Episodio 78Arte cubano
CONDESA del COLECCIONISMO de ARTE habanero
14 de octubre de 2023 · 22:28 min

En La Habana, precisamente en las calles 17 y E, se encuentra uno de los palacetes más llamativos del Vedado. Hoy es la sede del Museo Nacional de Artes Decorativas, pero se construyó como residencia para una de las familias aristocráticas más encumbradas de la ciudad, que dejó en este lugar huellas que estremecen. Fuimos tras esas huellas, y de esa visita nació este episodio.
Nos acompaña de nuevo Ian Pablo, el juglar habanero, que ya estuvo con nosotras en el episodio 65 hablando de otra mansión habanera, la de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, en la calle Paseo. Aquella era una casa hecha por amor. Esta va de coleccionismo de arte, que en definitiva es otra forma de amor; y en sus orígenes fue además una muestra de amor filial, de padre a hija, porque lo del coleccionismo llegó un poco después.
El barón del azúcar
La casa la mandó construir José Gómez Mena, «Pepe», un hacendado al que en su gremio conocían como el barón del azúcar. Evocar a los Gómez Mena en Cuba todavía estremece un poco, por la influencia enorme que la familia tuvo en tantos sectores: el social, el político y sobre todo el económico.
Para hacerse una idea del capital: Pepe tenía solo en activos más de 20 millones de dólares, era propietario de cuatro centrales azucareros que producían un millón trescientas cincuenta mil arrobas diarias, y además una destilería, molinos de arroz e incluso un equipo de pelota.
Le encargó la construcción a dos arquitectos franceses —algunas fuentes dicen que en 1924 y otras que en 1926—, que delegaron la supervisión de la obra en el ingeniero cubano Adrián Maciá. En 1927 ya estaba lista.
Los dos franceses tienen nombre en la bibliografía del museo: P. Viard y M. Destugue, que proyectaron la casa desde París. Conviene decir que ahí una fuente no coincide con el episodio: Casa Antigua atribuye la dirección de la obra al arquitecto cubano Alberto Camacho, no a Adrián Maciá. Y da la horquilla que el episodio deja abierta: la mansión se levantó entre 1924 y 1927.
Pepe iba a vivirla con su primera esposa, pero se divorciaron antes de llegar a habitarla y él se mudó a una casa nueva en el Country Club, que ya era el barrio más exclusivo de La Habana, por encima incluso del Vedado. Entonces se la regaló a su hija Lilian, al parecer por su matrimonio con Alfonso Fanjul, otro personaje grande del azúcar. Ese matrimonio creó lo que hoy es uno de los imperios azucareros más grandes del mundo, y al hijo de la pareja se le considera hoy por hoy el rey del azúcar.
Lilian vivió muy poco tiempo en la mansión, porque decía que el mantenimiento le salía carísimo, y hacia 1938, once años después de construida, se la arrendó a su tía: María Luisa Gómez Mena.
Cómo está hecha
El palacete está próximo a cumplir cien años y su interior se conserva bastante bien, aun cuando prácticamente no se ha restaurado, lo que dice mucho de la calidad de la construcción.
Todo apunta a que solo se emplearon materiales importados, con la excepción de la carpintería, que es de caoba cubana. No consta en ninguna fuente el precio total de la casa: eran los Gómez Mena, y hablar de dinero les habría parecido muy de clase media.
El resultado es una fachada de estilo clasicista francés, hecha de piedra de capellanía, dura como la del Capitolio, con ventanales enormes y una reja de hierro forjado que delimita toda la propiedad. Y eso es solo el exterior.
El plato fuerte es el vestíbulo, de doble puntal, con una escalera de honor de tres ramas y galerías perimetrales en los pisos superiores: todo muy de teatro. Y los pisos de mármol de Carrara labrado en taracea, la técnica artesanal que reviste la superficie con incrustaciones que forman diseños decorativos.
