Sofonisba Renacimiento

Episodio 58

Publicado el 25 de enero de 2023 · Duración: 15:36 min

Una gran artista del Renacimiento

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La excepción se llama Sofonisba Anguissola

Cuando se piensa en artistas del Renacimiento los nombres que aparecen son Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti, Sandro Botticelli: todos hombres. La excepción se llama Sofonisba Anguissola, una de las primeras pintoras en obtener fama internacional en la Europa del siglo XVI.

Nació en Cremona hacia 1532, la mayor de siete hermanos: seis mujeres y un varón. La familia pertenecía a la vieja nobleza cremonesa, y su padre, Amilcare, se aseguró de que todos sus hijos recibieran una educación sólida y variada, sin distinción de sexo, con formación y práctica en el arte. Lo hizo siguiendo las ideas sobre educación de El cortesano, el libro de Baldassare Castiglione. En 1546 envió a Sofonisba y a su hermana Elena a formarse en casa del pintor Bernardino Campi, donde estuvieron tres años. Cuatro de las hermanas llegaron a pintar.

Eso es exactamente lo que rompe la regla. Para que una mujer llegara a ser artista en aquel momento —además de sortear todos los obstáculos sociales que ya suponía ser mujer— tenía que venir de una familia de artistas: el padre, el hermano o el marido pintaban, y ella trabajaba en el taller con ellos. En el caso de Sofonisba, sus antecesores no eran artistas.

Pintar sin poder mirar un desnudo

La buena educación no la libró de las restricciones impuestas a su formación por ser mujer. Se le prohibió dibujar del natural, lo que le impidió estudiar anatomía, porque se consideraba inaceptable que una dama viera desnudos.

No la detuvo: buscó modelos donde podía, sobre todo entre sus hermanos, y esa vía la llevó a convertirse en una de las primeras pintoras italianas reconocidas específicamente por sus retratos. Su interés por representar con precisión la fisionomía y la psicología de sus modelos le trajo pronto reconocimiento y numerosos encargos.

La restricción también le dio un estilo. Al no poder trabajar el desnudo, Anguissola estableció una manera distinta de retratar, con los personajes ambientados de forma informal: jugando al ajedrez, sosteniendo animales.

El desafío de Miguel Ángel

Su padre envió a Miguel Ángel un dibujo suyo, una niña riendo, para presentar a su hija. Miguel Ángel, con el carácter áspero que lo caracterizaba, la desafió a dibujar lo contrario: un niño llorando, que para él era una expresión emocional mucho más compleja.

La respuesta fue Niño mordido por un cangrejo de río, hoy en el Museo de Capodimonte, en Nápoles. En el dibujo aparecen dos de sus hermanos: el varón, Asdrúbal, llora porque metió la mano en una cesta donde había un cangrejo, y a su lado está su hermana Europa. Ella representa ese instante de dolor repentino de manera muy naturalista, y eso impresiona a Miguel Ángel. Tommaso Cavalieri, que fue quien hizo llegar el dibujo, elogió por escrito su invención. Algunos historiadores señalan ese episodio como un momento clave de su carrera.

Doce autorretratos y una firma

No solo fue retratista de los demás: pintó al menos unos doce autorretratos a lo largo de su vida, una variante que no era nada común en el siglo XVI. Produjo más autorretratos que ningún otro artista entre Durero y Rembrandt.

En ellos se representó como quería que la vieran: artista profesional, independiente, talentosa y mujer casta. Y lo dejó explícito. En un autorretrato hecho siendo joven sostiene un libro semiabierto donde se lee, en latín, que la virgen Sofonisba Anguissola lo hizo ella misma, en 1554. Esa tabla está hoy en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Los créditos, bien claros.

