Episodio 05Robos, censura y falsificaciones

5 grandes robos de la historia del arte

19 de octubre de 2021

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obras de arte robadas

Los grandes robos de obras de arte han sido relatados en series, documentales, libros y películas muchas veces de forma romántica más que delictiva. Y ahí está el problema de fondo: el género tiene un encanto que el delito no tiene. Este episodio reúne a las cuatro —Greta, Gretel, Jenny y Carolina—, que aclaran de entrada que han hecho una selección de cinco: tres con final feliz y dos que siguen abiertos, en un asunto «cargado de misterio, escándalos, especulaciones y asuntos aún pendientes».

Lo que sigue es cada uno de esos cinco con su ficha completa, más lo que se ha sabido después y las dos cosas que el episodio cuenta mal.

El negocio, y una cifra que conviene mirar con lupa

El punto de partida es correcto: las artes visuales son un testimonio creativo del ser humano en su paso por la historia, y eso les otorga valores altísimos, entre ellos el económico. De ahí que el robo de arte se haya convertido en un negocio muy lucrativo.

Luego viene el dato que todo el mundo repite. Según las estimaciones que cita el episodio, el tráfico de arte sería uno de los negocios ilegales más rentables después de las armas, el narcotráfico y la trata de personas, o sea, en un cuarto lugar.

Merece una precisión, porque es una de esas cifras que se cita durante décadas sin que nadie la haya medido.

De dónde sale el «tercero o cuarto negocio ilegal del mundo». La cifra habitual es de hasta 6.000 millones de dólares al año, atribuida al FBI y repetida desde hace cuarenta años en prensa generalista. Pero la investigación académica la rechaza: el artículo Reevaluating Art Crime's Famous Figures, publicado en 2013 en el International Journal of Cultural Property, concluye que afirmaciones como la de los 6.000 millones o la del tercer o cuarto comercio ilícito carecen de mérito estadístico, y que seguir usándolas solo perpetúa los mitos que rodean al delito contra el patrimonio. La propia Interpol, que en su día sostuvo la clasificación, ya no la da por buena.

No significa que el problema sea pequeño. Significa que nadie sabe su tamaño, y que una cifra repetida no es una cifra medida.

Lo que sí es verificable es lo otro que dice el episodio: la Organización Internacional de Policía Criminal —Interpol— publica periódicamente la lista de las obras de arte más buscadas, y los museos, al concentrar mucho valor en poco espacio, han sido un blanco perfecto para los delincuentes. Allí se han cometido robos de las maneras más dispares, algunos a plena luz del día y con testigos incluidos.

El robo más fácil: la Mona Lisa, 1911

Quizá se piense que las obras más famosas del mundo tienen una seguridad prácticamente infranqueable. No es tan así. El que se considera el robo más fácil de la historia tuvo que ver nada menos que con la Mona Lisa, lo cual es casi una ironía.

Vincenzo Peruggia entró el 21 de agosto de 1911 en la sala donde estaba el cuadro, vestido con una bata blanca, haciéndose pasar por personal de mantenimiento. Esperó a que la obra no estuviera rodeada de visitantes, la descolgó, la ocultó bajo la ropa y se marchó.

Conviene afinar quién era. El episodio lo presenta como antiguo empleado del Louvre, y la realidad es un punto más incómoda para el museo: según HISTORY, Peruggia había trabajado para la empresa contratada por el Louvre para fabricar e instalar las vitrinas de cristal protector de los cuadros, la de la Gioconda incluida. No solo conocía el edificio: había montado la protección de la obra que se llevó.

Y no saltó ninguna alarma, porque nadie pensó en un robo: supusieron que la pieza estaría en un estudio fotográfico o en alguna labor de mantenimiento.

Lo que pasó después es lo que hace grande a este caso. El museo empezó a recibir más visitas que antes, porque todo el mundo quería ver el hueco vacío que había dejado el lienzo. Las teorías llovieron: un magnate rico, un fanático enamorado del retrato.

