
Episodio 65
Publicado el 29 de abril de 2023 · Duración: 34:18 min
AMOR y ARTE… ¡en La Habana!
En este pequeño puntico en el mapa hay tantas historias fascinantes relacionadas con el arte que le dedicamos un episodio entero a una de ellas: una historia habanera que va de arte, pero también de amor. Podría leerse como la continuación del episodio que hicimos sobre construcciones levantadas por amor. Arquitectura, arte y amor en La Habana.
Y no lo contamos solas. Nos acompaña Ian Pablo, el juglar habanero, que se pasa la vida buscando curiosidades en cada rincón de la ciudad y las pone al alcance de todos en su perfil de Instagram.
Lo del apodo no le molesta en absoluto: dice que ha aprendido a tomarlo como un segundo nombre, «casi un alter ego», y lo compara con Clark Kent, Bruce Wayne o Hannah Montana.
El nombre se le ocurrió viajando en un almendrón: extrapoló lo que estaba haciendo —contar historias— al papel que cumplían los juglares antiguos, pregonando cuentos y gestas de pueblo en pueblo. Pidió la opinión de sus seguidores y la mayoría votó a favor de cambiar el primer nombre que tenía. Empezó subiendo fotos de monumentos, estatuas y edificios acompañadas de un fragmento de novela o un verso, hasta que una seguidora le sugirió convertirlo en algo más serio, centrado en datos históricos sobre La Habana y sobre Cuba.
La conexión surgió precisamente de aquel episodio sobre construcciones hechas por amor. Preguntamos en una historia de Instagram qué otras edificaciones levantadas por amor conocían nuestros seguidores, y Ian Pablo respondió: la mansión de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, en la calle Paseo. Nosotras llevábamos tiempo queriendo hacer ese episodio.
Una advertencia antes de empezar
Conviene decirlo desde el principio, porque marca todo lo que viene después. Esta es una historia acompañada de medias verdades. Muchos años después de que los dos murieran, los románticos mitificaron la relación hasta tal punto que hoy hay datos que nadie ha sido capaz de comprobar, y al no poder comprobarlos ya no se sabe si son invenciones o si son verdades.
El propio invitado lo plantea así antes de empezar: «Yo soy un romántico, muchachas, partiendo de ahí», y acto seguido avisa de que se ceñirá a los hechos probados, pero que también ofrecerá parte de los mitos que ha habido en torno a estos amantes.
Así que aquí se distingue: lo probado va como probado, y los mitos van señalados como mitos. Es lo que hace a lo largo de todo el episodio, y lo hace incluso cuando el mito favorece a sus protagonistas, que es lo que le da valor.
Los versos que suenan en el episodio —«nada es verdad ni es mentira; todo es según el color del cristal con que se mira»— son de Ramón de Campoamor (1817-1901), y pertenecen a su dolora «Las dos linternas».
Quién era Catalina Lasa
Su nombre completo era Catalina Lasa del Río, y descendía de hidalgos venidos de una localidad del País Vasco, con un título menor. Nació en Matanzas el 30 de abril de 1875, la quinta de nueve hijos: seis hembras y tres varones.
A las seis hermanas Lasa se las tuvo en su momento por las más bellas de Cuba, y de todas ellas Catalina fue a la que más se le celebró la belleza.
Y aquí viene la primera corrección, que es del propio invitado. En 1894, con 19 años, Catalina participó en el primer certamen de belleza organizado por la revista El Fígaro, probablemente uno de los primeros concursos de belleza celebrados en Cuba. Se ha dicho muchas veces que lo ganó, y no fue así. Se dieron a conocer cinco primeros lugares y Catalina ocupó el quinto, con 665 votos frente a los 2.118 de la ganadora.
Entre quienes celebraron su belleza por escrito estuvo un escritor que firmaba como Conde Kostia, que en una de sus múltiples alabanzas hacia la belleza de Catalina le escribió algo parecido a un poema. Algo bastante recargado para el gusto de nuestro invitado. El episodio lee un fragmento: los ojos «misteriosos como el loto», los labios sobre los cuales «parece que en tardes de abril han sangrado granadas», y las líneas castas de una frente donde «alas blancas de ángeles han dejado reflejo de inefables ilusiones».
Conde Kostia era el seudónimo de Aniceto Valdivia y Sisay de Andrade (1857-1927), escritor, periodista, dramaturgo y diplomático cubano, colaborador habitual de El Fígaro, La Habana Elegante y Diario de la Marina. Tomó el seudónimo del título de una novela de Victor Cherbuliez.