Un pedacito de Versalles en el Vedado
En el interior se lució sobre todo la casa Jansen, la firma de decoración que trabajó para Chanel, para los duques de Windsor y para los Kennedy, y que da la casualidad de que tenía sucursal en La Habana Vieja: si consultas revistas de la época como Social o Carteles, verás sus anuncios.
Maison Jansen se fundó en París en 1880, y la fundó un holandés, Jean-Henri Jansen. La Wikipedia en inglés la considera la primera firma de decoración verdaderamente global: llegó a tener oficinas o tiendas en Buenos Aires, Londres, El Cairo, Nueva York… y La Habana. Su lista de clientes explica el nivel de la casa de 17 y E: Guillermo III de los Países Bajos, Alfonso XII de España, los duques de Windsor, el sah de Irán, los Rockefeller, Coco Chanel y los Kennedy —fue Jansen quien llevó la reforma de la Casa Blanca de Jacqueline Kennedy—. Y Leopoldo II de Bélgica, dato que resonará dentro de unos párrafos. Esas sedes y esos tres reyes los recoge 1stDibs.
Jansen se especializaba en mobiliario francés del Antiguo Régimen, o sea que trabajaba mucho con los Luises: XIV, XV y XVI. Y buena parte de los elementos decorativos de la casa son originales de palacios franceses: los trofeos de bronce del comedor los adquirió Jansen de un palacete francés del siglo XVIII que iba a ser derribado, y lo mismo ocurre con las boiseries estilo Luis XV del salón principal —los paneles de madera de las paredes—, originales de algún palacete que se fue desarmando poco a poco, y cuyo valor acabó en manos de los proveedores de la firma.
En resumidas cuentas, la casa viene siendo un pedacito de Versalles en medio del Vedado. A cada paso se percibe la intención de sus dueños de imitar las costumbres y el modo de vida europeos: el comedor está inspirado en el salón de la guardia de las reinas del palacio de Versalles.
Y ese afán llegaba hasta donde no tenía ningún sentido. Varias habitaciones del palacete tienen estufas ciegas, o sea falsas estufas. Sabían perfectamente que aquí una estufa es totalmente innecesaria, pero como los franceses las usaban, había que tener no una sino varias, aunque fuesen de mentirita.
Las fiestas
Todo ese lujo había que compartirlo en sociedad. Para eso estaban las áreas exteriores a uno y otro lado del palacete, donde se celebraron recepciones que dieron muchísimo de qué hablar: asistían los políticos y empresarios cubanos más poderosos, y también personalidades extranjeras.
Según reseñas del Diario de la Marina, en esa mansión se daban al año cuatro fiestas importantes: la del perfume, la del antifaz, la japonesa y la del segundo imperio. Los dos jardines de la casa —el de las estaciones y el de la noche— acogían a la cantidad aberrante de invitados que recibía María Luisa, bebiendo champán entre las estatuas del verano y el otoño.
Hay una novela de Alejo Carpentier, La consagración de la primavera, donde María Luisa aparece como personaje: no la menciona por su nombre, se refiere a ella simplemente como la condesa, la tía del protagonista, y en el tercer capítulo alude a una fiesta que dio en su casa.
El fragmento describe a los invitados barajados por el remolino de grupos, entre rasos, encajes, tules y sedas: «los Barones del Azúcar, los Adelantados del Latifundio», los «Procónsules de la General Motors y la General Electric», el «Esculapio de las Mil Farmacias», el embajador del rey Alfonso. La orquesta ataca el vals del Danubio Azul y salen las patinadoras a la pista.
Una precisión sobre esa cita. El pasaje existe y los tres sintagmas entrecomillados arriba están documentados tal cual, pero no hemos podido cotejar el fragmento entero contra una edición: de ahí que solo vaya entre comillas lo verificado y el resto quede descrito. Quien quiera el texto exacto, capítulo tercero.
