Episodio 89Arte y sociedad
¿Puede el arte enfermarnos?
9 de mayo de 2024 · 24:07 min

Hoy vincularemos arte y psicología en un tema que queríamos tratar desde hace bastante tiempo: el síndrome de Stendhal, también conocido como síndrome de Florencia o el mal del viajero romántico. Y que nos hace preguntarnos algo: ¿el arte puede dañar o enfermar a las personas?
Para responderlo, el episodio hace algo que no había hecho nunca: hoy recibiremos por primera vez en Uy el Arte a una psicóloga. Es Mayde Vázquez Padilla, cubana, graduada de psicología en la Universidad de La Habana y cursando un doctorado en psicología social de grupos e instituciones en la Universidad Autónoma Metropolitana de México.
Lo que sale de ahí no es una curiosidad de museo. Es una discusión seria sobre qué es un síndrome, quién decide que algo es una enfermedad, y por qué este en concreto no está en ningún manual.
De dónde sale el nombre
Stendhal era el seudónimo de Henri Beyle, un famoso escritor francés del siglo XIX, autor de obras tan conocidas como El rojo y el negro o La cartuja de Parma.
En 1817 publicó un libro de viaje titulado Roma, Nápoles y Florencia, que tiene como protagonista a un supuesto caballero de Berlín que viaja a Italia y cuenta sus experiencias. Pero a todas luces el libro recrea las propias vivencias de Stendhal en ese país, así que el caballero era él.
Y entonces la escena, que no está en esa primera edición de 1817 sino en la tercera, de 1826. Al llegar a la Basílica de la Santa Cruz en Florencia —considerada el panteón de las glorias italianas— queda sobrecogido ante las tumbas, las obras de arte que allí se conservan e incluso la propia arquitectura del lugar. Después un monje lo conduce a ver Las Sibilas, del pintor conocido como El Volterrano, y aquello fue una sobredosis de emoción: empieza a experimentar mareos, sudoraciones, taquicardia.
El episodio hace bien en leer las que presenta como sus palabras textuales, porque son el acta de nacimiento del asunto. Lo que sigue es una traducción:
Sentado en un reclinatorio y mirando al techo, cuenta que las Sibilas de Volterrano le dieron quizá el placer más vivo que le ha dado nunca la pintura.
Dice que había llegado a ese punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestiales de las bellas artes y los sentimientos apasionados .
Y que al salir de la Santa Cruz le latía con fuerza el corazón, sentía que la vida se le había ido y caminaba con miedo a caerse.
Conviene poner fechas y sitio exactos, porque después importan: en la edición de 1826, la entrada que cuenta la escena está fechada en Florencia el 22 de enero, del viaje de 1817. Según la Wikipedia en francés, ocurre en la capilla Niccolini de Santa Croce, y las Sibilas son de Baldassarre Franceschini, llamado El Volterrano. En la misma basílica hay frescos de Giotto.
El episodio fundacional que quizá nunca ocurrió
Y aquí hay algo que el episodio no cuenta y que cambia la lectura de todo lo demás.
La escena de Santa Croce no aparece en el diario privado de Stendhal. El novelista Julian Barnes, en Nothing to Be Frightened Of, buscó en los diarios originales de aquel viaje y no encontró mención alguna del desmayo, según recoge Bamforth en el British Journal of General Practice en 2010. Hay motivos, por tanto, para dudar de que Stendhal viviera realmente la reacción extrema que describe.
Dicho de otro modo: el síndrome lleva el nombre de un hombre que puede habérselo inventado para un libro de viajes.
Esto no invalida nada de lo que viene después —Magherini documentó pacientes reales, no lectores de Stendhal—, pero sí obliga a separar dos cosas que suelen ir pegadas: el fenómeno clínico y el relato fundacional. El episodio ya intuye la distinción cuando señala que el caballero de Berlín era el propio autor. La investigación la lleva un paso más allá.
Y encaja exactamente con la advertencia que hacen ellas mismas más adelante sobre el sensacionalismo, sobre todo en redes sociales.
1989: alguien le pone nombre
Fue en 1989, y gracias a la psiquiatra italiana Graziella Magherini, quien describió todos estos síntomas por primera vez como un síndrome.
