
Episodio 27
Publicado el 22 de marzo de 2022
Las dos caras de Caravaggio
Era asiduo a las tabernas, ya lo habían detenido por llevar armas sin licencia y al parecer era el líder de una banda callejera. Pero fue el hecho de asesinar a un joven aristócrata durante un partido de pallacorda —un deporte precursor del tenis— lo que hizo que la vida del pintor italiano Caravaggio fuera de mal en peor.
Condenado a muerte por ello, pasó el resto de sus días huyendo, riñendo y disgustado con el mundo, hasta que murió en Porto Ercole cuando, se supone, intentaba viajar hacia Roma.
Y sí, la vida de Caravaggio pudiera parecer ficción, porque cuesta creer que ese pendenciero fuera también uno de los máximos representantes de la pintura barroca, que hiciera grandes aportes a la historia del arte y que influyera en la obra de artistas posteriores importantísimos.
De eso va este episodio: de las dos caras.
El hombre que se llamaba de otra manera
Un dato que muchos no conocen: Caravaggio es un seudónimo. El artista se llamaba en realidad Michelangelo Merisi.
Funciona igual que con Leonardo da Vinci, que venía de la comarca de Vinci.
Aunque conviene precisar de dónde viene ese seudónimo, porque el episodio da por hecho que Merisi nació en el pueblo de Caravaggio y la investigación de archivo demostró lo contrario. Nació en Milán, el 29 de septiembre de 1571, y su acta de bautismo se conserva: está en el Liber baptizatorum de la parroquia de Santo Stefano Maggiore, fechada el 30 de septiembre de 1571, y dice «Adi 30 ditto fu Bap[tiza]to Michel Angelo f[iliol]o de D[omino] Firmo Merixio».
El seudónimo viene del marquesado de Caravaggio, en Lombardía, donde servía su padre y adonde la familia se mudó en 1576 huyendo de la peste. De ahí el nombre. Pero el nacimiento fue milanés.
Los orígenes: un padre arquitecto y un cardenal
Caravaggio era hijo de un arquitecto y de una señora de familia acomodada. El padre se llamaba Fermo Merisi y era administrador de la casa y arquitecto-decorador del marqués de Caravaggio.
Hablamos del siglo XVI, de 1571. Desde muy pequeño mostró inclinación por la pintura, pero su padre muere —en 1577, el mismo día que su abuelo— y entonces él va a Milán y después a Roma, se dice que sin un centavo.
En Milán entró como aprendiz en 1584, con un contrato de cuatro años, en el taller de Simone Peterzano. A Roma llegó en 1592.
Y en un momento determinado llega a su vida el cardenal Francesco Maria del Monte, importante coleccionista y mecenas de la época, que decide apadrinarlo. Una persona con muy buen ojo, que vio talento en él y le hizo varios encargos, con lo que la fama de Caravaggio empezó a despuntar.
Del Monte le compró obras tempranas como La buenaventura y Los tahúres, y fue presumiblemente por su influencia como Caravaggio consiguió, en 1599, el encargo que le cambió la carrera: la capilla Contarelli.
Pero en paralelo se iba desarrollando su lado menos feliz.
El carácter
Según cuentan sus biógrafos, Caravaggio tenía un carácter bastante complejo. Era una persona iracunda, y parece que no había que darle demasiados motivos para que actuara de manera violenta.
Tampoco es menos cierto que poco antes de morir fue encarcelado porque lo confundieron con otra persona, que en una riña le desfiguraron la cara, y que muchos pintores sentían envidia de su talento. Como quiera que se mire, su vida personal fue turbulenta.
El crimen que lo marcó todo fue el de 1606: la víctima se llamaba Ranuccio Tomassoni, y la condena fue de decapitación, con una recompensa pública por su cabeza. Murió el 18 de julio de 1610 en Porto Ercole, en la Toscana, con 38 años, probablemente de una fiebre alta causada por una infección intestinal.
La época: Contrarreforma y una Iglesia que necesitaba impactar
Para entender la grandeza artística de Caravaggio hay que ubicarse en su época.
Nació en la década de 1570, en pleno siglo XVI, y murió empezando el XVII, en 1610. Está pegadísimo al estilo que conocemos como barroco, hasta el punto de que se le considera iniciador de la pintura barroca, porque el estilo se fortalece en el siglo XVII y él muere apenas entrando la centuria: entrando, pero dejando las pautas establecidas.
