no juzga solo al que corta. Juzga también al que mira.

El experimento del bikini

Antes de definir nada, el episodio hace algo muy inteligente: demostrar que el desnudo se juzga por el contexto y no por la piel.

Parte de la base ya conocida: lo que tenemos en la mente como normal y correcto es estar vestido, y la desnudez se asocia más bien a espacios íntimos, así que si vemos a alguien sin ropa en un lugar público enseguida se encienden las alarmas.

Y entonces plantea el mismo cuerpo en tres sitios:

  1. Una mujer puede andar con bikini por la playa y nadie se sorprende, porque está en un entorno donde eso es visto como algo normal.
  2. Si esa misma muchacha es actriz y aparece en bikini encima del escenario en medio de una obra teatral, lo más probable es que el público también lo acepte.
  3. Pero si fuera arquitecta y saliera en bikini en medio de una ciudad, sería un escándalo total.

Conclusión: el desnudo puede ser juzgado en mayor o menor medida dependiendo del lugar donde se realice y de quién lo haga.

Y de ahí sale la frase más incómoda del episodio: «por cierto, si es artista, está autorizado a hacerlo». Los artistas tienen determinadas licencias y libertades para convertir el desnudo en algo público, pero eso no implica que deje de haber personas que se escandalicen o sientan herida su moral.

Merece subrayarse porque desmonta el planteamiento cómodo: no existe un desnudo artístico en abstracto. Existe un desnudo que un contexto determinado —una sala, una firma, un marco— autoriza. Y eso es exactamente lo que un algoritmo no puede leer: el píxel es idéntico en los tres casos.

Spencer Tunick, 1.300 personas y unas torres

El artista de obligatoria mención en este episodio es Spencer Tunick, norteamericano, famoso por fotografiar desnudos multitudinarios: maras de personas sin ropas posando para él de manera voluntaria en diferentes ciudades del mundo.

Uno de esos lugares fue Valencia, España, en 2019, donde fotografió a 1.300 personas desnudas de ambos sexos frente a las Torres de Serranos. Según Intramurs, la acción se tituló València, pell del Mediterrani, es decir, València, piel del Mediterráneo.

Y el detalle que lo convierte en obra: las mujeres tenían poses más destacadas que los hombres; ellas estaban de pie, como intentando levantarlos a ellos, que se encontraban en el suelo. El objetivo de Tunick era remarcar el empoderamiento femenino, y por eso eligió una construcción antigua, que venía a representar las viejas maneras de pensar, frente a las personas desnudas como el mundo actual que lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer.

La pregunta que se hacen —¿y por qué esto es arte?— tiene una respuesta limpia: no se queda en el simple hecho de reunir una masividad de personas desnudas, sino que busca un concepto para cada uno de sus trabajos. A cambio, los voluntarios reciben una fotografía firmada por el artista como memoria de la obra en la que participaron.

Dónde está el límite

¿Dónde están los límites entre lo artístico, lo obsceno o lo pornográfico?

Empiezan por la advertencia honesta: dentro de fenómenos tan subjetivos, poner reglas rígidas de clasificación es muy arriesgado y hasta imposible. «¿Tú has escuchado esa frase de que cada persona es un mundo? Bueno, yo creo que cada obra es un mundo también».

Pero sí hay elementos que ayudan a detectar cuándo un desnudo tiene cualidades artísticas:

El desnudo pornográfico es absolutamente explícito. Muestra escenas sexuales prolongadas sin ningún tipo de prejuicios, exhibe exageradamente los genitales y lleva a sus participantes a estados límite, con el único objetivo de provocar la excitación sexual en el espectador. En la misma línea está el desnudo obsceno, donde predomina el interés lujurioso.

Y el matiz que lo hace inteligente: la pornografía utiliza medios de expresión que provienen del mundo del arte —el cine, la fotografía— pero no tiene valores artísticos, precisamente porque se queda en el terreno de lo obvio, de mostrar algo tal cual es para despertar un instinto orgánico, físico.

Frente a eso, el desnudo artístico, en cualquier manifestación, apela al razonamiento del espectador, al plano espiritual y mental. Son desnudos que no se quedan en el simple plano de mostrar un cuerpo sin ropas, sino que son el motivo para cuestionarse o buscar algo más allá.

