
Episodio 25
Publicado el 8 de marzo de 2022
3 casos de censura en el arte
Como supondrás, la censura no es algo nuevo. Para bien o para mal, porque todo es relativo, ha acompañado a la humanidad a lo largo de los siglos. Ya en la antigua Roma existía la figura del censor, un cargo que velaba por las supuestas buenas costumbres de los ciudadanos y el comportamiento de los funcionarios públicos, además de llevar el censo de habitantes y bienes. Tenía la potestad de castigar lo que considerara dañino o inmoral, con expulsiones, impuestos o bajando de clase a las personas. Y dentro del arte, un mundo tan subjetivo, la censura y los censores se han dado banquete en todas las épocas.
El censor romano. La magistratura existió desde el 443 antes de Cristo, y lo que le dio su peso fue el regimen morum, el control general sobre la conducta y la moral de los ciudadanos, según el artículo de la Wikipedia en inglés sobre el cargo.
Para este episodio 25 se eligieron tres casos de censura artística de épocas distintas, cada uno con sus particularidades.
Censurar el arte: por qué
Para bien o para mal, la censura siempre nos ha acompañado, y no se puede generalizar. En algunos contextos quizás es lo que mantiene las cosas bajo un determinado orden y evita el caos. Pero en el mundo del arte, cuando oímos «censura», casi todos la asociamos con algo negativo. Casi nunca se censura una obra por su mala calidad artística, sino por lo que expresa o por cómo lo expresa.
Y la censura puede tener el efecto contrario y elevar el valor de una obra, porque lo prohibido genera noticia y curiosidad. A veces la hace famosa.
Primer caso: Miguel Ángel y las «bragas» de la Sixtina
Pocos saben que una de las mayores censuras de la historia del arte recayó sobre Miguel Ángel y los frescos que pintó en la Capilla Sistina. A principios del siglo XVI, el papa Julio II le encargó la decoración de la bóveda. Y al parecer le dio libertad en el modo de representarla.
El escándalo llegó con el Juicio Final, donde los santos y los beatos aparecían desnudos. No se puede decir que el papa de ese momento protestara, pero sí lo hizo su maestro de ceremonias, Biagio da Cesena, a quien le parecía una representación indecorosa para la capilla de un papa.
Lo que dijo Biagio. La ficha de los Museos Vaticanos recoge la frase que le atribuye Giorgio Vasari en sus Vidas: que aquellos desnudos no eran obra para una capilla del papa, sino para baños y tabernas. El episodio lo resume como que llamó a Miguel Ángel «pintor de prostíbulos».
Biagio atormentó al papa con sus quejas, pero no fue hasta el Concilio de Trento que la Iglesia censuró definitivamente aquellas supuestas indecencias. Se le encargó al pintor Daniele da Volterra cubrirlas, y por eso pasó a la historia, en tono jocoso, como el maestro de las bragas. En algunos casos no solo pintó encima del trabajo de Miguel Ángel: eliminó algunos genitales con cincel, enyesó la zona y pintó su braga. Murió sin llegar a vestir a todas las figuras, y en años posteriores otros pintores siguieron vistiéndolas.
No solo se censuraron desnudos, también poses. Pasó con San Blas y Santa Catalina: Miguel Ángel la pintó a ella desnuda e inclinada hacia adelante, con el santo detrás. Para evitar malas interpretaciones, se vistió a la santa y se modificó la postura de San Blas.
El «braghettone». Según los Museos Vaticanos, la decisión de cubrir las figuras consideradas obscenas la tomó en 1564 la Congregación del Concilio de Trento, y el encargo de pintar los paños, las braghe, fue para Daniele da Volterra, que desde entonces es «il braghettone». Sus paños fueron solo los primeros: en los siglos siguientes se añadieron otros. El artículo de la Wikipedia en inglés sobre el fresco precisa que a San Blas le giró la cabeza para que dejara de mirar a la santa.
Fue una censura de tipo religioso y moral que, con los siglos, adquirió también un valor histórico. A finales del siglo XX se hizo una gran restauración de los frescos de la Sixtina, en la que se podían haber eliminado todas aquellas bragas para dejar los originales de Miguel Ángel, excepto donde había pasado el cincel. Pero se decidió dejar muchos de los paños de Volterra, no ya por censura religiosa, sino por la carga histórica que tienen, ligada al Concilio de Trento, que dio la orden de corregir el Juicio Final. Muchas de las bragas añadidas después sí se eliminaron.
