Episodio 64Temas representados
Si hablamos de GATOS en el ARTE...
6 de abril de 2023 · 14:41 min

El episodio arranca preguntando si existe un animal más enigmático que el gato, y sigue sin darle vueltas: no me negarás que los gatos se las traen, y de qué manera. Claro que el arte puso sus ojos encima de unos seres tan misteriosos, tan atractivos, y a los que sin dudas se les puede sacar provecho artístico. Esa es la tesis de la que sale todo lo demás, y se cuenta desde La Habana, donde se estila mucho tener gatos como mascotas.
Porque a veces uno repara en cómo un motivo se repite a lo largo de los siglos, y es realmente increíble ver cómo los gatos están presentes dentro de la historia del arte. El animal ha acompañado al ser humano todo este tiempo, y al arte nada de lo que le rodea le es ajeno. Lo más curioso es que en cada época el arte lo ha representado de formas diferentes, a veces opuestas. Hay además obras famosísimas, de esas que uno está cansado de ver, que incluyen gatos sin que nadie se haya fijado nunca. El recorrido va en orden cronológico.
Egipto: de cazar ratas a semidiós
En el antiguo Egipto se veneraba al gato, al punto de que llegó a considerarse un semidiós. Y el camino hasta ahí es muy concreto. Desde un principio se le vio como un animal muy útil porque mataba a las ratas, que acababan con los cereales, y ahuyentaba también a las serpientes, muy numerosas a orillas del río Nilo. Se le consideraba además un animal bello, atractivo, y con supuestas cualidades mágicas, porque sus pupilas se contraían a la luz de la luna y del sol.
La entrada «Gatos en el antiguo Egipto» de la Wikipedia en español sitúa la domesticación del gato allí en el IV milenio a. C., y ordena esa utilidad en dos frentes. El primero es el grano: «Como pequeño depredador de roedores, protegía los silos de grano en que los egipcios almacenaban las cosechas, sobre todo trigo, recurso vital para este pueblo de agricultores. Al cazar ratas y demás roedores, los gatos también eliminaban vectores de graves enfermedades transmisibles, como la peste». El segundo son las serpientes: «como cazadores de serpientes, sobre todo víboras cornudas, hacían más seguros el entorno de las casas situadas en su territorio». La especie que nombra esa entrada es el gato salvaje de África, Felis silvestris lybica, la más extendida del Egipto antiguo. Y el salto de la utilidad al culto tiene una medida doméstica que lo resume: «Cuando un gato moría, su familia se afeitaba las cejas en señal de duelo».
Poco a poco el animal empieza a convivir con los estratos más altos del antiguo Egipto, y de ahí pasa a que se le venere: la diosa Bastet, diosa de la maternidad y la fertilidad, se empieza a representar en esculturas, en relieves y en amuletos con la cabeza de un gato doméstico. Antes se la representaba con la de un león, y el gato la desplazó.
Ese relevo está documentado y con fechas. La Wikipedia inglesa lo fecha así: «Bast first appears in the third millennium BCE, where she is depicted as either a fierce lioness or a woman with the head of a lioness», y añade que «Two thousand years later, during the Third Intermediate Period of Egypt (c. 1070–712 BCE), Bast began to be depicted as a domestic cat or a cat-headed woman». Sobre sus atribuciones, la misma ficha la describe como «goddess of pregnancy and childbirth, possibly because of the fertility of the domestic cat» y también como protectora «against contagious diseases and evil spirits».
La Edad Media le da la vuelta a todo
Para que se vea cómo es la vida, en la Edad Media sucedió justo lo contrario, porque los gatos comenzaron a ser asociados con las brujas y los demonios, y por eso se les representaba como seres grotescos, deformes. Y eso a pesar de que ayudaban a controlar la peste cazando ratas. Es de hecho en la Edad Media cuando se afianzan las supersticiones asociadas a los gatos, sobre todo a los gatos negros, y llegan hasta el día de hoy.
