El arte en tiempos de guerra

Episodio 26

Publicado el 15 de marzo de 2022

El arte en tiempos de guerra

Escúchalo en:

ivooxApple Podcast logoSpotify

Durante la guerra, cuando se pone en riesgo lo más importante que pueda haber, que es la vida de las personas, ¿qué se puede esperar de las creaciones artísticas, del patrimonio, de la arquitectura? ¿Qué sucede con el arte en medio de un escenario tan hostil como lo es un conflicto bélico? La historia de la humanidad deja numerosos testimonios sobre esto, y este episodio 26 se dedica a preguntarse y a responderse qué suerte ha corrido el arte en tiempos de guerra.

El tema no se eligió en frío. Es un tema bastante serio, por cierto, y lo abrió una noticia: hacía unos días los medios informativos a nivel mundial lamentaban el incendio que sufrió el Museo Histórico Cultural de Ivankiv en medio de la guerra en Ucrania, un museo que guardaba obras de una destacada pintora ucraniana, Maria Prymachenko, representante del arte naif. Desde entonces se teme mucho por los bienes artísticos y patrimoniales de Ucrania, y eso llevó a reflexionar sobre qué ha sucedido con el arte a lo largo de la historia de la humanidad en tiempos tan difíciles como estos y cuánto lo ha afectado.

El museo de Ivankiv y la pintora de la que nadie hablaba fuera de Ucrania

La pintora es Maria Prymachenko (1909-1997), cuyo apellido también se transcribe Primachenko. El museo que ardió es el que el episodio nombra: el Museo Histórico y de Historia Local de Ivankiv, en la provincia de Kiev.

Prymachenko nació el 12 de enero de 1909 y murió el 18 de agosto de 1997. Fue una artista autodidacta que trabajó la pintura, el bordado y la cerámica, y se la encuadra en el arte naif. Su carrera empezó dentro de la Asociación Cooperativa de Bordado de Ivankiv, el mismo pueblo del museo.

El Museo Histórico y de Historia Local de Ivankiv (Іванківський історико-краєзнавчий музей) abrió el 21 de febrero de 1981 y ardió el 25 de febrero de 2022 —el Instituto Ucraniano, adscrito al Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania, lo fecha el 27— tras un bombardeo ruso, con la pérdida aparente de más de veinte obras de Prymachenko. El 28 de febrero el comité estadounidense del ICOM (Consejo Internacional de Museos) condenó la «destrucción deliberada» del museo.

Lo que el episodio no podía saber todavía, porque se grabó con la noticia recién dada: parte de las obras se salvó. Vecinos del pueblo las sacaron del museo en llamas. Según una entrevista de The Times con Anastasiia Prymachenko, bisnieta de la pintora, diez de sus obras las rescató un vecino que entró en el edificio mientras ardía. Otras 650 y pico obras suyas se conservan en el Museo Nacional de Arte Decorativo Popular de Kiev.

También hacía unos días la parte ucraniana hacía un llamamiento al ejército ruso para que no bombardeara la Catedral de Santa Sofía de Kiev, uno de los siete lugares de Ucrania declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO; un templo del siglo XI al que se considera la perla de Ucrania.

Esa cifra de siete era exacta cuando se grabó el episodio y hoy ya no lo es. En abril de 2022 la ficha de Ucrania en el Centro del Patrimonio Mundial registraba 7 bienes inscritos: seis culturales (Chersoneso Táurico, Kiev, Leópolis, la Residencia de los Metropolitanos de Bucovina y Dalmacia, el Arco Geodésico de Struve y las tserkvas de madera de los Cárpatos) y uno natural (los hayedos primarios de los Cárpatos). Hoy son 8: en 2023 se inscribió el centro histórico de Odesa.

El bien «Kiev: Catedral de Santa Sofía y conjunto de edificios monásticos, Lavra de Pechersk» está inscrito desde 1990, por los criterios (i)(ii) (iii)(iv). La descripción oficial dice que la catedral, «concebida para rivalizar con Santa Sofía de Constantinopla, simboliza la "nueva Constantinopla", capital del principado cristiano de Kiev, creado en el siglo XI» en una región evangelizada tras el bautismo de san Vladimiro en 988.

El llamamiento no bastó por sí solo. El 15 de septiembre de 2023 la UNESCO inscribió los sitios de Kiev y Leópolis en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro.

Destrucción: la que ocurre y la que se busca

Cuando uno piensa en la guerra, una de las primeras cosas que vienen a la mente es la destrucción, de la que el arte no se libra: desde museos, como el caso de Ivankiv, hasta monumentos públicos, sitios patrimoniales y arquitectura.