Sobre la detención de Picasso, que el episodio menciona de pasada, cabe precisar el episodio real, porque es más extraño que el resumen: en septiembre de 1911 la policía parisina, sin avances en el caso y necesitada de un titular, detuvo al poeta Guillaume Apollinaire por encubrir el robo de unas cabezas ibéricas sustraídas del propio Louvre, y le añadió sin pruebas la acusación de estar detrás de la Mona Lisa. Picasso había comprado esas esculturas y compareció también. Apollinaire pasó una semana en prisión, según la Wikipedia francesa, y Picasso, según la inglesa, llegó a negar que conociera a su amigo. Ninguno de los dos tuvo nada que ver con la Gioconda.

El revuelo duró dos años, y para entonces casi nadie esperaba recuperarla. Peruggia era italiano y pretendía devolver la obra a Italia; lo detuvieron en ese intento, cuando trató de venderla en Florencia en diciembre de 1913 al anticuario Alfredo Geri, que avisó al director de los Uffizi, Giovanni Poggi. Durante los dos años el cuadro había estado a unos tres kilómetros del Louvre, dentro de un armario, en casa del propio Peruggia. Antes de volver a París, la Gioconda se expuso por toda Italia.

El robo que fabricó a la Gioconda

Esto no está en el audio —lo cuentan dos artículos de HISTORY— y es la consecuencia más interesante de todo el caso.

Antes de 1911 la Mona Lisa no era la pintura más famosa del mundo. Era una obra apreciada entre la élite del arte y poco más: un lienzo pequeño del Renacimiento en un museo lleno de ellos. La prensa cubrió la desaparición durante meses en medio mundo; cuando el Louvre reabrió una semana después, miles de personas hicieron cola para mirar una pared vacía.

Esa es la mecánica que el episodio describe sin llegar a nombrarla, cuando cuenta que el museo comenzó a recibir más y más visitas que antes porque todos querían ver el hueco vacío que había dejado el lienzo. El robo no le quitó fama a la Gioconda: se la dio. La convirtió en un personaje —«quién había secuestrado a la Mona Lisa»— y una obra con biografía policial deja de competir con las demás pinturas y pasa a competir con las noticias.

El robo más rápido: El grito, 50 segundos

De los cinco, el segundo es el más rápido, y la víctima fue El grito de Edvard Munch.

Ocurrió el 12 de febrero de 1994 en Oslo, el día de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno —los de Lillehammer— con la policía noruega volcada en la seguridad del evento. Pål Enger y un cómplice entraron de madrugada en la Galería Nacional. Subieron por una escalera apoyada en la fachada, rompieron una ventana, cortaron el cable que sujetaba el cuadro a la pared y salieron. Cincuenta segundos.

Y no les bastó con llevársela: dejaron una nota a la policía que decía «gracias por la escasa seguridad».

El ladrón merece ficha propia, porque no es el personaje que uno espera.

Quién era Pål Enger. Fue futbolista profesional. De adolescente despuntaba en el Vålerenga de Oslo y llegó a jugar tres partidos con el primer equipo: dos en la primera división noruega y uno en la Copa de la UEFA. No era su primer Munch: el 23 de febrero de 1988 había entrado por una ventana del Museo Munch y se había llevado Amor y dolor, el cuadro conocido como Vampiro, por lo que cumplió tres años de cárcel. Al salir, en 1991, volvió a intentar el fútbol en un equipo de tercera.

Por el robo de El grito fue condenado a seis años y medio. En 1999 se fugó durante una salida y lo recapturaron doce días después con una peluca rubia y gafas oscuras, comprando un billete de tren a Copenhague.

Durante aquellos meses el cuadro estuvo escondido entre las tablas de la mesa del comedor de su casa. Después pidió un millón de dólares por devolverlo —la galería se negó a pagar, en marzo de 1994, según la Wikipedia inglesa—. Entonces trató de venderla en un motel, y es justamente ahí donde lo atrapan.

Ahí entró la operación que lo cerró todo: una encerrona conjunta de la policía noruega y la británica, con la colaboración del Museo Getty. El detective británico Charley Hill se hizo pasar por comprador del Getty. El grito apareció intacto el 7 de mayo de 1994 en Åsgårdstrand, la localidad costera donde Munch pasaba los veranos.

