
Episodio 82
Publicado el 22 de diciembre de 2023 · Duración: 12:40 min
Los espejos, sus secretos y el ARTE
Es impensable la vida sin los espejos. Existen desde hace miles de años y nos permiten vernos tal y como nos ven los demás, con un montón de supersticiones pegadas encima. Y también es impensable el arte sin los espejos. ¿Por qué? En breve te contamos.
Vanidad y ostentación
La primera idea que acompaña a un espejo es siempre la misma: la vanidad, la ostentación. En Venecia, durante siglos, las familias ricas los usaban para presumir de su riqueza, porque un espejo bien colocado la multiplica.
De ahí a la sensualidad hay un paso corto, y son muchos los artistas que han pintado damas delante de un espejo como metáfora de ella. El ejemplo mayor es «La Venus del espejo», de Diego Velázquez. Venus, diosa del amor y la belleza en la mitología romana, se contempla desnuda ante un espejo que le sostiene nada menos que Cupido, y a través de ese espejo parece mirar al espectador.
La obra se pintó entre 1647 y 1651, probablemente durante el viaje del pintor a Italia, y está en la National Gallery de Londres, que la compró en 1906. También se la conoce como «Venus del espejo» o «Rokeby Venus», por la casa de Yorkshire donde estuvo en el siglo XIX.
Un objeto con superpoderes
Los espejos también han estado asociados a la adivinación y a la predicción del futuro. En la antigua Grecia se cuenta que las brujas de Tesalia del siglo III a.C. usaban espejos mágicos para escribir después sus oráculos con sangre, y que los specularii, sacerdotes de la antigua Roma, los empleaban para ver el pasado, el presente y el futuro.
Varias culturas los asociaron directamente con sus divinidades. Los egipcios hacían sus espejos de cobre pulido, y el cobre se asociaba con la diosa Hathor, personificación femenina del sol, que representaba la belleza, el amor, el sexo y la fertilidad.
Los aztecas no andaban lejos: los suyos eran de obsidiana pulida, un vidrio volcánico negro, y los relacionaban con el dios Tezcatlipoca, que supuestamente los usaba para cruzar entre el mundo terrenal y el inframundo.
Y ahí hay algo que el episodio no llega a decir: el nombre Tezcatlipoca significa literalmente «espejo humeante» en náhuatl. No es que el dios usara espejos; es que el dios era el espejo. Señor de la noche, del tiempo y de la memoria, sus espejos de obsidiana servían para conocer el destino de los hombres y eran símbolo del poder que él otorgaba a los reyes.
En China los espejos servían además para capturar energía, sobre todo la de la luna, y valían tanto para atraer la buena suerte como la mala. También circula una historia sobre Qin Shi Huang, el primer emperador, y un espejo que le permitía ver las cualidades internas de quien se mirara en él. La leyenda existe, pero cuenta algo distinto de lo que decimos aquí; está en la fe de erratas del final.
Siete años de mala suerte
La superstición más conocida del mundo sobre los espejos se la debemos a los romanos. Ellos creían que la vida se renovaba en ciclos de siete años, y sostenían que si rompías un espejo tu alma quedaba atrapada entre los pedazos, sin liberarse hasta el siguiente ciclo.
Como el arte se inspira en la vida, esas supersticiones acabaron pasando a los cuadros. El caso claro es «El espejo roto», del pintor francés Jean-Baptiste Greuze: una joven inquieta con un espejo hecho añicos a sus pies.
Pintado entre 1762 y 1763 y conservado en la Wallace Collection de Londres, es bastante más que una escena de descuido: es una parábola moral. El desorden del cuarto y del vestido de la muchacha refleja el de su conducta, y el cuadro se lee como el lamento por la virginidad perdida. Lo subrayan dos detalles: el perrillo que ladra, símbolo corriente del deseo carnal en la pintura francesa del XVIII, y la mano sin anillo, colocada justo en el centro de la composición.