La distinción que organiza el resto del episodio se plantea aquí. En medio de una guerra el arte puede ser destruido accidentalmente, como un efecto colateral del conflicto, de una manera no premeditada; o puede ser destruido intencionalmente, porque se le ve como un espacio simbólico del enemigo y se intenta acabar con él. Es como destruir la ideología enemiga, y ese segundo tipo es el más repudiable de los dos.

Ese fue el que llevaron a cabo los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Consideraban que el arte moderno era un arte degenerado, que mostraba lo mal que estaba aquella sociedad que ellos vendrían a enderezar; por lo tanto ese arte se humilló, se ridiculizó, y una gran parte se destruyó.

Entartete Kunst, «arte degenerado», es el término con el que el régimen calificó lo que consideraba «un insulto al sentimiento alemán», no alemán, masónico, judío o comunista. La exposición Entartete Kunst se celebró en Múnich del 19 de julio al 30 de noviembre de 1937 y recibió más de dos millones de visitantes. De los museos alemanes se incautaron más de 5.000 obras en una primera ronda y unas 16.558 en total. Las más cotizadas se subastaron en la Galerie Theodor Fischer de Lucerna el 30 de junio de 1939; en marzo de 1939 el cuerpo de bomberos de Berlín quemó unas 4.000 pinturas, dibujos y grabados, y el 27 de julio de 1942 ardió en París otra hoguera con obras de Picasso, Dalí, Ernst, Klee, Léger y Miró.

El otro ejemplo que trae el episodio es Siria, tan castigada por la guerra. Allí, en 2015, el Estado Islámico destruyó, entre otras muchas cosas, el Templo de Baal y el Arco de Triunfo de la ciudad de Palmira, que en el mundo antiguo era uno de los centros culturales más importantes y que hoy es una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad. Esas destrucciones se hicieron bajo la justificación de que eran símbolos de idolatría pagana.

La descripción oficial de la UNESCO dice que Palmira, oasis del desierto sirio al nordeste de Damasco, «contiene las ruinas monumentales de una gran ciudad que fue uno de los centros culturales más importantes del mundo antiguo». Está inscrita desde 1980, por los criterios (i)(ii)(iv), y figura en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro.

Las fechas de 2015 son tres y no una: el Templo de Baalshamin fue destruido por completo el 23 de agosto de 2015; del Templo de Bel el Estado Islámico destruyó la cella el 30 de agosto de 2015 —los muros exteriores y el arco de entrada siguen en pie—, y el Arco Monumental fue dañado en octubre de 2015.

Y es que muchos expertos y analistas lo dicen: cuando hay una guerra no solo destruyes al enemigo, sino que acabas también con todo lo que tiene que ver con su cultura, que por supuesto es también un instrumento de dominación.

El saqueo

El otro peligro que enfrenta el arte en las guerras es el saqueo, algo muy común en circunstancias caóticas como esas y que la historia ha demostrado. Se cree que el régimen nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, saqueó más de un millón de piezas de arte por toda Europa, desde colecciones valiosísimas de familias judías hasta tesoros nacionales de diferentes países, y se considera el mayor robo de la historia. Ahí entraron obras de Rubens, Miguel Ángel, Rembrandt, Da Vinci, Goya, Vermeer, Botticelli.

La cifra depende de qué se cuente, y por eso las fuentes publicadas no coinciden. El abogado Howard Spiegler recoge que «el programa nazi de confiscación de arte ha sido llamado el mayor desplazamiento de arte de la historia de la humanidad», y cita una estimación del Gobierno de Estados Unidos según la cual las fuerzas alemanas y otros agentes nazis se apoderaron o forzaron la venta de «una quinta parte de todo el arte occidental entonces existente, aproximadamente un cuarto de millón de piezas de arte». Solo de Polonia se calculan 516.000 piezas de arte saqueadas. Y el programa aliado que salió a recuperarlas rastreó más de 1.000 escondrijos con unos 5 millones de piezas de arte y objetos culturales: ahí ya no se cuentan solo cuadros.

Los búnkeres que habían construido para el arte saqueado llegó un momento en que no les alcanzaron, y acudieron a minas de sal como la de Altaussee en Austria.

En la mina de Altaussee se guardó, entre 1943 y 1945, la mayor parte del arte saqueado por los nazis; en 1944 había allí unas 4.700 piezas y al final de la guerra el depósito reunía alrededor de 6.500 pinturas, además de estatuas, muebles, armas, monedas y bibliotecas. El 8 de mayo de 1945 una unidad de infantería estadounidense ocupó Altaussee y el ejército incautó el depósito.

