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Episodio 44

Publicado el 28 de agosto de 2022 · Duración: 15:00

La polémica de la Torre Eiffel

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Aproximadamente siete millones de turistas visitan al año la Torre Eiffel, que a lo largo del tiempo ha inspirado a poetas, pintores, músicos, cineastas, artistas en general. Es, como todos sabemos, el mayor símbolo de París.

Una ciudad donde se van a celebrar los Juegos Olímpicos de 2024, y que por supuesto se está engalanando. Y la Torre, en medio de todo eso, ha desatado sus discusiones.

Porque parece que esta construcción no se libra del debate: de hecho, surgió en medio de una polémica gigantesca.

La polémica de ahora: el óxido

Con los Juegos a la vista, se quiere que la Torre luzca lo mejor posible, y las autoridades decidieron aplicarle, a modo de mantenimiento, una capa de pintura que lejos de alegrar a mucha gente lo que ha hecho es preocupar.

El problema es que las capas de óxido que recubren hoy la Torre son bastante preocupantes, y la solución no es dar una mano de pintura por encima, sino retirar el óxido, reparar y luego volver a pintar.

Y hay una ironía en esto: el propio Gustave Eiffel predijo que el óxido sería el enemigo principal de la Torre a largo plazo, e insistió en que era algo que había que vigilar de cerca.

Por eso a mucha gente le preocupa que no se le esté dando el mantenimiento que realmente necesita. ¿Y por qué no se le da? Porque para hacerlo habría que cerrarla al público un tiempo y se dejarían de ingresar cantidades que no son pocas. Un círculo vicioso.

Por qué se construyó: las exposiciones universales

Era la segunda mitad del siglo XIX, y en Europa muchos países se habían fortalecido económicamente gracias a la Revolución Industrial. Necesitaban intercambiar entre ellos, exponer sus avances tecnológicos, ganar prestigio.

De ahí surgen las exposiciones universales, una especie de ferias donde los países mostraban sus logros. La primera se celebró en Inglaterra, en 1851.

Y en 1889 le llega el turno a Francia, y no por casualidad: en 1789 había sido la Revolución Francesa, así que la exposición era la manera de conmemorar ese centenario. Había que lucirse sí o sí.

Dos ingenieros, un jefe que dijo que no y un arquitecto

Existía una empresa constructora llamada Eiffel, que le debía el nombre a su dueño, Gustave Eiffel. Estaba especializada en construcciones de madera y, sobre todo, metálicas.

Poca gente sabe que esa empresa fue la que construyó la estructura metálica de la Estatua de la Libertad de Nueva York, el viaducto de Oporto en Portugal y la estación de Budapest en Hungría, entre muchas otras.

Los tres, con sus fechas: la armadura interna de la Estatua de la Libertad es de 1886 —Eiffel diseñó un pilono de cuatro patas para sostener el cuerpo de cobre, y la estatua se montó entera en sus talleres de París antes de embarcarla—; el puente sobre el Duero es el puente María Pía, de 1877; y la estación de Budapest es la Nyugati, también de 1877, con la estructura metálica como pieza central del edificio.

El caso es que cuando en 1884 se firma el decreto para celebrar la exposición en París, dos ingenieros de la empresa hacen el diseño de una torre que sería el acceso a la feria. Se llamaban Maurice Koechlin y Émile Nouguier.

Pero a Eiffel aquel diseño no le pareció atractivo en absoluto, y si al jefe no le gustaba, no había nada que hacer.

Ellos sí supieron qué hacer. Se aliaron con un arquitecto que ajustó el diseño original y lo fortaleció —era Stephen Sauvestre, que le añadió los arcos decorativos y los adornos—, y entonces Eiffel sí se sintió complacido. Aprobó que la idea se inscribiera en el concurso, y de más está decir que fueron los elegidos.

Eiffel no participó demasiado en el diseño, pero sí estuvo muy presente en la construcción. Y tuvo que amarrarse bien los pantalones, porque el proyecto no tardó en ser criticado. Las protestas llegaron sin que la torre estuviera siquiera construida.

La carta: «la inútil y monstruosa Torre Eiffel»

Cuando los intelectuales y artistas de la época se enteraron de la torre que se iba a levantar en pleno Campo de Marte, se indignaron de mala manera. Creían que iba a desentonar con la arquitectura de la ciudad, que sería un objeto anacrónico, que aquello no tenía sentido alguno.