El espejo como asistente del pintor
Aquí está el giro del episodio. A lo largo de la historia, los artistas no solo han metido espejos dentro de sus obras: el espejo ha sido además una especie de asistente para ellos, un asistente de altos quilates, porque les ayudó a perfeccionar la técnica.
El episodio anuncia que Leonardo da Vinci aconsejaba algo muy curioso al respecto y acto seguido pasa a otra cosa, así que conviene completarlo, porque el consejo existe y tiene hasta título propio.
Es el capítulo «Cómo el espejo es el maestro de los pintores» del «Tratado de la pintura». Leonardo recomienda tomar por maestro el espejo PLANO: poner delante de él el objeto vivo que estás pintando y comparar el reflejo con tu cuadro, comprobando si uno y otro se corresponden. Su razonamiento es que una superficie plana que hace parecer que las cosas tienen relieve es exactamente lo mismo que intenta una pintura.
Servía, por ejemplo, para ensayar la perspectiva, que fue una obsesión del Renacimiento. Y en pleno manierismo, ya en el siglo XVI, el italiano Parmigianino se atrevió con algo nuevo: lo tituló «Autorretrato en un espejo convexo». Y si pintar ante un espejo ya es complejo, más aún es el ejercicio de la pintura ante un espejo convexo, que cuando estamos frente a él nos devuelve una imagen deforme. Pero esa deformidad le venía muy bien al manierismo, Parmigianino logró el efecto y la obra acabó siendo una de las más representativas del periodo.
Lo pintó hacia 1524, con veintiún años, y está en el Kunsthistorisches Museum de Viena. El detalle técnico es el que lo vuelve extraordinario: no lo pintó sobre una tabla plana, sino sobre una tabla convexa preparada a propósito para imitar la curvatura del espejo. Giorgio Vasari lo cataloga entre las tres pinturas pequeñas que el artista se llevó a Roma en 1525 para mostrar su talento al papa Clemente VII.
Esos ensayos de perspectiva con espejos no han cesado nunca. En pleno siglo XX, Salvador Dalí pintó una obra con un título nada corto: «Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis verdaderos espejos».
El título describe bastante bien lo que se ve: Dalí de espaldas al espectador pintando a Gala, su mujer, también de espaldas y ante un espejo que devuelve los rostros de ambos hacia quien mira. Hay que buscarla y verla para entenderla. Es un ejercicio magistral sobre la perspectiva, con una tridimensionalidad y una profundidad notables.
Y esa profundidad tiene una explicación concreta: es una obra estereoscópica, de hacia 1972-73, formada por dos paneles de 60 × 60 cm pensados para verse a la vez. Forma parte de los experimentos con los que Dalí perseguía la tercera dimensión en aquellos años, y está depositada en la Fundació Gala-Salvador Dalí de Figueres.
El espejo y el autorretrato
Si hablamos de representarse a uno mismo, el espejo lo es todo. El ejemplo es la mexicana Frida Kahlo, que pintó su primer autorretrato con unos 19 años, postrada en una cama a consecuencia del accidente que había sufrido. Su madre le mandó hacer un caballete especial para que pudiera pintar acostada, y desde ahí, mirándose en un espejo, empezó a indagar en sí misma.
Fue «Autorretrato con traje de terciopelo», de 1926, un año después del accidente. Y tenía un destinatario muy concreto: lo pintó para recuperar a su novio de entonces, Alejandro Gómez Arias, que había roto con ella.
El truco de pintar lo que está fuera del cuadro
Hay obras donde los personajes miran al espectador a través de un espejo —el Dalí del título largo, la Venus de Velázquez—, pero hubo quien empleó otro truco distinto: pintar en el espejo lo que supuestamente estaba fuera de la obra.
