
Episodio 34
Publicado el 31 de mayo de 2022 · Duración: 13:00
Pensemos… en El Pensador
Ese hombre desnudo, sentado sobre una roca, absorto en sus pensamientos, se ha convertido en una imagen universal que la mayoría de las personas conoce de una u otra forma. Lo mismo está en museos, universidades, plazas y cementerios que en dibujos animados de la televisión, en memes o en souvenirs. De ahí la pregunta con la que arranca este episodio a cuatro voces: ¿por qué es tan famoso el pensador?
Es además —así se dice en el episodio, con la duda incluida— el primero que el podcast dedica enteramente a la escultura. Y arranca con una asimetría curiosa: muchísima gente conoce al pensador, pero no tanta conoce al francés François Auguste René Rodin, o simplemente Rodin, que fue su creador. Uno no existiría sin el otro, así que hay que hablar de los dos.
Ni copias ni reproducciones: originales múltiples
La primera duda que hay que despejar es de logística. Si el pensador está a la vez en museos, plazas, universidades y cementerios, y esos sitios están en países distintos —lo mismo en Francia que en Estados Unidos, que en México, Japón o Argentina—, ¿es que son copias dispersas por todo el mundo?
Esos pensadores no son copias. Son originales múltiples, una denominación que se asocia sobre todo con la escultura y con el grabado y que designa las varias versiones de una obra que hace el propio artista a partir de un molde determinado. Todas se consideran originales, y por eso mismo la serie tiene que tener un límite: de lo contrario se terminaría desvalorizando la obra.
Ese límite existe y está escrito. El Musée Rodin de París es el heredero del escultor y conserva sus derechos: edita bronces originales a partir de los moldes y modelos del legado, con dos comités de expertos que validan cada proyecto, y su carta ética fija que el número de bronces que puede fundirse de una obra original está limitado a doce. Por tradición, el museo se queda con uno de esos doce, que pasa a las colecciones nacionales francesas.
Cuántos pensadores hay exactamente en el mundo es, en cambio, una cifra que baila según quién cuente y según qué se considere una versión. El episodio habla de aproximadamente veinte. El Musée Rodin no publica un total: se limita a decir que existen numerosos vaciados por el mundo. La National Gallery of Art de Washington, que conserva un ejemplar del tamaño original, afirma que de esa talla concreta se conocen más de cincuenta. Y la Wikipedia en inglés se contradice dentro de su propio artículo: la entradilla habla de veintisiete vaciados monumentales además del de París, y el apartado de fundiciones, de unos veintinueve. Conviene quedarse con lo que las tres fuentes sí sostienen: son muchos más de veinte si se cuentan todos los tamaños, y ninguna de ellas da una cifra cerrada.
El mapa que dibuja el episodio, en cambio, se confirma pieza por pieza. Hay pensadores en universidades —la Universidad de Columbia en Nueva York, el Cantor Center de la Universidad de Stanford—, en plazas —la Plaza del Congreso de Buenos Aires, frente al Congreso Nacional de Chile en Valparaíso— y en cementerios: uno preside el cementerio de Laeken, en Bruselas, y otro está en el jardín de la casa de Rodin en Meudon, sobre la tumba del escultor y su mujer. A eso se suman el Museo Soumaya de Ciudad de México, los museos de Tokio y Kioto, la Gliptoteca Ny Carlsberg de Copenhague o el Museo Pushkin de Moscú.
Y sí: algunos de esos originales múltiples llegan a alcanzar dimensiones monumentales. Pero la primera versión del pensador que existió medía solo 70 centímetros.
El dato es exacto. El Musée Rodin describe la figura como concebida en 1880 en su tamaño original, de unos 70 cm. La ficha de la National Gallery of Art, que conserva un bronce de ese modelo, da las medidas al milímetro: 71,5 × 36,4 × 59,5 cm. Para comparar: el vaciado monumental que hoy está en el jardín del Musée Rodin mide 189 cm de alto.
1880: una puerta para un museo que nunca se construyó
El pensador de 70 centímetros no nació solo. Nació porque en 1880 le encargaron a Rodin la portada del que iba a ser el nuevo museo de artes decorativas de Francia, y el tema que el artista eligió para esa portada fue La Divina Comedia de Dante, una obra literaria muy popular entre la intelectualidad francesa del siglo XIX. De ahí que el conjunto se conozca como La Puerta del Infierno.
