mecenas en el arte

Episodio 70

Publicado el 8 de junio de 2023 · Duración: 16:46 min

¡Gracias, MECENAS!

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Hemos hablado de artistas y hemos hablado del público, así que ha llegado el momento de hablar de alguien tan importante como ellos dentro de la historia del arte: el mecenas.

No te preocupes si no sabes quién es un mecenas ni por qué es tan respetable, porque en este episodio te enterarás de los detalles.

Qué es un mecenas

Es una palabra que todos los que han estudiado historia del arte han tenido que escuchar muchísimo, porque entre los grandes, los grandes tuvieron mecenas: Botticelli, Da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, Diego Velázquez, etcétera.

Un mecenas es una persona poderosa que brinda patrocinio a un artista o a un literato para que puedan realizar sus obras: les da apoyo material, o también los protege con sus influencias: un protector de las artes, en definitiva.

Dicho de otro modo: es quien le da un respiro al artista a la hora de producir, para que no sea tan duro aquello de trabajar solo por amor al arte —que es lo que se dice de quien no recibe beneficio alguno—. El mecenas le da la opción de trabajar por amor al arte y al mismo tiempo recibir un beneficio económico o algún tipo de respaldo.

¿Y qué gana el mecenas?

Porque está dando y dando.

Pues puede satisfacer con el encargo su gusto estético e intelectual, rodear su día a día de belleza; o puede querer ganar reputación y prestigio a través del artista que ha contratado.

Y ojo, que no necesariamente se queda con la obra. Puede hacerlo, pero es muy común que la done o la ponga a disposición del público: si es literaria, publicándola; si es pintura o escultura, exhibiéndola en un museo.

Cayo Mecenas, el hombre que da nombre a todo esto

Si nos vamos a la antigua Roma, al siglo I a.C., a la Roma de Augusto, encontramos a un protector de las artes muy importante que se llamaba, atención, Cayo Mecenas.

Protegió a jóvenes talentos de la poesía de entonces y fue amigo de autores de la talla de Virgilio y Horacio. Y fue tan importante su labor protegiendo y promoviendo las artes que de su nombre procede el término «mecenas».

Los datos completos: se llamaba Cayo Cilnio Mecenas, vivió entre el 68 y el 8 a.C., y fue amigo y consejero político de Octaviano —el futuro Augusto—, algo así como su ministro de cultura, y su sustituto cuando el emperador se ausentaba. Virgilio escribió las Geórgicas en su honor, y fue el propio Virgilio quien le presentó a Horacio. También protegió a Propercio y a poetas menores como Vario Rufo o Plocio Tuca.

Y de ahí a media Europa: mécène en francés, mecenate en italiano, Mäzen en alemán, mecenas en español.

La Iglesia, y luego los civiles

La Iglesia, a lo largo de la historia, ha sido un mecenas de las artes digno de respeto, sobre todo en la Edad Media, porque era quien dominaba todas las actividades intelectuales. Eso se fue flexibilizando poco a poco.

Ya en los años finales de la Edad Media empieza a proliferar el mecenazgo civil: familias aristocráticas, instituciones políticas y sociales y por supuesto las monarquías empiezan a verse atraídas por eso de patrocinar artistas.

Y ahí sucede algo muy curioso. Se vuelve popular que quien encargaba la obra apareciera representado dentro de ella, orando ante el santo por el que sintiera más devoción.

El ejemplo que da el episodio es una de las obras más conocidas de Piero della Francesca, donde aparece el duque Federico de Montefeltro en actitud orante junto a la Virgen con el Niño y un conjunto de santos. Con una palabra que conviene retener: comitente, sinónimo de mecenas.

Una precisión sobre esa obra: sacra conversazione es el tipo de composición, no el título. El cuadro se conoce como Pala di Brera o Madonna de Brera, es de 1472-1474 y está en la Pinacoteca di Brera de Milán. Federico aparece arrodillado y con armadura, algo innovador para un retrato de donante: simbolizaba su destreza militar y su devoción.

