Episodio 94Robos, censura y falsificaciones

DESNUDO y CENSURA

18 de octubre de 2024 · 23:24 min

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desnudo en el arte

Este episodio no nace de una idea: nace de dos censuras que el propio podcast sufrió en carne propia.

Hace pocos días subimos a TikTok un video donde aparecía una pintura de la diosa Afrodita semidesnuda, ni siquiera desnuda. Y llegó una notificación que decía que el video no era apto para ser mostrado porque tenía contenido sexual que podía ser ofensivo o perjudicial para ciertas personas . Estamos hablando de una pintura mitológica del siglo XIX .

Hace un año subíamos en una historia de Instagram una fotografía de una famosa performance de 1977 realizada por Marina Abramović y Ulay, donde los artistas se colocaron desnudos en la puerta de una galería por donde también debía pasar el público. Los algoritmos de Instagram consideraron que una fotografía alejada documentando esa acción performática era censurable por ser contenido obsceno.

De ahí salen las tres preguntas que estructuran el episodio: ¿qué diferencia al desnudo artístico de uno obsceno o pornográfico? ¿Qué tipo de desnudo se debe censurar en redes sociales y cuál no? ¿Qué repercusiones negativas traen todas estas censuras?

Con un aviso por delante: es un tema muy subjetivo, como el arte en general.

Las reglas dicen una cosa y el algoritmo hace otra

El mecanismo está bien explicado y conviene entenderlo antes de indignarse, porque la norma escrita no es el problema.

Facebook, Instagram y TikTok no permiten la publicación de desnudos, para evitar contenidos considerados pornográficos, ofensivos u obscenos. Pero, según sus propias regulaciones, sí aceptan obras de arte donde se representen figuras desnudas de cualquier tipo.

¿Entonces? Son millones y millones de usuarios publicando constantemente, así que hay algoritmos que determinan qué se acepta y qué no. Y como es un proceso mecánico, a veces se censura lo que no debe ser censurado.

Ahí está la clave de todo el episodio: la excepción artística existe sobre el papel y el que decide es una máquina que no sabe aplicarla. El resultado causa mucha indignación y, en última instancia, hasta un poco de risa, porque a veces raya el absurdo y el ridículo.

Y tiene un coste que no es simbólico. Estas censuras dificultan la promoción, la venta, y limitan la creación de los artistas. El propio podcast lo midió: apelaron en TikTok y ganaron —les dijeron que la reclamación era válida— pero el alcance de la publicación se quedó bajísimo y llegó a muy pocas personas. Ya el daño estaba hecho.

Ese es el dato más útil del episodio para cualquiera que publique arte en redes: ganar la apelación no te devuelve el alcance. La sanción se ejecuta al instante y la reparación llega cuando ya no sirve.

Cuatro censuras que rozan el ridículo

1. El cartel de Madres paralelas. En 2021 se estrenó la película de Pedro Almodóvar, y el cartel mostraba un pezón en forma de ojo con una gota de leche cayendo, una imagen sugerente que aludía a la sensibilidad en la maternidad. Su diseñador lo publicó en su propio perfil de Instagram y al poco rato los algoritmos lo censuraron y lo eliminaron. Hubo revuelo, y finalmente un portavoz de la red social se disculpó, admitió que era un desnudo en contexto artístico, dijo que harían una excepción y restauró la publicación.

El diseñador es Javier Jaén, y su pregunta apuntó al fondo del asunto: qué habría pasado si no hubiese sido Almodóvar, según recogió El Financiero de AP. Instagram justificó la restauración diciendo que hacen excepciones cuando hay un claro contexto artístico, según Hyperallergic — la misma excepción que su algoritmo no había sabido aplicar.

2. La Casa Museo de Rubens. En Flandes también se vieron afectados, porque muchas de sus obras son desnudos emblemáticos del siglo XVI —del XVI, dice el episodio; en realidad Rubens (1577-1640) pintó en el XVII—, y hasta el turismo de la región se estaba perjudicando, porque cada vez era más difícil promocionar las obras sin que bloquearan las publicaciones.

Su respuesta fue un vídeo: guardias de seguridad preguntando a cada visitante si tenía cuenta de Facebook y, si decía que sí, impidiéndole ver los desnudos expuestos en la sala. Todo el mundo terminó riéndose, pero el objetivo era demostrar con un ejemplo práctico lo absurdo que pueden llegar a ser esos algoritmos.

Conviene precisarlo: los guardias eran actores y el vídeo es una acción de Visit Flanders, pero los visitantes, según Reuters, eran reales. Y no se quedó en la broma — según AP, más de una docena de altos responsables de museos belgas escribieron a Mark Zuckerberg, y las dos partes acordaron reunirse.