Ese gigantesco saqueo ha traído graves consecuencias que llegan hasta hoy, porque un alto por ciento de las obras saqueadas aún están en paradero desconocido: muchos descendientes de aquellas familias judías no saben a dónde fueron a parar sus colecciones de arte y muchas de esas piezas pueden estar bien guardadas en colecciones privadas.

Las cifras del rastro perdido: «aproximadamente el 20 por ciento del arte de Europa fue saqueado por los nazis, y hay muy por encima de 100.000 objetos que no han sido devueltos a sus legítimos propietarios». La mayor parte de lo que sigue desaparecido son objetos cotidianos —porcelana, cristal, plata—, no cuadros de museo.

El caso más citado da nombre y cara a esa estadística. El «Retrato de un joven» de Rafael (h. 1513-1514) estaba en el Museo Czartoryski de Cracovia; la Gestapo dio con la colección escondida y del cuadro no se sabe nada desde enero de 1945. «Muchos historiadores lo consideran la pintura más importante desaparecida desde la Segunda Guerra Mundial.» De la misma colección salieron «La dama del armiño» de Leonardo y un Rembrandt, que sí aparecieron en 1945 y fueron devueltos. El marco vacío del Rafael se expone en el Museo Nacional de Cracovia.

Una de las consecuencias del saqueo nazi fue el contrabando con el arte, y en él América Latina jugó un papel importante: México, Cuba, Brasil, Argentina, Venezuela, Chile, Colombia, Uruguay. Algunas piezas se quedaban en esta zona y otras se traían para hacer desde aquí las transacciones y venderlas a Estados Unidos, sobre todo a Nueva York. Y todas esas transacciones irregulares en épocas de crisis suelen traer consigo también devaluaciones del arte, porque el objetivo es ganar dinero y qué más da el valor real de la obra.

De ese mapa, la vía documentada con nombre propio es la argentina: «objetos saqueados fueron enviados a Argentina, adonde numerosos refugiados nazis escaparon por las ratlines, especialmente durante la presidencia de Juan Perón (1946-1955)». En agosto de 2025 la fiscalía argentina investigaba una obra presuntamente saqueada por un fugitivo nazi que apareció en el anuncio de una inmobiliaria.

Cuando el saqueo se disfraza de misión civilizatoria

Los saqueos de arte en tiempos de guerra también se han enmascarado detrás de justificaciones aparentemente nobles, y el ejemplo es el saqueo de arte napoleónico, que llevó a cabo el ejército francés en los territorios del primer imperio, incluidas la península italiana, España, Portugal, los Países Bajos y Europa Central. Es otro de los grandes saqueos, que dura aproximadamente veinte años, y fue un saqueo que se escudó en los ideales de la Ilustración.

Aquellas obras se tomaban, por ejemplo, para la creación en París del Museo Central de las Artes, que luego se llamó Museo Napoleón y más tarde devino en el famoso Louvre: un museo que albergara obras valiosas que supuestamente estaban siendo poco aprovechadas o poco valoradas en sus países de origen.

Las fechas del museo: abrió el 10 de agosto de 1793, primer aniversario de la caída de la monarquía, como Muséum central des Arts de la République. Napoleón nombró director a Vivant Denon el 19 de noviembre de 1802 y, a propuesta de Denon, en julio de 1803 el museo pasó a llamarse Musée Napoléon.

Sobre la duración del expolio las fuentes discrepan según dónde pongan el principio: la Wikipedia en español lo fecha «constantemente durante veinte años, desde 1797 hasta el Congreso de Viena en 1815»; la inglesa lo hace empezar «hacia 1794».

La retórica de aquella «misión» quedó por escrito. El discurso que mejor la resume no es de Napoleón, sino anterior a la campaña de Italia y pronunciado ante la Convención: el informe del abate Grégoire sobre las destrucciones del vandalismo, del 31 de agosto de 1794.

«Ciertamente, si nuestros ejércitos victoriosos penetran en Italia, llevarse el Apolo de Belvedere y el Hércules Farnesio sería la conquista más brillante. Fue Grecia la que decoró Roma; pero ¿deben las obras maestras de las repúblicas griegas decorar el país de los esclavos? La República Francesa debería ser su último domicilio.» — Henri Grégoire, Rapport sur les destructions opérées par le Vandalisme et les moyens de le réprimer, 31 de agosto de 1794. Traducido del francés.

