Los mayas y sus sacrificios humanos

Episodio 53

Publicado el 15 de diciembre de 2022 · Duración: 13:32 min

Los mayas y sus sacrificios humanos

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Admiración y misterio. Con esas dos palabras define el episodio la cultura maya. Cómo no asombrarse con los estudios astronómicos, matemáticos, el sistema de escritura basado en jeroglíficos, el calendario o los grandes monumentos arquitectónicos que fue capaz de crear aquella civilización, y cómo no estremecerse al mismo tiempo ante prácticas tan sanguinarias como la de los sacrificios humanos. ¿Por qué los hacían?

Esa pregunta ordena el episodio entero, que es además el primero que el podcast dedica a la cultura latinoamericana precolombina: una civilización con tantos arqueólogos puestos en función de entenderla y descifrarla, porque es bastante enigmática. Hoy se habla del lado menos feliz de esa civilización, un tema que, visto desde la actualidad, resulta impactante y hasta repulsivo, pero que forma parte de la cultura de una de las más importantes de la América precolombina. De ahí que valga la pena adentrarse en él y encontrarle un porqué. O varios.

Dónde estaban los mayas, y qué tuvieron que vencer para estar allí

Vamos a ubicarnos. Los mayas estuvieron en varios estados de México y en varias regiones de Centroamérica, como las actuales Guatemala, Belice y Honduras: una zona amplia. La bibliografía académica dibuja el mismo mapa y lo cierra por el sur: el sureste de México —con la península de Yucatán dentro— y el norte de Centroamérica, es decir Guatemala, Belice y partes de Honduras y El Salvador. No fue un imperio unificado, sino un mosaico de ciudades-estado independientes, con capitales rivales como Tikal y Calakmul encabezando redes de aliados. La civilización se extiende desde alrededor del 2000 a. C. hasta 1697, y su apogeo es el período Clásico, del 250 al 900 d. C.

A las hazañas de la apertura el episodio suma otra: la de conquistar y dominar la naturaleza. Porque aquellas ciudades-estado se construyeron en medio de selvas súper difíciles de penetrar, en tierras pantanosas y cerca de montañas volcánicas. La descripción es literal: las tierras bajas del Petén son una llanura calcárea baja y densamente boscosa, y por las tierras altas corre un cinturón de conos volcánicos paralelo a la costa del Pacífico.

Y esos logros pesan, porque son la otra mitad de la balanza. La escritura maya está reconocida como el sistema de escritura más sofisticado y desarrollado de la América precolombina, y sus matemáticas contienen uno de los primeros usos explícitos del cero que se conocen.

La religión y la economía, de la mano y sin soltarse

Con los mayas sucedía algo muy interesante: su religión y su economía iban de la mano y sin soltarse, una en función de la otra. Y hay que pasar por ahí para llegar a los sacrificios, a la arquitectura y a los rituales, porque todo partía de la religión.

Eran una civilización rural que, para poder subsistir, cultivaba sus propios alimentos, y entre ellos el maíz era el rey. También cultivaban frijoles, calabaza, tomate y algodón. Las fuentes arqueológicas confirman ese núcleo —maíz, frijol, calabaza y chile— y añaden el algodón y el cacao como cultivos de intercambio, más una larga lista de frutas y tubérculos: aguacate, papaya, piña, guayaba, boniato. La yuca que el episodio menciona aparece en la bibliografía, pero como hipótesis discutida: hay quien propone la mandioca como cultivo básico de los antiguos mayas y quien señala que las evidencias son escasas porque el tubérculo se conserva mal.

Para una civilización que dependía tanto de la agricultura, los cambios de estación, los terremotos, las lluvias, las inundaciones, la sequía y las erupciones de volcanes eran fatales. Había que tener algún tipo de control sobre todo aquello, o al menos predecirlo para estar más preparados y que los daños se sintieran menos. Por eso les interesaba tanto estudiar los astros, y por eso llegaron a crear un calendario que les permitía predecir los cambios de estaciones.

