
Episodio 75
Publicado el 25 de agosto de 2023 · Duración: 14:56 min
¿Cómo llegó SOROLLA a CUBA?
En muchos rincones del mundo se homenajea por estos días al artista español Joaquín Sorolla, y no es para menos: en este mes de agosto se cumplen 100 años del fallecimiento del llamado pintor de la luz. El episodio se atreve además con un segundo apodo, que no es el consagrado sino una propuesta suya: «me atrevería a asegurar que también pudiese ser nombrado el pintor del mar, de las regatas», porque estos fueron elementos que lo fascinaron y que no se cansó de incluir en sus obras. Seguramente conoces a Sorolla, pero quizás no sabes que en Cuba hay una nutrida colección de pinturas suyas. ¿Cómo, cuándo y por qué atravesaron el océano esas obras? ¿Cuál es la relación de ese maestro valenciano con Cuba? De eso va este episodio.
La cuenta cuadra. Sorolla murió el 10 de agosto de 1923, según recoge OnCuba, que lo sitúa «a los 60 años de edad en su casa madrileña de Cercedilla». La Wikipedia en español da las mismas dos fechas: nacido el 27 de febrero de 1863 en Valencia y muerto el 10 de agosto de 1923 en Cercedilla. Este episodio se publicó en agosto de 2023, así que el centenario del que habla es exacto, no aproximado.
Un centenario que no se celebró solo en España
Se recordó muchísimo ese año por cumplirse justamente el centenario de su muerte, y se organizaron exposiciones en diferentes lugares del mundo, no solo en España. Es que su obra tuvo un alcance internacional: fue uno de esos pintores que pudo gozar de fama y prestigio en vida, no como otros tantos que murieron en el anonimato. Y era una persona tan respetada que se dice que su muerte tuvo una repercusión no solo cultural, sino también en el ámbito social.
El dato del alcance es comprobable. La Comisión Nacional para la Conmemoración del Centenario de Sorolla se constituyó en el propio Museo Sorolla el 9 de febrero de 2023, presidida por el entonces ministro Miquel Iceta, y su programación oficial confirmó más de treinta exposiciones temporales repartidas por España y por el extranjero, con sedes anunciadas en Copenhague, Roma, Dallas y Nueva York. La conmemoración se extendió hasta el 31 de diciembre de 2024.
Valencia, el mar y una manera de pintar
Sorolla vivió entre 1863 y 1923 y nació en Valencia, en España, con costas al Mediterráneo, y eso explica que el mar estuviera tan presente en sus obras. De ahí también sus escenas veraniegas, sus regatas, sus barcas. Se dice que iba a pintar a la mismísima playa sin importar cuán intenso fuera el sol de los veranos, precisamente para sentir las escenas que iba a plasmar en sus lienzos.
Su manera de pintar se reconoce fácilmente, no solo por los temas, sino por las pinceladas fluidas, sueltas, y por los colores vibrantes que empleaba. El episodio lo vincula con los impresionistas: en los viajes que realizó a París conoció de cerca a ese grupo y en su obra se perciben muchísimo los rasgos de ese estilo, empezando por el mismo gusto por pintar al aire libre.
Ese vínculo no lo cuentan todas las fuentes igual, y conviene decir quién sostiene qué y con qué fuerza. La Wikipedia en español fecha el viaje a París en el primer semestre de 1885, con el también pintor Pedro Gil, y afirma que allí «conoció de cerca la pintura impresionista, que produjo en él, ya de regreso en Roma, variaciones en su temática y estilo». Sobre el estilo no clasifica ella: recoge una etiqueta ajena, «su obra madura ha sido etiquetada como impresionista, postimpresionista y luminista». El Cultural, en cambio, sostiene lo contrario y nombra cuatro influencias reconocidas, no dos: «del naturalismo de Jules Bastien-Lepage al realismo pictórico del alemán Adolph Menzel. Estos nombres, junto a los americanos John Singer Sargent y James M. Whistler, serán sus principales influencias reconocidas, no así el impresionismo, aunque coincida con este movimiento en el uso del color, la manera de aplicar la pintura y el gusto por pintar al natural y al aire libre». Nótese que hasta la fuente que le niega el impresionismo le concede el aire libre, que es justo por donde el episodio empieza el paralelismo. Las dos lecturas conviven en la bibliografía.
Cuentan que Sorolla cargaba con los lienzos y las pinturas para la playa y que allí, en la arena, improvisaba un taller con toldos y sombrillas para que la luz no incidiera directamente sobre el lienzo en el que estaba pintando. Hay hasta una anécdota que el propio episodio marca como no comprobada: que una vez uno de los caballetes de Sorolla salió volando con el viento y golpeó a un bañista. Otras personas lo han llamado luminista por la maestría con que pintaba la luz en sus cuadros, y es que su obra es difícil de encerrar dentro de una clasificación, entre otras cosas porque es usual que los pintores atraviesen por diferentes etapas dentro de su carrera.