El escenario es ficticio, pero sirve para hacerse una idea del tipo de invitados que tenía María Luisa. Y no era solo el palacete: las recepciones estaban a la altura de las que hacía la aristocracia europea. Cabría preguntarse quién era realmente la condesa de Revilla de Camargo para tener ese poder de convocatoria, si hasta el presidente de Cuba de entonces, Fulgencio Batista, iba a visitarla a su palacete. Como dijo el guía del museo: no era que ella fuera a ver al presidente; el presidente iba a verla a ella.
Quién era María Luisa
Antes que nada hay que distinguir dos María Luisas. Una es María Luisa Gómez Mena y Vila, condesa de Revilla de Camargo, que es de quien va este episodio. La otra es su sobrina, también María Luisa Gómez Mena, la mujer que pintaron los artistas cubanos Carlos Enríquez y Mario Carreño, que tuvo una vida igualmente fascinante y que merece su propio episodio. No son la misma persona.
Nuestra María Luisa nació en abril de 1880. No hay mucha documentación sobre su vida antes de casarse, salvo reseñas sueltas en las revistas de sociedad, con fotografías suyas en eventos como el baile que celebró Mina Truffin en su quinta de Marianao en 1916, o el baile de trajes que dio Lily Hidalgo de Conill en su mansión del Vedado, también en 1916, a una semana de diferencia uno de otro. El Diario de la Marina, en una edición de 1953, dijo que la sociedad habanera había dado cinco fiestas inolvidables en toda su historia, y esas dos estaban entre ellas.
María Luisa se casó con Agapito Cagiga, natural de Cantabria, en 1902, y en 1924 los dos fueron anfitriones de otra de aquellas cinco fiestas legendarias: el baile del Segundo Imperio, que no se celebró en la mansión de 17 sino en otra del Vedado, por la calle B, hoy demolida —se derribó para levantar un bloque de apartamentos que nunca se construyó—.
Cuando se dio esa fiesta María Luisa todavía no era condesa, porque su marido no recibió el título de conde de Revilla de Camargo hasta 1927, cuando se lo concede Alfonso XIII. María Luisa vivía en España cuando Agapito murió, en 1938, y por ese motivo regresó a Cuba al año siguiente. La pareja no tuvo hijos, y el título lo heredó un sobrino de Agapito en 1953; aun así, ella siguió conservando el de condesa viuda.
El nombre completo del marido es Agapito de la Cagiga y Aparicio (1863-1938), y el condado se creó el 14 de noviembre de 1927. El título toma su nombre de Revilla, en el municipio de Camargo (Cantabria), donde Agapito fundó unas escuelas que todavía llevan su apellido. El sobrino que heredó en 1953 fue José María de la Cagiga y Arce (1912-1967), II conde. Lo recoge la Wikipedia en español, en sus artículos sobre el condado de Revilla de Camargo y sobre Revilla.
Los invitados
La casa de 17 y E le vino a María Luisa como anillo al dedo, dado su gusto por lo cortesano y lo francés, y logró convertirla en un centro de reunión frecuentado durante años por personalidades de todo el mundo: los duques de Windsor, los condes de Barcelona, la duquesa de Alba, y Leopoldo III de Bélgica y su familia, que la visitaron en 1948 y pasaron algunos días con ella en la casa de playa que tenía en Varadero.
Ese viaje encaja: Leopoldo III estaba entonces en el exilio, en Pregny-Chambésy, cerca de Ginebra, donde pasó seis años tras la guerra, y en ese periodo viajó a Cuba, donde además de las visitas de sociedad recorrió una fábrica de tabaco, algunas escuelas y una maternidad. Volvió a Bélgica tras el referéndum de 1950 y abdicó en su hijo Balduino en julio de 1951. Y hay una coincidencia que cierra el círculo: Maison Jansen, la firma que decoró esta casa, había tenido por cliente a Leopoldo II, abuelo del rey que ahora dormía en ella.