No es una exageración del episodio. Manejaban varios calendarios a la vez, y el de 260 días, el tzolk'in, sigue usándose hoy para seguir el ciclo agrícola. Su cálculo del año trópico es de una precisión notable: el más ajustado de los que se les conocen establece que el año trópico excede al haab' de 365 días en un día cada 1.508 días, es decir, poco más de cuatro años. Y tenían edificios para mirar: en Chichén Itzá, la torre redonda de El Caracol alinea cuatro de las orientaciones de su plataforma con los desplazamientos máximos de Venus a lo largo del año, y una de sus ventanas abre una rendija estrecha para ver la puesta de sol en los equinoccios.

Chaac y Kukulcán

Tenían un largo listado de dioses, pero el episodio se detiene en dos.

Chaac era importantísimo: el dios de la lluvia, y para una civilización que vivía de la agricultura ese era un elemento fundamental, al que había que rendirle culto hasta el cansancio. La bibliografía lo describe como dios de la lluvia, el trueno y el rayo, y patrono de la agricultura; en un relato mitológico es él quien abre con su hacha de rayo la montaña que contenía el maíz.

Kukulcán no se quedaba atrás en importancia: se representaba como una serpiente emplumada. El episodio lo presenta además como la deidad creadora del universo y la deidad máxima, y ahí hay que poner un matiz. En la tradición yucateca, Kukulcán está documentado como «serpiente emplumada» y como el dios al que se consagran los grandes templos de la península, mientras que el principal dios creador que recogen los estudios de religión maya es Itzamná. Pero su equivalente k'iche', Q'uq'umatz —la «serpiente quetzal», al que la bibliografía da por equivalente de Kukulcán y del Quetzalcóatl azteca— sí es dios creador en el Popol Vuh: junto a Tepeu, flotando en el mar primordial, hace la tierra, las montañas, los bosques y, al final, a los seres humanos hechos de maíz. O sea que la idea del episodio tiene respaldo, pero por la vía k'iche' y no por la yucateca.

Chichén Itzá: una cámara dentro de otra pirámide

En la famosa ciudad maya de Chichén Itzá está el templo consagrado a Kukulcán, y allí los arqueólogos han encontrado evidencias de rituales bastante oscuros. Chichén Itzá fue una gran ciudad del período Clásico Terminal y la capital regional de las tierras bajas mayas del norte entre los años 600 y 1200 aproximadamente, con un núcleo ceremonial de unos cinco kilómetros cuadrados.

El templo de Kukulcán —El Castillo— mide unos 30 metros de alto, tiene nueve cuerpos escalonados y una base de 55,3 metros de lado. Sus cuatro escalinatas tienen 91 peldaños cada una: sumadas, y contando la plataforma del templo como último escalón, dan 365, los días del haab'.

Y dentro hay otra pirámide, más antigua, de unos 33 metros de ancho, nueve cuerpos y 17 metros de altura. Es ahí donde aparecieron las dos piezas que el episodio cuenta: en una cámara interior de ese templo encontraron un trono de jaguar rojo con incrustaciones de jade, y estaba mirando hacia un chacmool. La ficha arqueológica es precisa: el chacmool, con incrustaciones de concha nácar en uñas, dientes y ojos, se encontró en abril de 1935 en la llamada Cámara de las Ofrendas; el trono, en agosto de 1936, en la Cámara de los Sacrificios, un espacio distinto donde aparecieron además dos hileras de huesos humanos empotrados en el fondo. El jaguar es rojo por un pigmento a base de cinabrio, lleva 74 incrustaciones de jade que imitan las manchas del animal, los ojos son medias lunas de jade y los colmillos, pedernal pintado de blanco. Los dos, trono y chacmool, miran al nor-noreste.

Y el jaguar no es decoración: tengamos en cuenta que ese animal era un símbolo de poder. Los reyes mayas vestían pieles de jaguar y adoptaban el animal en su propio nombre —Garra de Jaguar, Pájaro Jaguar, Jaguar Luna— como símbolo de su poder y su autoridad; y como el jaguar se mueve de noche, se le asociaba también al inframundo.

