
Episodio 55
Publicado el 30 de diciembre de 2022 · Duración: 11:20 min
Inspirémonos, la inspiración en el arte
Último episodio del año 2022. Cuando llegó el momento de planificar los capítulos de diciembre, la pregunta era con qué cerrar el año: en plena época de fiestas, de relajarse y compartir en familia, ¿de qué se habla? Hasta que bajó la inspiración. Literalmente. Y de ahí salió el tema: la inspiración, tan necesaria para la creación artística como para la vida en general. ¿Qué serían nuestras vidas si nada nos inspirara?
Es esa emoción que mueve, que empuja a hacer algo y a hacerlo con pasión. Y es algo en lo que casi nunca se piensa, pero detrás de toda gran obra de arte tuvo que haber inspiración.
Un fenómeno enigmático, y menos mal que es breve
La mayoría de las veces llega sin avisar. No es cuestión de decir "me voy a inspirar" y que lleguen las ideas de golpe. Es un fenómeno complejo, enigmático y bastante fugaz, aunque lo breve no le quita intensidad: funciona como una explosión momentánea de creatividad.
Piotr Ilich Chaikovski se alegraba precisamente de que fuera breve, porque decía que si ese estado se prolongara sin interrupción ningún artista podría sobrevivir a él.
La frase está en una carta del compositor a Nadezhda von Meck, su mecenas, escrita desde Florencia el 17 de febrero de 1878, donde le explica cómo compuso su Cuarta Sinfonía. Describe primero el arranque —el germen de una obra llega de forma súbita e inesperada, y si el terreno está preparado arraiga con extraordinaria fuerza y rapidez— y después lo que pasa cuando algo lo interrumpe: un timbre, la entrada del criado, el reloj dando la hora. Entonces escribe la frase que el episodio recuerda: "Si esa condición de la mente y del alma que llamamos inspiración durase mucho tiempo sin interrupción, ningún artista podría sobrevivir a ella. Las cuerdas se romperían y el instrumento quedaría hecho añicos."
De regalo de los dioses a proceso de puertas adentro
Cuando las personas dicen "me bajó la musa", están repitiendo una frase que tiene su explicación. Desde la Antigua Grecia se insistía en que la inspiración era un regalo de los dioses, y las musas eran las inspiradoras de las artes: se suponía que susurraban ideas a quienes las invocaran. Según los griegos, ocurría en el momento en que el artista entraba en una especie de éxtasis que lo trasladaba más allá de su propia mente para recibir los pensamientos de esas divinidades.
No es una metáfora tardía: está en el arranque mismo de la literatura griega. La Teogonía de Hesíodo abre invocándolas —"Comencemos nuestro canto por las Musas Heliconíadas, que habitan el grande y divino monte Helicón"— y las llama hijas de Zeus. El poeta no dice que inventa lo que cuenta: dice que lo recibe.
De hecho, inspiración significa recibir el aliento, y de quién si no de los dioses.
El diccionario latino de Lewis & Short recoge el verbo inspirare con su sentido literal —soplar dentro de algo, insuflar el aliento— y con el figurado de infundir en alguien un ánimo, un amor, una idea. La misma entrada registra el uso religioso: la inspiración divina de los profetas y los escritores sagrados.
Esa continuidad se ve en el salto siguiente: en los inicios del cristianismo la inspiración pasó a ser un regalo del Espíritu Santo, o sea que se seguía viendo como algo que brindaba una fuente externa y divina. Ya en la época moderna se empezó a entender de forma más generalizada como un proceso que ocurre dentro de nosotros, pero que, paradójicamente, no está bajo nuestro control.
Los trucos para provocarla
De ahí que artistas y no artistas busquen sus mecanismos para activarla. Y cuántos mecanismos para despertarla han existido, todos muy intuitivos y muy personales. Cada cual va encontrando los suyos.
Virginia Woolf caminaba para inspirarse.
Ella misma convirtió ese hábito en ensayo. Street Haunting: A London Adventure, recogido en The Death of the Moth and Other Essays, arranca con una confesión que es una coartada: "Nadie ha sentido nunca una pasión por un lápiz. Pero hay circunstancias en las que poseer uno puede volverse sumamente deseable; momentos en que nos empeñamos en tener un objeto, una excusa para caminar media Londres entre el té y la cena." Comprar un lápiz era el pretexto; el paseo por la ciudad era el método. La caminata era por las calles, no por los parques.
