Episodio 81Técnicas y materiales
Los PIGMENTOS en el ARTE (II)
29 de noviembre de 2023 · 11:57 min

Es tan rico y tan apasionante el tema de los pigmentos en el arte, que hoy volvemos a adentrarnos en él y a conectar con el episodio anterior, donde hablamos de todos aquellos antepasados que siglo tras siglo fueron regalándonos pigmentos cada vez más increíbles y mejorados.
Partimos de la prehistoria, pasamos por Egipto, Roma, la Edad Media, el Renacimiento y, claro, nos detuvimos en el pigmento más caro de toda la historia: el azul ultramar, derivado de una piedra semipreciosa llamada lapislázuli.
Esta es la segunda parte, y acompañan Jenny y Gretel.
La pregunta que quedó en el tintero
Vine preparada para la pregunta que dejamos en el tintero en el episodio anterior. Y la recuerdan así: mientras en Europa, desde el siglo XIII, había una especie de fiebre, de locura, por el azul ultramar fabricado con la piedra semipreciosa lapislázuli... ¿qué pasaba en la América precolombina?
La respuesta desarma el relato europeo de un plumazo.
Los mayas ya tenían su propio azul
Mientras en Europa los pintores se halaban los pelos por el lapislázuli o alguna otra variante de azul, la civilización maya, muy oronda ella, había creado su propio azul: el azul maya. Se obtenía de la planta del añil y se mezclaba con arcilla para hacerlo más duradero. Y lo fue, porque se conservan pinturas con él hasta el día de hoy.
Piensa en lo que significa. El azul que en Europa costaba más que el oro, que llegaba en barco desde unas montañas de Afganistán y que obligaba a los pintores a negociarlo por contrato, aquí se hacía con una planta y barro.
¿Te imaginas las caras de los europeos cuando llegaron a América y se tropezaron con aquel azul? Se deben haber quedado boquiabiertos en más de una ocasión delante de los pigmentos que habían creado las civilizaciones precolombinas.
Y el rojo que se llevaron en barco
Porque no se toparon solo con el azul maya. En el Imperio Azteca también se llevaron una gran sorpresa: el rojo cochinilla. Los europeos alucinaron con ese rojo. Les pareció perfecto.
Se obtenía machacando un insecto conocido como cochinilla, que suele vivir en los cactus; por eso se llama así, rojo cochinilla. O carmín, ese es su otro nombre.
Y el desenlace es el de siempre. Ni cortos ni perezosos, los europeos mandaron al puerto de Sevilla, en España, un cargamento de cochinilla para distribuirla por Europa y que hubiera rojo para todos.
Apunta bien este rojo. Dentro de unos minutos vuelve, y de la manera más inesperada.
El Renacimiento tenía más colores que el azul
Como decíamos en el episodio pasado, la historia de los pigmentos también tiene sus lados oscuros. Y volvemos a Europa, al Renacimiento, porque más allá del amor por el lapislázuli existían otros pigmentos.
En aquellos tiempos era muy popular la sanguina, que era una barra de color rojo intenso que se empleaba desde el siglo XV, lo mismo para hacer bocetos que dibujos. Leonardo da Vinci, el rey de los bocetos, tiene que estar en esa lista. Y también la usaban Miguel Ángel, Rembrandt y Rubens. Hoy día existe más bien en forma de lápiz.
El óleo, y el hombre al que se lo atribuyen
También en el Renacimiento, específicamente en el siglo XV, los artistas empezaron a usar óleos y transformaron por completo el arte de la pintura.
Fíjate en que esto es exactamente el vocabulario de la primera parte puesto a trabajar: comenzó a emplearse el aceite como disolvente, y esto trajo resultados positivos. Uno de ellos, que los artistas podían pintar por capas sin que hubiese problemas, y así lograban obras más detalladas y realistas.