Los chacmooles son esculturas que se encuentran en toda Mesoamérica, de Michoacán a El Salvador, y solo en Chichén Itzá se conocen catorce. Son figuras reclinadas, con la cabeza girada noventa grados, y tienen en su vientre un recipiente donde se ponían las ofrendas rituales a los dioses: pulque, tamales, tortillas, tabaco, guajolotes, plumas, incienso. El corazón humano que el episodio menciona está documentado como función del recipiente, aunque la bibliografía lo precisa para los ejemplares aztecas, donde el cuenco es un cuauhxicalli, el vaso de piedra destinado a recibir los corazones de los sacrificados. De ahí que los arqueólogos piensen que esa cámara era un lugar de sacrificio.

Por qué: la muerte no era el final

Aquí está el detalle que más desconcierta y que el episodio pone en el centro: ser sacrificado podía ser un motivo de orgullo para las víctimas. Suena increíble, o no tanto, si vives en una civilización que no ve la muerte como el final de la existencia, sino como un círculo eterno formado por la vida, la muerte y la resurrección.

El esquema es de tres pisos. Para los mayas estaba la tierra, luego el inframundo debajo de la tierra, y después los cielos, que eran como la vida eterna. Los estudios de religión maya describen ese mismo esquema, con un árbol de la vida —la ceiba, el yaxché— en el centro del mundo, comunicando las esferas. Lo que sí está documentado con número es el cielo, dividido en trece capas. Las nueve capas del inframundo que suelen citarse a su lado son otra cosa: una lectura asumida por analogía con el «Nueve-Dios» que aparece junto al «Trece-Dios» en el Chilam Balam de Chumayel, y la propia bibliografía advierte que el Popol Vuh no conoce esa división en nueve y que no se han identificado referencias del período Clásico a capas del inframundo. El inframundo k'iche' se llama Xibalbá, «lugar del miedo», y lo gobiernan Hun-Camé y Vucub-Camé; los relatos lo describen como un viaje con obstáculos, ríos y casas de prueba.

Y eso es exactamente lo que dice el episodio: no es que los mayas creyeran que uno se moría e iba a un cielo o a un infierno, sino que se embarcaba en un viaje hacia los cielos que comenzaba en el inframundo, un viaje que no era fácil y podía tener sus contratiempos por el camino. Pero había formas en las que un alma podía evitar pasar por el inframundo y viajar directamente a los cielos: morir en el parto, en la guerra, por suicidio o en una ceremonia de sacrificio.

La bibliografía lo recoge en los mismos términos y suma una categoría más: iban directamente al paraíso quienes morían en la batalla, en el parto, como víctimas de sacrificio o en el juego de pelota; a los suicidas por ahorcamiento los venía a buscar la diosa Ixtab. Ese dato viene, eso sí, de una fuente concreta y nada neutral, el Relación de las cosas de Yucatán de fray Diego de Landa, escrita en el siglo XVI, sobre la que hay que volver al final.

El propio sol era el ejemplo de ese ciclo: todos los días moría, viajaba al inframundo y volvía a renacer. De ahí el terror ante un eclipse solar, porque el ciclo vital se había interrumpido. El episodio atribuye el eclipse a Kukulcán tragándose al sol. Lo documentado es otra cosa: en maya yucateco el eclipse se dice Chi'bal K'iin, «cuando se comen al sol», la tradición habla de unas hormigas míticas llamadas xibal que atacaban al astro para comérselo, y la respuesta comunitaria era hacer ruido para ayudarlo. Lo que no admite duda es la parte astronómica: el Códice de Dresde contiene una tabla de eclipses, en sus páginas 51 a 58, que avisaba de todos los solares y de casi todos los lunares.

Los otros motivos, que no son religiosos

Se cree que los sacrificios humanos no solo eran para apaciguar a los dioses, sino también como ofrenda para un nuevo templo o un nuevo gobernante. Incluso que algunos gobernantes los hacían para demostrar su capacidad de controlar a los demás, sobre todo cuando se sacrificaba a prisioneros de guerra. O sea que podían tener también una significación política.