El exilio y el primer matrimonio
Cuba estaba entonces inmersa en la guerra por independizarse de España, la que Martí llamó la guerra necesaria, la del 95. La familia de Catalina estaba muy ligada a los independentistas, con varias hermanas casadas con hombres activos en el conflicto, así que se ven obligados a exiliarse en Estados Unidos, probablemente en Tampa, donde había una gran comunidad de exiliados cubanos.
Y es allí donde conoce al que sería su marido.
Aquí hay que tener cuidado con los nombres, porque es donde más se confunden las fuentes. El marido era Pedro Estévez Abreu, «Pedrito», hijo de Marta Abreu y de Luis Estévez y Romero. Varias fuentes cubanas lo llaman «Luis Estévez Abreu», confundiendo al hijo con el padre; y para enredarlo más, el primer hijo que Catalina tuvo con él también se llamó Luis.
Marta Abreu era extremadamente rica, extremadamente patriota, extremadamente generosa —eso no se lo puede quitar nadie— y extremadamente rígida. Estaba exiliada en París junto a su marido, y cuando su hijo le dijo que quería casarse con Catalina no se lo tomó bien: le ordenó que al menos esperase a que terminara la guerra. Estamos en 1898, y la guerra acabaría ese mismo año. Pero Pedrito no esperó, y se casaron en Nueva York ese mismo año.
Al poco tiempo bautizaron a su primer hijo, Luis, sin que quedara claro nunca si nació en el extranjero o si fue concebido en Cuba. Catalina debía de tener entonces unos 23 años.
Nunca hubo demasiada afinidad entre suegra y nuera. Catalina era una mujer que estaba siempre a la viva, a la que le gustaba la vida social, las fiestas excesivas, ostentar joyas, con un carácter bastante liberal para la época, y que quizá no encajaba en la mujer maternal y hogareña que su suegra habría esperado. De Pedrito, por su parte, se decían cosas poco halagüeñas: que era un hombre sin carácter, manipulable, al que Catalina trataba como un juguete.
La pareja tuvo dos hijos más, Marta en 1901 y Pedro en 1904, los dos nacidos en París, y Catalina siguió haciendo viajes alternos entre La Habana y París hasta 1905.
Juan Pedro Baró
1905 es el año en que conoce al amor de su vida. Y también un año en el que Catalina aparece documentada en tantos actos sociales que no hay forma de saber en cuál de ellos coincidieron. Una fiesta en la que hoy es la finca de Los Monos, propiedad de los Abreu; una recepción con el presidente de la República; una aparición en la Batalla de las Flores, aquel evento en que las familias pudientes decoraban sus carruajes con flores exóticas y los paseaban por la ciudad para después premiar al mejor —una costumbre que todavía se mantiene en Córdoba—; y hasta la fiesta de inauguración de su palacete de Prado y Refugio, a la que fue vestida de reina prusiana: la reina Luisa Augusta.
Juan Pedro Baró había nacido en Matanzas, como ella, en mayo de 1861. En su apellido constaban dos títulos nobiliarios que todavía ostentan sus descendientes: el Marquesado de Santa Rita y el Vizcondado de Canet de Mar. Y sin olvidar lo que hay debajo: el enorme patrimonio familiar se había construido a base de la trata de esclavos.
Los dos títulos fueron creados por Alfonso XII el 22 de septiembre de 1875 a favor de José Nicolás Baró y Blanxart (Canet de Mar, 1798 — La Habana, 1878), hacendado en Cuba. De ahí el nombre del vizcondado: Canet de Mar es el pueblo del Maresme catalán del que salió la familia.
«El tipo era un personaje, hablando a las claras», resume el invitado. Había estudiado en los mejores colegios y se daba sus buenas correrías, hasta que lo obligaron a casarse a los 19 años con Rosa Varona. Tuvo dos hijos con ella, y ni la paternidad le cambió el tren de vida.
La demanda de divorcio que Rosa le puso recogía que en 1884 había intentado sobrepasarse con una muchacha de 12 años que trabajaba en su residencia. El propio invitado dice que aquí no sabe qué creer, porque el caso es que Baró había tenido relaciones con la esposa de un amigo muy cercano a él. Y cuando Rosa pidió el divorcio, ella se casó con ese mismo amigo: el conde de Jibacoa.