No salió de una intuición. Magherini llevaba años trabajando con pacientes y llegó a reunir un total de 106 personas que, después de varias visitas a Florencia, a sus museos y galerías, habían experimentado mareos, dolores en el pecho, palpitaciones, sudoración e incluso síntomas más bien psiquiátricos como alucinaciones, desorientación y despersonalización —esa sensación de sentirnos fuera de nuestra mente y nuestro cuerpo— más un profundo agotamiento, tanto físico como mental.
Y el dato más duro: algunas de las víctimas de los casos más agudos intentaron dañar o destruir las obras de arte que les estaban provocando el malestar.
Ella era psiquiatra en el hospital de Santa Maria Nuova de Florencia, y los 106 casos se acumularon a lo largo de unos diez años desde finales de los setenta, según el New York Times del 15 de mayo de 1989. El libro es La sindrome di Stendhal, publicado en Florencia en 1989.
Lo que convirtió aquello en un síndrome y no en una colección de anécdotas fue encontrar el patrón: el inicio clínico de los síntomas era muy repentino y tenían una duración de entre dos y ocho días.
Tres presentaciones, y una cuarta que es rarísima
Con esas observaciones propuso tres presentaciones clínicas diferentes:
- Síntomas neuropsiquiátricos: delirios y alucinaciones.
- Trastornos del estado de ánimo: alteraciones emocionales, depresión, ataques de pánico.
- Quejas a nivel del cuerpo: cardiovasculares, que se podían asemejar a un infarto agudo de miocardio, o un dolor abdominal muy fuerte.
Sobre la causa, la explicación es precisa: es producto de la experiencia del sujeto ante una ciudad o unas construcciones que le permiten contemplar obras maravillosas, o la grandeza del pasado y su perspectiva histórica. Y se trata de un trastorno psicosomático, que como su nombre indica es la representación física de un estado psicológico.
Pero hay una cuarta variación clínica, y es la parte más extraña del episodio. Está relacionada específicamente con el David de Miguel Ángel, en la Galería de la Academia de Florencia.
El David dio lugar a sentimientos profundos de placer sensual y, curiosamente, causó envidia profunda por su representación de la perfección del cuerpo humano. Esos sentimientos mixtos desconcertaron a muchos turistas y causaron incluso disfunciones sexuales graves. Magherini se refiere al fenómeno como el síndrome de David.
O sea: dentro del propio síndrome de Stendhal hay un síndrome de David, y lo provoca una de las obras más paradigmáticas del arte universal. Que es exactamente lo desconcertante.
Florencia no tiene la exclusiva
También se habla de un síndrome de París, descrito en 1986 por el psiquiatra japonés Hiroaki Ota. Observó que varias personas, después de visitar París, presentaban mareos, taquicardia, palpitaciones, dificultad para respirar, y síntomas psiquiátricos que iban desde alucinaciones visuales y auditivas hasta delirios paranoides persecutorios Es la idea de que lo están persiguiendo, incluso de que la obra de arte lo está mirando.
Y aquí la causa es distinta, lo cual importa: según Ota, la provoca el impacto significativo que experimenta el viajero al enfrentarse a una cultura y un estilo de vida muy diferentes al suyo. No es la belleza: es el choque.
Ota era un psiquiatra japonés que ejercía en Francia, en el hospital Sainte-Anne de París, y publicó un libro sobre el asunto en 1991, según la Wikipedia en inglés. En 2004 firmó con Viala y otros colegas un artículo en la revista Nervure: desde 1988, su servicio había hospitalizado a 63 pacientes japoneses.
Venecia, Roma y Estambul también han sido vinculadas a estos síndromes estéticos por varios autores. Y como los afectados son sobre todo turistas extranjeros, algunos han llamado al síndrome el estrés del viajero.
Por qué ocurre: saturación, y una lista de factores
El mecanismo que propone la psicóloga es de capacidad, no de gusto: se genera porque se supera la capacidad que posee el ser humano para recibir tantos estímulos a la misma vez, y entonces ocurre como una sobresaturación. La gran impresión ante las bellezas artísticas es el detonante del trastorno.
Los factores de riesgo que enumera son de los que no se esperan: el nivel educativo de la persona, si vive sola o no, y la edad. A eso se suma que las personas particularmente sensibles a las emociones pueden ser más propensas, igual que quienes ya han experimentado síntomas similares, quienes presentan altos niveles de estrés o ansiedad, y quienes tienen antecedentes de trastornos psiquiátricos o médicos.