Conviene saber qué parte de ese relato está documentada y qué parte se discute. El documento que siempre se cita es la decretal Vox in Rama, que el papa Gregorio IX emitió en junio de 1233 y que describe un ritual de iniciación en el que una estatua de gato negro cobra vida y camina hacia atrás con la cola erguida. Ahora bien, la ficha de esa decretal advierte que «the text of Vox in Rama does not claim that all cats are Satanic or contain any orders to kill cats», y que no hay evidencia documental ni arqueológica que sostenga la matanza masiva de gatos en el tiempo y en la forma en que la narró el historiador Donald Engels. O sea: la asociación medieval entre gato negro, brujería y diablo está bien establecida; el encadenamiento «la Iglesia mandó matar gatos, y por eso llegó la peste» es una construcción posterior y disputada. El Malleus Maleficarum, de 1486, sí habla de los familiares de las brujas, pero como demonios que trabajan con ellas, no como animales; lo que sí cuenta es un caso de demonios que atacan con forma de gato. El animal familiar es sobre todo cosa de los juicios ingleses.
El Renacimiento: Leonardo, y los gatos que solo miran desde un rincón
El Renacimiento le da un respirito a los gatos: todo fue suavizándose y algunas pinturas los muestran ya como animal doméstico. Hasta el mismísimo Leonardo da Vinci, que en 1513 hizo bocetos para estudiar las diferentes posturas de los gatos, unos bocetos que se conocen como gatos y dragones.
La hoja existe y está catalogada. Es la RCIN 912363 de la Royal Collection, titulada Cats, lions, and a dragon, lápiz negro, pluma, tinta y aguada sobre un papel de 27 × 21 cm. Sobre la fecha conviene atribuir en vez de sentenciar, porque el museo la ha movido: en su catálogo anterior la databa c.1513-16 y hoy la data c.1517-18. O sea que el 1513 del episodio cae dentro de la horquilla que la propia Royal Collection sostuvo. Y el recuento de estudios lo da también el museo, no un agregador: «A sheet of more than twenty drawings of cats and lions in a wide variety of positions; lying asleep, sitting, prowling, playing, fighting, and in one case frightened, standing with humped back and fur standing on end», y en la mitad inferior, dibujado en un ángulo raro, el estudio de dragón que le da nombre a la hoja.
Y de ahí sale la frase que el episodio repite, esa de que hasta el más pequeño de los felinos es una obra de arte.
Ese aforismo circula por todas partes atribuido a Leonardo, y conviene decir lo que se sabe: no se ha localizado en ninguno de sus escritos. Lo que sí está en sus cuadernos, y se puede leer entero, es lo otro que menciona el episodio. Sobre la pupila, en el apartado Of the eyes in animals: «in the Lion tribe, as panthers, pards, ounces, tigers, lynxes, Spanish cats and other similar animals the pupil diminishes from the perfect circle to the figure of a pointed oval». Sobre el ojo que brilla de noche: «If at night your eye is placed between the light and the eye of a cat, it will see the eye look like fire». Y sobre la agilidad, el experimento más gráfico: «If you make a cat leap, by daylight, among a quantity of jars and crocks you will see them remain unbroken, but if you do the same at night, many will be broken». Del interés anatómico queda además la nota que el propio Leonardo escribió al pie de la hoja de los gatos: «Of flexion and extension. This animal species, of which the lion is the prince because of its spinal column which is flexible…», y el memorando de su Manuscrito E, de c.1513-14: «Write a separate treatise describing the movements of animals with four feet, among which is man, who likewise in his infancy crawls on all fours». La frase se cita; el original, no aparece.
A Leonardo le gustaba mucho hacer estudios anatómicos, y es de imaginar que eso tuviera que ver. Pero en general los pintores que representaron gatos en esa época —Lorenzo Lotto en su Anunciación, Pietro Lorenzetti en su Última Cena— los incluyen en sus cuadros, pero no como el elemento principal, sino como algo complementario, como algo que ayude a narrar la escena principal. A veces, por muy insignificantes que parezcan, están ahí como símbolo de la infidelidad, o como el mismísimo Satanás, pero el caso es que se integran en la escena que se está narrando.
