
Episodio 31
Publicado el 10 de mayo de 2022 · Duración: 13:00
Exceso y provocación: el ROCOCÓ
Qué es el rococó
Preguntamos por la calle a qué le suena el rococó a la gente. Las respuestas fueron «algo relacionado con el arte», «un movimiento arquitectónico que viene después del barroco y va de todo bien recargado, con arabescos», «algo así como rocas», «una pintura muy detallada donde hay florecitas» y, la mejor de todas, «sobre pintar las rocas».
La respuesta corta: el rococó es un estilo artístico europeo que surgió en Francia a principios del siglo XVIII y que abarcó la arquitectura —como acertaba uno de los entrevistados—, la pintura, la escultura y las artes decorativas.
De dónde sale ese nombre
Todo parece indicar que la palabra viene del término rocaille, una técnica de decoración de grutas y jardines en la que los artesanos mezclaban conchas marinas, guijarros y otros materiales con argamasa. Como el estilo usaba muchos de esos elementos y lograba efectos similares, se le llamó rococó. Hay quien añade a la ecuación la palabra coquillage, el motivo de concha que acompañaba siempre a la rocaille.
Y sí: al principio se empleaba con sentido despectivo, medio en tono de burla, aunque después se ganó su respeto dentro de la historia del arte y marcó pautas. El detalle que redondea la historia es quién lo acuñó: fueron, en la década de 1790, los alumnos del pintor neoclásico Jacques-Louis David, para señalar despectivamente un estilo que ya había pasado de moda.
Por qué el arte da ese giro
En la línea del tiempo, el rococó es el sucesor del barroco, y son como el agua y el aceite, casi opuestos. El barroco fue un estilo de fuerte carga religiosa y de adoctrinamiento; el rococó es lo contrario: libertinaje, conquistas amorosas, placer, celebración de la vida, todo muy terrenal.
¿Cómo se pasa de un sitio al otro? El factor clave fue la muerte del rey Luis XIV de Francia, en 1715. Ese rey había impuesto un ideal artístico rígido e inflexible, de mucha seriedad, un arte destinado sobre todo a encumbrarlo a él y a sus actos; y en los últimos años de su reinado Versalles, que era el centro político y artístico más importante del continente, se había vuelto un lugar aburrido y poco activo. Cuando el rey muere, se desatan todos los deseos reprimidos de la corte.
Ese desahogo tuvo su momento durante la regencia de Felipe de Orleans, que gobernó Francia en los años en que Luis XV era un niño y no podía todavía ocupar el trono, y siguió cuando Luis XV llegó a rey. Las fechas son precisas: Luis XIV murió el 1 de septiembre de 1715 dejando un heredero de cinco años, y la Regencia se extendió hasta 1723.
En esa época la corte se traslada de Versalles a París —el regente despachaba desde el Palacio Real y el niño rey vivía en las Tullerías— y el arte pasa a ser un modo de entretener a la clase acomodada: un arte que nace y se desarrolla en el ambiente cortesano. Los artistas ya no debían rendir pleitesía al rey ni a la Iglesia; lo que se pedía era que representaran los encantos de la vida, y punto: la sensualidad, el amor, la belleza, las escenas cotidianas de la vida doméstica.
La pintura galante
No es casualidad que en este periodo surja y predomine lo que se conoce como pintura galante. La galantería es la técnica que emplea el hombre para conquistar a las damas, y la pintura rococó está repleta de escenas de conquista y juegos de amor.
Esas escenas están en artistas como Antoine Watteau o Boucher, y en Fragonard, que es quien más lejos las lleva y probablemente el más atrevido. Merece la pena poner a Watteau en su sitio: él inventó el género, hasta el punto de que la Academia francesa tuvo que crear en 1717 la categoría de fête galante porque no tenía dónde encajar sus cuadros cuando solicitó entrar.
La obra que lo resume es El columpio de Fragonard, donde una muchacha se balancea en un columpio y, cada vez que se eleva, se le levanta la falda mientras un joven que está debajo se queda maravillado con lo que ve. Se pintó hacia 1767 y cuelga en la Wallace Collection de Londres. Su origen es todavía más descarado que el cuadro: un cortesano encargó la escena a otro pintor, Gabriel-François Doyen, pidiéndole que a su amante la empujara un obispo mientras él le miraba las piernas desde abajo; Doyen se negó y le pasó el encargo a Fragonard, que quitó al obispo pero dejó todo lo demás.
Como en esa obra y en la mayoría de las pinturas galantes, la mujer es el centro, vista sobre todo como objeto de placer. Eso sí, conviene aclarar que en el rococó no se dejaron de tratar los temas religiosos, mitológicos o históricos: se seguían haciendo, pero con más desenfado.
El relajamiento de la etiqueta
Así definen muchos al rococó, y es verdad: fue un vivir cada minuto como si fuera el último, un el-mundo-se-acaba-mañana.
Esa filosofía se percibe hasta en la arquitectura, donde los grandes salones empiezan a sustituirse por habitaciones más pequeñas, acogedoras y cómodas. La comodidad fue un elemento clave, y se ve también en el mobiliario: si se comparan los muebles de la época de Luis XIV con los de Luis XV, los segundos son más cómodos, más prácticos y menos pesados.
Es un arte abigarrado, con profusión de detalles, y en eso se parece al barroco, pero sin su dramatismo ni su solemnidad: aquí se hace de manera divertida, alegre, desenfadada, y con tonos pastel más claros, con mucho blanco. Lo abigarrado estaba sobre todo en los interiores: a veces se ven fachadas austeras y serias que por dentro esconden una ornamentación tremenda, llena de formas curvas, motivos florales, vides y conchas.
Madame de Pompadour
El rococó no habría sido rococó del todo sin cierta madame que fue amante de Luis XV: Madame de Pompadour.
Además de amante fue amiga y consejera del rey, con un cierto poder de decisión y con bastante caso hecho. Fue una impulsora de las letras y de las artes y supervisó la construcción de monumentos como la plaza de la Concordia. Ese punto conviene precisarlo, porque es más suyo de lo que parece: fue ella quien en 1751 eligió al arquitecto Ange-Jacques Gabriel, que acabaría siendo el primer arquitecto del rey y firmando la plaza Luis XV, hoy plaza de la Concordia, además de la Escuela Militar y el Pequeño Trianón. También colocó a su hermano, el marqués de Marigny, al frente de los edificios reales.
Se rodeó de pintores rococó, y Boucher, del que hablábamos antes, fue uno de sus protegidos y la retrató en varias obras, vestida con elegancia y con libros. El más famoso de esos retratos es de 1756, en el punto más alto de su influencia en la corte.
¿Un estilo frívolo?
Algunos lo llaman así. Pero eso que muchos definen como frivolidad contribuyó a que el arte fuera tomando autonomía, una autonomía que en periodos posteriores alcanzaría otro nivel y otra connotación, hasta dejar de ser un tanto esclavo del Estado y de la Iglesia.
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- La influencia de Rubens sobre estos pintores la abordamos en El éxito de Rubens.
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