Episodio 19Arte y sociedad
ARTE y MODA... ¿tienen relación?
25 de enero de 2022

En 1951, unos gigantes de cuento desfilaban por las calles de Venecia. Su destino final era un gran baile, llamado el Baile del Siglo, donde se dice que hicieron una entrada triunfal, acaparando todas las miradas. Aquellos gigantes eran en realidad gigantes del mundo del arte y la moda: Salvador Dalí y Christian Dior. Ambos habían diseñado los disfraces, la vestimenta que llevaban debajo y la de muchos de los presentes en el que fue el evento social de la época.
En una Venecia que se estaba recuperando de la guerra, el adinerado mexicano Carlos de Beistegui, coleccionista de arte y diseñador de interiores, había organizado aquella fiesta para la alta sociedad, con asistentes que llegaron en trasatlánticos y barcos propios.
Fue el 3 de septiembre de 1951, en el Palazzo Labia de Venecia, y se llamó Bal oriental. Se invitó a un millar de personas. El tema se lo dio al anfitrión un fresco del propio palacio, el de Tiépolo sobre Antonio y Cleopatra. Beistegui recibió con túnica escarlata y una larga peluca de rizos, subido en plataformas de unos cuarenta centímetros.
Y hay un detalle que resume el episodio entero mejor que cualquier definición: el disfraz de Dior lo diseñó Dalí, y el disfraz de Dalí lo diseñó Dior. Trabajaron junto a un jovencísimo Pierre Cardin, que firmó unos treinta trajes de aquella noche y al que aquel encargo le lanzó la carrera, y junto a Nina Ricci, entre otros. Lo recogen la Wikipedia en inglés, en su artículo sobre Carlos de Beistegui, y The Daily Beast del 25 de abril de 2015.
Para la historia queda registrado como uno de los momentos de colaboración de Dalí y Dior, y abre la puerta a un tema muy discutido: la relación entre el arte y la moda.
¿Es la moda un arte?
¿Crees que la moda sea un arte? Una respuesta razonable: sí, porque la moda requiere un nivel estético y creativo; pero por otra parte no tiene la misma libertad del arte, ya que tiene que ajustarse a una función, la de vestir el cuerpo. Tiene, como se dice en el episodio, un pie forzado.
Decía el diseñador francés Yves Saint Laurent que la moda no es un arte, pero que para dedicarse a ella hay que ser artista.
Es una pregunta de la que se podría hablar muchísimo, con criterios encontrados y debates que vienen de años. Lo que no se puede negar es que el arte y el diseño han vivido una relación muy estrecha a lo largo del tiempo, sobre todo porque muchos diseñadores se han apropiado de estilos o movimientos artísticos y los han llevado a sus trabajos.
Lo que sigue son seis casos, y conviene leerlos fijándose en la dirección de la flecha: unas veces es el diseñador el que entra en el arte, y otras es el artista el que entra en el taller.
Por cierto: hay una institución que ya contestó a la pregunta, y lo hizo con el mismo Saint Laurent.
En diciembre de 1983, el Costume Institute del Metropolitan Museum of Art de Nueva York inauguró una exposición de Yves Saint Laurent, abierta al público del 14 de diciembre de 1983 al 2 de septiembre de 1984 y organizada por Diana Vreeland. Fue la primera exposición individual que el Met dedicó a un diseñador vivo. Quien dijo que la moda no es un arte acabó colgado en un museo, en vida, por decisión del museo.
Paul Poiret, o el diseñador que se hace Art Déco
Dentro de la historia del arte está el Art Déco, un movimiento que abarcó arquitectura, pintura, escultura y también la moda. Y en esa época hubo un diseñador francés muy importante: Paul Poiret.
Para empezar, sus diseños descartaban el corsé, ese artículo opresor e incómodo, de manera que las mujeres tuvieran más libertad en sus cuerpos.