Los dos cuadros se pueden ir a buscar, y la Wikipedia inglesa, en sus artículos Recanati Annunciation y Pietro Lorenzetti, recoge lo que sigue. La Anunciación de Lorenzo Lotto es de circa 1534 y está en el Museo Civico de Villa Colloredo Mels, en Recanati; entre su despliegue de detalles de raíz nórdica —la cama con baldaquino, la ventana cerrada, el reloj de arena— hay «a scared cat which is fleeing», un gato asustado que huye de la escena. La Última Cena de Pietro Lorenzetti está en la Basílica inferior de San Francisco de Asís, dentro del ciclo de la Pasión fechado entre 1316/1317 y 1319, y su cocina es el primer sitio donde mirar: «To the left of the holy diners is a narrow kitchen and in it is a man doing dishes, a woman at his shoulder, a dog licking the last scraps from a plate, and a cat asleep». Un perro rebañando el plato y un gato dormido, con sombras proyectadas según su posición respecto al fuego.
Hay una obra más de esa época con gatos dentro, y es nada menos que El jardín de las delicias de El Bosco, donde aparecen cazando.
Según la Wikipedia inglesa (The Garden of Earthly Delights), en el tríptico del Museo del Prado, fechado entre 1490 y 1510, la caza está en la tabla izquierda, la del Paraíso: «To the left of the area, a cat holds a small lizard-like creature in its jaws». Un gato con una criatura parecida a un lagarto entre los dientes, en mitad del Edén.
El Barroco: el gato dormido de Las Hilanderas
Con el Barroco llega Velázquez y su famoso cuadro Las hilanderas: en un primer plano, pequeñito, hay un gatito junto a los pies de una de las hilanderas. Y si lo vieron en algún momento, no fue un detalle que se les fijara en la mente. Y eso ya demuestra que en el barroco el gato era considerado un animal de compañía: se va cambiando la perspectiva, al menos en el arte.
Las hilanderas, o La fábula de Aracne, es una obra tardía de Velázquez, y la ficha del Museo Nacional del Prado la data en 1655-1660: óleo sobre lienzo de 220 × 289 cm, sala 015A. El gato no es una lectura de aficionado: lo registra el propio museo entre las etiquetas iconográficas del cuadro, con la etiqueta Gato (Felis silvestris catus). Dónde está exactamente, eso el Prado no lo dice —en toda su ficha la palabra «gato» aparece una sola vez, y es la etiqueta—; lo dice El Reto Histórico, y coincide con el episodio: «un gato dormitando tranquilamente en el suelo entre la lana». En el suelo, entre la lana, a los pies de la hilandera.
El siglo XIX: el gato pasa a primer plano
En el romanticismo los gatos fueron bastante protagonistas, artísticamente hablando. Goya tiene una obra que se titula Retrato de Manuel Osorio Manrique de Zúñiga, donde aparece un niño que lleva tres gaticos peluditos. Y tiene otra, Riña de gatos, donde ya el nombre va diciendo de qué trata: ahí no son gaticos angelicales, pero siguen siendo los protagonistas.
El retrato del niño está en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, fechado en 1787-88, óleo sobre lienzo de 127 × 101,6 cm. Los gatos no son decorado: Manuel sostiene el cordel de su urraca, que lleva en el pico la tarjeta de visita de Goya. La ficha del museo lo sitúa «between a cage of finches and three wide-eyed cats who appear captivated by the boy’s pet magpie», y sobre el sentido de los animales dice: «The caged birds are usually symbols of the soul and of innocence; the cats can be seen as forces of evil».
Riña de gatos es anterior y de otra naturaleza: es un cartón para tapiz de 1786-87, de la quinta serie que Goya pintó para el Palacio Real de El Pardo, óleo sobre lienzo de 56 × 193 cm y hoy en el Museo del Prado, donde ingresó en 1870 y pasó a la colección permanente en 1986. Dos gatos peleando sobre una tapia de ladrillo.