Pero más allá de cualquier tipo de excusas, los países saqueados quedan con su identidad cultural destrozada: es arrebatarles parte de su historia, de su espiritualidad, de su patrimonio, es como destruir su memoria, que ya es algo bastante grave.

¿Se puede revertir? Los mecanismos, uno a uno

La pregunta que abre la segunda mitad es si se pueden contrarrestar de algún modo estos daños hacia el arte durante una guerra y si hay algún modo de revertir los saqueos una vez terminados los conflictos. Sí han existido mecanismos, y cada época los ha tratado de crear e implementar como ha podido, pero no se puede hablar de reglas ni leyes rígidas: son procesos bastante azarosos y cada uno tiene sus propias particularidades.

El Congreso de Viena, 1815. Allí Austria, España, los Estados Alemanes e Inglaterra ordenaron la restitución de todas las obras de arte que les habían sido retiradas, y muchas obras se devolvieron, pero otras tantas se quedaron en Francia: bien porque la administración francesa se resistió a devolverlas, bien porque era muy costoso transportarlas, bien porque eran obras frágiles que se podrían dañar. No todo volvió a su lugar de origen.

La página en inglés sobre el expolio napoleónico lo cuantifica: «casi la mitad de las obras de arte saqueadas permaneció en Francia». La española recoge además el argumento con el que se ordenó la devolución: que «el despojo sistemático de las obras de arte es contrario a los principios de justicia y las reglas de la guerra moderna».

Los Monuments Men, durante la propia guerra. Con el saqueo nazi se intentó hacer algo estando en curso el conflicto. The Monuments Men, los hombres de los monumentos, eran desde soldados hasta estudiantes, curadores de arte, directores de museos y dueños de galerías; iban detrás de las líneas ofensivas detectando los monumentos en peligro, restaurándolos, rescatándolos, y al terminar la Segunda Guerra Mundial se pusieron a rastrear los lugares donde se habían escondido las obras para intentar devolverlas a sus países de origen. Hay una película sobre ellos, The Monuments Men, de 2014, dirigida por George Clooney.

El nombre oficial del programa era Monuments, Fine Arts, and Archives (MFAA). Lo formaron unos 345 miembros de 13 países, en su mayoría historiadores del arte y personal de museos. Durante 1945 rastrearon más de 1.000 depósitos con unos 5 millones de piezas; después de la guerra un grupo de unos 60 siguió seis años más por Europa haciendo de detectives. Dos oficiales murieron cerca del frente alemán en 1945. La película de 2014 la dirigió y coescribió George Clooney con Grant Heslov, y adapta el libro de Robert M. Edsel y Bret Witter, publicado en 2009.

Los Principios de Washington, 1998. A la altura del año 1998 un grupo de países aprobó los principios de Washington, que instan a devolver a sus propietarios originales o a sus descendientes las obras de arte que les fueron quitadas por los nazis, y proponen que si se demuestra que un museo posee una obra que pertenece a una familia judía, debe devolvérsela sin pleitos de por medio. Son procesos que no se pueden ver en blanco y negro: cada obra tiene su historia y sus particularidades, y no siempre se actúa con transparencia.

La Conferencia de Washington sobre los Bienes de la Época del Holocausto se celebró del 30 de noviembre al 3 de diciembre de 1998, con representantes de 44 países. Los Principios son explícitamente no vinculantes: el texto habla de «desarrollar un consenso sobre principios no vinculantes». El principio 5 pide dar publicidad al arte confiscado para localizar a sus dueños de preguerra o a sus herederos, y el principio 8 dice que, cuando se los pueda identificar, «deben darse pasos con rapidez para alcanzar una solución justa y equitativa».

Hay un cuarto mecanismo que el episodio no menciona y que es el marco legal de todo lo demás: la Convención de La Haya para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado, firmada en La Haya el 14 de mayo de 1954 como respuesta directa a la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, en vigor desde el 7 de agosto de 1956 y con 138 Estados parte a junio de 2025. Es la que creó el emblema distintivo del Escudo Azul para señalar los bienes protegidos, y tiene dos protocolos: el de 1954, que prohíbe exportar bienes culturales de un territorio ocupado y obliga a devolverlos al acabar las hostilidades, y el de 1999, que establece un régimen de «protección reforzada» y responsabilidad penal individual. Ucrania tiene bienes en esa Lista de Protección Reforzada.

Proteger bajo las bombas

Con la guerra en curso, en Ucrania se está intentando proteger en la medida de lo posible el patrimonio artístico. Preocupa mucho Leópolis, que se considera su capital cultural, así que se ha tratado de proteger sus monumentos y sus palacios con placas metálicas, precintas y sacos de arena; en las redes hay fotos que muestran las esculturas públicas rodeadas de sacos, y es impactante.