La restauración. Se hizo entre 1980 y 1994, bajo la supervisión de Fabrizio Mancinelli y Gianluigi Colalucci. Retiró aproximadamente la mitad de los añadidos de censura y conservó los del siglo XVI, según el artículo de la Wikipedia en inglés sobre el fresco.
Segundo caso: Goya y la Inquisición
El segundo caso ocurrió en tiempos de la Inquisición, cuando censurar estaba a la orden del día, y está vinculado a Francisco de Goya. Es conocido que la Maja desnuda llevó a Goya ante la Inquisición, porque todo en ella se vio mal. La postura de la modelo, el vello púbico a la vista: se catalogó como obra obscena.
Las majas ante el Santo Oficio. Según el artículo de la Wikipedia en español sobre el cuadro, que cita el catálogo del Museo del Prado, en 1813 las dos majas fueron llevadas al Depósito General de Secuestros, y de allí las reclamó el Tribunal de la Inquisición como «pinturas obscenas» para abrir juicio contra Goya. El pintor salió absuelto por la influencia del cardenal Luis María de Borbón y Vallabriga.
Pero Goya tuvo otro serio problema con la Inquisición, por su serie Los Caprichos. En 1799 la puso a la venta en una tienda de los bajos de la casa donde vivía: 80 grabados. Acompañó la venta con un anuncio en el Diario de Madrid que insistía en que las estampas no representaban a nadie en concreto, sino comportamientos sociales de su época llevados a personajes ficticios. Él sabía por qué hacía esa aclaración. A los pocos días de ponerlos a la venta, con solo 27 ejemplares vendidos, Goya retiró Los Caprichos.
La serie es una sátira de la sociedad española del siglo XVIII y una crítica, enmascarada pero crítica al fin, de la nobleza y del clero. En 1803 Goya se la entregó al rey Carlos IV, de quien era pintor de cámara. Los grabados volvieron a ponerse a la venta, esta vez en la Real Calcografía. Y la Inquisición saltó enseguida, sobre todo por las estampas 23 y 24.
El anuncio y la cesión. Según la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que conserva las láminas en la Calcografía Nacional, el Diario de Madrid anunció la venta el 6 de febrero de 1799 y publicó el último anuncio el 19 de febrero. Un cambio en la situación política, adverso para las libertades, obligó a Goya a retirar la serie. En 1803 cedió las ochenta láminas y las estampas que le quedaban a la Real Calcografía a cambio de una pensión para su hijo. En la carta con que acepta la Real Orden, de octubre de 1803, Goya cifra esas estampas en 240 ejemplares de 80 estampas cada uno.
La estampa 23 muestra un auto de fe: un reo sentado en un banquillo, con la cabeza caída sobre el pecho, como avergonzado, y el secretario leyéndole la sentencia desde el púlpito ante numerosos eclesiásticos. Al pie, Goya escribió «Aquellos polvos», media frase del refrán «aquellos polvos trajeron estos lodos». Es decir, que los sucesos negativos muchas veces son consecuencia de cosas a las que se dio poca importancia en el pasado.
Hasta ahí todo bien, porque puede pensarse que se refiere al reo. Pero muchos de estos grabados circulaban con manuscritos que explicaban su significado, a veces la interpretación que se hacía en alguna tertulia. Y el de esta estampa apuntaba a los eclesiásticos que la llenan.
Los manuscritos. Se conservan tres explicaciones de época de Los Caprichos: la del Museo del Prado, que se tiene por autógrafo de Goya y que busca un sentido moralizante, y las del manuscrito de Ayala y de la Biblioteca Nacional, que subrayan lo más escabroso. Para la estampa 23, el de la Biblioteca Nacional dice que el vulgo de curas y frailes es el que vive de las fiestas de los autillos, los autos de fe menores. Así lo recoge Edith Helman en Transmundo de Goya (Alianza, 1983), según cita el artículo de la Wikipedia en español sobre la estampa.
Goya fue investigado por el Tribunal de la Santa Inquisición. Según el episodio, parece que el rey Carlos IV, o su secretario de Estado, intercedieron en su defensa, y se libró.