Así lo hicieron Da Vinci y Jan van Eyck. A este último algunos le atribuyen la invención del óleo, y la respuesta del episodio es la prudente y la correcta: si no fue quien lo inventó, sí experimentó bastante con él.
Van Eyck arregla el verde que los romanos dejaron a medias
Y aquí el episodio cierra un cabo que había dejado abierto ocho días antes. ¿Recuerdas que en el episodio pasado hablamos sobre un pigmento verde llamado verdigrís o cardenillo? Que los romanos lo descubrieron oxidando el bronce con vino, pero que no era muy duradero.
Pues en el siglo XV el pintor flamenco Jan van Eyck se encargó de arreglarle ese defectico de la corta duración. Y así lo demostró en su obra El matrimonio Arnolfini: pintó el vestido de la señora con ese tipo de verde aglutinado con aceite. El resultado: hasta el día de hoy, el vestido está intacto.
A todos nos llama la atención el estado de conservación que tiene el pigmento verde después de tantos siglos. Se conserva súper bien. Toda una hazaña.
Esto es lo mejor del episodio y conviene subrayarlo: la prueba de que el invento funcionó lleva casi seiscientos años intacta, y desde 1842 cuelga en la National Gallery, donde cualquiera puede ir a verla. El aglutinante —esa palabra que en la primera parte parecía un tecnicismo— es literalmente lo que sostiene ese vestido verde.
El accidente de Berlín: buscaba un rojo y le salió un azul
En el siglo XVIII se inventó el azul de Prusia, que hizo más asequible el pigmento azul, abaratándolo. Fue cuando de veras logró llegar a manos de más artistas.
La historia de su creación está muy interesante. Cuentan que en Berlín un fabricante de colores estaba tratando de conseguir un pigmento rojo, pero logró hacer uno azul. Cosa que no le hizo ninguna gracia: él lo consideró como una derrota.
Sin embargo, el señor que le proveía los elementos químicos fue más sagaz y se quedó con la fórmula por unos diez años para comercializar el pigmento. Hasta que otro químico inglés logró hallar la fórmula, y entonces fue cuando se democratizó.
Los nombres, para quien quiera buscarlos: el fabricante de colores era Johann Jacob Diesbach, y el episodio fecha bien el hallazgo, hacia 1706 en Berlín. Quien lo comercializó desde 1708 fue Johann Leonhard Frisch, para quien trabajaba Diesbach; que la potasa viniera del alquimista Johann Konrad Dippel es una historia que solo cuenta Stahl en 1731. La fórmula se publicó por fin en 1724, y la firmó el inglés John Woodward.
Y ahora el detalle que el episodio no cuenta, y que lo cambia todo: el rojo que Diesbach estaba intentando fabricar era rojo de COCHINILLA. El mismo carmín americano del que este episodio acaba de hablar, el del cargamento que llegó al puerto de Sevilla. Diesbach usó una potasa contaminada con sangre animal, la reacción se torció, y en lugar de carmín apareció un azul intenso.
Así que el azul que abarató el color en Europa nació de un intento fallido de copiar un rojo azteca. Los dos pigmentos que abren y cierran esta parte del episodio son, en realidad, el mismo accidente.
Y recordemos también que en el siglo XIX, como nos contó Gretel en el episodio anterior, el químico Jean-Baptiste Guimet inventó el azul ultramar artificial de origen sintético, lo que lo hizo más asequible y los artistas pudieron emplearlo con más frecuencia.
El siglo XIX: la industria entra en el taller
Ese siglo trajo varias alegrías para los artistas, porque también contaron con un nuevo tipo de amarillo: el amarillo cromo o amarillo de París, que lo emplearon artistas de la talla de Van Gogh, que tan amante de este pigmento era.
Las dos denominaciones son correctas: «amarillo de París» es uno de los nombres históricos del cromato de plomo, junto con amarillo de Colonia y amarillo de Leipzig. El químico francés Vauquelin aisló el cromo en 1797 y publicó la preparación del pigmento en 1809.