También aplicó, desde comienzos del siglo XX, estrategias de marketing que se usan en la actualidad: llevar el diseño no solo al vestuario, sino a los objetos de mobiliario y del hogar, y convertirlo así en un estilo de vida, como hacen ahora muchas marcas. Hasta fue el primer diseñador en crear su perfume, una iniciativa que después ha sido muy recurrente: hoy todos los diseñadores tienen el suyo, pero antes no era así.
Poiret acostumbraba además a moverse en un ambiente de arquitectos y artistas, como Henri Matisse, Picasso o Modigliani, y es un claro ejemplo de diseñador que se apropia de un movimiento artístico: de ahí que algunos de sus diseños sean piezas holgadas, con las líneas rectas del Art Déco, extravagantes y de colores brillantes.
Y sin embargo, un diseñador de ese calibre murió pobre y en el olvido. Los tiempos fueron cambiando, vino la Primera Guerra Mundial y aquel estilo lujoso se fue quedando atrás, en parte porque llegaron los diseños de Chanel, basados en el «menos es más», y Poiret no supo reinventarse.
Queda la anécdota de que Chanel y Poiret se encontraron una vez; ella llevaba un vestido negro y él le preguntó a quién iban a velar; ella respondió: «A usted, señor». El propio episodio duda de que sea cierta, aunque la rivalidad parece que sí era grande, y conviene mantener esa duda: es demasiado redonda para no haber sido pulida por el camino.
Klimt y Emilie Flöge, o el artista que entra en el taller
También ha ocurrido a la inversa: hay artistas plásticos que han tenido una relación muy cercana con el diseño de vestuario.
Gustav Klimt, el artista vienés conocido sobre todo por El beso, lo fue casi de forma literal, porque fue amigo y compañero de Emilie Flöge, una reconocida modista también austríaca, así que el trabajo de ambos está muy relacionado a nivel estético.
Los diseños de ella eran básicamente túnicas con ese aire de libertad del modernismo, y Klimt hizo diseños para decorar sus ropas. Muchas de las mujeres que pintó llevaban trajes diseñados por ella, incluido el retrato de la propia Flöge, de 1902, donde la pinta de pie, con una mano en la cintura, dando una importancia marcada al vestido, que efectivamente muestra forma de túnica. La decoración de la ropa es fundamental en la obra.
El vestuario era parte importante en los cuadros de Klimt: basta ver El beso, donde son las propias vestimentas de los dos personajes —que pueden ser Klimt y Flöge— las que otorgan el erotismo a la obra y captan el centro de atención.
Merece subrayarse lo que eso implica. En ese cuadro, lo que casi todo el mundo recuerda no es un gesto ni un rostro: es un estampado. La frontera entre pintar y vestir no está donde solemos ponerla.
Y conviene sacar a Flöge de la etiqueta de musa, porque tenía negocio propio y bien documentado:
Emilie Flöge (1874–1952) está considerada una de las diseñadoras más influyentes de la Viena de fin de siglo. En 1904 abrió con sus hermanas Pauline y Helene la casa de costura Schwestern Flöge, en la Casa Piccola de la Mariahilferstrasse. Los interiores los firmó Josef Hoffmann por encargo de la Wiener Werkstätte, y el salón se llenó de clientela adinerada volcada con lo moderno.
Sus vestidos reforma rechazaban el encorsetado de la Viena historicista y defendían la libertad del cuerpo. Ella misma los llevaba puestos.
La relación con Klimt duró veintisiete años, hasta la muerte del pintor en 1918; se cuenta que sus últimas palabras fueron que llamaran a Flöge. El salón aguantó treinta y cuatro años y cerró en 1938, tras la invasión nazi de Austria. Lo recogen las Wikipedias en inglés y en alemán, en sus artículos sobre Emilie Flöge.
Ahí hay una coincidencia que este episodio deja pasar y que vale la pena recoger: Flöge estaba quitando el corsé en Viena por los mismos años en que Poiret lo quitaba en París. Dos talleres a mil kilómetros, la misma decisión, y en los dos casos con un movimiento artístico detrás. Lo que cambia es quién se llevó el nombre.