Y no solo les preocupó: se ocuparon.

Se organizaron y escribieron una carta pública dirigida al señor Alphand, responsable de los trabajos de la Exposición Universal. Esa carta ha pasado a la historia como la «Protesta de los artistas contra la torre del señor Eiffel».

Aquí conviene precisar una cifra, porque el episodio habla de unos trescientos artistas y el texto que publicó el diario Le Temps el 14 de febrero de 1887 llevaba 47 firmas, seguidas de un «etcétera, etcétera». La protesta se ha citado a veces como la de «los trescientos», pero las firmas que se imprimieron fueron esas.

Y no eran cualquiera. Entre ellas: el pintor Ernest Meissonier, el compositor Charles Gounod, el arquitecto Charles Garnier —el de la Ópera de París—, el dramaturgo Victorien Sardou, los pintores Jean-Léon Gérôme, Léon Bonnat, William Bouguereau y Jules Lefebvre, el escultor Antonin Mercié, y los escritores Alexandre Dumas hijo, François Coppée, Leconte de Lisle, Sully-Prudhomme y Guy de Maupassant.

Les leemos el comienzo, para que tengan una idea:

Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, apasionados, aficionados por la belleza de París hasta ahora intacta, venimos a protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto francés desconocido, en nombre del arte y de la historia francesa amenazadas, contra la erección, en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa Torre Eiffel.

Y después de esa introducción, pueden imaginarse lo que vino. En todo momento la óptica era que París era una ciudad sin rival en el mundo, y que se iba a profanar con aquella mole de hierro que sería su deshonra.

Hay otro fragmento que dice así:

Cuando los extranjeros vengan a visitar nuestra exposición, exclamarán asombrados: «¿Cómo? ¿Es este el horror que los franceses han encontrado para darnos una idea de su gusto tan alabado?». Tendrán razón burlándose de nosotros.

Decían luego en la carta:

Basta, por lo demás, para darse cuenta de lo que afirmamos, con figurarse un instante una torre vertiginosamente ridícula, dominando París como una gigantesca y negra chimenea de fábrica, aplastando con su masa bárbara Notre-Dame, la Sainte-Chapelle, la torre Saint-Jacques, el Louvre, el domo de los Inválidos, el Arco del Triunfo, todos nuestros monumentos humillados, todas nuestras arquitecturas empequeñecidas, que desaparecerán en ese sueño asombroso. Y durante veinte años veremos alargarse sobre la ciudad entera, estremecida aún por el genio de tantos siglos, veremos alargarse como una mancha de tinta la sombra odiosa de la odiosa columna de chapa atornillada.

Son seis los monumentos que la carta da por aplastados, no tres, y el remate es más duro de lo que suele traducirse: lo que el original llama colonne de tôle boulonnée no es una columna de hierro forjado, sino una columna de chapa atornillada. Ahí está el desprecio entero de la frase, en negarle a la torre el metal noble y dejarla en chapa de fábrica remachada.

Terminaban diciendo que, si se cometía la locura de construir aquello, al menos sus conciencias quedarían tranquilas por haber protestado.

El detalle que lo hace más increíble

Hay que tener en cuenta algo: todo esto era contando con que la torre iba a ser demolida veinte años después.

Ese fue el trato inicial, cosa que por suerte nunca se cumplió. La torre estaba destinada al desmontaje en 1909, y se salvó por su utilidad científica y, sobre todo, por la radiotelegrafía. Eiffel había recibido 1,5 millones de francos para la construcción, con derecho a explotarla comercialmente durante la exposición y los veinte años siguientes.

Pero esa era la idea de partida: que estuviera allí temporalmente, solo dos décadas. Y aun así, miren el revuelo que se armó. Si llegan a imaginarse que se quedaría…

La respuesta de Eiffel

Gustave Eiffel no se quedó callado. Y fue muy acertado en su defensa. Entre otras cosas les dice esto; va un fragmento:

Esta torre nadie la ha visto, y nadie podrá decir lo que será antes de que esté construida. Solamente se la conoce hasta ahora por un simple dibujo geométrico. Esperen a haberla visto para hacerse entonces una idea precisa y poder juzgarla.