Aunque nació en Valencia, vivió gran parte de su vida en Madrid, y ahí fue realmente donde consolidó su éxito. De hecho, el Museo Sorolla, donde se encuentra una gran parte de sus obras, está en el edificio donde él vivía y donde tenía su taller.
Lo confirma el propio museo. Sorolla compró el solar del Paseo del Obelisco (hoy General Martínez Campos) en 1905 y encargó el proyecto al arquitecto Enrique María de Repullés y Vargas en 1909; una de sus aspiraciones, dice la ficha oficial, fue «unir su área de trabajo con el ámbito residencial». Que hoy sea museo se debe a su viuda: Clotilde García del Castillo, «en su testamento de 1925, legó al Estado español la casa y las colecciones que le pertenecían para que se creara un museo en memoria de su marido». El legado se aceptó en 1931 y el museo se inauguró en 1932, con el hijo del pintor, Joaquín Sorolla y García, de director.
El viaje que nunca ocurrió
Durante un tiempo se comentó que Sorolla había estado en Cuba, y eso no es cierto. Lo que sí parece haber ocurrido es que, sobre el año 1907, Sorolla planeó venir a Cuba a exponer: ya fuera porque tenía amigos artistas y coleccionistas en la isla, o porque sabía que su obra era admirada allí, o porque La Habana era un lugar donde cada vez se exhibía más el arte español. El caso es que no pasó de ser un deseo y nunca se concretó.
La fuente lo cuenta con más precisión que el episodio, y el matiz importa. OnCuba escribe que «Testimonios de prensa de 1907 hablan de la intención del artista valenciano de exponer sus lienzos en Estados Unidos, Argentina y Cuba», y añade: «Al primer destino viajó un par de veces, invitado por el filántropo e hispanista Archer Milton Huntington. A los otros dos, nunca». Ese «nunca» es sobre el viaje, no sobre los cuadros: las obras sí cruzaron el océano, el pintor no.
Y hubo una excepción en vida suya, que el episodio no menciona. El sorollista cubano Manuel Crespo Larrazábal, citado por ese mismo medio, fecha en 1921 —después de que Sorolla sufriera un ataque de hemiplejia— «la primera y única ocasión que conocemos, en que fuera expuesta públicamente en Cuba —en vida del pintor— alguna obra suya». La pieza fue el retrato de la tiple mexicana Esperanza Iris, «una de las últimas telas pintadas por el artista, cuyo propietario de aquel momento desconocemos, así como su paradero actual».
32 cuadros, una sala y unas cifras que conviene no redondear
Entonces llega la gran incógnita: cómo se conformó la colección de obras de Sorolla del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba. Y no se trata de un conjunto pequeño: son 32 pinturas. Tanto es así que el museo tiene una sala que se llama Joaquín Sorolla, donde se exhiben de forma permanente alrededor de 15 cuadros de esos 32. Son además obras representativas, que permiten ver su evolución como pintor, sus cambios de estilo, su etapa de madurez y de consolidación. Están, por ejemplo, dos retratos famosísimos de sus hijas: uno de María y otro de Elena.
Las cifras bailan según la fuente y cada una tiene su alcance exacto. Árbol Invertido da 32 obras al contar las que el Gobierno cubano no prestó a una exposición valenciana, y El Blog de la Tabla también habla de 32 obras salidas de La Habana, recordando de paso que la muestra valenciana de 1985 «Los Sorolla de La Habana» presentó 31. 14ymedio titula con 30 cuadros. Y el otro número, el de la sala, lo da la agencia Xinhua en su propia voz —no en boca de nadie—: el MNBA «mantiene desde 1987 una sala permanente dedicada a Sorolla con la exhibición de 15 obras». OnCuba publica esa misma frase palabra por palabra.
Sobre la importancia de esa colección hay tres formulaciones distintas y no son intercambiables. Xinhua, por boca de Crespo, la llama «una de las más importantes colecciones internacionales del artista valenciano». OnCuba dice que es «la colección más importante de pinturas del llamado Maestro de la Luz fuera del territorio ibérico». 14ymedio no lo afirma en seco, lo estima: «Se estima que Cuba guarda la tercera colección más importante de sorollas en el mundo, después de España y Nueva York». Son tres alcances diferentes y aquí se dan los tres, sin fundirlos en un superlativo único.
De los dos retratos de sus hijas, el de Elena está identificado sin ambigüedad: «Elena entre rosas» (1907) figura entre las cuatro obras que el museo cubano prestó al Museo Sorolla de Madrid para la exposición Sorolla en París de 2016, junto a «Verano» (1904), «La hora del baño» (1904) y «Clotilde paseando en los jardines de La Granja» (1907). Sorolla y Clotilde tuvieron tres hijos: Joaquín, Elena y María.
