
Episodio 95
Publicado el 1 de diciembre de 2024 · Duración: 27:33 min
Robos de arte que hicieron historia
Dicen que la realidad supera la ficción, y en robos de obras de arte se cumple. Por muchos atracos que nos hayan contado en películas, series y libros, todos se quedan pequeños comparados con los que han sucedido en el mundo real.
El episodio abre con cuatro preguntas que son, en realidad, su índice:
¿Sabías que Picasso estuvo entre los sospechosos de haberse robado la Mona Lisa?
¿Te parece increíble que uno de los mayores ladrones de arte de la historia reciente robara simplemente porque le apasionaba el arte?
¿Duele saber que una valiosísima obra de arte del siglo XVIII haya sido cortada en pedazos para poder ser vendida?
¿Cómo te sentirías si fueras director de un museo, robaran una de sus obras más importantes y el ladrón dejara una nota desafiante?
Sobre estos y otros casos conversan Greta, Gretel y Jenny, y sobre qué ha hecho la justicia al respecto, que es la parte que casi nunca se cuenta. El tema, como advierte Jenny, suele abordarse desde el sensacionalismo pese a ser muy delicado y estar penado por la ley.
Y hay una taxonomía al principio que conviene retener, porque ordena todo lo demás. No hay dos desenlaces, hay tres:
- Se atrapa a los culpables y aparecen las obras.
- Se atrapa al ladrón pero las obras no aparecen, porque no confiesa dónde están o porque ya les dio curso.
- No se sabe nunca más ni de los ladrones ni de las obras.
Ocho casos, y cada uno cae en un cajón distinto.
El Gardner: 81 minutos, trece obras y un jarrón chino que nadie entiende
Empieza por el mayor robo de arte en la historia de Estados Unidos, en el Museo Isabella Stewart Gardner de Boston, la noche del 18 de marzo de 1990. Dos hombres vestidos de policías convencieron al guardia de que respondían a un aviso de ruidos sospechosos, y durante los 81 minutos que estuvieron dentro descolgaron 13 obras.
El inventario que da el episodio es exacto: El concierto, de Vermeer; La tormenta en el mar de Galilea, de Rembrandt —la única marina que pintó—; En el café Tortoni, de Manet, y varios dibujos de Degas. Valor del robo: 500 millones de dólares. Después extrajeron la cinta de la cámara de seguridad y se fueron.
Y aquí está el detalle que hace único a este caso y que no suele contarse. A los investigadores les saltó a la vista que los ladrones, teniendo a mano estatuillas y pinturas mucho más valiosas, se llevaron también cosas de poco valor: un jarrón chino que tuvieron que sacar con trabajo de su vitrina y un águila de bronce bastante corriente.
Merece pensarlo un segundo, porque es una pista de comportamiento, no de inventario: unos ladrones que saben lo que valen las cosas no pierden minutos en un águila corriente. El perfil que sugiere ese detalle no es el del encargo experto, sino el del equipo que improvisa.
Han pasado 34 años y ninguna pieza ha vuelto a verse, y no por falta de interés: policía local, agentes federales, periodistas y detectives llevan décadas encima. El museo ha ofrecido recompensas —la última, de 10 millones de dólares— y ha habido sospechosos, algunos ya fallecidos, pero nada en concreto.
Lo que convierte el Gardner en otra cosa es la decisión museográfica. El museo ha respetado los lugares de las obras sustraídas y aún se pueden ver los marcos vacíos colgados en las paredes. Por tres razones que el episodio enumera bien: mantienen la esperanza de encontrarlas, respetan la voluntad de Isabella Stewart de que todo siguiera exactamente donde ella lo colocó, y los marcos funcionan como testimonio del robo ante los turistas. Hay incluso una audioguía con el relato del atraco que se recorre siguiendo el itinerario de los ladrones.