Su respuesta la dio al propio Le Temps, en una entrevista con el periodista Paul Bourde, y en ella defendió también la belleza que resultaría del cálculo: sostuvo que «las curvas de las cuatro aristas del monumento, tales como el cálculo me las ha proporcionado, darán una impresión de belleza». Argumentó además la utilidad científica de la torre para la observación meteorológica y astronómica, y llegó a compararla con las pirámides egipcias.

Tiene toda su lógica, aunque los artistas de la carta responderían que, si esperaban a que la construyeran, no dejarían de verla durante veinte años. Otro círculo vicioso.

Y hay que entender la perspectiva de cada cual: esos artistas estaban defendiendo la identidad de su ciudad, de la que se sentían muy orgullosos, y tenían miedo de lo novedoso, que también es entendible. Era otro contexto y otra mentalidad.

Eiffel, por su parte, trata de calmar los ánimos y buscar un entendimiento: más o menos les pide un voto de confianza, y les dice que por el hecho de ser ingenieros no significa que no fueran a tener en cuenta la belleza, la elegancia y la estética, y que aquella torre traería numerosas utilidades y orgullos a la ciudad.

De monstruo de hierro a reina de hierro

Es hasta gracioso: al principio alguien llamó a la torre el monstruo de hierro, y años después se le llegó a decir reina de hierro. Hubo un cambio de estatus radical. Poco a poco se la empezó a querer.

Y ojo con el nombre, que también cambió: el nombre oficial de la estructura fue en un inicio «torre de 300 metros», que era justamente su altura. Una vez terminada la exposición, Eiffel pasó a administrarla, y es por eso que empezó a conocerse con el nombre actual.

Los récords

¿Por qué se le empezó a querer? Porque finalmente trajo alegrías y récords, como Eiffel había pronosticado.

La obra empezó en enero de 1887 y terminó en marzo de 1889: cinco meses para levantar los cimientos y veintiuno para ensamblar la parte metálica. Todo un récord. Las fechas exactas son el 28 de enero de 1887 y el 31 de marzo de 1889: algo más de dos años, unos veintiséis meses, que es justo lo que suman los dos plazos del episodio.

Y eso teniendo en cuenta que los medios de construcción de la época eran rudimentarios comparados con los de ahora. Aunque el tiempo récord se logró en parte por un sistema de prefabricación: muchas placas y vigas de hierro se premontaron en la fábrica Eiffel y después se transportaron al lugar para ensamblarlas allí.

Otra cosa novedosa que se le debe a la Torre: rompió el estereotipo de que los edificios bellos y dignos de admirar debían ser de piedra. La estructura ya no era solo funcional, también tenía valor estético: era una obra de arte en sí misma.

Y está diseñada y construida a la perfección, algo que el tiempo ha demostrado. Había que lograr una estructura estable, equilibrada, fuerte, que resistiera el viento y las tormentas, y eso tiene muchísimo mérito para la época, porque además eran materiales relativamente nuevos y desconocidos.

Tanto que se convirtió en la construcción más alta del mundo, y mantuvo el título unos cuarenta años. Fue el edificio más alto hasta 1930, cuando se construyó en Nueva York el edificio Chrysler. Fueron exactamente 41 años, de 1889 a 1930.

Para qué ha servido

Le trajo a los franceses muchas alegrías y motivos de orgullo, y también utilidad.

Ha servido para realizar observaciones astronómicas y meteorológicas, se le instalaron antenas de radiodifusión, y en la Primera Guerra Mundial se interceptaron desde ella señales de radio enemigas. Sobre esto último, lo documentado es aún más concreto: un transmisor situado en la torre interfirió las comunicaciones alemanas, entorpeciendo seriamente su avance sobre París, y su estación inalámbrica interceptó comunicaciones enemigas que dieron información a Francia durante la batalla del Marne.

Y hoy es el mayor símbolo de París y una importante fuente de ingresos gracias al turismo.

Esperemos que se llegue a acuerdos para su correcto mantenimiento, y que haya Torre Eiffel para rato, sin perder nunca de vista que es una obra de arte que, más que francesa, es de toda la humanidad.

El podcast está en Instagram como @uyelartepodcast.

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