El Renacimiento y los Medici

Cuando escuchamos «mecenas», el cerebro se conecta automáticamente con el Renacimiento. Y no es casualidad: se dice que en el Renacimiento los artistas prácticamente solo hacían obras cuando alguien se las encargaba, porque producirlas era caro. Crear solo por amor al arte era difícil.

La suerte es que la época trajo gobernantes de ciudades, pontífices, banqueros, comerciantes y altos miembros del clero dispuestos a hacer de mecenas.

Y dentro de ellos, un apellido conocidísimo: los Medici, los mecenas por excelencia de la historia del arte.

Eran una adinerada familia de banqueros que se hizo poderosa a lo largo de los años por diversas vías, algunas reprochables, pero que tuvo el tino de apadrinar a los mejores artistas del momento: arquitectos, poetas, pintores, escultores. Pusieron gran parte de la fortuna acumulada durante siglos en función del patrocinio del arte.

Y dentro de los Medici hubo papas, reinas y gobernantes. Los nombres: los papas León X, Clemente VII, Pío IV y León XI; y como reinas de Francia, Catalina de Médici y María de Médici. El banco lo creó Giovanni di Bicci de' Medici en 1397, y la familia consolidó su poder sobre Florencia con Cosme y su nieto Lorenzo, en la primera mitad del siglo XV.

Su lista de apadrinados es la que uno espera: Donatello, Brunelleschi, Botticelli, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, y también Maquiavelo y Galileo.

El milagro de la cúpula

Aquí el episodio cuenta la historia de la cúpula de Santa Maria del Fiore, que llevaba siglos sin terminar: nadie sabía cómo hacerla y parecía imposible con los conocimientos arquitectónicos de la época.

El encargo fue a parar a un joven escultor y arquitecto italiano llamado Filippo Brunelleschi, que finalmente hizo el milagro y construyó la cúpula cuando todos habían perdido la esperanza de ver la catedral terminada. Es, todavía hoy, una de las cúpulas más grandes del mundo.

Todo eso es cierto. Lo que hay que corregir es quién pagó, y va en la nota del final: no fueron los Medici, sino el Arte della Lana, el gremio de mercaderes de la lana, que patrocinaba la catedral desde 1331 y convocó el concurso el 19 de agosto de 1418. La cúpula se levantó entre 1420 y 1436, y Brunelleschi ganó el concurso.

Lo que sí encargaron los Medici a Brunelleschi, y no es poca cosa, fue la reconstrucción de la basílica de San Lorenzo de Florencia, en 1419. El encargo salió de Giovanni di Bicci.

Lo que de verdad ganaba el artista

Hay algo interesante: el beneficio no era solo el encargo y el pago, sino que los dejaban entrar en el círculo cerrado de confianza de sus patrocinadores, donde podían relacionarse con personajes de alto rango social y con otros artistas de otras ramas.

Eso era enriquecedor, porque se nutrían mutuamente y elevaban su nivel intelectual a la altura de lo que se esperaba de los grandes hombres del Renacimiento.

Y era un beneficio mutuo, porque a los mecenas también les daba caché que esas figuras estuvieran bajo su amparo. Más de una persona de origen bajo quiso elevar su estatus a costa del prestigio del artista que apadrinaba. Si el apadrinado era escritor, solía dedicarle la obra a quien lo había apoyado, como agradecimiento y para darle un poco de fama al aludido.

Cuando no era color de rosa

Porque no todo lo era.

De los mismísimos Leonardo da Vinci y Andrea Mantegna se conservan cartas en las que, muy respetuosamente, piden a sus mecenas que les paguen lo acordado, porque evidentemente se estaban haciendo los desentendidos.

Sobre Mantegna, lo documentado encaja: fue nombrado artista de corte de Ludovico III Gonzaga, marqués de Mantua, en 1460, con un salario de 75 liras al mes —tan alto para la época que da idea de en qué estima se tenía su arte—, pintó la Camera degli Sposi entre 1465 y 1474, y consta que tuvo que reclamar sus pagos legítimos al marqués.