La lectura que hace Gretel es la correcta, y es una idea de museología, no de crónica negra: es un caso en el que el hecho se incluye dentro del discurso museográfico del museo. El robo dejó de ser lo que le pasó al museo para ser parte de lo que el museo cuenta.
La Mona Lisa, y la historia completa de Picasso y Apollinaire
El robo de la Gioconda ocurrió durante el día, en 1911, y el episodio pone dos condiciones que lo explican. La primera, que el Louvre no tenía ni remotamente el sistema de seguridad que tiene ahora. La segunda es la buena:
«La Mona Lisa no era tan famosa como lo es ahora». «No era la leyenda que es ahora. De hecho, su robo fue el que la terminó de catapultar al estrellato».
Eso es exactamente lo que ocurrió, y conviene subrayarlo porque va contra la intuición: no robaron el cuadro más famoso del mundo, lo hicieron famoso robándolo.
La mecánica del robo es la conocida. Vincenzo Peruggia, que había trabajado en el museo, entró el 21 de agosto de 1911 con una bata blanca, haciéndose pasar por personal, esperó a que no hubiera nadie cerca, descolgó el cuadro, lo ocultó bajo su ropa y se marchó. Al principio nadie se alarmó ante la pared vacía: supusieron que la pieza estaría en el estudio fotográfico o en alguna labor de mantenimiento. Después la noticia explotó y el museo empezó a recibir muchas más visitas, porque todos querían ver el hueco.
Y entonces viene lo que el episodio cuenta mejor que casi cualquier resumen divulgativo, así que vale la pena seguirlo entero.
Entre los sospechosos principales estaban Pablo Picasso y el poeta Guillaume Apollinaire. ¿Qué tenía que ver Picasso con la Gioconda? Unos años antes, mientras pintaba Las señoritas de Aviñón, un amigo se presentó en su taller con dos estatuillas ibéricas robadas del Louvre. Picasso las compró conociendo su procedencia, en complicidad con Apollinaire; estaba obsesionado con el arte primitivo, y en su cabeza aquello fue lo más normal.
Cuando estalló el robo de la Gioconda, Apollinaire intentó vender las estatuillas, la policía lo descubrió, lo detuvo y el poeta mencionó a Picasso. Mandaron a Picasso a declarar y entre malos ratos e interrogatorios los dejaron a ambos en libertad.
El final de la anécdota es humano y bastante feo:
Picasso confesó años después, en una entrevista, que en aquellos interrogatorios le preguntaron si conocía a Apollinaire, y él, nervioso, respondió que no —en la cara del poeta—. Dicen que Apollinaire se puso pálido como un papel al escucharlo. Fueron momentos en los que la presión policial sacó la peor versión de cada cual, y la amistad entre ambos no volvió a ser la misma.
Dos años después, en 1913, se capturó al verdadero ladrón, cuando pretendía devolver la Mona Lisa a Italia. Y la obra volvió al Louvre más famosa que antes.
El remate lo pone Jenny, y es de los que se quedan: muchos años después las obras de Picasso serían de las más robadas del mundo. Ironías de la vida.
Dónde ocurren de verdad los robos
Un apunte estadístico antes de seguir: Europa, al tener tantos museos famosos, es el continente donde más robos de arte y de bienes culturales ocurren. Pero no todas las obras están en museos o galerías: también las hay en palacios, castillos y sobre todo en iglesias y catedrales, donde los robos han llovido.
Es una corrección de encuadre importante. La imagen mental del robo de arte es la del museo con alarmas; la realidad estadística está más cerca de la parroquia sin vigilante. Los dos casos siguientes salieron de una iglesia.
El Caravaggio de Palermo: cortado en pedazos, probablemente
La Natividad con San Lorenzo y San Francisco de Caravaggio es la respuesta a la tercera pregunta del inicio. Es la obra donde, una vez más, vemos a los santos y vírgenes pintados con la apariencia de los pobres que él conocía en las calles.
