Episodio 18Del Renacimiento al Romanticismo

¿Qué se esconde tras Da Vinci?

18 de enero de 2022

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¿Qué se esconde tras Da Vinci?

«Por sus dones superiores, aun cuando obraba mucho más de palabra que de hecho, jamás se extinguirá su nombre y fama». En esto último no se equivocó Giorgio Vasari, uno de los primeros historiadores del arte, cuando escribió esa frase por allá por el siglo XVI: porque en pleno siglo XXI, si le preguntaras a varias personas cuál ha sido el pintor más famoso de todos los tiempos, muchas responderían Leonardo da Vinci.

Autor de una de las obras más célebres del mundo, la Mona Lisa. Autor del dibujo más icónico de todos los tiempos, el hombre de Vitruvio. Y por si fuera poco, autor de la obra de arte más cara que se ha vendido en toda la historia, el Salvator Mundi.

Pero ¿quién fue realmente ese hombre que batió todos esos récords? ¿Cómo se construyó su leyenda? En su época hubo pintores de sobra talentosos, pero famosos como él, ninguno. ¿Por qué?

Conviene fijarse en la frase de Vasari antes de seguir, porque ya trae dentro la tesis del episodio. Uno de los primeros biógrafos de Leonardo, el hombre que más hizo por fundar su leyenda, dejó escrito en la misma línea que obraba más de palabra que de hecho. El elogio y el reproche vienen juntos desde el principio.

Media docena de cuadros

La Mona Lisa se ha reproducido en miles y miles de variantes, y algunos la han reinterpretado de manera irreverente, sobre todo durante el siglo XX. Marcel Duchamp nos la muestra con bigote y barba, y Dalí casi que pone su cara en la de la Gioconda, con esa mirada intensa y su bigote puntiagudo.

El Duchamp es L.H.O.O.Q., de 1919: una reproducción de postal de la Gioconda a la que le añadió a lápiz bigote y perilla. El Dalí es de 1954 y no es un cuadro, sino una fotografía hecha a medias con Philippe Halsman, en la que el pintor pone su propia cara —y sus manos llenas de monedas— en el lugar de las de Lisa. Lo recoge el artículo L.H.O.O.Q. de la Wikipedia en inglés.

Por representaciones de este tipo, el pintor estadounidense Barnett Newman vino a decir que lo que irrita a esos artistas es que, con media docena de cuadros, este hombre haya pasado tan brillantemente a la historia mientras ellos se sienten inseguros con su extensa obra.

Y en esa frase hay un detalle que conviene no dejar pasar: con media docena de cuadros. Literalmente no son media docena, pero, al contrario de lo que se suele pensar, Da Vinci fue un pintor de producción bastante escasa: solo hay alrededor de veinte pinturas que se le puedan atribuir definitivamente. Algo que explica en parte el altísimo valor de sus obras: al ser pocas, el precio se dispara.

La cifra de la que se habla suele ser menos de veinte, varias de ellas sin terminar. Que el número baile no es descuido de nadie: es que la atribución misma es el campo de batalla, como se ve más abajo con el Salvator Mundi.

El hombre que no terminaba las cosas

Es muy curioso lo de la escasa producción terminada. El episodio recuerda aquí una frase que atribuye al historiador del arte Schlosser: pocos pudieron más que él, nadie aspiró a más, pero tampoco nadie llevó a término menos que él.

¿Cómo se explica eso en una persona tan creativa? Quizás por un rasgo muy peculiar suyo, y que nos aleja bastante de ese ideal de genio intachable que nos vamos formando en la cabeza. Era algo muy común en él dejar los proyectos inconclusos: una máquina de generar ideas que dejó muchísimas obras sin acabar. Una vez resuelto el problema de investigar, perdía todo el interés y se iba hacia otra cosa, dejando las obras sin concluir aunque fueran encargos importantes. Una mente capaz de pensar en tantas áreas difícilmente iba a quedarse mucho tiempo en una sola.

Y hay algún estudio que plantea que es probable que sufriera trastorno por déficit de atención.

El estudio existe y conviene citarlo bien, porque es una hipótesis, no un hallazgo. Lo firman Marco Catani y Paolo Mazzarello en la revista Brain (vol. 142, nº 6, 2019), con el título «Leonardo da Vinci: a genius driven to distraction». Los autores proponen el TDAH como explicación de un patrón —procrastinación continua, incapacidad de rematar tareas, mente dispersa— y apoyan el diagnóstico retrospectivo en algo que no se discute: que la lucha crónica de Leonardo por convertir su extraordinaria creatividad en resultados concretos y cumplir sus compromisos ya era proverbial en vida. Un diagnóstico a quinientos años de distancia no se puede confirmar. Lo que sí está documentado es la conducta que intenta explicar.