En aquella época los hombres eran vistos como los que creaban y las mujeres como objetos pasivos, y ella se rebela contra esa percepción desde su propia pintura. En el autorretrato de 1556 se pinta a sí misma frente a un caballete, mirando de frente al espectador, con el pincel en la mano y pintando a la Virgen con el Niño; la obra se conserva en el castillo de Łańcut, en Polonia. En otro se representa tocando un instrumento, insistiendo en ver a la mujer en roles que van más allá del objeto pasivo.

Dama de honor en la corte de Felipe II

Gozó del reconocimiento y el mecenazgo de personajes importantísimos de su momento: fue invitada a la corte de Madrid, donde fue nombrada dama de honor de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. Llegó en 1559 y ejerció además como su maestra de dibujo. Durante ese tiempo hizo muchísimos retratos de la aristocracia, de las familias reales y de la propia reina Isabel.

Algunos de esos cuadros pasaron siglos con el nombre de otro pintor encima. El retrato de Felipe II y el de Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II que cuelgan en el Museo del Prado figuraron durante más de trescientos años como obra de Juan Pantoja de la Cruz; la reatribución a Anguissola se documentó en un catálogo del propio museo en 1990.

El capitán del barco

Se casó dos veces, pero el segundo matrimonio fue por amor. Tras la muerte de la reina Isabel y la de su primer marido, decidió trasladarse de nuevo a Cremona, donde había nacido, y en la travesía por mar se enamoró del capitán del barco, el genovés Orazio Lomellino. Fue un amor intenso y duradero hasta la muerte de la artista.

La fortuna de su marido, sumada a una pensión que le había otorgado Felipe II, le permitió pintar y vivir cómodamente hasta el final de sus días, con el apoyo del propio esposo a su carrera. Murió en Palermo en 1625, con más de noventa años.

Van Dyck, a los noventa y dos

Siendo ya muy anciana y plenamente reconocida, seguía recibiendo visitas de pintores más jóvenes. Uno de ellos fue el pintor flamenco Anton van Dyck, que la visitó en Palermo el 12 de julio de 1624, cuando ella tenía unos noventa y dos años. Además de visitarla la retrató, y anotó el encuentro en su cuaderno italiano, hoy en el British Museum.

Van Dyck dejó escrito que, aunque la vista la había abandonado, su mente seguía muy activa, y que la artista le dio una serie de consejos sobre pintura —sobre el uso de la luz— que para él fueron verdaderas enseñanzas.

Vasari, y una inscripción en la tumba

Sofonisba es una de las poquísimas artistas mujeres que Giorgio Vasari mencionó en su libro de 1568, Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos. Escribió que había trabajado en las dificultades del diseño con mayor estudio y mejor gracia que cualquier otra mujer de su tiempo, y que no solo había logrado dibujar, colorear y copiar del natural, sino ejecutar por sí sola obras de pintura muy selectas y hermosas. Ese por sí sola, viniendo de un ilustre de la época, era el elogio.

Siete años después de su muerte, en el aniversario de lo que habría sido su centenario, su marido le dedicó una inscripción en la tumba: «A Sofonisba, mi esposa, que está registrada entre las mujeres ilustres del mundo, destacada en retratar las imágenes del hombre. Horacio Lomellino, en pena por la pérdida de su gran amor, en 1632, dedicó este pequeño homenaje a tan grande mujer».

Tuvo fortuna y fama en vida gracias a su talento y a su trabajo, se casó por amor en una sociedad de matrimonios arreglados e influyó con su arte en generaciones posteriores de artistas, todo en un mundo de hombres. Y aun así, ni ella ni tantas otras artistas mujeres del Renacimiento han recibido todavía el reconocimiento que merecen.


Fe de erratas: en el episodio decimos que Rembrandt está considerado el primer artista en dar importancia al autorretrato. No es así: el género lo consolida Alberto Durero medio siglo antes de que Sofonisba empezara a pintarse, y Rembrandt nace casi ochenta años después del autorretrato de 1554 que mencionamos. Lo que sí sostienen los especialistas es que Anguissola realizó más autorretratos que ningún otro artista entre Durero y Rembrandt (fuente).

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