Dalí y Dior
Sobre Dalí y Dior hay mucho más que decir. Para empezar, la manera en que se conocieron: Dior fue galerista y expuso cuadros de Dalí, y de ahí surge un vínculo muy duradero.
Los dos fueron figuras clave en su momento: Dior con el New Look y Dalí con el surrealismo. La silueta del New Look buscaba resaltar la figura femenina con faldas amplias y cinturas muy estrechas, diferenciándose así de las formas rectas de Coco Chanel.
Y muchos habrán visto en las obras de Dalí esas figuras humanas de cuyos cuerpos salen cajones, que suelen interpretarse como una representación de la psicología humana: cada persona tiene sus cajones en la mente, con recuerdos y pensamientos guardados en el subconsciente, que pueden dejarse ver en cualquier momento.
En 1950, Dalí y Dior crearon el traje chifonier —un chifonier es una cómoda alta y estrecha, llena de cajones de arriba abajo—, que no era más que un vestido estilo Dior con los cajones sobresaliendo, literalmente, según la idea original de Dalí.
Dalí y Schiaparelli, el mejor binomio del episodio
También es muy conocida la colaboración de Dalí con la diseñadora italiana Elsa Schiaparelli. De ahí sale el famoso sombrero zapato, que es eso mismo: un sombrero con forma de zapato de mujer, con el tacón apuntando hacia arriba, algo que solo podría salir del mundo surrealista de Dalí. Se le ocurre a raíz de una foto que le tomó su esposa Gala con un zapato de mujer en la cabeza y otro en el hombro.
El vestido de langosta también viene de esa colaboración, y se relaciona con otra de sus creaciones, el teléfono langosta de 1936: un traje blanco largo con la langosta impresa en la parte delantera de la falda, que lució nada menos que Wallis Simpson, después duquesa de Windsor. El vestido lágrima fue otro, con velo y un estampado de carne desgarrada. Y está el del esqueleto, de seda negra, con la columna y las costillas sobresaliendo en un material acolchado.
Las fichas, una a una. El vestido de langosta es de la colección de verano-otoño de 1937, con la langosta pintada por Dalí; Wallis Simpson lo llevó en las fotos que le hizo Cecil Beaton en el castillo de Candé, poco antes de casarse con Eduardo VIII, y aquellas imágenes ocuparon ocho páginas de Vogue en junio de 1937. El sombrero zapato es de 1937-38. El vestido lágrima y el del esqueleto son ambos de 1938 y pertenecen a la misma colección, Le Cirque. Lo recoge la Wikipedia en inglés, en sus artículos sobre el Lobster dress y sobre Elsa Schiaparelli.
Cuatro piezas en dos años. Conviene fijarse en el detalle que las separa de todo lo que viene después: aquí el artista no puso una imagen sobre una prenda. Puso una idea, y la prenda tuvo que cambiar de forma para alojarla.
Yves Saint Laurent y Mondrian
Piet Mondrian fue un artista abstracto, pero de una abstracción marcadamente geométrica, el llamado neoplasticismo, basado en cuadrados y rectángulos blancos, negros y de colores primarios planos: rojo, azul y amarillo. Bastante estricto.
Yves Saint Laurent crea entonces un vestido tipo cóctel de geometría recta, como eran los cuadros de Mondrian, y en toda su superficie reproduce uno de ellos.
Fue en 1965, con la que la Wikipedia en inglés llama la hoy famosa colección Mondrian de Saint Laurent: cortes simples, líneas geométricas y colores rotundos que dieron a la colección un aire moderno y un éxito enorme.
Hay que aclarar que estos diseñadores no copiaban la obra original tal cual: se inspiraban en ellas, en su sentido y su expresividad, y las llevaban al lenguaje de la moda. Por eso puede que la moda no esté catalogada como arte, pero quien hace estos diseños tiene que tener un don, un talento, un arte, para que la obra siga viva y transmitiendo emociones una vez llevada al cuerpo humano.