Queda la declaración que cierra el caso y que el episodio recoge bien: Enger sostuvo que la motivación no había sido económica, sino retarse a sí mismo, ver si era capaz de llevarse una de las obras más conocidas de la historia del arte.

Una nota sobre la tasación. El episodio habla de unos 123,7 millones de dólares, y esa cifra no corresponde a lo que valía la obra robada en 1994: las estimaciones de entonces iban de 55 a 72 millones. La cantidad de nueve cifras que circula viene de otra versión distinta de la obra, el pastel de 1895 que se subastó en Sotheby's en 2012 por 119,9 millones. Munch hizo varias versiones de El grito; la robada en Oslo en 1994 es la pintura de 1893.

La obra más robada de la historia, y el panel que no ha vuelto

El tercer caso es la obra que más veces ha sido objeto de robo: el retablo La adoración del Cordero Místico, o Políptico de Gante, de los hermanos Hubert y Jan van Eyck, formado por doce tablas pintadas al óleo y terminado en 1432.

Su historial es exactamente el que describe el episodio: codiciado por figuras como Napoleón o Adolf Hitler, ha sido botín de guerra, mutilado, perdido y falsificado. Hoy está en el lugar para el que se concibió en el siglo XV, la antigua iglesia de San Juan de Gante, actual catedral de San Bavón, en Bélgica.

Pero el final feliz tiene una grieta que el episodio no menciona, y es la parte más interesante de la historia.

El panel de los Jueces Justos sigue desaparecido desde 1934. La tabla inferior izquierda del políptico fue robada aquel año y nunca se ha recuperado. Lo que se ve hoy en la catedral no es el original: es una copia de Jef Van der Veken, restaurador y falsificador ocasional, que la empezó en 1939 y la retomó en 1945; el Estado belga la compró en 1957.

El caso sigue sin resolver noventa años después y es uno de los grandes misterios abiertos del mundo del arte. Dicho de otro modo: de los cinco casos que cuenta el episodio, hay uno más con el final pendiente de lo que parece.

El robo más caro: el Gardner, 81 minutos y los marcos vacíos

El cuarto es el mayor robo de arte de la historia de Estados Unidos, valorado en unos 500 millones de dólares, y lo cuenta Carolina desde Valencia. Entra en el bloque de las obras que han sido robadas y que siguen en paradero desconocido, trayendo consigo grandes afectaciones.

Ocurrió en marzo de 1990 en el Museo Isabella Stewart Gardner de Boston —la noche del 18, en las horas siguientes al día de San Patricio—. Dos hombres vestidos de policías convencieron al guardia de seguridad de que respondían a un aviso de ruidos sospechosos. Una vez dentro, redujeron y ataron a los dos vigilantes en el sótano.

El episodio dice que estuvieron una hora. Fueron 81 minutos, y se llevaron trece obras: entre ellas El concierto de Vermeer y La tormenta en el mar de Galilea de Rembrandt, más piezas de Manet y Degas. Antes de irse extrajeron la cinta de la cámara de seguridad.

Dos detalles que agrandan la pérdida y que no están en el audio: El concierto está considerado el cuadro robado más valioso del mundo, y es una de las 34 pinturas atribuidas con consenso a Vermeer (la cifra se discute). La tormenta en el mar de Galilea es, además, la única marina que pintó Rembrandt.

Más de treinta años después no se ha recuperado ni una sola pieza y sigue sin saberse quién fue el cerebro. La investigación permanece abierta y el museo mantiene una recompensa de diez millones de dólares, la mayor ofrecida nunca por una institución privada.

Y está lo de los marcos, que es lo que convierte este robo en otra cosa. El museo exhibe los marcos vacíos en sus lugares originales, en parte por la voluntad testamentaria de Isabella Stewart Gardner de que todo permaneciera exactamente donde ella lo colocó, y en parte como testimonio permanente del robo. Hay incluso una audioguía con el relato del atraco que se recorre siguiendo el itinerario de los ladrones.

Es la misma imagen del Louvre en 1911, y la conclusión es incómoda: el hueco también se expone. La diferencia es que en Boston lleva más de tres décadas sin llenarse.