Estaba desde el siglo XVII en el oratorio de la iglesia de San Lorenzo de Palermo, en Sicilia, y en 1969, aprovechando la poca seguridad del lugar, fue robada y nunca más ha aparecido. La fecha exacta es la noche del 17 al 18 de octubre, y la sacaron cortándola de su marco.
Todo apunta a la mafia siciliana, y de ahí salen las teorías que enumera el episodio: que quedó olvidada en un trastero y se la comieron ratas y cerdos; que la enterraron en un cofre metálico que no se ha localizado; y la que el propio episodio considera más probable, que fue dividida en seis u ocho partes para venderla en el mercado clandestino. Un arrepentido llegó a declarar que el cuadro podía estar intacto en Suiza.
Hoy en el oratorio de San Lorenzo hay una reproducción de alta resolución. Conviene decir de qué reproducción se trata, porque no es un póster: la fabricó en 2015 la Factum Foundation a partir de diapositivas, fotografías y negativos en placa de vidrio de la última restauración, la de 1951. Es decir, la copia se construyó desde el registro técnico de una obra que ya nadie puede mirar.
El FBI la incluye entre los diez casos de robo de arte más importantes del mundo.
El Altar de Gante, o cómo se pierde un panel y no vuelve
El retablo La adoración del Cordero Místico de los hermanos Hubert y Jan van Eyck, pintado para la actual catedral de San Bavón de Gante, es un políptico de doce tablas. Y le ha pasado de todo.
El episodio lo cuenta en tres capítulos, y los tres son exactos.
1794. Las tropas napoleónicas se llevaron el panel central y terminó expuesto en el Louvre, que entonces se llamaba Museo Napoleón. Volvió a la catedral cuando los británicos derrotaron a Napoleón.
1934. Una noche fueron robados los paneles de los Jueces Justos y de Juan el Bautista. Los autores pidieron rescate, el obispo de Gante negoció con ellos y los ladrones enviaron como garantía el de Juan el Bautista. El día de la entrega los extorsionados pagaron menos de lo acordado, y hasta hoy el panel de los Jueces Justos está en paradero desconocido. Lo que se ve en la catedral es una copia —pintada en 1945 por Jef Van der Veken, restaurador y falsificador ocasional, que el Estado belga compró en 1957—. Se ha llegado a pensar que el panel se escondió dentro de la propia catedral, y se ha revisado de arriba abajo varias veces, sin nada.
Segunda Guerra Mundial. Los nazis también quisieron el altar y lo robaron, y si no es por unos mineros que lo salvaron de que explotara dentro de una mina, hoy no existiría.
Tres siglos, tres robos, y el marcador sigue abierto: de las doce tablas, una lleva noventa años sin volver. Es la diferencia entre «recuperado» y «completo», y casi nunca se hace.
El Rembrandt para llevar
La respuesta a «obras a las que se han enseñado» es el Retrato de Jacob de Gheyn III de Rembrandt, en la Dulwich Picture Gallery de Inglaterra. Fue robada cuatro veces durante el siglo XX, y se cree que su pequeño tamaño lo facilitó.
El tamaño no es un detalle menor: mide menos de 30 por 25 centímetros, o sea que cabe bajo un brazo. Los cuatro robos fueron en 1966, 1973, 1981 y 1983, y eso le da el récord del cuadro más robado del mundo, reconocido por el Guinness.
Ha sido recuperada en todas las ocasiones, y los sitios donde apareció son los que le han dado el apodo: en una estación de tren, debajo de un banco, en un cementerio y en la parte de atrás de una bicicleta. De ahí que lo llamen el Rembrandt para llevar. A uno de los ladrones le preguntaron por qué lo había robado y respondió que le recordaba a su madre.
El lobo de Banksy: robado en menos de una hora
Los robos culturales no son solo pinturas y esculturas: también entran las colecciones de monedas y hasta el arte urbano.