Y muy del romanticismo es la obra de Géricault que el episodio llama Gato muerto sobre la mesa, una obra impresionante donde el título también va diciendo de qué va todo. Porque ya en el siglo XIX los gatos pueden ser cómodamente los protagonistas de una obra de arte, algo que encaja con que en el romanticismo empiecen a aparecer otras preocupaciones.
El cuadro se titula simplemente Chat mort, «gato muerto», y está en el Museo del Louvre, departamento de Pinturas, número de inventario RF 2003 6, óleo sobre lienzo de 50 × 61 cm, en la sala 941 del ala Sully dedicada a Théodore Géricault (Ruan, 1791 – París, 1824). El modo de adquisición que registra la ficha es escueto —«achat», compra, con fecha de 2003— y la datación de la tela, ancha: «XIXe siècle (1800 - 1900)».
Henriëtte Ronner-Knip, que pintó gatos y poco más
Dentro del romanticismo hay una artista mujer, poco conocida como es habitual, que pintó muchísimos gatos. Y son obras hasta graciosas por los títulos: una se llama The Young Artist, el artista joven, y es un gatito entre pinceles y lienzo jugando; otra, The Musicians, los músicos, con gatitos jugando con instrumentos musicales. A través de los gatos destaca también el amor madre-hijo y hasta el orgullo materno.
Su nombre se escribe Henriëtte Ronner-Knip (Ámsterdam, 31 de mayo de 1821 – 28 de febrero de 1909), artista neerlandesa-belga que, según la Wikipedia inglesa, es «best known for her still life animal paintings; especially cats». Después de 1870 pintó sus obras más conocidas, con gatos de pelo largo, a menudo juguetones, en interiores burgueses.
Louis Wain: el gato se pone de pie
En este episodio no se puede dejar de mencionar a Louis Wain, el pintor de los gatos, que demuestra el vínculo tan estrecho que hay entre la vida cotidiana, el arte y los gatos. Resulta que su esposa enfermó, y la manera que él encontró de alegrarla un poco fue pintando al gato que ambos tenían como mascota. Poco a poco fue humanizando a aquellos felinos: los pintaba en dos patas, con ropas, lo mismo fumando que en juegos de mesa. La mujer muere, pero, paradójicamente, las obras de Wain tienen aceptación en numerosas editoriales, y aquellos gatos humanizados se convierten en un retrato de la sociedad de su tiempo. Hay incluso una fotografía en la que aparece en una mesa de trabajo acariciando a un gato.
Los detalles tienen nombre y fecha, y los recoge la Wikipedia inglesa. La esposa se llamaba Emily, y su enfermedad, un cáncer de mama que apareció poco después del matrimonio de 1884. El gato era Peter, un gatito blanco y negro: «Peter was a comfort to her and also, as Wain would later say, laid the foundation of his career as a cat artist». Animado por ella, Wain vendió sus primeros dibujos de gatos a The Illustrated London News en 1884, y su despegue fue A Kitten's Christmas Party, en la edición navideña de 1886 de esa misma revista: ciento cincuenta gatos celebrando la Navidad repartidos en once viñetas. Emily murió en enero de 1887, tras tres años de matrimonio. De ahí en adelante: libros infantiles, el Louis Wain's Annual cada año entre 1901 y 1915 y otra vez en 1921, y más de 1.100 imágenes de postal entre 1900 y 1940 para editoras como Raphael Tuck & Sons y Valentine & Sons.
Manet, Renoir y el gato de la casa
En la época de Manet y los impresionistas, claro que se incluyeron gatos en aquellas escenas afectivas, muchas de ellas de la clase alta. Manet los inserta en retratos familiares, y de hecho pinta a su esposa junto a un gato, y a su hija también; y en Olimpia, una de sus obras más escandalosas y más famosas, aparece también un gato negro.