El encargo tiene nombre propio y un contexto que el episodio no da. Según el propio Musée Rodin, el hombre por el que Rodin recibe la comisión es Edmond Turquet, subsecretario de Estado de Bellas Artes en 1880, y la puerta estaba destinada a un Museo de Artes Decorativas que se proyectaba entonces levantar en el solar del Tribunal de Cuentas, incendiado durante la Comuna de París. La Wikipedia en inglés añade que la Dirección de Bellas Artes pidió una entrada acogedora y dejó el tema a elección de Rodin, que ya venía dibujando personajes de Dante antes del encargo.
En esa puerta hay unas 200 figuras que se mezclan unas con otras o sobresalen, con muchísimo dramatismo y movimiento, y en la parte superior central, encima de los condenados, presidiendo las puertas, Rodin colocó a Dante, el autor del poema, sentado sobre una roca y mirando a los condenados que van hacia el abismo. Es la única figura del conjunto que puede decirse que tiene una actitud serena, estable, en medio del caos.
La cifra de figuras es otro número con dos versiones. El Musée Rodin dice que Rodin creó más de 200 figuras y grupos para la Puerta; la Wikipedia en inglés vuelve a contradecirse a sí misma, con un texto de cabecera que dice 180 figuras y un apartado de historia que habla de más de doscientas figuras humanas añadidas, quitadas o alteradas durante treinta y siete años. Las dimensiones del conjunto, según la ficha del Musée Rodin: 635 × 400 × 85 cm.
Por eso, en sus inicios, a esta escultura se le llamó el poeta y no el pensador.
Lo confirma la ficha oficial. El Musée Rodin escribe que, concebida como elemento de coronación de la Puerta del Infierno, sentada sobre el tímpano, la figura se titulaba El Poeta y representaba a Dante inclinado para observar los círculos del Infierno mientras medita sobre su obra. La base Joconde del Ministerio de Cultura francés registra la pieza con los tres títulos: Le Penseur, y también Le Poète y Le Poète penseur.
El museo apunta además de dónde sale la postura: debe mucho al Ugolino de Jean-Baptiste Carpeaux y al retrato sentado de Lorenzo de Médici que esculpió Miguel Ángel para la capilla medicea de San Lorenzo, en Florencia. La Wikipedia en inglés, citando a Albert Elsen, cuenta que fueron los obreros de la fundición quienes empezaron a llamarla el pensador, precisamente por el parecido con aquel Lorenzo, al que en Italia se conoce como Il Pensieroso.
Una acción hecha de quietud
Mucha gente conoce esta escultura, pero quizá no tanto en detalles, así que vale la pena describirla despacio. Es un hombre sentado sobre una roca, ensimismado en sus pensamientos; pero dentro de esa estabilidad Rodin le da al cuerpo un giro bastante dinámico: coloca el brazo derecho apoyado en la pierna izquierda, donde también descansa el brazo izquierdo, y para enfatizar el acto de la reflexión pone una de las manos debajo del mentón. Todo el cuerpo está en función de transmitir la noción de pensar. Incluso los pies, que es un detalle en el que casi nadie repara, están como contraídos sobre las rocas: igual que cuando uno se concentra de verdad y el cuerpo se tensa sin que uno se dé cuenta.
Rodin dijo exactamente eso, y lo dijo poco antes de morir. La ficha de la National Gallery of Art recoge sus palabras, que las fichas de Sotheby's dan como recogidas en Saturday Night (Toronto, 1 de diciembre de 1917):
«Lo que hace que mi pensador piense es que piensa no solo con el cerebro, con el ceño fruncido, las fosas nasales dilatadas y los labios apretados, sino con cada músculo de los brazos, la espalda y las piernas, con el puño cerrado y los dedos de los pies agarrados.»
Los dedos agarrados del final son, literalmente, el detalle de los pies del que habla el episodio.
Ahí está lo primero que se le puede elogiar a esta escultura: su capacidad de expresar una acción desde una aparente pasividad. Estoy sentado con la cabeza apoyada, pero soy un remolino por dentro. Una pasividad explosiva.