El escándalo
Catalina y Juan Pedro coincidieron en una fiesta y se enamoraron. Como ella estaba casada, tuvieron que verse a escondidas. De ahí sale la anécdota de los detectives que contrataron los Abreu y que casi los pillan en la suite del Hotel Inglaterra; se cuenta que Catalina salió envuelta en una sábana hasta la esquina del hotel para coger un coche de alquiler. Eso ya suena a novela, y así lo dice el episodio.
Llegara como llegara, la noticia de que Catalina tenía un amante llegó a oídos de su suegra, que pidió a su hijo que la echara de casa. Catalina se adelantó y fue ella quien puso fin al matrimonio. Dejó a sus hijos al cuidado de la familia paterna y huyó con Baró a París.
Pero a los Abreu no les gustaba perder. Marta la denunció a la Interpol por bigamia, y Catalina quedó en busca y captura. La leyenda dice que, para escapar de Francia, ella salió vestida de aldeana dentro de una carreta de heno y él como grumete en un barco por Marsella.
Lo que sí es seguro es que acabaron en Italia, porque allí acudieron al papa Benedicto XV para conseguir la anulación del matrimonio. ¿Y cómo la consiguieron? Unos piensan que el Papa se enterneció con la historia; otros, que son más, que Baró le dio algún tipo de compensación.
La ley del divorcio
Faltaba lo civil, y ahí la casualidad les vino de cara. Según cuenta el episodio, al hijo del presidente Mario García Menocal también le hacía falta divorciarse, y se aprobó la nueva ley del divorcio. Gracias a ella, Catalina y Juan Pedro pudieron volver a Cuba.
La Ley del Divorcio se firmó en 1918 y se publicó en la Gaceta Oficial el 29 de julio de ese año. Fue la primera de América Latina. Hay fuentes que atribuyen su impulso a la insistencia del propio Baró ante Menocal, en vez de al hijo del presidente.
Y aquí el episodio vuelve a ser más preciso que el relato popular. Dice que Catalina y Juan Pedro fueron los segundos en acogerse a esa ley, y es correcto: pese a que muchísimas veces se les presenta como el primer divorcio de Cuba, la primera sentencia la obtuvieron María Esperanza del Valle y Juan Antonio Gobel, de Ciego de Ávila, el 30 de septiembre de 1918.
Una vez en La Habana, la sociedad —que muta sus convicciones con enorme facilidad— dejó de ver el matrimonio con malos ojos. En ese tiempo, dice el episodio, Catalina tenía 42 años y Baró 56. Con la ley firmada en julio y las fechas de nacimiento de los dos delante, para entonces ella rondaba ya los 43 y él los 57.
Resulta curioso, porque la comunidad cubana en París, donde Baró había vivido la mayor parte de su tiempo antes de conocerla, lo tenía por un hombre más bien tacaño, que pagaba de mala gana las cuotas del Comité Revolucionario durante la guerra. Con Catalina se volvió otra persona.
La mansión de Paseo
La mayor muestra de su amor fue una mansión en Paseo 406, que mandó construir sin que ella lo supiera.
En algún momento de 1922, Baró le encargó la obra a la firma de Govantes y Cabarrocas, con una fachada ecléctica que mezclaba renacimiento florentino con el déco que triunfaba en Europa. La decoración interior fue déco puro, con ciertos préstamos del arte egipcio.
El episodio lee un fragmento escrito sobre esos interiores, y merece la pena por el detalle. De concepción espacial sencilla, evocando la grandeza de las salas hipóstilas de los templos egipcios; escalinatas exteriores de mármol rojo de Languedoc y, dentro, mármoles italianos raros como el portoro y el giallo di Siena; arena traída de las riberas del Nilo para los revestimientos; y un estucado de techos confeccionado por operarios de la firma francesa Dominique, que guardaba sus fórmulas con tanto celo que a la albañilería cubana que lo aplicaba no se le permitía estar presente durante la preparación del material. Arriba, el baño de Catalina era enteramente de mármol rosado, y su vestidor estaba recubierto de espejos con marcos de plata.
Los jardines corrieron a cargo del paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, el hombre que llenó París de áreas verdes, que por esos años estaba justamente en La Habana al frente del plan maestro que pretendía convertirla en la Suiza de América, un plan auspiciado por Gerardo Machado que nunca llegó a realizarse del todo, entre otras cosas por el crac del 29. Aquellos jardines hoy han desaparecido por completo.
Y el vidriero René Lalique se encargó del diseño de todas las lámparas y de varias decoraciones con vidrio, trabajados al ácido para lograr un efecto que después se llamaría claro de luna.