El encargo que nunca se entregó

Y hablando de encargos sin concluir, caemos en la Mona Lisa, porque resulta que este retrato nunca fue entregado: estuvo con él hasta el final de su vida.

Es una obra llena de misterios, y eso es parte de lo que la hace interesante. Muchos hablan de su sonrisa enigmática, y sin duda el tratamiento pictórico que le dio resultó en un rostro muy intrigante: los ojos parecen observar, y el gesto de la boca se ve distinto según el momento. Se dice que el artista se valió de bufones y músicos para mantener contenta a la modelo durante las sesiones.

Ese detalle de los bufones y los músicos no es leyenda moderna: lo cuenta Vasari en la misma Vida de Leonardo de la que sale la frase con la que abre este episodio. Viene del mismo sitio que su fama.

Qué hace innovador el cuadro

Si nos centramos en el siglo XVI, pleno Renacimiento, cuando Leonardo crea esta obra, el retrato se inscribe dentro de los códigos de la época, pero introduce elementos nuevos que lo convierten en un cuadro innovador, y por eso ha servido de inspiración y de material de estudio desde entonces.

A nivel de técnica es una obra cumbre, de un realismo extremo al que contribuye el sfumato: superponer capas de pintura muy delicadas para suavizar los contornos de las figuras, lograr que se integren de manera natural con el fondo y, de paso, darles más volumen.

A eso se añade un estudio matemático riguroso de las proporciones del cuerpo humano, que ayuda a que la obra resulte tan realista, y detrás de esos estudios está el antropocentrismo del Renacimiento. Es un periodo en el que, a diferencia de la Edad Media, donde todo giraba en torno a Dios, el hombre pasa a ser el centro: quiere conocerse a sí mismo, y eso se nota en muchas esferas de la vida y en el arte. No es casualidad que fuera una época de gran desarrollo del retrato, que tiene como protagonista al ser humano y está hecho por otro ser humano que quiere representarlo a la perfección. De ahí también tantos estudios anatómicos en la época, y del propio Leonardo.

Hay además una decisión de encuadre. La mayoría de los retratos de entonces se centraban en el rostro, la cabeza y los hombros; él recrea el torso hasta debajo de la cintura y muestra las manos y los brazos, elementos que dan mucha más expresividad al retrato.

La telenovela que la hizo famosa

Si bien la Mona Lisa es una obra técnica y compositivamente excelente, no es menos cierto que a lo largo de los siglos ha tenido una historia con algo de telenovela.

El rey Francisco I de Francia pagó una alta suma por la obra, y también se dice que Napoleón la tuvo en su alcoba durante algunos años. El exempleado del Louvre Vincenzo Peruggia se la roba en 1911, de lo que ya hablamos en el episodio 5; el robo y el hecho de que estuviera desaparecida un tiempo aumentaron muchísimo su leyenda. Y unos años después, Duchamp y Dalí hacen sus parodias, algo que también incrementa su fama.

Las fechas, por orden. Francisco I la adquirió muy probablemente en 1518, según la ficha del Louvre, que documenta ese año un pago de 2.604 libras a Salaì, discípulo de Leonardo, por unos cuadros entregados al rey; así entró en las colecciones reales que se exhiben en el museo desde la Revolución. Francisco I reinó de 1515 a 1547. Según la Wikipedia francesa, que cita una publicación del Louvre, en 1801 pasó a las Tullerías, a los aposentos de Josefina, y en 1802 volvió a la Gran Galería del Louvre. Y el ladrón de 1911 se llamaba Vincenzo Peruggia, no Lorenzo.

Todos son elementos que han ido avivando su enigma, y no se pueden ver por separado, porque cosas así le han pasado a otras obras. En el caso de la Mona Lisa ha sido el conjunto lo que la ha hecho visible en el mundo entero y, de paso, el nombre, el prestigio y el misterio en torno a su autor. Da Vinci hizo lo suyo en vida, pero la Gioconda se ha encargado de que no se le olvide.

¿Fue tan valorado en vida como hoy?

Evidentemente Da Vinci no fue un Van Gogh ni un Gauguin, que murieron casi sin reconocimiento. Aunque tuvo sus épocas de frustración, se movió toda su vida entre grandes mecenas como los Medici y Ludovico Sforza, y entre reyes, como Francisco I de Francia.

Si uno se para a pensarlo: aquel hijo ilegítimo de un notario y una campesina, en el pueblo de Vinci, en territorio de Florencia, que creció sin formación académica, terminó viviendo en una casa de campo del monarca, que además lo nombró primer pintor, ingeniero y arquitecto del rey.