De fragmento de una puerta a escultura independiente
El pensador surge, entonces, como parte de esas puertas encargadas para el museo. Solo que aquello se quedó en el proyecto: nunca llegaron a ser las puertas de ese museo, y aún hoy la Puerta del Infierno es un conjunto inacabado. Rodin siguió trabajando sobre ella una gran parte de su vida.
Aquí las fuentes no cuentan lo mismo, y conviene saber quién sostiene qué. El Musée Rodin afirma que, tras querer exponerla en la Exposición Universal de 1889 y no llegar a terminarla, el escultor dejó de trabajar en ella hacia 1890, aunque expresó varias veces su deseo de completarla; que en 1900 la enseñó, en estado fragmentario, en su primera exposición individual en París; y que solo en 1917 consiguió Léonce Bénédite, primer conservador del museo, convencerlo de reconstruir la obra para fundirla en bronce —Rodin murió sin ver el resultado—. La Wikipedia en inglés, en cambio, resume que trabajó en el proyecto de forma intermitente durante treinta y siete años, hasta su muerte. Lo que ninguna discute: aquel museo de artes decorativas nunca se construyó —no el de París, que existe: el Musée des Arts Décoratifs abrió en 1905 en el Pavillon de Marsan del Louvre, y no en el solar del Tribunal de Cuentas para el que se encargó la Puerta—.
Muchas de las figuras de la Puerta se convirtieron después en esculturas independientes, ya con mayor tamaño, y el pensador es el caso más conocido, pero no el único: El beso salió también de ahí, y Rodin acabó retirándolo del conjunto porque chocaba con el sufrimiento del resto de las figuras. Las tres sombras, Ugolino y sus hijos —fundido aparte ya en 1882—, Fugit Amor o La Eterna Primavera siguieron el mismo camino.
Y lo más interesante es que Rodin no solo cambió el tamaño: las reinterpretó. Cuando extrae al pensador del conjunto, lo separa de aquel sentido literario con que lo había concebido y se da cuenta de que ese hombre encarna la idea del ser humano creador, pensador. Le aporta un significado universal, que es el que ha trascendido en el tiempo y el que en parte le ha dado su fama mundial, y es entonces cuando pasa a llamarse el pensador en vez de el poeta.
Ese razonamiento no es una interpretación posterior: es de Rodin, por escrito. En una carta al crítico Marcel Adam, publicada en el diario Gil Blas el 7 de julio de 1904, explica que su Dante, delgado y ascético, separado del conjunto no habría tenido sentido; que guiado por su primera inspiración concibió otro pensador, un hombre desnudo sentado sobre una roca, con los pies recogidos debajo y el puño contra el mentón; y que el pensamiento fértil se elabora lentamente dentro de su cerebro. La frase con la que cierra es la tesis entera del episodio: ya no es un soñador, es un creador. La carta la citan tanto la Wikipedia en español, que sigue la edición de Albert Elsen, como las fichas de catálogo de Sotheby's, que la toman de la monografía de Masson y Mattiussi.
Cuándo ocurrió exactamente ese cambio de nombre es, otra vez, una fecha con varias versiones. El Musée Rodin señala que la figura, sin salir de la Puerta, se expuso por separado en 1888 y así se convirtió en obra autónoma. Sotheby's sitúa en ese mismo 1888 su primera exhibición en Copenhague y en 1889 la presentación en París, ya con el título revisado a Le Penseur: le poète; es la Wikipedia en español la que precisa que aquella presentación parisina fue en la exposición conjunta con Claude Monet en la galería Georges Petit. Y la National Gallery of Art escribe que Rodin lo mostró a finales de los años ochenta unas veces como Poeta y otras como Poeta/Pensador, y que hacia 1896 ya era simplemente El Pensador.
Del tamaño pequeño al colosal hay también un salto documentado: el agrandamiento lo ejecutó Henri Lebossé, el especialista en pantógrafo que Rodin empleaba desde 1894, y las fuentes lo fechan entre 1902 y 1904 —la Wikipedia en español dice alrededor de 1902, el Musée Rodin data la versión agrandada en 1903 en un sitio y habla de agrandada en 1904 en otro—. En lo que todas coinciden es en el final del recorrido: el gran pensador, todavía en yeso, se expuso en Londres en enero de 1904 y después en el Salón de la Sociedad Nacional de Bellas Artes de París, de abril a junio.