Y hay un detalle que enlaza con el lado oscuro de la primera parte: el amarillo de cromo es un pigmento de plomo, capaz de provocar delirios. Van Gogh pintó con él sus girasoles, y hay indicios de que mordisqueaba sus pinturas.
Y en general, durante el siglo XIX se crearon muchos colores artificiales a partir de la fabricación industrial, y esto le dio a los artistas nuevas posibilidades y pigmentos más baratos.
El siglo XX: el acrílico
Hasta que en el siglo XX llega una innovación que emocionó a más de uno: la pintura acrílica. Tenía como base el agua, era más barata que el óleo, se secaba rápidamente y hacía conservar los colores brillantes.
Por eso sedujo a grandes figuras del siglo XX, como el artista pop Roy Lichtenstein. Eso es exacto: según el artículo de la Wikipedia en inglés sobre él, Lichtenstein trabajó con Magna, una marca de pintura acrílica. El segundo ejemplo que da el episodio no se sostiene, y va en la fe de erratas del final: Jackson Pollock no chorreaba acrílico, sino esmalte de pintar casas.
El azul que no existía hasta hace nada
Hasta la actualidad continúan apareciendo nuevos colores. Hace pocos años se descubrió un nuevo tipo de azul. Lo llamaron azul de Oregón o azul YInMn. Se dice que es más duradero que el azul ultramarino y que el azul de Prusia. Y, algo muy importante, no es tóxico.
El nombre raro tiene explicación: YInMn son los símbolos del itrio, el indio y el manganeso, los tres elementos que lo componen. Lo descubrió en 2009 el químico Mas Subramanian en la Universidad Estatal de Oregón —de ahí el otro nombre—, y fue por accidente: su equipo estaba calentando óxidos para investigar materiales electrónicos, no buscaba un color.
Es el primer pigmento azul sintetizado en un laboratorio en más de doscientos años, es decir, el primero desde el azul de cobalto, de 1802. Se licenció en 2015, está a la venta para artistas desde 2017 (Derivan, en Australia) y obtuvo la aprobación comercial plena de la EPA en 2020, según la Universidad Estatal de Oregón.
Y fíjate en el patrón, porque ya van tres: Diesbach buscaba un rojo y encontró un azul; Subramanian buscaba un material para electrónica y encontró un azul. Trescientos años después, el azul sigue apareciendo por error.
La guerra de los pigmentos, en pleno siglo XXI
Ese no es el único pigmento que se ha descubierto en los últimos tiempos. Se han descubierto otros que han generado cada escándalo.
En el año 2014, científicos de una empresa británica dedicada a la nanotecnología dieron una noticia impactante: habían creado el pigmento más negro de la historia de la humanidad. Lo llamaron Vantablack, y es un pigmento que logra tragarse el 99,96% de la luz que puede recibir.
Y lo explican con un ejemplo que se entiende sin ver nada. Si estuviéramos en una habitación completamente pintada de Vantablack e iluminada con un solo foco, podríamos ver a otra persona, pero no podríamos percibir el tamaño, la forma o la profundidad de la habitación en la que nos encontramos.
Y otro mejor todavía: colocan dos caretas, una de bronce en la que se ven los rasgos faciales y la otra también de bronce pero teñida con Vantablack. Lo que vemos es una mancha negra: no se distingue ninguna de las irregularidades del rostro. Es como si tuviéramos delante una careta de bronce y al lado una mancha negra en 2D.
Este nuevo color ya se ha empleado para mejorar cámaras de telescopio y en técnicas de camuflaje de aviones militares. Pero también ha agitado el mundo del arte, ya que el escultor indio-británico Anish Kapoor compró la patente de uso del color Vantablack. Lo que significa que él es el único artista que puede hacer uso de este color.