En agosto de 2024, Banksy empezó a pintar animales por Londres —un artista cuya identidad se desconoce y que tiene más de 13 millones de seguidores en Instagram—. Su método es fijo: cada intervención la fotografía y la sube a la red social para anunciar que hay obra nueva.
El 8 de agosto pintó un lobo aullando en una antena parabólica y publicó dos fotos, una de noche y otra de día. Sus seguidores localizaron el sitio enseguida y corrieron a verla. Y entonces:
No se sabe qué dejó más boquiabiertos a los presentes, si la obra en sí o el robo de ella a plena luz del día delante de todos. A los 47 minutos de haberla anunciado en Instagram llegaron tres jóvenes encapuchados, se subieron a la azotea con una escalera y se llevaron la antena.
Todo comprobado: fue el cuarto animal de la serie, la azotea era la de una tienda vacía de Rye Lane, en Peckham, un hombre subió por la escalera mientras otros dos la sujetaban, y la policía metropolitana recibió el aviso a la 1:52 de la tarde. Los representantes de Banksy declararon que el artista no tenía conocimiento del paradero de la antena. Hay un dato revelador: la antena no parecía estar allí antes de que apareciera la obra.
El episodio se pregunta lo que había que preguntarse —los habrá que piensen que fue planificado— y Gretel se declara escéptica. La conclusión con la que salen es sólida y enlaza con la Gioconda: una obra robada da mucho de qué hablar, genera expectativa y se convierte en el foco de atención. Fabrica show, muy del arte contemporáneo.
El retrete de oro, y el caso que sí se resolvió
Con el mismo tipo de sospecha viene América, de Maurizio Cattelan, el autor del plátano pegado a la pared. Era un inodoro de oro de 18 quilates que funcionaba como tal —el público podía usarlo— y era una sátira del excesivo consumismo actual, valorada en más de 5 millones de dólares.
Había estado en el Museo Guggenheim de Nueva York, y en 2019 estaba en una exposición dentro del Palacio Blenheim, en el Reino Unido, famoso por ser el lugar de nacimiento de Winston Churchill. Se permitía usarlo tres minutos por persona, para que no se formaran largas filas.
Una noche una pandilla entró al palacio, sustrajo el inodoro dejando grandes salideros por las tuberías, y se marchó. En el momento de grabar, no se había sabido más del retrete, y algunos especulaban con que el robo fuera parte de una performance planificada, muy a lo Cattelan, aunque la policía no era partidaria de esa teoría.
La policía tenía razón, y el caso se resolvió después de grabarse este episodio.
Cómo acabó. El robo fue el 14 de septiembre de 2019, con cinco hombres y dos vehículos robados —una furgoneta Isuzu y un Volkswagen Golf— que atravesaron las puertas de madera cerradas poco antes de las cinco de la mañana. Estuvieron dentro cinco minutos. La pieza estaba asegurada en 4,8 millones de libras.
En marzo de 2025 un jurado declaró culpable de robo con allanamiento a Michael Jones y de conspiración para transferir bienes procedentes del delito a Fred Doe. James Sheen ya se había declarado culpable; un cuarto acusado fue absuelto. En junio de 2025 Jones fue condenado a 27 meses y Sheen a cuatro años, que se sumaban a los diecinueve que ya cumplía por otros delitos.
El oro nunca apareció: se fragmentó y se fundió poco después del robo. No hubo performance. Hubo una banda de delincuencia organizada y una red de blanqueo.
Y ahí está la moraleja incómoda del bloque de Banksy y Cattelan juntos: la teoría del robo-como-obra es más atractiva que la verdad, y por eso circula más. En el único de los dos casos que llegó a juicio, la verdad resultó ser un camión robado y una fundición.
La otra cara: qué hace la Interpol
El episodio dedica un tramo entero a la labor de la Organización Internacional de Policía Criminal, que es justo lo que las crónicas de robos no cuentan.
La Interpol mantiene una base de datos de obras de arte robadas que se alimenta de lo que envían los países y entidades autorizadas, y cuyos expertos van agregando los objetos con imágenes y descripción. Puede consultarla cualquiera: casas de subastas, universidades, museos y ciudadanos.