Y luego están los factores externos, que son casi cómicos de puro prosaicos: el cansancio, la deshidratación, el hambre y la temperatura.
Merece subrayarlo, porque desinfla la versión romántica del asunto: una parte del síndrome de Stendhal se parece mucho a llevar cinco horas de pie, sin comer y con cuarenta grados.
Hay además una observación que no había oído antes y que es fina: el final de un viaje a una ciudad de vasto patrimonio cultural produce un profundo sentimiento de tristeza y melancolía en el viajero, porque se ve obligado a regresar a su ciudad de origen, que puede no compararse con las obras de la ciudad que ha estado visitando. Ese final del placer de vacacionar puede producir el inicio de síntomas muy angustiantes.
La discusión buena: ¿hace falta saber de arte?
Aquí el episodio se pone interesante de verdad, porque las dos posturas chocan y ninguna gana por decreto.
Greta arranca con una anécdota de su época de estudiante. Una profesora de historia del arte les contó qué le había pasado delante de la Mona Lisa: había estallado en llanto. Y razona que si has visto una obra durante años en clases, en libros, en internet, es lógico que eso suceda el día en que logras verla con tus propios ojos.
De ahí su tesis: una persona que no sea conocedora ni amante de la historia del arte difícilmente alcance un estado emocional de esa magnitud ante un cuadro de Da Vinci o de Botticelli, sencillamente porque no conoce los valores añadidos que tiene esa pintura, su historia, cuán novedosa fue en su momento, su autor. En definitiva, no conoce el aura de la obra de arte, como decía el filósofo Walter Benjamin. Por eso piensa que lo padecen fundamentalmente personas muy sensibles, relacionadas con el mundo artístico y con grandes expectativas.
La psicóloga no le da la razón. Tenemos como algunas opiniones encontradas, responde, y su argumento es el que hay que retener:
El fenómeno no está necesariamente limitado a expertos o aficionados al arte, sino que puede afectar a cualquier individuo que se encuentre ante una obra particularmente impactante, ya sea por su belleza, su complejidad o su intensidad emocional.
No depende únicamente del conocimiento técnico o histórico que tenga el sujeto, sino también, y en gran medida, de la sensibilidad y la receptividad emocional del individuo. Algunas personas pueden verse abrumadas por la intensidad de una obra sin lograr entender todos los aspectos técnicos o contextuales.
Greta cede, y cede bien: una obra de arte debe ser capaz de decir mucho por sí misma, aun a una persona que no la conozca y que no tenga los más mínimos datos sobre ella.
Y el acuerdo al que llegan las tres es el correcto: pueden padecerlo tanto conocedores como no conocedores, y la sensibilidad es el punto clave.
Vale la pena notar lo que ha pasado ahí, porque es raro en divulgación: la conductora planteó una hipótesis razonable, la especialista la corrigió con argumentos, y la conductora cambió de opinión en el aire. Eso no se edita fuera, y hace el episodio mejor.
Dos testimonios
Un joven pintor checoslovaco, al salir de la capilla Brancacci de Florencia —donde hay obras de Masaccio, Masolino y Filippino Lippi—:
Cuenta que al salir a la escalinata estaban agotados, sin energías , con temperaturas que podían llegar a los cuarenta grados. Estaban deshechos, sin poder hacer nada, y él se tumbó en el suelo ; se sentía absolutamente incapaz de caminar.
Y que lo más increíble fue descubrir que las cosas existen, que son: que todo lo que te han enseñado existe y es verdadero.
Y Margarita Guidacci, poeta italiana, ante el altar de Isenheim del pintor renacentista alemán Matthias Grünewald. Sintió un gran malestar, se sintió paralizada y muy desequilibrada, con la sensación de que algo se iba a disgregar en su interior. Y lo que hizo:
Se defendió dando la espalda a la obra maestra y concentrándose en los cuadros que la rodeaban. Mientras ella no miraba a Grünewald, Grünewald la miraba a ella. Se sentía perseguida.
Esa última imagen es la mejor del episodio y merece decirse claramente. Lo que Guidacci describe son delirios paranoides persecutorios, la misma ficha que la psicóloga había catalogado minutos antes. El testimonio de una poeta y el manual coinciden sin saberlo.