La casa se terminó en 1926 y se la tuvo por la mejor y más lujosa de toda La Habana. Nadie supo quién era el misterioso propietario hasta quince días antes de que concluyeran las obras, y la propia Catalina no supo que la casa era suya. Baró lo planeó todo al detalle para la fiesta de inauguración.
Se dijo que a los invitados se les regalaron joyas de cristal del propio Lalique y lienzos pintados por Armando Menocal, aunque en el episodio no se lo creen demasiado: fueron más de cien invitados, y Menocal no pudo pintar tantos lienzos.
Hay además una anécdota que recoge Mario Coyula: la condesa de Buenavista, que le tenía tirria a Catalina, pidió a sus amigos que boicotearan la celebración, y Baró se presentó en su casa días antes y la amenazó con retar a su hijo a un duelo si no desistía. Con Baró había que tener cuidado, porque era buen esgrimista y muy diestro con las armas.
Esta mansión es importante para la arquitectura cubana por una razón concreta: se considera el primer interior decorado en estilo art déco de la isla, a la altura de lo que estaba sucediendo en ese mismo momento en Europa y en Estados Unidos.
La rosa Catalina: el mito que se cae
De todas las leyendas de esta pareja, la de la rosa es la más querida. Y el tema de la rosa de Catalina es, como se dice en el episodio, un poco espinoso.
Durante muchos años se dijo que Baró, en los meses previos a la inauguración, le encargó a Forestier crear una variedad nueva de rosa a la que pondría el nombre de Catalina, mediante injertos de distintos tipos, una cubana y una húngara.
Pero Ian Pablo trae un artículo del periodista Oscar Ferrer Carbonell, descendiente del cronista Néstor Leonelo Carbonell, en el que se entrevista a una sobrina de Catalina, y la sobrina desmiente por completo la historia de los injertos.
La rosa existió, pero no la mandó crear Baró. Había una florería en La Habana, al parecer de la familia Mendoza, por el Paseo del Prado, donde vendían flores exóticas y creaban especímenes nuevos mediante cruces. Tenían un ejemplar de rosa húngara que se había aclimatado muy bien a la tierra y al clima de Cuba, pero no sabían cómo llamarla. Un día, estando varios miembros de la familia alrededor de esa misma rosa pensando qué nombre ponerle, apareció Catalina de improviso a hacer unas compras, y al verla todos exclamaron su nombre. Ya tenían nombre para la rosa.
Es una versión que deja a Baró en peor lugar y que en el episodio resulta más creíble. Durante años la rosa Catalina fue habitual en Cuba y se decía que era la favorita en las bodas, pero de un tiempo a esta parte desapareció. Lo que sí quedó fue su forma: Lalique reprodujo esa rosa en varias vidrieras de la casa.
Conviene decir que las fuentes siguen discrepando. EcuRed sostiene la versión del injerto, atribuyéndolo a los floricultores del jardín El Fénix. Aquí no hay un dato que zanje la cuestión, sino dos relatos que compiten.
La muerte de Catalina
Catalina solo pudo disfrutar la casa tres años.
La causa de su muerte es otro terreno de leyendas. Se habló de neumonía, de cáncer y hasta de una intoxicación por pescado. Mario Coyula apunta en su libro que Catalina tenía lupus y que pudo morir por complicaciones de esa enfermedad, asociadas a una leucemia, aunque lo da como una posibilidad más entre otras.
El libro es la novela «Catalina», de Mario Coyula Cowley (1935-2014), arquitecto, urbanista y Premio Nacional de Arquitectura de Cuba, publicada por Editorial Renacimiento. Cuenta la búsqueda imposible de un hombre tras una mujer bellísima que murió antes de que él naciera. Coyula decía que la novela era un homenaje a La Habana tanto como a Catalina: «Catalina era La Habana y La Habana era Catalina». En el episodio se la tiene por uno de los estudios más completos que existen sobre ella y toda su leyenda , y se recomienda encontrarla como excelente recomendación literaria.
Catalina murió en París. Quien la declaró muerta fue el médico cubano Francisco Domínguez Roldán, que tiene además el mérito de haber introducido en Cuba la radiología y la fisioterapia. Fue el 3 de diciembre de 1930, con 55 años.
Baró, desolado, preparó el traslado para enterrarla en Cuba. Trajo el cadáver embalsamado en una capilla ardiente improvisada en la bodega de un vapor francés. Se dijo también que ordenó a un avión arrojar cada día una lluvia de rosas amarillas sobre el barco hasta llegar a La Habana, algo que en el episodio no se creen; lo que sí se ordenó fue que las flores de la capilla, azaleas y orquídeas, se cambiaran a diario.
