¿Te gusta el Romanticismo?

Episodio 57

Publicado el 19 de enero de 2023 · Duración: 11:017 min

¿Te gusta el Romanticismo?

Escúchalo en:

ivooxApple Podcast logoSpotify

No es el romántico de hoy

En la Europa de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX se hizo sentir un movimiento cultural llamado romanticismo. Hoy, cuando decimos que alguien es romántico, pensamos en una persona amorosa y apasionada, un poco soñadora y sentimental. Aquellos artistas también eran apasionados, pero en exceso: algunos llegaron a suicidarse por amor o tristeza, y muchos más volcaron el tema en sus obras.

De pronto el suicidio se convirtió en una moda. El detonante fueron Las penas del joven Werther, de Goethe, cuyo protagonista se quita la vida: la novela desató una oleada de suicidios entre la juventud de la época y, por motivos de salud pública, tuvo que ser prohibida.

Hubo quien lo criticó desde dentro. El español Leonardo Alenza pintó Sátira del suicidio romántico, donde un escritor fracasado se tira por un barranco y, por si la caída falla, lleva además un puñal para clavárselo.

El artista atormentado

Los románticos se sentían seres de gran creatividad e imaginación, incomprendidos por la sociedad, y por tanto atormentados. Es lo contrario del genio renacentista, que se mostraba como un hombre hábil en su arte y de impecable manejo técnico. Algunos fueron abiertamente excéntricos, porque entre ellos era casi una moda romper las reglas y vivir con intensidad.

Y romper las reglas es la clave del movimiento, porque venían cansados del neoclasicismo: un estilo austero, rígido, amante de la simetría, que servía fielmente al poder político y se regía por normas. El romanticismo dice basta: crear con libertad, como cada cual quiera, o más bien como lo sienta.

De ahí que los temas sean tan variados. Unos van a los problemas existenciales, la pasión, el amor. Otros se adentran en los sueños y las pesadillas, y pintan criaturas fantásticas. A muchos les encantaba llevar al lienzo las gestas heroicas y las batallas por la libertad, sobre todo las de tiempos pasados: la Edad Media, la Revolución Francesa.

Lo que de verdad retrata La libertad guiando al pueblo

La obra más conocida del romanticismo, de Eugène Delacroix, es la excepción a eso: su tema es mucho más cercano en el tiempo. Muchos creen que retrata la Revolución Francesa de 1789, pero no. Lo que representa es una revuelta ocurrida en 1830, provocada por unos decretos que firmó el rey Carlos X.

Con ellos el monarca disolvía el parlamento, instauraba la censura de prensa y promulgaba un sistema electoral que le aseguraba una cámara siempre fiel. Anulaba, en resumen, una serie de derechos. Parisinos de todas las clases —estudiantes, obreros, burgueses— salieron a la calle a protestar, y Carlos X no tuvo más remedio que capitular y marcharse. Un tema moderno, tratado con el dramatismo y el sentimiento propios del romanticismo.

El paisaje como estado de ánimo

Hay en el romanticismo un gusto marcado por el paisaje, pero no por reproducirlo tal cual: se muestra a través de las emociones humanas. El paisaje se vuelve una metáfora del mundo interior del artista.

Si nos guiamos por eso, William Turner tenía un interior bastante complejo, porque sus paisajes son inquietantes y salvajes. Una de sus obras más conocidas es Lluvia, vapor y velocidad, donde un paisaje natural se funde con un tren, y siempre queda la impresión de que somos poca cosa frente a la naturaleza, nosotros y también nuestras creaciones. Hay un punto catastrofista en sus paisajes.

Pasa algo parecido con Caspar David Friedrich y El caminante sobre el mar de nubes, donde el ser humano vuelve a verse empequeñecido ante el paisaje y aparece muchas veces de espaldas al espectador.

En todas estas obras ya no se trata de imitar el pasado clásico como en el neoclasicismo: no hay simetría, el color está por encima del dibujo y lo que se busca representar es el mundo interior del artista.

Lo que el romanticismo cambió para siempre

Delacroix, Turner, Friedrich, Géricault son nombres que se estudian constantemente y que cualquier museo se enorgullece de tener. Y son de nacionalidades distintas —Francia, Gran Bretaña, Alemania— porque fue un movimiento que se extendió por toda Europa y que en cada país tomó características propias. Lógico: si promueve la individualidad y no se guía por reglas establecidas, tenía que salir variado.

De esa libertad salieron dos aportes que marcan un antes y un después. El primero, que favoreció la originalidad: se hicieron cosas nuevas y se dejó atrás la idea de que el arte debía continuar o perfeccionar la tradición. Que un pintor pintara distinto a los demás dejó de ser un problema y pasó a ser un mérito.

El segundo es más grande todavía: el artista empieza a crear lo que estima conveniente, y no lo que le encargan. Antes las obras respondían a los gustos de quien las pagaba, o a funciones políticas y religiosas, como en el neoclasicismo o el barroco. Sin ser radicales —siguieron existiendo encargos y concursos, incluso hoy—, aquí el artista empieza también a pintar para complacerse a sí mismo.

Y esa misma individualidad llevó a que las pinturas tuvieran un carácter nacionalista, representativas de la historia de cada territorio. La libertad guiando al pueblo es, a todas luces, una obra francesa.

Episodios relacionados