Con la misma honestidad que conviene destacar: el desnudo artístico puede contener dosis de erotismo, porque este es sugerente, apela a las emociones y a los sentimientos, e incluso puede provocar la excitación. Pero no es esa su prioridad.

También reconocen lo que no hay que esconder: muchas veces el cine y la fotografía usan el desnudo y su componente erótico con un fin comercial para atraer público, pero eso no implica que esas propuestas no tengan cualidades artísticas.

Las respuestas: un archivo y cien cuerpos frente a Facebook

Alternativas no han faltado. La más conocida es la campaña Don't Delete Art, «no elimines el arte», una página web donde se incluyen todas aquellas obras que han sido censuradas o eliminadas de las búsquedas de Facebook e Instagram.

Y no solo la obra: incluyen la fecha en que fue censurada, la red social, las consecuencias que trajo para el artista y la notificación que le llegó. Al leer ese último punto vuelve a llamar la atención lo caóticas que pueden ser las decisiones que toman estos algoritmos, porque muchas veces el motivo nada tiene que ver con lo que expresa ese desnudo artístico.

Uno de los artistas que está en esa página es Spencer Tunick, que por el tipo de fotografías que hace ha sido bastante perjudicado. Su respuesta fue coherente con su obra: encabezó, junto a unas 100 personas desnudas, una manifestación artística frente a las oficinas de Facebook en Nueva York, para mostrar su inconformidad con estas políticas.

Los datos exactos, según la página que le dedica la National Coalition Against Censorship, con la que se organizó: fue el 2 de junio de 2019, en Astor Place, sede de Facebook e Instagram en Nueva York, con 125 participantes, bajo la campaña #WeTheNipple. Y el detalle que la convierte en argumento: los participantes se taparon los pezones con pegatinas que reproducían pezones masculinos fotografiados, para señalar que la norma trata distinto a unos y a otros.

«Continuará»

El cierre es de los que envejecen bien. Muchos dicen que ya estamos en pleno siglo XXI y que el desnudo en el arte es considerado algo normal, pero aunque la mayoría lo asimila, sigue rodeado de tabúes, prejuicios y desconocimiento.

Por eso lo presentan como un primer acercamiento muy general, y avisan: aquí hay tela por donde cortar, porque es un tema inherente al ser humano. Así que, continuará.

Y continuó. Este episodio es de 2021; el podcast volvió sobre el asunto en 2024, y no por gusto: para entonces la censura ya no era un ejemplo ajeno, sino algo que habían sufrido ellas mismas en TikTok y en Instagram.

Merece señalar lo que cambió entre una conversación y la otra. En 2021 los casos eran de museos y artistas —Rubens, Schiele, Tunick—. En 2024 el episodio se abre con dos sanciones al propio podcast, incluida una a una obra de Marina Abramović, Imponderabilia, que ese episodio explica. El tema dejó de ser un debate y pasó a ser un problema de trabajo.

Y hay un detalle que se perdió por el camino: aquí se dice, de pasada, que la Venus de Willendorf ya había tenido problemas en Facebook. Tres años después, el episodio siguiente la menciona como el colmo de lo impensable. La respuesta estaba en la primera parte.


Una precisión sobre un dato que damos en el episodio: al contar el caso del profesor francés que publicó El origen del mundo decimos que el asunto llegó a un juzgado donde la empresa tuvo que admitir que había cometido un error, y no fue así. Facebook negó haber censurado nada durante la vista; lo que ocurrió es que en 2018 el tribunal de gran instancia de París dictaminó que la red social había hecho mal en cerrar la cuenta, aunque no concedió al profesor ninguna indemnización porque había podido abrirse un perfil nuevo. El caso terminó en 2019, ocho años después de la demanda, con un acuerdo por el que Facebook donó una cantidad no revelada a la asociación francesa de arte urbano Le MUR. El profesor se llama Frédéric Durand-Baïssas, es maestro, le cerraron la cuenta sin aviso tras publicar el cuadro en 2011 y reclamaba veinte mil euros. Lo recogen la crónica de la vista en Artnet, la del fallo y el final del caso, también en Artnet y la del acuerdo final en Hyperallergic.

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