El retrato de la esposa es Woman with a Cat (La femme au chat), de circa 1880, un retrato inacabado de Suzanne Manet, pianista neerlandesa con la que Manet se casó en octubre de 1863; el cuadro está en la Tate, en Londres. Del gato de Olympia —el cuadro es de 1863-1865 y armó el escándalo en el Salón de París de 1865— la lectura canónica es de sustitución: «Manet replaced the little dog (symbol of fidelity) in Titian's painting with a black cat, a creature associated with nocturnal promiscuity». El gato negro no está de adorno: ocupa el lugar exacto del perro de Tiziano y le da la vuelta al significado.
La hija, en cambio, no existe, y conviene decirlo entero porque son dos afirmaciones encadenadas y las dos fallan. Manet no tuvo hija: del matrimonio con Suzanne consta un solo hijo, Léon Koëlla-Leenhoff, nacido fuera del matrimonio en 1852, varón y de paternidad discutida —la ficha de Édouard Manet dice de él «whose father may have been either of the Manets»—. La niña con gato que suele venir a la cabeza es Julie Manet, «the daughter and only child of artist Berthe Morisot and artist Eugène Manet», el hermano menor de Édouard: o sea sobrina suya. Y el cuadro no es de Manet, sino de Renoir, Julie Manet, de 1887.
Renoir también los pintó varias veces: gatos cargados por muchachas jóvenes, gatos junto a macetas con flores.
Dos que se pueden ir a ver. Woman with a Cat, de hacia 1875, óleo sobre lienzo de 56 × 46,4 cm, en la National Gallery of Art de Washington desde 1950: una joven sentada en una silla sosteniendo un gato. Y el ya citado Julie Manet de 1887, en el Musée d'Orsay, encargado por los padres de la niña, amigos del pintor, cuando ella tenía ocho años.
Las vanguardias: un gato por cada ismo
En las vanguardias artísticas del siglo XX los gatos empezaron a llegar con formas muy diferentes, porque cada ismo experimentó con ellos. Ya no se representaban como animales de compañía ni como algo maligno: se utilizaban más bien para plasmar aquellas nuevas formas de pintar. Matisse, desde el fauvismo, lo pinta súper colorido, una explosión de color; Modigliani lo hace muy estilizado; Picasso y Braque los pintan con forma cubista, y Marc Chagall pinta los gatos a su estilo.
De esa lista, el gato de Chagall es el más fácil de ir a buscar y el que mejor resume la idea: The Cat Transformed into a Woman, catalogada por la Tate como de c.1928–31/1937, de su serie sobre las fábulas de La Fontaine. En la obra de Chagall los gatos acompañan a poetas, músicos y mujeres, y son una de las piezas con las que sostiene el tono fantástico de sus cuadros. De Matisse hay un Girl with a Cat de 1910 en el Art Institute of Chicago, aunque conviene avisar de que ese en concreto es un dibujo a grafito, no la explosión de color que uno espera del fauvismo.
Dalí: tres gatos lanzados y un ocelote
Y está Dalí Atomicus, del año 48, donde aparece el artista suspendido en el aire entre tres gatos voladores, un chorro de agua y muebles flotantes. Conseguir ese resultado llevó horas de trabajo y estrés para los animales, y maltrato: para que la silla y el caballete levitaran se hicieron trucos fotográficos, pero los infelices gatos sí fueron lanzados, junto con el chorro de agua, varias veces.
La fotografía no es de Dalí: es de Philippe Halsman, hecha en 1948, y Dalí es quien salta dentro de ella. La Wikipedia inglesa desmenuza el montaje exactamente en la dirección que cuenta el episodio: «At least 26 takes of the photograph were made before Halsman was satisfied with the result», y cuenta que la silla de la izquierda la sostenía un ayudante, que el cuadro Leda Atomica y el caballete de detrás de Dalí colgaban de hilos, que el taburete se apoyaba en un puntal, que los gatos y los cubos de agua eran de verdad y que Halsman tuvo ayudantes para lanzar los gatos y el agua. O sea: los muebles, con hilos y con ayudantes; los gatos y el agua, lanzados de verdad, veintiséis veces por lo menos.