El robo más pesado: dos toneladas de Henry Moore

El quinto es una de las grandes esculturas de Henry Moore: la Reclining Figure en bronce, valorada en unos 4,5 millones de euros y que pesaba dos toneladas.

Estaba en los jardines de la Fundación Henry Moore, que no está en Londres sino en Perry Green, en el condado de Hertfordshire, a unos cincuenta kilómetros al norte de la capital. Según la Wikipedia inglesa y The Guardian, la pieza es la Reclining Figure de 1969-1970, mide más de 3,3 metros de largo y desapareció la noche del 15 de diciembre de 2005.

Las cámaras de seguridad lo grabaron todo: de madrugada, unos individuos con una grúa, un camión y un coche se llevaron la pieza. Así de simple. Por eso se conoce como el robo más pesado de la historia del arte.

La Fundación ofreció una recompensa: unas 10.000 libras, según The Guardian. Todo apunta a que los ladrones la vendieron a una fundición como chatarra, por unos 2.000 euros. La hipótesis de la investigación británica es más concreta y más dura: la izaron con una grúa sobre un camión Mercedes robado, la trocearon esa misma noche, y el metal salió por Róterdam rumbo probablemente a Extremo Oriente.

Ahí está la aritmética más brutal de todo el episodio. Una obra de tres millones de libras convertida en mil quinientas libras de metal. No es que el ladrón no supiera lo que robaba: es que para ese comprador el arte no existía, solo el bronce.

Lo que enseñan los cinco juntos

Puestos en fila, los cinco casos dicen algo que ninguno dice por separado.

El valor de una obra no protege la obra. Al contrario: la Gioconda salió por la puerta bajo una bata blanca, El grito por una ventana en cincuenta segundos y el Gardner con dos disfraces de policía y un timbre nocturno. En los tres, lo que falló no fue la tecnología, fue el permiso: alguien decidió que esas personas podían estar ahí.

El móvil casi nunca es el que se imagina. Peruggia quería repatriar un cuadro; Enger quería ver si era capaz de llevarse consigo una de las obras más conocidas de la historia del arte; y los ladrones de Moore querían bronce. De los cinco, solo el Gardner encaja en la película.

Y el final feliz es más frágil de lo que parece. De los tres que el episodio da por recuperados, uno —el políptico de Gante— lleva noventa años exhibiendo una copia en el lugar de una tabla que nunca volvió.

El cierre del episodio es el correcto, y conviene repetirlo tal cual. Hay quien sostiene que estas historias aumentan las leyendas que se tejen en torno a las obras y las dan a conocer aún más; es verdad, y el caso de la Mona Lisa lo demuestra mejor que ninguno. Pero lo cierto es que el robo de arte es un delito y está fuertemente penado por la ley. Lo que se pierde no se recupera con fama: en Boston los marcos vacíos lo cuentan desde hace treinta y seis años.


Dos precisiones sobre datos que damos en el episodio. La primera, sobre la condena de Vincenzo Peruggia: decimos que fue condenado a tres años de cárcel y que cumplió doce meses, y fue al revés de ajustado. En el juicio celebrado en Florencia en junio de 1914 se le impuso una pena de un año y quince días, y salió a los siete meses tras ganar el recurso. La segunda, sobre el Políptico de Gante: decimos que ha sido robado trece veces, y lo que cuenta el historiador Noah Charney, según la Wikipedia en inglés, es que ha sido víctima de trece delitos, siete de ellos robos; Artnet habla de al menos seis robos. Y conviene añadir que el retablo no está completo: el panel de los Jueces Justos, sustraído en 1934, nunca apareció, y lo que se expone hoy en la catedral de San Bavón es una copia de Jef Van der Veken, que la empezó en 1939 y la retomó en 1945, tras la guerra. Lo recogen la entrada sobre el robo de la Mona Lisa de HISTORY, la de Peruggia en la Wikipedia en italiano, el reportaje de Artnet sobre el panel desaparecido y las fichas de la Wikipedia en inglés sobre el retablo y sobre Van der Veken.

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