El ejemplo del siglo XVII es «Las Meninas», o «La familia de Felipe IV», otra vez de Velázquez. A primera vista solo se ve a la infanta Margarita con dos meninas, otras personas de la corte y el propio Velázquez ante su caballete. Pero al fondo de la habitación hay un espejo con dos figuras reflejadas que son los mismísimos reyes, Felipe IV y Mariana de Austria. O sea que los reyes están, supuestamente, donde está el espectador. Una solución muy novedosa, porque crea una realidad que va más allá del cuadro.
Aunque no era la primera vez que se hacía, ni mucho menos. Mucho antes, en el siglo XV, Jan van Eyck pintó «El matrimonio Arnolfini», una obra de la que hablamos hace muy poco al tratar los pigmentos. Los protagonistas son el mercader Arnolfini y su esposa, pero lo interesante está al fondo: un pequeño espejo redondo y convexo donde se ven las espaldas de la pareja y, justo en medio, al propio Van Eyck pintando junto a otra persona que se supone el otro testigo de la boda, o el sacerdote. Su identidad sigue en discusión.
La lista es larguísima
Los espejos activan la creatividad, y la nómina de artistas que los han usado —representándolos o auxiliándose de ellos— es enorme: Alberto Durero, Tiziano, Édouard Manet, John William Waterhouse, Picasso, Magritte.
Y dos nombres más de mujeres. Berthe Morisot, la pintora impresionista francesa a la que le gustaba pintar mujeres arreglándose en el tocador, con los espejos siempre presentes. Y la japonesa Yayoi Kusama, que desde los años sesenta creó sus Infinity Mirror Rooms, habitaciones llenas de espejos y luces en las que, al entrar, parece que uno se adentra en un mundo infinito.
La primera fue «Infinity Mirror Room — Phalli's Field», de 1965, concebida para una exposición en la galería de Castellane de Nueva York. Marcó un giro en su trabajo: con los espejos convirtió la repetición obsesiva de sus obras anteriores en una experiencia envolvente y sin final.
En el arte contemporáneo los espejos siguen siendo recurrentes por todas las cualidades expresivas que tienen.
Verse la cara, verse el alma
El episodio cierra con una frase de George Bernard Shaw: los espejos se emplean para verse la cara, y el arte, para verse el alma.
Está en «Volviendo a Matusalén» (Back to Methuselah, 1921), en la quinta y última parte, y la dice el personaje de la Anciana. La cita completa añade delante una imagen que encaja aún mejor con este episodio: «el arte es el espejo mágico que fabricas para reflejar en imágenes visibles tus sueños invisibles. Usas un espejo de vidrio para verte la cara: usas las obras de arte para verte el alma».
Y cabe hacerle una pequeña variación, porque después de repasar todo esto queda claro que los espejos usados en el ámbito artístico también nos permiten, de una forma u otra, vernos el alma.
En este episodio damos un dato incorrecto. Decimos que Qin Shi Huang llegó al poder en gran medida porque afirmó tener un espejo que revelaba las cualidades internas de quien se mirase en él. No fue así: heredó el trono de Qin en el año 246 a.C., a los trece años, al morir su padre el rey Zhuangxiang, gobernó bajo la regencia de Lü Buwei, asumió el poder pleno en el 235 a.C. tras abortar la conspiración de Lao Ai, y se proclamó primer emperador en el 221 a.C. después de conquistar los seis reinos rivales. La leyenda del espejo sí existe, pero cuenta otra cosa: la recoge el «Xijing Zaji» o «Miscelánea de la capital occidental», y la sitúa cuando el emperador Gaozu de la dinastía Han entró en el palacio de Xianyang, ya caída la dinastía Qin; era un espejo rectangular que mostraba las vísceras y delataba enfermedades y deseos ocultos, y según ese relato el primer emperador lo empleaba para examinar a sus damas de palacio.
Sigue escuchando
- El espejo convexo del Arnolfini vuelve aquí porque de esa obra hablamos al tratar los pigmentos, en Los PIGMENTOS en el ARTE (II).
- Del manierismo, el estilo al que le venía tan bien la deformidad del espejo de Parmigianino, hablamos en El Manierismo y sus "maneras".
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