El título es real: la Wikipedia en italiano lo recoge como premier peintre, architecte, et mecanicien du roi, y otras fuentes dan premier peintre, ingénieur et architecte du Roi. Leonardo dejó Italia para siempre a finales de 1516 y se instaló en el Clos Lucé, junto al castillo real de Amboise, donde murió en 1519.

En la corte francesa tuvo reconocimiento, sin duda, pero lo innegable es que siglo tras siglo su mérito como visionario en el plano científico ha ido quedando demostrado, y eso ha elevado muchísimo la admiración hacia él. Ahí están los cuadernos que dejó tras su muerte, con miles de dibujos y bocetos en los que se ven diseños de máquinas impensables entonces, para las que todavía no existía la tecnología: helicópteros, submarinos, tanques.

Fue además precursor de muchos inventos posteriores y hasta capaz de crear sus propios métodos de acercamiento al conocimiento: basaba sus investigaciones primero en la observación, luego en discernir patrones, y después en verificar su validez con más observaciones y experimentos, alejándose así de la superstición medieval.

El corazón, y cuatrocientos cincuenta años de espera

Son muy famosos sus dibujos de anatomía humana —el hombre de Vitruvio, por ejemplo—, un campo en el que profundizó bastante, incluso mediante la disección de decenas de cadáveres. Lo que pocos saben es que fue el primero en describir el corazón como un músculo y como centro del sistema sanguíneo, y que dentro de esos estudios muchos coinciden en que una de sus mayores hazañas fue descubrir el funcionamiento de la válvula aórtica. Tuvieron que pasar 450 años, hasta la década de 1960, para que un equipo de la Universidad de Oxford lograra probarlo.

Y el método que empleó para averiguarlo merece contarse, porque es el experimento de un ingeniero, no de un pintor. Hacia 1512-1513 Leonardo vertió cera fundida en la válvula aórtica de un corazón de buey, sacó un molde, fabricó con él un modelo de vidrio y bombeó dentro agua mezclada con semillas de hierba para poder ver el recorrido. Observó que se formaban remolinos en el seno que hay detrás de la válvula, y concluyó —bien— que esos remolinos son los que ayudan a cerrarla cuando cesa el flujo tras cada latido. Así lo explica la Royal Collection, que conserva la hoja.

Quienes lo probaron en Oxford fueron B. J. y F. H. Bellhouse, en 1968, en Nature (vol. 217, págs. 86-87), con el artículo Mechanism of closure of the aortic valve. Y hay un segundo acto que el episodio no alcanza: en 2014, la revista European Heart Journal (vol. 35, pág. 1344, Bissell y otros) publicó un trabajo hecho con resonancia magnética 4D sobre pacientes vivos cuyo título lo dice todo, «Flow vortices in the aortic root: in vivo 4D-MRI confirms predictions of Leonardo da Vinci». Lo confirmaron dos veces, con medio siglo de diferencia.

Una ciudad para que no vuelva la peste

En el terreno del urbanismo también fue un visionario. Hizo un plan para la ciudad de Milán, que en aquella época era azotada por la peste bubónica, en el que trataba de optimizar la circulación de las aguas residuales, la basura y el comercio. Ideó también máquinas para excavar y levantar pesos, callejones para estacionar carros y retretes públicos con letrinas. El plan nunca se llegó a concretar, pero los expertos afirman que el proyecto era tan brillante que podría haber transformado la naturaleza de las ciudades.

El detonante fue concreto: las oleadas de peste que golpearon Milán entre 1484 y 1485. Los dibujos y notas son de 1487-1490 y se conservan en el Manuscrito B de París. La idea central era una ciudad a dos niveles, con una red de canales para el agua: abajo, la calle para carros y caballos; arriba, un nivel reservado a los peatones. No se construyó por lo que cuesta.

Da Vinci es el arquetipo del hombre del Renacimiento, ese que veía el mundo como un todo y tenía intereses en amplios campos del saber: el arte, la ciencia, la música, la política, la filosofía. Y ahí está uno de sus mayores valores. Aunque, visto desde el otro lado, esos proyectos no artísticos —militares, urbanísticos— le desviaban la atención y hacían que no se centrara en la pintura. Por ahí también puede venir lo de la escasa producción pictórica terminada.

Las acusaciones

Muchas veces los genios se ven como personas sin contradicciones, pero cuando uno lee la biografía de Da Vinci —bastante escueta en lo que se refiere a su vida personal, por cierto— saltan a la vista varias acusaciones: una denuncia por nigromancia a raíz de las disecciones de cadáveres, y otra por sodomía.