El equipo de artistas que lograron reunir los Medici convirtió a Florencia en el centro cultural del Renacimiento, y eso despertó el escozor de otros adinerados, así que empezó una competencia entre las ciudades italianas. Se dice que llegaban a robarse los mejores artistas unas a otras, algo que acababa beneficiando a los artistas que tuvieron la suerte de ser muy solicitados.

Se volvieron mecenas los Montefeltro en Urbino, los Este en Ferrara, los reyes de Nápoles y los Gonzaga en Mantua. Porque en el Renacimiento se veía con buenos ojos que los hombres de respeto fueran conocedores de música, arte y literatura, así que había que relacionarse con artistas sí o sí, y que te pintaran bien bonito, bien culto y con magnificencia.

¿Y la libertad del artista?

Conviene reflexionar sobre algo. Está muy bien que los artistas recibieran patrocinio para crear, pero ¿en qué medida el mecenas les cortaba las alas? ¿Les imponían qué pintar y cómo?

Algunos más y otros menos, pero siempre les imponían sus pautas. El ideal de representación de la época era el de la antigua Grecia y Roma, y eso había que respetarlo. Y a nadie que encargara una obra donde saliera retratado le iba a gustar verse deforme o irreconocible.

Se firmaban contratos, y algunos detallaban lo que debía pintar el artista, incluso los colores de cada elemento. Se especificaba el coste de la obra y la fecha de entrega. A veces el artista tenía que responder de que la obra se conservara durante treinta años, y si no, correr con los gastos de restauración. Hasta la cantidad de material se les podía contabilizar.

El colmo: a veces les mandaban un dibujo para que se guiaran por él al hacer la obra. Ahí la creatividad del artista quedaba bastante anulada.

Por suerte no todos eran así: algunos confiaban en su apadrinado y le daban total libertad, o los propios artistas se buscaban esa independencia negándose a los pies forzados.

Miguel Ángel contra Julio II

¿Cuántos altercados no tuvo Miguel Ángel con su mecenas, el papa Julio II, mientras pintaba la Capilla Sixtina?

Los altercados están documentados, y son sabrosos. El contrato se firmó el 8 de mayo de 1508, por 3.000 ducados, y la obra ocupó de 1508 a 1512. Miguel Ángel, que se consideraba ante todo escultor, aceptó a regañadientes y llegó a sugerir que se lo encargaran a Rafael. Rechazó el andamio colgado que había diseñado Bramante y se construyó uno propio, exento, porque el otro le habría obligado a pintar alrededor de los agujeros de los cables. Entre septiembre de 1510 y principios de 1511 paró la obra por una disputa de pagos. Y al terminar, cuando ambos querían añadir detalles en pan de oro, se negó a volver a montar el andamio, alegando que los retratados eran hombres santos que despreciaban la riqueza.

Se le criticaron mucho tantas figuras desnudas, pero él, dentro de lo permisible, se salió con la suya varias veces.

Un mecenas podía llevarse una sorpresa, para bien o para mal, con el resultado de su encargo. O que se lo dejaran a medias, con contrato de por medio y todo, como hizo más de una vez el propio Leonardo da Vinci, conocido por empezar y no terminar.

Del mecenas al coleccionista

Algunos mecenas empezaron a coleccionar las obras de los artistas que apadrinaban, y así arrancó de alguna forma la fiebre de acumular arte. Por eso el término mecenas derivó en coleccionista de arte, algo que se hizo notar mucho en el Barroco.

Por ejemplo, Felipe IV de España apadrinaba a Diego Velázquez, que era el pintor de la corte. Y trabajar en una corte podía remunerarse con dinero, sí, pero también con exenciones fiscales, parcelas de tierra y títulos nobiliarios.

Pero Felipe IV además adquiría obras de otros artistas, hasta formar colecciones valiosísimas que más tarde acabarían en museos para que otros pudieran disfrutarlas. Era una nueva competencia, a ver quién poseía más arte: la nobleza competía con la realeza, y los artistas con trabajo tenían sustento. Y nosotras, hoy, viendo muchas de esas joyitas, también fruto de esa competencia.