El retrato psicológico de su autor
Mucha gente coincide en que el pensador tiene bastante de Rodin desde el punto de vista psicológico, como que lo retrata. Un hombre que se impresiona frente al mundo que le ha tocado vivir, con las incertidumbres que experimentaron tantos artistas a finales del siglo XIX, en un mundo donde la tecnología se desarrollaba de manera vertiginosa; y un hombre que se debatía entre revolucionar el arte escultórico o seguir la tradición que se había mantenido hasta ese momento.
La lectura está avalada. Antoinette Le Normand-Romain, conservadora general del patrimonio, doce años responsable de las esculturas del Musée Rodin y después directora general del Instituto Nacional de Historia del Arte, escribe en el portal Histoire par l'image que la figura representa a la vez a Dante y a Rodin, contemplando ambos la obra que el poema del primero inspiró al segundo. La Wikipedia en inglés recoge lo mismo en plural: otros críticos llegaron a ver la escultura como un autorretrato.
Porque en pintura la revolución ya estaba en marcha: los impresionistas llevaban tiempo dando de qué hablar. Su primera exposición independiente fue en abril de 1874, seis años antes del encargo de la Puerta. La escultura, en cambio, había sido mucho más conservadora. Y Rodin optó por revolucionar el arte escultórico.
Lo que se atrevió a hacer: dejar las huellas a la vista
La pregunta que el episodio deja en el aire antes de la pausa es buena: ¿qué se atrevió a hacer Rodin que no habían hecho otros escultores? ¿Dónde estuvo su valentía? ¿En qué innovó?
Hasta entonces la escultura se había mantenido muy fiel al academicismo: se buscaba que imitara la realidad, con una belleza idílica, estereotipada, de modo que si se esculpía un hombre se aspiraba a que fuera lo más parecido posible a un hombre de carne y hueso. Y en el pensador las cosas no están así. Es un hombre desnudo que medita sobre una roca, pero en su cuerpo están las huellas de los instrumentos con que se esculpió, y la roca sobre la que está sentado parece estar a medio hacer. Ese aparente inacabado, con irregularidades, huecos y salientes por toda la superficie, crea fuertes contrastes de luces y sombras, y al mismo tiempo le da movimiento y expresividad: refleja por fuera las contradicciones internas que debe tener ese hombre en ese instante.
Le Normand-Romain lo formula casi igual: hasta Rodin, el pensamiento se representaba como una alegoría —la diosa Atenea, reproducida hasta el agotamiento—, y con el pensador Rodin rompe de forma deslumbrante con ese academicismo, porque el pensamiento pasa a ser un hombre real que reflexiona duramente. El propio Rodin situaba el origen de esa ruptura en su viaje a Italia: la Wikipedia en inglés, citando a Taillandier, le atribuye la frase de que fue Miguel Ángel quien lo liberó de la escultura académica.
El propio museo explica de paso por qué el agrandamiento refuerza el efecto: al ampliar una figura y fundirla en bronce, las marcas que los dedos de Rodin habían dejado al modelar adquirían más fuerza.
Por esos detalles se considera que Rodin dio un salto dentro de la historia del arte.
¿Existió escultura impresionista?
Muchos lo consideran el primer escultor moderno y lo clasifican como impresionista. Lo cual abre una pregunta legítima: ¿existió entonces escultura impresionista?
Mucha gente asocia el impresionismo sobre todo con la pintura: el momento en que los artistas empiezan a pintar al aire libre, a captar los efectos de la luz natural y a trabajar con pinceladas muy rápidas que dejaban su huella en el lienzo, porque querían captar un instante determinado y la luz natural es muy cambiante: había que pintar rápido. Pero la escultura también se vio influida por el impresionismo, con un poco de retraso, y Rodin es un ejemplo de ello: aquí no era la huella de la pincelada lo que se veía, eran las huellas de los instrumentos de esculpir.
Las dos etiquetas del episodio tienen respaldo, y conviene copiar su alcance exacto en vez de estirarlo.
Sobre la primera, la Wikipedia en inglés dice que Rodin está generalmente considerado el fundador de la escultura moderna, y lo apoya en Early Modern Sculpture de William Tucker.