La primera es de su etapa romana, hacia 1515. Lo denunció un colaborador alemán por sus disecciones en el Ospedale di Santo Spirito. Se lo contó él mismo por carta a su mecenas de entonces, Giuliano de Médici: es el § 1353 de la edición de Richter, y lo recoge también la Wikipedia en italiano. Esta precisa que la denuncia fue una carta anónima, enviada probablemente por los ayudantes alemanes, y que lo acusaba de brujería.

La acusación de sodomía llegó públicamente, debido a una denuncia anónima. El episodio la relaciona con la cercanía que tenía Da Vinci con sus dos jóvenes asistentes, Salaì y Melzi, y deja en el aire si llegó a cumplir alguna condena.

Las dos cosas se pueden cerrar con fechas. La denuncia es del 9 de abril de 1476, se dejó sin firmar en el tamburo, el buzón de denuncias del Palazzo della Signoria, y acusaba a cuatro hombres —Leonardo, que tenía entonces 23 años, entre ellos— de sodomía con Jacopo Saltarelli, un joven modelo. El caso se archivó, y no por inocencia probada: las denuncias de sodomía tenían que ir firmadas para prosperar, y aquella no lo estaba. Así que no, no cumplió condena. Lo recoge la Wikipedia en inglés, en su artículo Personal life of Leonardo da Vinci.

Y no pudo tener nada que ver con Salaì ni con Melzi: Salaì nació en 1480, cuatro años después de la denuncia, y entró en la casa de Leonardo con diez años, en 1490; Melzi se incorporó hacia 1506-1507. Más de treinta años separan la denuncia de la llegada del segundo.

El cuadro más caro del mundo, y la discusión que sigue abierta

Leonardo es el autor de la obra más cara que jamás se haya vendido, el Salvator Mundi, pero no se puede decir que haya sido un récord color de rosas. Muchos afirman que lo compró un príncipe saudí por 450 millones de dólares, y a partir de ahí se han avivado las polémicas en torno a su autenticidad: se ha dicho que es una obra salida del taller de Da Vinci y no de su mano. Y aun suponiendo que fuese auténtica, se ha polemizado con dureza sobre que una casa de subastas venda una obra casi patrimonial, que debería estar al alcance de todos, y no en manos de un particular, más aún sabiendo lo poquísimo que se conserva de Leonardo.

Los datos de esa subasta: Christie's de Nueva York, 15 de noviembre de 2017, 450,3 millones de dólares. El comprador que señaló The Wall Street Journal fue el príncipe Badr bin Abdullah bin Farhan Al Saud, actuando por cuenta del príncipe heredero. Desde aquel martillazo el cuadro no se ha vuelto a exhibir en público, lo que ha espesado a la vez el misterio sobre su paradero y la discusión sobre su autoría.

Todo magnate apuesta por un Da Vinci: Bill Gates posee un manuscrito suyo, el Códice Leicester, que compró por 30,8 millones de dólares en 1994.

Exactamente 30.802.500 dólares, en Christie's, el 11 de noviembre de 1994. Son 72 páginas escritas hacia 1506-1512, sobre astronomía, mecánica, botánica, matemáticas y arquitectura, y durante años fue el manuscrito más caro jamás vendido.

Qué lo destacó frente a los demás

Cabe preguntarse qué destacó a Da Vinci respecto a otros artistas de su época —respecto al talentosísimo Miguel Ángel, por ejemplo, con quien por cierto no se llevaba muy bien—. Y la respuesta es el hecho de no ser solo un artista, sino un superdotado con una sed infinita de conocimiento que, más allá de esa costumbre suya de dejar los trabajos inconclusos, hizo descubrimientos cruciales y concretos en el plano pictórico y en muchísimas otras ramas.

Que es, al final, lo que Vasari vio antes que nadie y escribió con esa mezcla rara de admiración y reproche: obraba más de palabra que de hecho, y aun así su nombre no se ha extinguido.


Fe de erratas: al hablar de la acusación de sodomía, el episodio la relaciona con los dos jóvenes asistentes de Leonardo, Salaì y Melzi. No pudo ser: la denuncia anónima se depositó el 9 de abril de 1476 en el tamburo del Palazzo della Signoria y señalaba a Jacopo Saltarelli, un joven modelo. Salaì nació en 1480, cuatro años después, y entró en la casa de Leonardo en 1490; Melzi se incorporó en 1507. El caso, por cierto, se archivó porque las denuncias de sodomía debían ir firmadas y aquella era anónima.

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