Y estos binomios ensancharon las fronteras del arte. Lo llevaron a otro nivel, porque ya no era la pieza aislada en una pared para que el público la mirase: ahora el cuadro podía ir contigo. Como dijo el propio Saint Laurent, un pintor puede acompañar la vida de todos.
Y hoy
Aquello de Saint Laurent ocurrió en los años 60, pero en la actualidad las casas de moda siguen colaborando mucho con artistas para enriquecer sus colecciones, así que la relación sigue siendo muy estrecha.
En 2012, la firma Jil Sander presentó un jersey inspirado en los dibujos sobre cerámica de Picasso, tomando esa línea simple que representa un rostro humano y poniéndola en la prenda.
El siempre polémico Damien Hirst, el del tiburón disecado, también ha colaborado en la moda: hizo con el diseñador inglés Alexander McQueen una colección de pañuelos, con una bufanda carabela que estuvo muy en tendencia, y una colección con carabelas, mariposas y estampados calidoscópicos: treinta pañuelos inspirados en su serie de entomología.
Y curiosamente, la última colección de McQueen antes de su fallecimiento por suicidio estaba inspirada en el arte religioso y en el bizantino, e incluso utilizó estampados de obras del Bosco.
Esa colección es Angels and Demons, otoño-invierno de 2010, la número treinta y seis y última. McQueen murió en febrero de 2010 y se presentó de forma póstuma. Bebe de la pintura religiosa medieval y renacentista sobre el más allá y del vestido y el arte imperiales del Imperio bizantino, con obras capturadas digitalmente, entre ellas los demonios de Hieronymus Bosch. McQueen había dejado dieciséis diseños cortados y casi terminados; los remataron Sarah Burton, entonces su directora de moda femenina, y su equipo. Lo recoge la Wikipedia en inglés, en su artículo sobre la colección.
Louis Vuitton ha tenido colaboraciones importantes con artistas contemporáneos como Takashi Murakami y Yayoi Kusama, ambos japoneses, creando colecciones de ropa y accesorios con sus estéticas. Y Dior también ha trabajado con Kusama, y sigue colaborando con artistas de distintas nacionalidades: varios han hecho ya sus versiones del bolso Lady Dior con su sello propio, de modo que cada uno viene siendo como una obra de arte en forma de bolso que el consumidor puede llevar a todas partes.
Lo que cambió por el camino
La relación con artistas de moda funciona bien para las casas, pero ya no es como la de antes. Dalí y Schiaparelli creaban piezas que iban más al desarrollo del surrealismo que a lo realmente funcional: nadie se iba a poner un zapato por sombrero.
Ahora esas colaboraciones están más enfocadas hacia el mercado: se mantiene el objeto útil —el bolso, el vaquero, la bufanda— con una decoración basada en obras de arte que resulten atractivas y llamativas. El arte sigue siendo un medio para hacer más diversos los diseños y crear nuevos productos de deseo, con la exclusividad de llevar encima la obra de grandes artistas.
La moda es capaz de apropiarse de cualquier estilo, aunque la mayoría de las veces termina siendo una apropiación con un propósito decorativo, y de ahí viene tanta polémica sobre si la moda es arte o no.
Vale la pena volver al principio con eso en la mano. En 1951, Dalí y Dior se disfrazaron el uno al otro para una fiesta: no había producto, ni colección, ni campaña. En 1937, Dalí puso una langosta donde ninguna mujer querría llevar una. En 2012, Jil Sander imprimió una línea de Picasso en un jersey. Los tres son arte y moda juntos, y no son lo mismo. La pregunta del episodio quizá no tenga respuesta única, pero sí tiene una cronología: cuanto más cerca de hoy, más probable es que el arte esté en la superficie de la prenda y no en su forma.
Y la frase de Saint Laurent, que abre y cierra el asunto, sigue siendo la mejor salida: la moda no será un arte, pero para dedicarse a ella hay que ser artista.
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