En 2021 lanzó su primera aplicación móvil, gratuita para Apple y Android, con un eslogan que el episodio recoge bien: «capturar el arte, capturar a los delincuentes». Se llama ID-Art. Permite comprobar si estamos ante una obra robada fotografiándola: un software de reconocimiento de imágenes la compara con la base de datos, y también se puede buscar a mano por tipo de objeto, técnica, título, artista o país de procedencia.
Los casos de éxito que cita el episodio son reales y verificables. Según informes de 2022, cuando la aplicación tenía un año, ya había ayudado a recuperar objetos: en España, dos tablas renacentistas y tres monedas de oro de época del Imperio Romano; en Rumanía, una cruz procesional del siglo XIII. Esa cruz tiene ficha: se robó en 2016 del Museo de la Iglesia Evangélica de Cisnădie y se recuperó en julio de 2021, identificada precisamente con ID-Art.
Lo que ha cambiado desde que se grabó. La base de datos ha pasado de los 52.000 objetos que cita el episodio a cerca de 57.000. Y la vía principal de recuperación no es el hallazgo individual sino la operación coordinada: en la novena edición de la Operación Pandora, en 2024, hubo 80 detenciones y se incautaron 37.727 bienes entre piezas arqueológicas, obras, monedas e instrumentos musicales.
Breitwieser: el ladrón que no vendía nada
La segunda pregunta del inicio tiene nombre: uno de los mayores ladrones de arte de la historia reciente robara simplemente porque le apasionaba el arte. Se dice que llegó a ser uno de los hombres más ricos de Europa, pues poseía obras valoradas en más de 1.400 millones de dólares. Y poseía en pasado porque las robaba y no las vendía: las escondía en una guardilla en casa de su madre, donde se deleitaba con su museo particular de más de 200 piezas robadas.
«Entre ellas, escuchen estos nombres y estos autores», avisa el episodio antes de leer la nómina, y la nómina da el tono: Pastor dormido, de François Boucher; El farmacéutico, de Willem van Mieris; Adán y Eva, una escultura preciosa en marfil de Georg Petel; Estafador engañando a su señor, de Pieter Brueghel el Joven; y dos hombres de Antoine Watteau, o sea, no era un ladrón de poca monta.
Se llama Stéphane Breitwieser, nacido en 1971. Y el retrato que hace el episodio es el bueno: un joven apasionado del arte, lector empedernido, que se pasaba la vida en bibliotecas y museos rastreando obras, investigando sobre su historia y robándoselas. Había que conocer los objetos: tenía que saber qué era lo que iba a poseer.
No robaba de forma violenta, sino con los museos abiertos al público, y tenía una ventaja decisiva: había sido guardia de seguridad de un museo y conocía las flaquezas de los sistemas de vigilancia. Estuvo robando en complicidad con su novia desde 1995 hasta 2001 sin ser atrapado —ella se llamaba Anne-Catherine Kleinklaus—.
Y no cayó por un robo. El último lo cometió en una galería de Suiza y logró escapar, pero estaba tan confiado que volvió al lugar de los hechos pocos días después, y un guardia lo reconoció.
Lo peor vino luego, y es de las cosas más tristes que se pueden contar sobre el patrimonio: cuando su madre supo que lo habían detenido, arrojó cientos de piezas al Rin y quemó decenas de lienzos en un bosque para que no hubiera pruebas al registrar la casa. Algunos objetos se rescataron de las aguas, pero más de medio centenar de obras siguen en paradero desconocido. La madre fue condenada a dieciocho meses, no por los robos sino por la destrucción.