Tercer caso: Hitler y el «arte degenerado»
El tercer periodo no es menos escalofriante: los tiempos de Hitler, que arremetió contra todo, arte incluido. El arte le tocaba una fibra sensible: al parecer, de joven había querido ser pintor y no había tenido mucho éxito. Su estilo era realista, tradicional, y en aquel entonces estaban en boga estilos más modernos.
Fue una censura con matices burlescos, de ridiculización. Las vanguardias estaban en pleno auge y él las odiaba. Antes de quemar aquellas obras o venderlas a otros países, mandó organizar una exposición de arte degenerado, en julio de 1937. Allí estaban Ernst Ludwig Kirchner, Otto Dix, Paul Klee, Oskar Kokoschka y Vasili Kandinsky, entre muchos otros.
Odiaba la vanguardia en general, pero la abstracción no la toleraba. En la exposición, a la sala del arte abstracto se la llamó la sala de la locura. Según testimonios de quienes la visitaron, los cuadros estaban amontonados, descuidados, dando la idea de que era algo sin valor. En las paredes había letreros que ofendían las obras. Supuestamente era el arte corrupto de una raza inferior, y si no se actuaba a tiempo contaminaría todo el arte. Dicen que el público llegó a escupirlas.
La exposición. Entartete Kunst abrió en Múnich el 19 de julio de 1937, con unas 650 obras de 112 artistas, muchas sin marco y cubiertas en parte por consignas despectivas. Una de ellas, sobre el arte experimental, decía que la locura se volvía método. Recibió unos dos millones de visitantes en Múnich en cinco meses. Muchas obras se vendieron fuera a precio de saldo y casi 5.000 se quemaron el 20 de marzo de 1939. Así lo cuenta el artículo de la Wikipedia en inglés sobre la exposición.
Salvando las distancias, recuerda al Salón de los Rechazados de 1863, donde expusieron Manet y los impresionistas, del que el podcast habló en su episodio 12. Allí la censura fue también social, porque la mayoría no entendía aquel arte diferente y lo abucheó con todas sus fuerzas.
La censura del régimen nazi trajo detenciones, y muchos de estos artistas fueron apartados de la docencia: pérdidas irreparables para el arte de ese periodo. Con razón se dice que algunas personas fueron a la exposición porque sabían que sería la última vez que podrían ver aquellas obras.
¿Qué nos queda?
Tres casos de épocas distintas y de distinta índole: religiosa, moral, de ideología política. Siendo realistas, la censura va a seguir existiendo, porque siempre viene del que tiene poder sobre otro, como forma de resguardar sus intereses o su manera de pensar.
El arte contemporáneo la sigue sufriendo. Ahí está el artista chino Ai Weiwei, cuya obra molestó tanto a las autoridades de su país que tuvo que irse. Hay gobiernos más permisivos que otros, pero los artistas cuya obra está ligada a la protesta sociopolítica son los que sufren las censuras más dolorosas.
Y con las redes sociales el arte tiene nuevos censores: los algoritmos. Hasta hace poco no distinguían pezones, genitales o glúteos en primer plano, aunque fueran pinturas y esculturas clásicas, y los censuraban automáticamente. Ha mejorado poco a poco, pero quedan asuntos pendientes: la fotografía artística o la documentación de performances emblemáticas del arte contemporáneo que incluyen desnudos. Te las censuran los algoritmos, y puedes hasta perder tu cuenta. Una asignatura pendiente.
Fe de erratas: en el episodio decimos que el «Juicio Final» formaba parte del encargo de Julio II para la bóveda y que, tras años de retraso, salió a la luz cuando ya era papa Julio III. No fue así. La bóveda la pintó Miguel Ángel entre 1508 y 1512 por encargo de Julio II. El «Juicio Final», en la pared del altar, es un encargo aparte: se lo hizo Clemente VII en 1533, se empezó bajo Pablo III y se descubrió en el otoño de 1541, según Vatican News. Julio III no fue papa hasta 1550.
Sigue escuchando
- De Manet, los impresionistas y el Salón de los Rechazados de 1863 hablamos en La fama después de la muerte.
- De Ai Weiwei y del arte como protesta sociopolítica, que este episodio da por ya tratado, hablamos en El arte... ¡protesta!.
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