¿Es una enfermedad? No, y el porqué es lo importante
La pregunta final es la que da sentido al título, y la respuesta es un no matizado.
El problema de describir el síndrome de Stendhal como un trastorno psiquiátrico propio es que sus síntomas son muy difíciles de diferenciar de otras afecciones más generales que suelen presentarse en los turistas, como la agorafobia, el miedo ante espacios con muchas personas, que también puede provocar taquicardias o la sensación de sentirse enfermo.
De ahí que muchos especialistas coincidan en que una reacción emocional ante el arte no constituye necesariamente un trastorno psiquiátrico, incluso si conduce a que aparezcan síntomas angustiantes o peligrosos. El argumento neurológico lo remata: cuando observas una obra de arte hay áreas específicas del cerebro que se activan, como cuando ves a una persona que te llama mucho la atención, pero eso no basta para decir que estamos ante un síndrome.
Y la conclusión formal: no está validado, y no podemos encontrarlo en el DSM-5, el manual de los trastornos mentales, ni en el CIE-10, la clasificación internacional de enfermedades. Los síntomas se interpretan dentro del marco de otros trastornos, como el de ansiedad o los somatomorfos.
Sobre por qué está fuera, la explicación es honesta: puede deberse a la falta de suficiente evidencia empírica, o a su naturaleza particular y poco común. Pero sigue siendo un objeto de interés en la psicología, y también para la psiquiatría debido a su singularidad, y porque ofrece una ventana sobre la relación entre el arte y la experiencia emocional y psicológica.
Ahí está la respuesta a la pregunta del título, y no es la que se espera. El arte no te enferma. Lo que hace es empujar a un cuerpo que ya venía cansado, deshidratado y con expectativas enormes hasta un punto donde la reacción se parece a una enfermedad. El diagnóstico está en la persona y en las circunstancias; la obra es el detonante, no la causa.
Qué hacer si vas a Florencia
La recomendación final es concreta y vale como lista.
Evitar por completo los síntomas es bien difícil, ya que puede ser una reacción emocional natural ante obras especialmente impactantes. Así que la prevención siempre es la mejor opción:
- Descanso adecuado, hidratación, alimentación y protección solar.
- Ir acompañado de amigos o familiares, que pueden ser de gran ayuda emocional y proporcionar apoyo en caso de experimentar síntomas adversos.
- Tomar descansos periódicos durante las visitas, salir a tomar aire fresco, sentarse en un área tranquila o tomar distancia de las obras por un momento.
- Control de la respiración mediante técnicas de relajación, la meditación o la visualización guiada, para reducir los niveles de ansiedad.
- Ajustar la duración o el ritmo de las visitas para evitar la sobrecarga emocional.
Y una advertencia final que no es menor: en el caso de las personas con algún antecedente psiquiátrico, eso constituye un importante factor de riesgo, y sería prudente asesorarlas antes de viajar a lugares de gran impacto personal y emocional.
Quién diría que el arte puede provocar todas estas cosas. Lo que hay que hacer, en el fondo, es lo mismo que recomienda cualquier guía sensata: planificar bien los recorridos para poder ir asimilando todo poquito a poquito.
Una precisión sobre un dato que damos en el episodio: al describir la visita de Stendhal a la Basílica de la Santa Cruz decimos que allí vio las tumbas de Miguel Ángel, Galileo y Dante Alighieri, y Dante no está enterrado en Santa Croce. Sus restos están en Rávena, en el mausoleo levantado en 1780 junto a la basílica de San Francisco, después de que Florencia intentara recuperarlos sin éxito en 1519 y de que unos frailes los escondieran durante siglos; reaparecieron por casualidad en 1865, dentro de una caja de madera con la inscripción «Dantis ossa». Lo que hay en Santa Croce es un cenotafio vacío, es decir un monumento funerario sin cuerpo, y además es posterior a la visita: se realizó entre 1818 y 1829 y se inauguró el 24 de marzo de 1830, así que Stendhal, que estuvo allí en enero de 1817, ni siquiera pudo verlo. Quienes sí tienen allí su tumba son Miguel Ángel, Galileo y Maquiavelo, según la página de las grandes tumbas de la Opera di Santa Croce. Lo de Dante lo recogen la ficha del cenotafio en la Opera di Santa Croce y la página de la tumba de Dante en Rávena.
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