La historia es tan insólita que el estadounidense Michael Finkel escribió un libro sobre él, El ladrón de arte, tras entrevistarse con Breitwieser y hablar con policías y psicólogos que lo habían atendido. El episodio resume bien la tensión del libro, que es lo que lo hace bueno: por un lado la hipótesis de que estaba realmente enamorado de las obras que robaba y podía llorar delante de ellas, algo parecido al síndrome de Stendhal; por otro, que es un arrogante que se vanagloria de haber hecho tantos atracos sin ser atrapado.
Las dos cosas a la vez, que es como suelen ser las personas.
La nota desafiante
Queda la cuarta pregunta, y es la que enlaza con la idea que Gretel formula a continuación: la prepotencia caracteriza a muchos de los ladrones que logran burlar los sistemas de seguridad de los museos.
El ejemplo es la nota que dejó Pål Enger después de robar El grito de Munch en la Galería Nacional de Oslo: «gracias por la escasa seguridad». Ocurrió el 12 de febrero de 1994, durante la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer, con la policía volcada en el evento. Enger y su cómplice entraron de madrugada en la sala Munch, escondió después la obra en la mesa del comedor de su casa, pidió un millón de dólares por devolverla, la policía no cedió al chantaje, y lo capturaron cuando trató de venderla en un hotel.
Sobre la obra «tasada nada más y nada menos que en unos 123,7 millones de dólares» conviene una aclaración: esa cifra no corresponde al valor de la obra robada en 1994 —las estimaciones de entonces iban de 55 a 72 millones—, sino a otra versión distinta, el pastel de 1895 que Sotheby's subastó en 2012 por 119,9 millones. Munch pintó varias versiones de El grito; la de Oslo es la de 1893.
Las conclusiones, que el episodio saca solo
«De todo esto podemos sacar varias conclusiones», y las que saca son las correctas. Todos los robos son lamentables y repudiables, incluso aquellos que tuvieron un desenlace feliz, o sea aquellos en que apareció la obra y fue encarcelado el ladrón. Y aunque hay quien considera que estas historias aumentan las leyendas que se tejen en torno a las obras y las dan a conocer aún más —cosa que el caso de la Gioconda demuestra sin discusión—, el robo de arte es un delito y está fuertemente penado por la ley.
Puestos los ocho casos en fila, sale un patrón que el episodio insinúa sin cerrar. El desenlace no depende del valor de la obra ni de la fama del autor: depende de si el objeto sirve para algo más que ser mirado. El Rembrandt pequeño volvió cuatro veces porque no valía nada fuera de su marco. El Caravaggio probablemente se troceó y el retrete de oro se fundió, porque valían cortados. La Gioconda volvió porque su ladrón la quería entera y en Italia.
Y una cosa más, que es la respuesta a la primera pregunta del episodio. De los ocho casos, los que se han resuelto se resolvieron por el error del ladrón, no por la investigación: Peruggia intentó venderla, Enger intentó venderla, Breitwieser volvió al sitio del robo. Ninguna alarma detuvo a ninguno de los tres.
Dos precisiones sobre datos que damos en el episodio. La primera, sobre la Natividad de Caravaggio: decimos que el FBI le otorga un valor de mercado de unos 35 millones de euros, y la cifra que maneja el FBI en su lista de los diez mayores robos de arte sin resolver es de unos 20 millones de dólares. La segunda, sobre la Interpol: decimos que su base de datos reúne objetos de 134 países miembros, y los países miembros de la Interpol son 196; la cifra de la base de datos, además, ha crecido desde entonces de los 52.000 objetos que citamos a cerca de 57.000. Y conviene añadir un desenlace que no podíamos contar cuando grabamos: el robo del inodoro de oro de Maurizio Cattelan en el Palacio Blenheim sí se resolvió. En marzo de 2025 un jurado británico declaró culpables a dos hombres, un tercero se había declarado culpable antes, y en junio de 2025 fueron condenados a penas de prisión. No hubo performance planificada: fue una banda de delincuencia organizada, y el oro se había fundido poco después del robo. Lo recogen la ficha del caso en la lista del FBI y la crónica del juicio en The Art Newspaper.
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