Y dicen que Dalí era amante de los gatos. Dicen. Porque de mascota no tenía un gato, sino un ocelote, que viene siendo una especie de tigrecito, y lo llevaba a hoteles, a restaurantes y a cruceros; varios fueron los shows que armaron Dalí y el ocelote.
El ocelote se llamaba Babou y acompañó a Dalí en los años sesenta. Según la revista AnOther (Daisy Woodward, 2013), Dalí aseguraba que se lo había regalado el jefe de Estado de Colombia, y la lista de sitios adonde lo llevó es la del episodio, una por una: un restaurante de Manhattan, donde ató la correa a la mesa y aterró a una comensal; Le Meurice, el hotel de lujo parisino del que fue cliente habitual durante treinta años; y una travesía transatlántica a bordo del SS France. En una galería de París, según la Wikipedia inglesa, que cita a la revista LIFE, Babou «made a nuisance» sobre unas litografías del siglo XVII.
Warhol: veinticinco gatos y un solo nombre
Andy Warhol tampoco se quedó atrás. Como mismo representó a Marilyn Monroe o a Elvis Presley con varios retratos suyos uno al lado del otro, como reproducciones en serie, con colores estridentes y muy pop art, así mismo hizo con gatos. Y lo cómico es que Warhol era amante de los gatos: dicen que llegó a convivir con veinte en su departamento, y que todos esos gatos se llamaban Sam.
La cifra que circula es veinticinco, no veinte, como en el título del libro de artista 25 Cats Name Sam and One Blue Pussy, de edición privada y limitada, fechado en 1954 según The Marginalian —la ficha enciclopédica lo data en 1957— e impreso en Nueva York por Seymour Berlin. La falta de la «d» de Named en el título viene de la caligrafía de su madre, Julia Warhola, y Warhol decidió conservarla. El colofón declara 190 ejemplares. Lo del nombre único es casi exacto, con una excepción, que también recoge The Marginalian: todos se llamaban Sam salvo la matriarca, Hester, la primera, la que Warhol y su madre tenían en su apartamento y a cuya soledad respondió él haciendo crecer la colonia.
El gato nunca se fue
Se podría seguir con muchísimos más artistas que han representado gatos, por diferentes motivos y con diferentes estilos, a veces en obras conocidísimas que creemos saber de memoria, como Las hilanderas de Velázquez, y de pronto descubrimos un gato en el que nunca habíamos reparado. Y en el arte contemporáneo, por supuesto, siguen estando presentes, con muchísimos artistas que además los tienen como mascotas.
De Bastet a Sam, el recorrido es el de un mismo animal atravesando la historia del arte con el significado cambiado cada vez: semidiós, demonio, mueble de la casa, protagonista, pretexto formal y, al final, personaje. Queda pendiente el episodio gemelo, el de los perros: ya está pedido, y quedó dicho que se le va a complacer.
Fe de erratas: al hablar de los gatos en los retratos familiares de Édouard Manet, el episodio dice que pinta a su esposa junto a un gato y a su hija también. La esposa es correcta: «La femme au chat», hacia 1880, retrato inacabado de Suzanne Manet, en la Tate de Londres. La hija no. Manet no tuvo hija: del matrimonio con Suzanne Leenhoff, celebrado en octubre de 1863, consta un solo hijo, Léon Koëlla-Leenhoff, varón, nacido fuera del matrimonio en 1852 y de paternidad nunca confirmada. La niña con gato es Julie Manet, hija única de la pintora Berthe Morisot y de Eugène Manet, hermano menor de Édouard, y por tanto sobrina suya; y el cuadro que la retrata con el gato no es de Manet, sino de Pierre-Auguste Renoir, Julie Manet, de 1887.
Sigue escuchando
- Del cubismo con el que Picasso y Braque pintan a esos gatos hablamos en el episodio inmediatamente anterior a este, ¿Cómo entender el Cubismo?.
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