La bibliografía académica sostiene los dos extremos: rituales importantes como la dedicación de grandes proyectos constructivos o la entronización de un nuevo gobernante requerían una ofrenda humana, y el sacrificio de un rey enemigo era la ofrenda más valorada de todas. La sangre se entendía como alimento poderoso para las deidades, que es la otra cosa que dice el episodio: el derramamiento de sangre era simbólico, el lazo que unía a los dioses con los seres humanos.

Cómo se hacían

El episodio enumera las formas documentadas: decapitación, extracción de las entrañas —el método que quizá se reservaba a los prisioneros de guerra— y extracción del corazón. Las tres aparecen en la bibliografía, junto a una cuarta, el sacrificio por flechamiento. La decapitación del gobernante cautivo era la ofrenda más apreciada; el desentrañamiento aparece en grafitis del Clásico Tardío; y la extracción del corazón está descrita como la expresión religiosa suprema.

El ritual de la extracción del corazón es el que el episodio cuenta con más detalle, y hay que atribuirlo con nombre y apellido: la descripción canónica procede de Diego de Landa. Según su relato, la ceremonia se celebraba en el patio del templo o en la cima de la pirámide, la persona iba pintada de azul —el color que representaba el sacrificio— y con un tocado en punta, y cuatro asistentes, también pintados de azul y entendidos como los cuatro puntos cardinales, la sujetaban sobre una piedra convexa. El episodio lo resume como «el sacerdote con un cuchillo de sacrificio»; en el relato de Landa quien corta es un oficiante llamado nacom, con un cuchillo de pedernal, y el corazón pasa después al sacerdote, el chilan. Landa añade que a veces el cuerpo se arrojaba por los escalones y era despellejado, y que el chilan se vestía después con la piel para una danza ritual de renacimiento.

El episodio dice además que el sacerdote «le cortaba la cabellera» a la víctima antes de extraerle el corazón. El escalpado aparece en las fuentes, pero como una de las torturas previas a las que se podía someter a un cautivo —junto a los golpes, las quemaduras y el desentrañamiento—, no como paso de esta ceremonia.

Y los lugares. Los sacrificios se podían realizar en espacios interiores que evocaran la oscuridad del inframundo, o en colinas y templos elevados bien cerquita del cielo, o sea bien cerquita de los dioses. La bibliografía coincide: el patio del templo o la cumbre de la pirámide-templo, y también el Cenote Sagrado de Chichén Itzá en épocas de sequía, hambruna o enfermedad.

El azul maya

El pigmento con el que se pintaba a las víctimas lo crearon ellos mismos, y se conoce de hecho como azul maya. Es un pigmento muy resistente, que ha aguantado el paso de todos los siglos recorridos hasta el momento, y el episodio razona que por lógica debía estar relacionado con la lluvia, elemento tan importante para ellos, y que se asociaba con Chaac.

El razonamiento tiene respaldo. El azul maya es un pigmento turquesa brillante fabricado combinando índigo de las hojas del añil con paligorskita, una arcilla natural. Las pinturas coloreadas con él no se han desvaído, y ha resistido disolventes y ácidos como el nítrico: hay murales de más de mil años que conservan el color en uno de los climas más duros del mundo. Y la investigación apunta a que tuvo un papel importante en los sacrificios humanos a Chaac en Chichén Itzá: se producía en el propio lugar del sacrificio y se usaba para pintar los cuerpos de las víctimas.

El juego de pelota

Existía además un juego —juego entre comillas— que también terminaba en sacrificios humanos: el llamado juego de pelota, que nada tiene que ver con el béisbol que conocemos en la actualidad. Era un juego ritual en el que se enfrentaban dos equipos que trataban de meter una pelota a través de un aro fijado a una pared a una altura considerable.