La coleccionista
María Luisa supo llamar la atención no ya por sus fiestas despampanantes, sino por las piezas de arte que fue adquiriendo durante años en distintas casas de subastas del mundo. En su labor como coleccionista se nota un marcado gusto por el arte francés: muebles estilo Luis XV, esculturas francesas de los siglos XVIII y XIX, pinturas de François Boucher y numerosas piezas de Sèvres, una de las principales fábricas de porcelana europeas.
Pero la pieza más valiosa es otra. María Luisa tenía cierta fascinación —no queremos aventurarnos a decir obsesión— con María Antonieta, la última reina de Francia; puede que se sintiera identificada con ella, o al menos con el estilo de vida hedonista y despilfarrador que representaba. Por eso no fue capaz de resistirse cuando vio la oportunidad de adquirir un secreter que había pertenecido a la reina, diseñado por Jean-Henri Riesener, ebanista del rey y tenido por el más importante del siglo XVIII.
Lo compró en Estados Unidos y decidió traerlo a La Habana dentro de un huacal, una caja rústica, de manera que nadie sospechara lo que contenía y, de paso, pagar un impuesto de aduana más bajo. Un mueble viejito, supuestamente. Ese secreter es hoy la pieza más valiosa del Museo Nacional de Artes Decorativas.
Lo otro que hizo
Conviene puntualizar que María Luisa estuvo muy ligada a las obras de caridad. Fue enfermera de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial y tuvo varias condecoraciones: dama de la Orden de Carlos Manuel de Céspedes, la más alta que se concedía en tiempos de la República; fue agregada cultural ad honorem en la Embajada de Cuba en Francia; presidenta y una de las fundadoras de la Liga Cubana contra el Cáncer; y la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva, en Marianao, le concedió un doctorado honoris causa en Derecho Público por la ayuda económica que dio al centro hasta su cierre con la llegada de la Revolución. Despilfarraba y vivía entre lujos, sí, pero también contribuía.
1959: las paredes falsas
En 1959, con la llegada de los barbudos a La Habana, María Luisa sale del país, tal vez asustada de que tomaran represalias con ella por sus tratos tan cercanos con Fulgencio Batista.
Dejó la casa a cargo de su sobrino Pancho —probablemente el que inspiró a Carpentier el protagonista de La consagración de la primavera— y de su mayordomo Luciano. Como tantas familias adineradas que abandonaron el país creyendo que la revolución sería algo pasajero y que pronto recuperarían sus bienes, María Luisa pidió a su sobrino que ocultase sus pinturas, sus muebles y su platería más valiosa detrás de paredes falsas, para poder recuperarlos a su regreso.
La revolución se mantuvo y ella nunca volvió a su mansión. No es que llegara corta de dinero: la casa estaba asegurada con Lloyd's de Londres en nada menos que un millón de dólares.
Y el final tiene algo de sainete. Cuando el gobierno revolucionario intervino la casa, una de las paredes falsas se descubrió por un tomacorriente que no servía: al ir a arreglarlo aparecieron buena parte de las piezas que hoy integran la colección del museo, incluido el secreter de María Antonieta.
El museo se inaugura un año después de que María Luisa muriera en España, en octubre de 1963. Está enterrada en el cementerio de la Sacramental de San Justo.
El Museo Nacional de Artes Decorativas abrió el 24 de julio de 1964, según La Jiribilla, y hoy conserva más de 33.000 piezas entre salas y almacenes, de los reinados de Luis XV, Luis XVI y Napoleón III, como recoge la Wikipedia en español.
Y de ahí sale el nombre de este episodio. Porque puestos a cambiarle el título nobiliario, en vez de condesa de Revilla de Camargo bien podría llamarse condesa del coleccionismo de arte habanero.
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- Del palacete de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, la mansión habanera hecha por amor, conversamos en AMOR y ARTE… ¡en La Habana!.
- De las casas de subastas del mundo en las que la condesa fue formando su colección hablamos en El mundillo de las subastas.
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