3. El David con una porción de pizza. La imagen de los genitales del David de Miguel Ángel fue censurada de un anuncio en el metro de Glasgow, en Escocia. El cartel original mostraba un plano abierto de la escultura tomando en su boca un pedazo de pizza, con el eslogan «no hay nada más italiano». Hubo que modificar los carteles mostrando la escultura de la cintura hacia arriba.

El anunciante era el restaurante Barolo, y pasó en mayo de 2023. Hay un detalle que lo remata: cuando les rechazaron el cartel, se habló de tapar los genitales con pegatinas de la bandera de Italia, que resultaron demasiado pequeñas. Acabaron reimprimiendo la campaña con la figura cortada por la cintura.

4. El David en un colegio de Florida. En marzo de 2023, unos padres de un colegio de Tallahassee, la capital de Florida, se quejaron porque en clase se había mostrado a sus hijos de 11 y 12 años la escultura del David, y todo terminó con la directora de la escuela dimitiendo.

Según AP y NBC News, la directora era Hope Carrasquilla, del Tallahassee Classical School, y uno de los padres llegó a calificar de pornográfica la estatua, una de las esculturas más célebres del mundo.

La directora de la Galería de la Academia de Florencia, donde se expone el David, y el alcalde de Florencia se indignaron muchísimo — estamos hablando de una obra que forma parte del patrimonio mundial —, y a raíz de la dimisión invitaron a la exdirectora a ver en vivo y en directo el David. Según las mismas fuentes, el alcalde es Dario Nardella, que lanzó la invitación por Twitter para homenajearla personalmente; la Accademia amplió la invitación al consejo escolar, a los padres y al alumnado entero.

Y conviene subrayar lo que tienen en común los casos 3 y 4, porque es la tesis del episodio en estado puro: no son arte contemporáneo transgresor. Se trata de una escultura renacentista, del siglo XVI.

La Venus de Willendorf: el episodio lo dice como hipérbole, y pasó de verdad

Cerca del final, indignadas, enumeran lo intolerable: censurar al David de Miguel Ángel, censurar a la Venus de Willendorf, censurar una pintura mitológica donde aparece Afrodita semidesnuda.

Lo de la Venus no es una hipótesis. Ocurrió.

Facebook censuró la Venus de Willendorf. Según Hyperallergic, que lo contó el 28 de febrero de 2018 y lo actualizó con AFP, la imagen la había publicado la italiana Laura Ghianda, y la red social la retiró por contenido inapropiado. El caso estalló entre finales de 2017 y enero de 2018.

El Museo de Historia Natural de Viena, que custodia la figurilla, salió a defenderla con un mensaje que lo dice todo: reclamaba para la Venus su desnudez. Su director general, Christian Koeberl, señaló que jamás había habido una sola queja de un visitante por la desnudez de la pieza.

Facebook pidió disculpas y respondió como si la publicación fuera un anuncio: alegó que sus políticas publicitarias no permiten desnudos pero tienen una excepción para las estatuas, y que el anuncio debería haberse aprobado.

O sea: un algoritmo censuró una talla de hace unos 29.500 años, y la excepción que lo habría evitado ya estaba escrita. Es exactamente lo que explicaron al principio: hay algoritmos que determinan qué es lo que se acepta y qué no.

Por qué los artistas llevan milenios pintando desnudos

Antes de discutir los límites, el episodio hace lo correcto: repasar para qué ha servido el desnudo. Cada época ha creado desnudos artísticos y los ha percibido de manera diferente.

  • Prehistoria. La Venus de Willendorf, una escultura sin rostro definido pero con las caderas y los órganos sexuales muy exaltados, porque su función era atraer la fertilidad.
  • Antigua Grecia. El desnudo era visto como algo normal, y a través de él se trató de crear un patrón de belleza humana ideal: de ahí las esculturas de atletas desnudos, simétricos, sin imperfecciones.
  • Medievo. Se satanizó: era el símbolo del pecado.
  • Renacimiento. Nace el David, en una época donde el desnudo se utilizó para estudiar la anatomía y ayudar al hombre a conocer su cuerpo milimétricamente.
  • Pintura alegórica y mitológica. Durante mucho tiempo los desnudos socialmente aceptados eran los de este tipo: podías representar a Venus desnuda, a Psique desnuda, a la inocencia desnuda, a la noche desnuda, pero hasta ahí.

Y ahí va el detalle más revelador del tramo: sin vello púbico, sobre todo las mujeres, porque mostrarlo podía tener implicaciones vulgares. Solo valientes posteriores como Goya o Courbet empiezan a pintar mujeres con vello púbico.