La cifra del episodio es correcta —99,965%, que redondeado es lo que dicen— y lo desarrolló Surrey NanoSystems en 2014.
Un matiz sobre «la patente»: lo que Kapoor compró en 2016 fueron los derechos exclusivos de uso como material artístico, no la patente del material. Vantablack sigue disponible para la industria aeroespacial y la defensa. La exclusividad es sobre el arte, y solo sobre el arte — que es precisamente lo que encendió la mecha. Así lo recogen los artículos de la Wikipedia en inglés sobre el Vantablack y sobre Anish Kapoor.
Bastante fuerte, una excentricidad, dicen. Más sabiendo que el negro es un pigmento que adoran los artistas.
No era la primera vez: Yves Klein
Esto no es la primera vez que sucede. En 1960 el artista francés Yves Klein patentó un azul mate que se ha conocido desde entonces como International Klein Blue. Y ya vemos que le puso su nombre y todo al color.
Y la respuesta: el rosa más rosa del mundo
El hecho de que Anish Kapoor comprara la patente de uso del color desató reacciones negativas en el mundo del arte. Algunos dijeron que era poco ético que un artista tuviera el control absoluto sobre un color, y otros han ido más allá de las palabras y han pasado a los hechos.
Un artista británico llamado Stuart Semple lanzó primero una campaña en redes sociales para liberar el Vantablack, promoviendo el hashtag ShareTheBlack. Y más tarde creó su propio pigmento extremo, el rosa más rosa del mundo. Y lo puso a disposición de toda la humanidad, excepto para Anish Kapoor, a quien le queda terminantemente prohibido usar este nuevo pigmento.
El pigmento se llama Pinkest Pink, y el método de Semple es la mejor parte: para comprarlo hay que firmar una declaración legal afirmando que no eres Anish Kapoor ni tienes vinculación alguna con él.
Y la historia terminó como tenía que terminar: en diciembre de 2016 Kapoor publicó en Instagram una foto de su dedo corazón hundido en el rosa prohibido. La disputa sigue abierta y ha producido más pigmentos por las dos partes. Así lo recogen los artículos de la Wikipedia en inglés sobre Stuart Semple y sobre Anish Kapoor.
La guerra de los pigmentos en pleno siglo XXI.
Y sin embargo, la búsqueda no para
Más allá de escándalos mediáticos, lo que sí es evidente es que la humanidad no cesa en la búsqueda de nuevos pigmentos, desde los científicos hasta los artistas. De hecho, los mismos que crearon el Vantablack ya crearon el Vantablack 2.0, una versión aún más oscura del pigmento.
Porque el color es algo que siempre nos va a fascinar, aunque a algunas les guste más el azul y a otras el verde.
Y ahí se cierra el círculo que abrió la primera parte con una discusión de broma sobre colores favoritos. Empezamos con ocre de Altamira y terminamos con un pigmento que se traga el 99,96% de la luz y tiene abogados. Entre medias: un azul que valía más que el oro, un pigmento hecho de momias, un verde que dejaba ciegos a los pintores y un rojo americano que, al intentar copiarse en Berlín, salió azul por accidente.
Decenas de miles de años buscando color, y todavía no hemos parado.
Una precisión sobre un dato que damos en el episodio: al hablar de la pintura acrílica decimos que sedujo a Jackson Pollock, que la empleó para su técnica del dripping o chorreado, y no fue así. Pollock chorreaba pinturas comerciales para arquitectura: en Number 3, 1949: Tiger casi todas son alquídicas modificadas con aceite, y hacia 1949 ya predominaban en su obra sobre los óleos de artista que usaba en 1943. Él solo dijo que prefería una pintura líquida y fluida. Lo recoge el estudio técnico de los materiales de Pollock del Hirshhorn. El otro ejemplo que damos sí es correcto: Roy Lichtenstein pintó con óleo y con Magna, uno de los primeros acrílicos, según su entrada en la Wikipedia en inglés.
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