Van Gogh se pasó la vida mudándose de ciudad en ciudad.
El episodio habla de quince ciudades europeas. La cifra real es mayor: la Vincent van Gogh Gallery lo describe como un aventurero y un errante que vivió en más de veinte ciudades y en cuatro países —Países Bajos, Gran Bretaña, Bélgica y Francia—, de Zundert a Auvers-sur-Oise pasando por Londres, Ámsterdam, Amberes, París, Arlés y Saint-Rémy. Conviene añadir que esas mudanzas no siempre fueron una búsqueda de inspiración: hubo trabajo, familia, dinero y enfermedad de por medio.
Y está el lugar donde, según todo el mundo, baja la musa: la ducha.
Lo que dice la ciencia: no es el reposo, es la tarea aburrida
Cuando hay un problema que resolver, la mayoría trata de concentrarse y exprimirse el cerebro, y resulta que la inspiración funciona a la inversa: suele llegar cuando el cerebro está en reposo o haciendo una actividad que no exige gran focalización ni un esfuerzo especial de atención. Duchándose, por ejemplo, o fregando los platos.
El estudio que mejor sostiene esto afina el matiz, y el matiz es lo interesante. En "Inspired by Distraction: Mind Wandering Facilitates Creative Incubation" (Psychological Science, 2012), Benjamin Baird, Jonathan Schooler y su equipo de la Universidad de California en Santa Bárbara sometieron a los participantes a una prueba de usos inusuales de un objeto y luego les dieron un descanso de 12 minutos en cuatro condiciones: una tarea exigente de memoria de trabajo, una tarea poco exigente de reacción, reposo sin hacer nada, y ningún descanso.
Ganó la tarea poco exigente. No solo a la tarea difícil: también al reposo puro. La mejora aparecía únicamente en los problemas ya vistos antes, lo que indica que se trata de incubación y no de un aumento general de la creatividad. La conclusión de los autores es que ocuparse en tareas externas sencillas, que dejan a la mente divagar, facilita la resolución creativa de problemas. Es decir: la ducha y los platos no funcionan porque el cerebro descanse, sino porque le dan algo suficientemente tonto que hacer.
Tres artistas cuentan cómo la provocan
El episodio les preguntó directamente a tres artistas visuales cómo encuentran la inspiración y cómo la provocan.
Ricardo Miguel Hernández trabaja por acumulación. Hace muchas anotaciones de situaciones de su vida, a manera de diario, y de cosas que le llaman la atención: lo que ha visto y le causa extrañeza, incertidumbre, lo que le crea emociones. Eso lo va anotando y lo va acumulando. En momentos determinados, al revisar de nuevo las anotaciones, empiezan a surgir imágenes relacionadas. Y tiene un filtro de una simplicidad envidiable: si esa idea persiste con el paso de los días, entonces vale la pena trabajar en ella.
Ricardo Miguel Hernández (La Habana, 1984) trabaja precisamente con archivos: reúne fotografía vernácula cubana, en su mayoría fechada entre los años veinte y los ochenta, y la reconstruye en fotocollage analógico. Su proyecto más conocido es Cuando el recuerdo se convierte en polvo. Obtuvo el primer premio de la IV Bienal de Fotografía in memoriam Alfredo Sarabia.
Miriannys Montes de Oca dice que la inspiración viene de todos lados, pero sobre todo de lo que vive: del contexto donde está, del lugar donde hace la serie, de las personas que tiene alrededor mientras trabaja y crea. En la serie En tiempos de artificios trabajó con telas estampadas para hablar de las capas, de la transformación, de la superposición de ideas, y para eso fue una y otra vez a las tiendas de tela: se inspiró en la moda, en los estampados. La inspiración, dice, viene todo el tiempo de la cotidianidad.
Con Los soportables pesos del ser el mecanismo cambió: las imágenes le llegaron de los sueños. Empezó a soñar imágenes muy raras en esa época, las escribía apenas se levantaba y luego trataba de descodificarlas. Su conclusión es que la obra llega por vías distintas —a veces la buscas sentándote a bocetear y a trabajar, a veces te llega por los sueños— y que el mayor concepto de inspiración vendría a ser la realidad misma, tanto la material como la espiritual.