Las reglas, hasta donde las fuentes las sostienen. El número de jugadores por equipo no está fijado: la bibliografía da entre dos y seis, y no el siete que dice el episodio. Los aros verticales de piedra fueron una innovación maya del Posclásico, y los de Chichén Itzá están colocados a seis metros sobre el terreno de juego, lo que hacía rarísimo anotar. El Gran Juego de Pelota de esa ciudad mide 168 por 70 metros y es el mayor y mejor conservado de toda Mesoamérica. En cuanto a cómo se golpeaba la pelota, las fuentes hablan sobre todo de la cadera, y en la versión maya de la cadera, el codo y la rodilla derechos, sin dejar que la pelota tocara el suelo; los hombros y la cabeza que añade el episodio no aparecen en esas fuentes.

Y el desenlace. El episodio lo plantea con honestidad: verdades absolutas en torno a los mayas no hay, todo son conjeturas. Durante mucho tiempo se creyó que el equipo perdedor, o el capitán del equipo perdedor, era quien moría al final del juego, pero algunas teorías más recientes dicen que podría haber sido el equipo o el capitán ganadores los que tenían el honor de ser sacrificados, evitándose así el inframundo y pasando directamente a los cielos. Tiene su lógica, porque era como ofrendar a los dioses lo mejor: mientras más valiente y más honorable fuera la víctima, mayor era el valor del sacrificio. Pero hay evidencias de que existían equipos estelares, que ganaban con frecuencia, y si nos ponemos a razonar, evidentemente no siempre se sacrificaba a los ganadores.

La bibliografía deja el asunto igual de abierto. La asociación entre el juego y el sacrificio humano aparece tarde en el registro arqueológico, no antes del Clásico. Hay quien sostiene que los sacrificados eran reyes y señores cautivos o los perdedores; hay quien sostiene que los jugadores probablemente no se sacrificaban; y hay quien recoge la decapitación del capitán del equipo ganador como un honor. Lo que sí es material, y está tallado, son los paneles del Gran Juego de Pelota de Chichén Itzá, donde aparece un jugador decapitado del que brota la sangre en forma de serpientes.

Quién cuenta esto, y con qué interés

Queda una advertencia que el tema exige. Casi todo el relato detallado de los sacrificios mesoamericanos —el que acabas de leer incluido— pasa por crónicas españolas del siglo XVI, y esas crónicas no son una fuente neutral. La bibliografía lo dice sin rodeos a propósito de los aztecas: los conquistadores usaron a menudo esos relatos para retratar a los pueblos sometidos bajo la peor luz posible y justificar así la colonización, de modo que su exactitud está cuestionada. Las cifras que circulan son el ejemplo más claro: los 80.400 sacrificados que una crónica atribuye a una sola ceremonia de 1487 se consideran exagerados, y las estimaciones modernas se mueven entre mil y veinte mil al año en todo el imperio, con el debate abierto.

El propio Chichén Itzá tiene su caso de manual. La imagen clásica de la joven virgen arrojada viva al Cenote Sagrado —un pozo de 60 metros de diámetro cuyas paredes caen 27 metros hasta el agua— es pertinaz y sigue circulando, pero los restos recuperados desde las dragas de Edward Herbert Thompson en 1904 dicen otra cosa: hay hombres, mujeres, niños pequeños e infantes, y el análisis de de Anda de 2007 apunta —con reservas, porque es lo que sugiere la evidencia procedente de la mitología maya— a que muchas de las víctimas jóvenes, la mayor parte de ellas de entre 6 y 12 años, eran varones. Y la misma ficha añade que a las víctimas se las solía matar, aunque no siempre, antes de arrojarlas al pozo. La leyenda no resistió los huesos.

Por eso el episodio acierta al insistir en que los sacrificios humanos eran parte de la vida simbólica de esa civilización y en que por eso hay que estudiarlos y descifrar sus significados en la medida de lo posible, porque son una muestra de cómo pensaba y entendía el mundo. Para entender todo lo demás hay que empezar por aquí. Así que todavía los arqueólogos tienen una ardua tarea por delante. Y nosotros, después de los arqueólogos.

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