Merece detenerse, porque desmonta la idea de que la censura sea cosa de algoritmos: durante siglos el límite no estuvo en mostrar el cuerpo, sino en mostrarlo como es. Se permitía la desnudez idealizada y se prohibía la real. Los algoritmos no inventaron la línea; heredaron una que llevaba siglos trazada.

El desnudo como franqueza. Otra función distinta: me muestro desnudo como un gesto de sinceridad para enseñarte mis pensamientos. El ejemplo son los autorretratos desnudos del austriaco Egon Schiele, que ni siquiera empleaba espejos para representarse, porque no le interesaba pintar su imagen real sino sus conflictos internos a través de su cuerpo, su cuestionamiento sobre la sexualidad y el erotismo. Por eso no son desnudos hermosos: son hirientes, tan convulsos como el mundo interior de su autor.

Schiele, y la mejor respuesta que se le ha dado a un censor

El caso de Schiele trae su propia censura, y la réplica es antológica.

En 2018 el Ayuntamiento de Viena preparaba una exposición sobre su obra y desplegó carteles con piezas suyas en espacios y transporte públicos, para que la exposición ganara visibilidad no solo en Viena sino en otras ciudades europeas. La sorpresa fue que en el Reino Unido y en Alemania se negaron a sumarse, porque consideraban que la obra de Schiele era pornográfica y por tanto inapropiada para esos lugares.

La respuesta fue colocar bandas blancas sobre las zonas genitales de las piezas con una nota explicativa que decía: «Lo siento, tienen 100 años, pero siguen siendo demasiado atrevidos para hoy».

Un par de precisiones que la mejoran, según AFP y The Local: quien hizo la campaña fue la oficina de turismo de Viena, con el lema #ToArtItsFreedom, y el motivo era el centenario de la muerte de Schiele. Quienes rechazaron los carteles fueron el metro de Londres y un aeropuerto alemán. Las obras tapadas fueron un autorretrato desnudo sentado de 1910 y Chica con medias naranjas, de 1914.

Imponderabilia, o el cuerpo convertido en obra

En la década de los 60 del siglo XX el ser humano dio un paso más y decidió que su propio cuerpo de carne y hueso se volviera arte, o el instrumento para discursar. A través de la performance los artistas expusieron sus cuerpos desnudos y los llevaron a situaciones límite para hacer reflexionar y provocar.

El ejemplo es la misma obra que Instagram censuró al principio del episodio. Imponderabilia, de Marina Abramović y Ulay, realizada en 1977 en Italia. Ambos artistas, completamente desnudos, se colocaron en la entrada de la galería, uno frente al otro, ocupando prácticamente todo el espacio, de manera que el público, si quería entrar, tenía que atravesar de lado entre ellos dos, encarando a Marina o a Ulay. Esa era una decisión del público.

El sentido lo explica bien: hacer reflexionar al espectador sobre si atravesar ese umbral, si arrimarse a los dos cuerpos, en un evidente contraste entre esos cuerpos desnudos y los cuerpos vestidos de los espectadores.

Y la lectura general del recurso es la mejor definición de por qué el desnudo funciona en performance: lo que tenemos en la mente como normal es estar vestidos, porque la desnudez se asocia a espacios íntimos. Por tanto, si vemos a alguien sin ropas en un lugar público, se nos encienden las alarmas, nos llama la atención, y ese es el momento idóneo para ponerlo a reflexionar sobre algo.

Hay que decir lo que eso significa para el asunto del episodio: el desnudo artístico en performance funciona precisamente porque incomoda. Un algoritmo entrenado para retirar lo que incomoda no puede distinguirlo del contenido que debe retirar. No es un fallo de calibración: es una contradicción de fondo.

Dónde está el límite

¿Dónde están los límites entre lo artístico, lo obsceno o lo pornográfico? La respuesta que dan es de las más ordenadas que he leído.

El desnudo pornográfico es algo absolutamente explícito: muestra escenas sexuales prolongadas, exhibe exageradamente los genitales y lleva a sus participantes a estados límite, con el único objetivo de provocar la excitación sexual del espectador, de estimularlo carnalmente, sin ánimos de comunicar nada más allá de eso.

Y el matiz que lo hace inteligente: la pornografía utiliza medios de expresión que provienen del mundo del arte —el cine, la fotografía— pero no tiene valores artísticos, precisamente porque se queda en el terreno de lo obvio: demostrar algo tal cual es para despertar un instinto orgánico, puramente físico. Y el remate, que se lo merecen: «Así que, algoritmos, por favor, aprendan».