Miriannys Montes de Oca (Cárdenas, Matanzas, 1993) se formó en la Academia Gonzalo Roig de Cárdenas y en la Academia Provincial Roberto Diago Querol de Matanzas, y se graduó en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Además de En tiempos de artificios y Los soportables pesos del ser, su obra incluye series como Traslúcidos, Decadencia, Escenas, Blanco y Aparecidas. Sobre su método ha dicho que crear una obra es escuchar en silencio, y que muchas ideas le llegan a través de los sueños o de visiones.
William Riera lo plantea como una manera de estar en el mundo: para él cada momento significa la posibilidad de encontrar un milagro, y el proceso creativo se le ha convertido en su mejor manera de pretender entenderse a sí mismo y al mundo que lo rodea. Cada imagen que crea es una meditación solitaria, lograda desde el poder descriptivo del aparato fotográfico, para hacer confluir la memoria con el presente y el futuro hasta alcanzar un estado de gracia visual.
William Riera (Santiago de Cuba, 1967) vive en Miami desde 1995 y es fotógrafo documental y de viajes. Se formó como ingeniero informático en la CUJAE de La Habana antes de dedicarse a la imagen, estudió fotografía analógica en blanco y negro en el Miami Dade College y fundó el South Florida Latin American Photography Forum (SoFLaFoto).
Anotar, porque se escapa
Hay un detalle que une a dos de los tres: tanto Ricardo Miguel como Miriannys anotan las ideas que les llegan, precisamente por lo efímero del momento. Una gran idea que no se ejecuta o no se anota en el momento se puede olvidar, y es muy frustrante. Lo saben también quienes escriben, ante esa hoja en blanco a la que a veces se le tiene hasta miedo, y se le tiene miedo justamente porque uno quiere que baje la inspiración y no es algo que se llame y venga.
Los métodos propios que se cuentan en el episodio son de andar por casa, y por eso mismo suenan verdaderos: buscar el silencio y la tranquilidad absoluta, con una copa de vino o una taza de café; o tener antes un dominio general del tema sobre el que hay que escribir, y entonces, en el momento que menos se espera, empiezan a bajar las ideas.
El grito, o cuando la sensibilidad es el único instrumento
La sensibilidad puede ser una gran aliada de la inspiración. Y el ejemplo más claro es Edvard Munch y El grito. Así describió él mismo el episodio que lo llevó a pintarlo: iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso; de repente el cielo se tornó rojo sangre y percibió un estremecimiento de tristeza, un dolor desgarrador en el pecho; se detuvo y se apoyó en la barandilla, preso de una fatiga mortal; lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad; sus amigos siguieron andando y él se quedó allí, temblando de miedo, y oyó un grito interminable que atravesaba la naturaleza.
Lo demoledor es lo que viene después: ninguno de sus acompañantes escuchó nada. Los demás siguieron.
El texto es real y está fechado. Munch lo escribió en 1892 en un cuaderno personal que el Museo Munch cataloga como MM T 2367, conocido como el Diario violeta; el cuadro llegó al año siguiente, en 1893, y se conserva en el Nasjonalmuseet de Oslo. La escena ocurrió en Ekeberg, sobre el fiordo de Kristiania —la actual Oslo—, un paisaje reconocible en la pintura.
Un apunte sobre la etiqueta: el episodio lo llama expresionista noruego. El propio Museo Munch lo sitúa con más precisión como parte del simbolismo en la década de 1890 y como precursor del expresionismo a partir de 1900. El grito pertenece justamente a esa bisagra.
Para llevarse
No solo para hacer arte, sino para vivir, hace falta inspiración. Y si algo dejan claro las tres respuestas de los artistas, es que los resortes para despertarla suelen estar alrededor de uno: solo hay que tener la pericia de detectarlos. Anotar lo que pasa, mirar el contexto, caminar, mudarse, ducharse, fregar los platos. La musa no baja porque se la llame; baja cuando se le deja sitio.
El episodio cerró el 2022 preguntando a quien escucha qué es lo que le inspira, aunque no sea artista, con la conversación abierta en el perfil de Instagram del podcast, @uyelartepodcast.
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