1920: la primera compra, y la de al lado
La primera obra de Sorolla que tuvo el museo cubano fue «Niño comiendo sandía». En 1920, hace más de un siglo, el director de la institución de entonces, Antonio Rodríguez Morey —que por cierto era pintor y conocía muy bien la obra de Sorolla—, fue hasta Madrid, al estudio del artista, y le compró esa obra por 4.000 pesetas. Un precio bajito, que para muchos demuestra en alguna medida el interés de Sorolla por contribuir con instituciones de bajos recursos.
El dato se sostiene fuera del audio, y casi con las mismas palabras. La ficha que reproduce el blog Lo Real Maravilloso dice: «Con el objetivo de comprar pintura para sus fondos, en el año 1920, el entonces director de la institución, Antonio Rodríguez Morey, viajó a Madrid», y consiguió la obra por «4 000 pesetas, lo que indudablemente muestra la comprensión de Sorolla para con una institución de bajos recursos». Añade que el lienzo mide 99,5 x 75 cm y va firmado «J. Sorolla B./ 1920/ Valencia». Xinhua confirma la misma compra como el primer Sorolla de la institución. Y la Wikipedia en español sitúa a Rodríguez Morey al frente del museo entre 1918 y 1967, una dirección que «desempeñó un papel fundamental para la especialización de la institución como un museo de bellas artes y en la obtención de reconocimiento internacional».
Pero en ese entonces no solo el museo estaba interesado en adquirir piezas de Sorolla, porque en Cuba también había personas poderosas: los coleccionistas privados cubanos tenían puestos sus ojos en Sorolla. El pintor estaba de moda. Algunos se los compraron directamente al artista, como un coleccionista que ese mismo año de 1920 adquirió «Desnudo de mujer en un diván amarillo» por 20.000 pesetas: cinco veces lo que había pagado el museo por el suyo. Más tarde, coleccionistas como Alfonso Fanjul, Tomás Felipe Camacho y José Gómez Mena adquirieron obras de Sorolla a través de subastas o de coleccionistas argentinos.
La pista argentina es literal. Árbol Invertido explica que la mayoría de los Sorolla del museo llegaron a la isla después de la muerte del pintor, que algunos proceden de la antigua colección Artal, de Buenos Aires, y nombra exactamente a los tres compradores que nombra el episodio: Alfonso Fanjul, Tomás Felipe Camacho y José Gómez Mena.
Por qué Sorolla, y por qué en Cuba
El episodio se detiene en los motivos, y son tres. El primero es histórico: Sorolla era español, y Cuba y España tienen un vínculo que han mantenido; una fue colonia de la otra, y aun cuando España dejó de dominar Cuba esa relación se mantuvo. España continuó siendo un paradigma a seguir por la isla, y en las primeras décadas del siglo XX jóvenes artistas cubanos iban a España a completar sus estudios, seguían emigrando españoles hacia Cuba y pintores ibéricos venían a exponer sus obras allí.
El segundo es de estatus. Al ser Sorolla un pintor de cierta reputación, adquirir una obra suya era sinónimo de estatus y de estar al nivel del referente europeo. Desde finales del siglo XIX ya tenía prestigio como retratista, y dentro de la aristocracia colonial cubana, que mantenía vínculos estrechos con Madrid —donde radicaba el pintor en aquel entonces—, no faltaron los encargos. El del retrato de la marquesa de Balboa se cree que fue uno de los primeros encargados desde Cuba.
Del retrato sí hay constancia documental independiente: el archivo fotográfico de Alamy cataloga un «RETRATO DE LA MARQUESA DE BAÑBOA-1894-OLEO/LIENZO 58,5X47 CM», de Joaquín Sorolla (1863-1923), con localización en el «MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES, LA HABANA, CUBA». Es decir: la obra existe, es de 1894 y está en La Habana. Que fuera uno de los primeros encargos llegados desde Cuba es una atribución que el propio episodio presenta con un «se cree» y que no ha podido contrastarse aquí con una fuente abierta.
El tercero es de temperatura y de paisaje: la claridad que hay en sus cuadros y las escenas que mostraban. El mar y la luz son elementos constantes en la vida de los cubanos, y esos elementos solían estar en los lienzos de Sorolla, así que la atracción era lógica: son escenas muy familiares para quien vive en una isla.
Los años cincuenta: el azúcar compra arte
La década de 1950, muchos años después de fallecido Sorolla, fue muy activa en cuanto a la entrada de obras suyas a Cuba. ¿Qué sucedió en ese periodo? Después de la Segunda Guerra Mundial algunas empresas cubanas comenzaron a ser muy prósperas, y eso trajo consigo el enriquecimiento de la burguesía; el coleccionismo de arte se convirtió en un lujo donde invertir capital. No es casualidad que para esa época ya se pueda hablar de importantes colecciones de Sorolla cuyos dueños eran cubanos influyentes: Julio Lobo, Oscar Cintas y la del ya mencionado José Gómez Mena. La mayor parte de esas piezas las adquirían en Estados Unidos, pero también en capitales europeas como Londres o Madrid.