Las fotos son de los primeros días de marzo de 2022, y la CNN llama a Leópolis exactamente lo mismo que el episodio: «la capital cultural ucraniana». En la Plaza del Mercado, hombres subidos a escaleras de mano envolvieron en plástico las esculturas del dios romano Neptuno y de la diosa griega Anfítrite; con las cercanas de Adonis y Diana, son figuras de caliza levantadas hace más de doscientos años, con sus fuentes en cada esquina de la plaza. Delante de la Catedral latina, del siglo XIV, se cubrió una estatua menor con lo que parecía espuma sujeta con cinta. La Fundación del Patrimonio de Leópolis publicó además imágenes de un operario entablando una vidriera de la iglesia de la Dormición, del siglo XVII, y de los monumentos de la iglesia de San Antonio encerrados en marcos de madera.

Otra crónica del 7 de marzo de 2022 añade que las estatuas se envolvieron en espuma y material ignífugo, que del Neptuno tapado por completo solo asomaba el tridente, y que en la catedral —la basílica de la Asunción, del siglo XIV— se instalaron paneles protectores sobre las vidrieras y se cubrió una escultura del Santo Sepulcro. Lo organizó Andriy Salyuk, presidente de la Sociedad para la Protección de los Monumentos, con voluntarios, trabajadores municipales y constructoras: «Conseguí algo de dinero, reuní un equipo y compré material». Leópolis tiene unos 700.000 habitantes y su centro está en la Lista del Patrimonio Mundial.

Se está siguiendo además un protocolo de emergencia común a muchas instituciones culturales europeas, que contempla resguardar las obras dentro de los mismos edificios en que estén inicialmente; si el riesgo se incrementa, evacuarlas a otro inmueble dentro de la misma ciudad o a ciudades próximas más seguras, y ya en última instancia firmar acuerdos internacionales para depositar las piezas temporalmente en instituciones fuera del país.

Cuánto de todo eso no llegó a tiempo, con el recuento oficial delante: a 10 de diciembre de 2025 la UNESCO había verificado 514 sitios culturales dañados en Ucrania: 152 religiosos, 268 edificios de interés histórico o artístico, 38 museos, 33 monumentos, 19 bibliotecas, 3 sitios arqueológicos y 1 archivo. Es una evaluación preliminar que la UNESCO actualiza contrastando los incidentes reportados con varias fuentes solventes.

Lo que el arte hace con la guerra

El arte está muy vinculado a la historia de la humanidad y corre la misma suerte que sus creadores, que son los seres humanos. Y en el plano de la creación la guerra también impacta, y sobremanera, porque trae consigo traumas, dolor, destierros, secuelas físicas y psicológicas. Es imposible que los artistas se mantengan al margen de todo esto: la mayoría vuelca todas esas emociones en sus obras.

Goya dejó su serie de 82 grabados, Los desastres de la guerra. Las vanguardias artísticas del siglo XX estuvieron marcadas por los traumas de dos guerras mundiales. Y el Guernica, que Picasso hizo tras el bombardeo sobre la localidad de Guernica durante la Guerra Civil Española, es un símbolo del dolor y de la incertidumbre en tiempos de guerra: ejemplos hay muchos, pero sin duda el Guernica es una gran metáfora.

Los desastres de la guerra es una serie de 82 estampas que Goya realizó entre 1810 y 1820 sobre la Guerra de la Independencia (1808-1814) y sus secuelas, y que no se publicó hasta 1863, treinta y cinco años después de la muerte del pintor.

El Guernica lo pintó Picasso en 1937 por encargo del Gobierno de la República española para el pabellón español de la Exposición Internacional de París de aquel año, tras el bombardeo de la localidad vasca el 26 de abril de 1937 por la Legión Cóndor alemana enviada por Hitler en apoyo de las fuerzas de Franco. Mide 349,3 × 776,5 cm y está en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid desde 1992.

La respuesta a la pregunta del principio, entonces, no es una sino tres, y ninguna consuela: al arte le pasa que lo destruyen sin querer, que lo destruyen a propósito porque es el símbolo del otro, y que se lo llevan. Y hay una cuarta, que es la única que devuelve algo: lo que los artistas hacen después con todo eso.

Sigue escuchando

  • De la exposición de arte degenerado con la que los nazis humillaron el arte moderno hablamos justo el episodio anterior, 3 casos de censura en el arte.

Episodios relacionados