Así que: gracias, mecenas; gracias, artistas.

Los celos, y una lista de nombres

Humanos al fin, muchos eran celosillos con los artistas que apadrinaban: si por ellos fuera, querrían que trabajaran solo para ellos. Exclusividad total, y tener así un sello artístico propio.

Le pasó a Gian Lorenzo Bernini, el escultor, arquitecto y pintor italiano al que los papas prácticamente tenían monopolizado. No es una exageración: bajo Urbano VIII disfrutó de un patrocinio «casi monopolístico», y el propio papa le dijo aquello de que era una gran fortuna para Bernini tener a Urbano de papa, pero mayor fortuna la de Urbano por tener a Bernini vivo durante su pontificado. Antes lo habían protegido Pablo V —que de niño dijo de él «este niño será el Miguel Ángel de su siglo»— y Gregorio XV, que le dio el título de Cavaliere; después vinieron Inocencio X y Alejandro VII.

Otros grandes tuvieron sus mecenas favoritos:

  • Anton van Dyck y Rubens, con el rey Carlos I de Inglaterra. Con un matiz: Van Dyck fue pintor principal de la corte desde abril de 1632, con pensión de 200 libras anuales, y llegó a pintar unos cuarenta retratos del rey y treinta de la reina; Rubens tuvo con Carlos I una relación más diplomática, en una misión de 1630 en la que fue nombrado caballero, y evitó atarse en exclusiva a ninguna corte europea.
  • Carlos IV de España, protector de Goya.
  • Napoleón Bonaparte y Jacques-Louis David, que fue pintor oficial de la corte tras la proclamación del Imperio en 1804, y a quien Napoleón ya había encargado en 1799 el cuadro del paso de los Alpes.
  • Luis Felipe I de Francia e Ingres.
  • Y en la música: el rey Luis II de Baviera protegió a Wagner. De los más decisivos de esta lista: empezó el 4 de mayo de 1864, y consistió en estrenarle Tristán e Isolda en Múnich en 1865, prestarle 100.000 táleros para terminar el teatro de Bayreuth, financiarle la villa Wahnfried y darle refugio en Tribschen. Sin él, sus últimas óperas probablemente no existirían.

Y mecenas más contemporáneos, con nombres conocidísimos: Rockefeller, Guggenheim, Thyssen.

El mecenazgo hoy

En la actualidad se ha producido una democratización del arte y hay muchas maneras distintas de patrocinar a los artistas. El término ya no se usa tanto, aunque el concepto sigue existiendo: hay asociaciones artísticas, proyectos, ferias, y artistas que apoyan el talento de los jóvenes que van surgiendo.

Un tipo de mecenazgo actual es el crowdfunding, una forma de financiación en línea con la que muchos proyectos artísticos se han visto y se siguen viendo beneficiados.

Porque no basta con el talento: si no tienes un apoyo, los comienzos en el arte pueden ser bien tortuosos. Los comienzos en general.

El podcast está en Instagram, con el complemento visual de todo lo que aquí se conversa.


Fe de erratas: el episodio atribuye a los Medici la financiación de la cúpula de Santa Maria del Fiore y la decisión de confiársela a Filippo Brunelleschi. La cúpula la costeó el Arte della Lana, el gremio de mercaderes de la lana, que había asumido el patrocinio de la catedral en 1331 y que convocó el concurso de diseño el 19 de agosto de 1418; Brunelleschi lo ganó y la levantó entre 1420 y 1436, con Lorenzo Ghiberti nombrado coadjutor los primeros años. La relación de los Medici con Brunelleschi existe, pero es otra: Giovanni di Bicci de' Medici le encargó en 1419 la reconstrucción de la basílica de San Lorenzo de Florencia. Todo lo demás que cuenta el episodio sobre la cúpula es exacto, incluido que llevaba décadas sin resolverse y que sigue siendo una de las mayores del mundo.

Sigue escuchando

  • De Rubens, uno de aquellos grandes que tuvieron sus mecenas favoritos, hablamos en El éxito de Rubens.

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