Los dos nombres nuevos están documentados en la historia del propio museo: la Wikipedia en español, en la entrada del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, recoge que tras 1959 «valiosas colecciones de arte… pasaron en su totalidad o en parte al acervo de la institución», y cita entre los grandes coleccionistas privados a Julio Lobo y Oscar Cintas. La misma entrada fecha la fundación del museo: un decreto presidencial del 23 de febrero de 1913, con inauguración el 28 de abril de 1913, y describe la colección española como la sección más numerosa del arte internacional del museo, con más de 700 piezas.
1959, las paredes falsas y la nacionalización
A finales de esa misma década del 50 el panorama social de Cuba cambia de forma drástica, y las colecciones privadas de Joaquín Sorolla en La Habana cambian también su destino. En 1959 la revolución cubana llega al poder y muchos hombres de negocios y coleccionistas —entre ellos la familia Fanjul y la Gómez Mena, que habían hecho fortunas con la industria azucarera cubana— abandonan el país, de manera bastante precipitada, dejando atrás propiedades, objetos personales de toda clase y colecciones de arte. La mayoría de esas personas pensaban retornar a la isla en un momento no muy lejano: se suponía que era algo temporal.
Un recurso que se empleó mucho en aquella época para proteger las pertenencias de valor que dejaban atrás fue el de crear paredes falsas dentro de las casas, que funcionaban como escondites secretos y que finalmente quedaron al descubierto. Entre los objetos hallados había obras de Sorolla. En aquellos años se estaba llevando a cabo un proceso de nacionalización que, explicado de manera simple, consistía en eliminar las propiedades privadas, y en medio de ese proceso estas obras pasan a ser propiedad del gobierno cubano, que después las traspasó al Museo Nacional de Bellas Artes. Eso enriqueció notablemente la colección de cuadros de Sorolla que ya existía allí.
El caso mejor documentado es el de la familia Fanjul Gómez-Mena, dueña de lo que El Español describe como «la tercera compañía de azúcar del mundo» y «una de las fortunas más importantes de la isla en los cincuenta». Su mansión de El Vedado, con su colección —Sorolla, Goya, Murillo—, fue nacionalizada y convertida en Museo Nacional de Artes Decorativas en 1964; allí «también encontraron las pinturas».
La sombra que viaja con los cuadros
Ese fue el largo camino por el que se fue conformando la voluminosa colección de Joaquín Sorolla que hoy está en La Habana y que a tantas personas extranjeras sorprende. Y, como es de esperar, esos sucesos mantienen una especie de sombra sobre la colección: cada vez que el museo hace un préstamo de los cuadros para alguna exposición en España, la prensa de ese país enseguida menciona la procedencia de muchos de ellos y pone sobre el mantel la polémica de su origen. Es una historia que siempre acompañará a estas piezas.
La polémica tiene expedientes concretos. 14ymedio recuerda que, cuando La Habana prestó dos Sorolla al Prado en 2009, la familia exiliada «llevó a cabo otro combate judicial, amparados por la Ley Helms-Burton», y que los herederos ya habían litigado internacionalmente en los años noventa. El Español añade que los abogados de la familia han amenazado con acciones legales a las instituciones españolas que acogen estas obras. Y Árbol Invertido documenta el desenlace del centenario: el Gobierno cubano se negó a enviar las 32 obras a la exposición prevista en Valencia, tras unas negociaciones que habían empezado en 2016 y que parecían cerradas en 2019. La responsable valenciana de Cultura, Carmen Amoraga, lo resumió así: «La situación internacional ha hecho que… el Gobierno cubano haya decidido poner freno».
Al final los cuadros se vieron, pero en La Habana. La muestra del centenario se tituló «Joaquín Sorolla Bastida (1863-1923): Las obras del Museo de La Habana en el centenario de su muerte», la curó Manuel Crespo y reunió alrededor de treinta pinturas de la colección; abrió a finales de septiembre de 2023 y se mantuvo hasta enero de 2024. Este episodio se publicó un mes antes de esa inauguración.
Sorolla nunca pisó Cuba. Sus cuadros llegaron de todas las formas posibles: una compra en su propio estudio en 1920, encargos de la aristocracia habanera, el dinero del azúcar comprando en Nueva York y en Londres, subastas, una colección argentina y, finalmente, una nacionalización. Por eso la colección de La Habana no se explica solo con la biografía del pintor: hay que contar también la del país al que fueron a parar sus lienzos.
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