El cadáver llegó a La Habana el 2 de enero de 1931 y se enterró provisionalmente en una finca hasta que estuviera listo el mausoleo, por el que se dice que Baró pagó medio millón de pesos en oro. La cifra baila según la fuente, y hay quien la eleva al millón.
El mausoleo
Fue probablemente la última obra que Lalique hizo para el matrimonio.
Un último homenaje de mármol blanco traído de Bérgamo, con dos portones que unas fuentes describen de granito negro y otras de ónice, pero en los que todas coinciden: están revestidos de un cristal negro trabajado por Lalique y muestran dos ángeles con las alas extendidas rezando ante una cruz decorada con rosas. Dentro, un ábside lleno de cristales, también de Lalique, y una media cúpula con una rosa tallada sobre fondo malva que, al incidir el sol, proyectaba sobre la tumba de Catalina la imagen de la flor.
Al morir ella, Baró no volvió a habitar la casa. Tampoco quiso venderla: la arrendó. Murió en París, y durante años se dijo que había ordenado ser enterrado de pie para velar el sueño de Catalina, algo que después se comprobó falso: lo enterraron de forma adyacente, como a todos.
Juan Pedro Baró murió en París el 8 de julio de 1939, a los 78 años, y su cuerpo se trasladó a La Habana en octubre de 1940. En el panteón estaba ya enterrada también su madre.
El mausoleo es un ejemplo vivo del art déco cubano llevado a la arquitectura funeraria.
El saqueo
La historia de estos amantes siguió siendo trágica incluso después de muertos. Hoy la mansión ha perdido el esplendor que tuvo: se le han hecho planes de remodelación descabellados y ha pasado por funciones que la han deteriorado muchísimo. Pero el mausoleo se llevó la peor parte.
El saqueo de tumbas no es cosa de los tiempos faraónicos. Aún en nuestros días lo seguimos viendo, y es un alza realmente preocupante. La necrópolis de Colón está considerada una de las más relevantes del mundo, y en ella hay enterradas muchísimas personalidades cubanas y extranjeras, muchas de ellas muy ricas en vida.
Los descendientes de Catalina y Juan Pedro han negado que fueran enterrados con joyas. Pero entre la gente siempre corrió la leyenda de que Catalina estaba llena de sortijas, con collares de esmeraldas y hasta con un ramo de rosas de oro y brillantes.
Eso movió a un enterrador del propio cementerio a destrozar con una barreta y una mandarria todo el hormigón hasta llegar a los restos de Catalina, de Baró y de la madre de él. «Lo que estaba enterrado con ellos solo el ladrón lo sabe», dice el invitado. Pero tenía valor: lo atraparon porque se estaba dando una vida que no sostiene un sueldo de enterrador. Oficialmente nunca se dijo qué se llevó.
Lo condenaron a 30 años de prisión por daños al patrimonio y profanación de tumbas. Los restos de Catalina y Baró fueron trasladados al panteón de los Emigrados Cubanos, cerca de la entrada principal, donde está enterrada Leonor Pérez, la madre de José Martí. El mausoleo quedó bajo el amparo de la Oficina del Historiador para una restauración capital, que todavía se espera.
Dónde verlos
Para quien esté en La Habana y quiera verlos con sus propios ojos: la mansión está en el Vedado, en Paseo entre 17 y 19, y el panteón, en la necrópolis de Colón, a unos metros de la entrada principal, frente al monumento a los bomberos.
La profesión
Queda por revelar a qué se dedica el juglar habanero, que el episodio guardó para el final. Es graduado en medicina.
Y cierra con una frase con la que se identifica, de alguien que estuvo en las dos orillas: «La medicina es mi legítima esposa y la literatura mi amante». En su caso, dice, la medicina es la esposa legal y la historia, la amante.
La frase es de Antón Chéjov, y está en una carta a su editor A. S. Suvorin del 11 de septiembre de 1888. Continúa así: «Cuando me canso de una, paso la noche con la otra. Aunque es desordenado, no es tan aburrido, y además ninguna de las dos pierde realmente nada por mi infidelidad».
Sigue escuchando
- Al art déco, el estilo de ese mausoleo, le dedicamos Con aires Déco.
- Ian Pablo prometió aquí volver a este espacio, y cumplió en CONDESA del COLECCIONISMO de ARTE habanero.
- Este episodio se presenta como la continuación de otro, y lo dice con su número delante: TOP 5 de construcciones hechas por amor.
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