Y hay otra cosa que no se puede perder de vista: vivía en Italia en una época en la que la Contrarreforma estaba a toda máquina. La Iglesia católica trataba de recuperar el prestigio perdido tras la reforma de Martín Lutero, y el arte era sin duda un aliado para atraer de nuevo a los fieles. Había que ponerle algún atractivo nuevo para impactar: se venía del manierismo, y el barroco tenía que darle un vuelco a todo aquello.
Ahí estaba el pendenciero, pero talentosísimo, Caravaggio para hacerlo. Con dos elementos que parecen simples y marcaron la diferencia: la luz y el realismo.
La luz: el tenebrismo
Nunca antes se había tratado la luz en una obra como lo hizo él.
Ya no hablamos de una luz que se difunde suavemente por el cuadro sin que nos demos cuenta. Es lo contrario: una luz que la mayoría de las veces entra por un vano lateral, de manera bastante cruda, y cae sobre los personajes de la escena, con grandes contrastes de luces y sombras.
Fue un tratamiento tan novedoso que se le puso nombre propio: tenebrismo, un recurso que después usaron otros pintores.
La definición técnica: un claroscuro especialmente pronunciado, con contrastes violentos de luz y oscuridad, donde la oscuridad pasa a ser el elemento dominante. A Caravaggio se le atribuye la invención del estilo.
Y no es que la luz entre por entrar. La emplea inteligentemente para destacar los elementos que considera más importantes de la escena, como una manera de crear jerarquías y de dirigir la mirada del espectador hacia puntos clave. Además de aportarle un dramatismo tremendo.
El realismo: San Mateo y un ángel que le guía la mano
Uno de los primeros encargos importantes que recibe son tres cuadros para la capilla Contarelli, en la iglesia de San Luis de los Franceses de Roma. Debían ser tres obras sobre la vida de San Mateo, y Caravaggio las hace.
Los tres, con sus fechas: La vocación de San Mateo y El martirio de San Mateo, instalados en julio de 1600, y San Mateo y el ángel, colocado en 1602.
En San Mateo y el ángel todo parece real: la cara del santo con las marcas de expresión, las arrugas, la emoción, las texturas de las vestimentas. Y sin embargo el santo no tiene una actitud decorosa, ni mucho menos: parece un analfabeto al que el ángel está ayudando a escribir. Eso, como es lógico, trajo críticas.
Y aquí conviene añadir lo que el episodio no cuenta, porque redondea la historia: hubo dos versiones. La primera fue rechazada, y acabó destruida durante la Segunda Guerra Mundial. La que hoy cuelga en la capilla es la segunda, por la que Caravaggio cobró en septiembre de 1602.
No hay duda de que eran obras muy realistas; de hecho, él acostumbraba a emplear modelos para pintar. Lo que hace es romper con la tradición de representar a los santos de manera idealizada, y ahí estuvo el encontronazo.
Porque hay algo muy curioso: él pintaba para la Iglesia, pero ¿quiénes eran sus modelos? La gente popular que lo rodeaba: mendigos, mujeres de la vida, truhanes. Y no se preocupaba lo más mínimo por refinar o idealizar su apariencia.
La muerte de la Virgen: el rechazo, y una leyenda con fecha de nacimiento
Se ve muy bien en una de sus obras más importantes, La muerte de la Virgen, que le encargaron unos religiosos para la iglesia de Santa María de la Scala, en Roma, y que finalmente le rechazaron porque consideraron que la Virgen parecía una mujer vulgar, poco digna.
El cuadro es de hacia 1604-1606, se pintó para la capilla de Laerzio Cherubini en Santa Maria della Scala del Trastévere, y hoy cuelga en el Museo del Louvre.
Los motivos reales del rechazo están documentados, y son más concretos que «poco digna»: la falta de la iconografía clásica de la Virgen, un rostro terroso y sin ningún atributo místico, los pies desnudos hasta el tobillo —esto fue de lo más escandaloso— y el vientre hinchado, considerado indecoroso.
Y llegamos a la parte más famosa de la historia. El episodio cuenta que el modelo fue el cadáver de una joven suicidada en el Tíber, y que algunos dicen que era una prostituta embarazada, y de ahí el vientre abultado, aunque otra versión atribuye ese vientre a los ahogados.
Del suicidio que cuenta el episodio no hay rastro en ninguna fuente. Lo que hay son dos cosas distintas, y conviene separarlas: el relato del cadáver ahogado, que nació de un error de lectura con nombres y apellidos, y una hipótesis moderna que sí sitúa a la modelo muerta en el Tíber, ahogada o, más probablemente, asesinada.
- Giovanni Baglione, contemporáneo suyo, criticó el cuadro por mostrar una «madonna gonfia, e con gambe scoperte»: una Virgen hinchada y con las piernas descubiertas.