Frente a eso, el desnudo artístico apela al razonamiento del espectador, va a un plano espiritual y mental, y es un incentivo para indagar y reflexionar. Son desnudos que no se quedan en el simple plano de mostrar el cuerpo sin ropa: son el motivo para cuestionarse o buscar algo más allá.

Con una honestidad que conviene destacar: el desnudo artístico puede contener dosis de erotismo, y este es sugerente, apela a emociones y sentimientos e incluso puede provocar la excitación. Pero esa no es su prioridad. No se defiende negando el deseo; se defiende ordenándolo.

Y dos criterios finales, que son los que un algoritmo no tiene:

  1. La subjetividad. En el mismo momento en que hablamos de si algo es artístico o no, eso va a estar siempre presente.
  2. El contexto. Hay que tener en cuenta el contexto en que la obra fue creada y también aquel en que es apreciada. No podemos pensar en una obra creada hace dos mil años con códigos morales del presente.

También reconocen lo que no conviene esconder: muchas veces el cine y la fotografía usan el desnudo y su componente erótico con un fin comercial para atraer público, pero eso no implica que esas propuestas no tengan cualidades artísticas.

Y hay un factor que no es del algoritmo sino de la sociedad: que un desnudo sea aceptado como arte depende, en primer lugar, de los principios morales que predominen en cada época, y en segundo lugar de las experiencias individuales de cada espectador. Lo que ocurre es que las redes sociales tratan de no desagradar a ese pequeño segmento de público, y ahí es cuando se crea el caos.

Las respuestas: un archivo y una cuenta de OnlyFans

Ante esas censuras injustas se han buscado alternativas, como la campaña Don't Delete Art —no elimines el arte—, una página web donde se incluyen todas aquellas obras que han sido censuradas o eliminadas de Facebook e Instagram.

Y no solo la obra: incluyen la fecha en que fue censurada, la red social, las consecuencias que trajo para el artista y la notificación que le llegó. Ese último punto es el que más dice: vuelve a llamar la atención lo caóticas que pueden ser las decisiones de estos algoritmos, porque muchas veces el motivo nada tiene que ver con lo que expresa ese desnudo artístico.

La otra respuesta es más ingeniosa todavía: algunas instituciones de Viena recurrieron a publicar en OnlyFans muchas de las obras de desnudos que les habían censurado.

Se puede concretar quiénes, según NPR y Hyperallergic. Fue la oficina de turismo de Viena, en octubre de 2021, junto con la Albertina, el Museo Leopold, el Museo de Historia Natural y el Kunsthistorisches Museum. Publicaron obras de Egon Schiele, Amedeo Modigliani y Rubens, y la Venus de Willendorf.

Nótese quién está en esa lista: entre los museos cuyas obras publicó la oficina de turismo está el de Historia Natural, que custodia la Venus de Willendorf, la misma figurilla que Facebook había retirado a una usuaria en 2017, según Hyperallergic.

La conclusión

Es muy importante interiorizar que en el plano artístico un cuerpo sin ropas no tiene por qué estar relacionado con cuestiones sexuales obscenas. Una cosa no tiene que estar ligada a la otra necesariamente. A lo largo de la historia del arte hay disímiles motivos por los que los artistas han recurrido al desnudo, y este episodio repasa unos cuantos.

Puestos los casos en fila, sale un patrón que el episodio no cierra del todo. Ninguna de estas censuras vino de un espectador ofendido. El cartel de Almodóvar lo retiró un algoritmo; los Rubens los bloqueó un sistema automático; el David de Glasgow lo rechazó una empresa de publicidad antes de que nadie lo viera; la Venus de Willendorf cayó pese a cuatro apelaciones humanas. Solo en Florida hubo personas quejándose, y fueron un puñado.

El episodio se pregunta qué desnudo hay que censurar. Los hechos que reúne sugieren otra pregunta, y es más incómoda: quién está censurando, y si alguien se lo pidió.


Una precisión sobre un dato que damos en el episodio: al contar lo del anuncio del metro de Glasgow decimos que algunas personas protestaron y que por eso hubo que modificar los carteles, y no ocurrió así. Los carteles nunca llegaron a exhibirse: fue la empresa que gestiona la publicidad del metro la que los rechazó de antemano por la desnudez, sin que mediara ninguna queja del público. El anunciante era el restaurante Barolo, fue en mayo de 2023, y hay un detalle que lo remata: se habló de tapar los genitales con pegatinas de la bandera de Italia, que resultaron demasiado pequeñas, y acabaron reimprimiendo la campaña con la figura cortada por la cintura. La diferencia importa, porque el episodio trata precisamente de eso: casi ninguna de estas censuras nace de alguien ofendido, sino de una empresa o un algoritmo que decide por adelantado. Lo recogen la crónica de Artnet y la de STV News.

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