- Gian Pietro Bellori, que escribió después y que ni siquiera había visto el cuadro, leyó ese gonfia como una alusión a un cadáver ahogado.
- De esa interpretación errónea salió todo lo demás.
Lo que sí dicen las fuentes antiguas es otra cosa: Giulio Mancini se refiere a la práctica general de los pintores de usar cortesanas como modelos. Entre las hipótesis modernas, Peter Robb propone un embarazo antes que un ahogamiento, y Gianfranco Sassu identifica a la modelo como Anna Bianchini.
Lo que queda en pie del episodio, y es lo importante, es el fondo: la modelo fue una muchacha común y corriente, y los donantes de las capillas no estaban dispuestos a pagar por cuadros donde los santos no aparecieran como seres perfectos e inmaculados.
La canasta de frutas: cuando una manzana vale tanto como un santo
La canasta de frutas es otra obra de Caravaggio, y consiste exactamente en eso: una cesta con manzanas, racimos de uvas y hojas.
Hoy puede parecer lo más normal del mundo, pero en su época no lo era, y ese es otro de sus grandes aportes al arte: la naturaleza muerta, o bodegón.
Porque él decía que representar los efectos de la iluminación sobre una manzana, un racimo de uvas o los detalles de las hojas era tan artístico como representar a los santos.
El cuadro es de hacia 1599 —los especialistas proponen fechas entre 1596 y 1601— y se conserva en la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Su ficha no lo presenta como el primer bodegón de nada: lo que subraya es el trompe-l'œil, que viene a ser todo el propósito del cuadro, con la cesta haciendo equilibrios en el borde del espacio pictórico, a punto de caerse fuera y de meterse en el espacio del espectador. La obra que John Spike señala como «la fuente de todas las naturalezas muertas romanas posteriores» es otra: la Naturaleza muerta con fruta, de hacia 1603.
Así que tuvo el mérito de ensanchar el ámbito de la pintura, incorporando géneros nuevos. El episodio sitúa el auge del bodegón en el siglo XIX, con Cézanne, y ahí conviene completar el mapa: el bodegón se consolidó como género independiente mucho antes, a finales del siglo XVI y sobre todo en los Países Bajos, y vivió su gran siglo en el XVII. Lo que ocurre en el XIX es una revitalización tras el declive académico, cuando los postimpresionistas ponen la armonía de color y la técnica por encima del asunto representado. Las dos cosas son ciertas; simplemente son dos momentos distintos.
De quién bebieron los que vinieron después
Y volviendo a la pregunta del principio: ¿cómo un pendenciero iracundo pudo convertirse en uno de los artistas más importantes del siglo XVII, del que bebieron Rubens, Jusepe de Ribera, Rembrandt y Diego Velázquez, entre otros?
La respuesta que da el episodio es buena: talento y actitud. No por gusto la pintura lo atrajo desde pequeño, y era tan audaz en la pintura como en su vida cotidiana. En la vida, ese atrevimiento le trajo problemas serios; en el arte lo convirtió en un innovador que no temía romper los esquemas establecidos.
Porque de alguna manera todos los que han marcado un cambio en la historia del arte han tenido su dosis de valentía.
Sobre la herencia del tenebrismo conviene precisar quién es quién: entre los exponentes y seguidores documentados del estilo están Jusepe de Ribera, Artemisia Gentileschi —descrita como exponente sobresaliente—, Francisco Ribalta, los pintores de la escuela de Utrecht, Georges de La Tour y Adam de Coster. Rembrandt aparece vinculado a la tradición de la luz de vela, aunque consiguiendo efectos distintos de los de los españoles.
El podcast está en Instagram como @uyelartepodcast.
Fe de erratas: el episodio dice que el seudónimo viene del pueblo de Caravaggio «donde nació este artista». Michelangelo Merisi nació en Milán el 29 de septiembre de 1571, y su acta de bautismo se conserva en el Liber baptizatorum de la parroquia de Santo Stefano Maggiore, fechada el 30 de septiembre de 1571; el hallazgo de archivo dio por zanjada la cuestión, que antes se resolvía suponiendo que había nacido en el marquesado. El seudónimo sí viene de allí, porque su padre servía al marqués y la familia se mudó al pueblo en 1576 huyendo de la peste.
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- Del otro artista italiano cuyo nombre viene del lugar de origen de su familia hablamos en ¿Qué se esconde tras Da Vinci?.
- De uno de los grandes que bebieron de esta manera de pintar le dedicamos entero El éxito de Rubens.
- Del cardenal que lo apadrinó, y de la figura del mecenas en general, hablamos en ¡Gracias, MECENAS!.
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