Sobre la segunda, el artículo de Impresionismo de esa misma enciclopedia es más prudente: Rodin es «a veces llamado» impresionista, por el modo en que empleó superficies modeladas de forma tosca para sugerir efectos de luz cambiante —lo respalda en el manual Gardner's Art Through the Ages—. Es exactamente el argumento del episodio, pero dicho con un «a veces» que no conviene perder.
Que la escultura llegó con retraso también se puede fechar: la única escultura que Edgar Degas expuso en vida, la Pequeña bailarina de catorce años, se enseñó en la sexta exposición impresionista, en 1881. Y el otro nombre que siempre aparece en esta discusión es el del italiano Medardo Rosso, que en 1907 publicó en el Daily Mail un artículo titulado, sin rodeos, «El impresionismo en la escultura, una explicación». Con una advertencia que muestra lo resbaladiza que es la etiqueta: la propia Wikipedia lo llama impresionista en su artículo sobre el impresionismo y posimpresionista en el artículo dedicado a él, donde añade que Rosso y Rodin fueron amigos hasta que el italiano se sintió no reconocido como influencia.
Críticas, y una fama que sí llegó a tiempo
Y está de más decir que esta manera novedosa de hacer esculturas le trajo críticas a Rodin. Eso es inevitable: todo artista atrevido tiene sus enemigos, es el rechazo a lo nuevo del que tanto se ha hablado, y luego esos criticados se convierten en héroes dentro de la historia del arte.
No hay que imaginarse las críticas: quedaron escritas. Le Normand-Romain recoge que, cuando el gran pensador de yeso se expuso en 1904, parte de la crítica lo ridiculizó en estos términos: «Es un bruto enorme, un gorila, un calibán, estúpidamente obstinado, que rumia una venganza». La fuente no da el nombre de quien lo firmó. Aun así, el entusiasmo se impuso.
Pero Rodin tuvo la suerte que no tuvieron otros artistas, esos que no conocieron la fama en vida: él sí pudo sentir en vida el reconocimiento por su trabajo y los halagos.
La historia del pensador del Panteón es la prueba más concreta de ese reconocimiento, y está documentada paso a paso por el Musée Rodin. A iniciativa de Gabriel Mourey, director de la revista Les Arts de la vie, se constituyó un comité de patrocinio para una suscripción internacional destinada a regalar un bronce del pensador al pueblo de París e instalarlo en una plaza de la capital. Al proyecto se sumaron mecenas —el barón Vitta, Maurice Fenaille— y políticos influyentes, entre ellos el mismo Edmond Turquet que veinticuatro años antes había hecho posible el encargo de la Puerta. Fue Rodin quien sugirió que se instalara delante del Panteón, en el barrio de su infancia. Tras varias peripecias, entre ellas la negativa del Ayuntamiento de París a cederle terreno, el monumento se inauguró el 21 de abril de 1906, con discurso de Henri Dujardin-Beaumetz, subsecretario de Estado de Bellas Artes.
El final de esa historia también está contado: convertido en símbolo de la democracia y en punto de reunión de las manifestaciones sindicales, delante de un monumento donde reposan Voltaire, Hugo y Zola, el pensador incomodó a las autoridades, y en 1922 fue repatriado a los jardines del Musée Rodin, donde sigue.
Para terminar, el episodio lee unas palabras escritas para defender aquella elección. Ya no es el poeta suspendido sobre el abismo del pecado y la expiación; ya no es un ser excepcional, un héroe; es nuestro hermano de sufrimiento, de curiosidad, de reflexión, de alegría; ya no es sobrehumano, un predestinado: es simplemente un hombre de todos los tiempos. Y por eso tenemos a nuestro pensador universal.
Esas palabras son de Gabriel Mourey, y pertenecen al artículo con el que lanzó la suscripción: «Le Penseur de Rodin offert par souscription publique au peuple de Paris», publicado en Les Arts de la vie, volumen 1, número 5, mayo de 1904, página 268. La referencia completa la dan las fichas de catálogo de Sotheby's, la Wikipedia en español y la bibliografía de la National Gallery of Art, que registra el artículo por su título.
Conviene además leer el párrafo completo, porque la versión que circula abreviada se deja por el camino dos incisos que son de los mejores. En la traducción que recoge la Wikipedia en español: «Elegimos este magnífico trabajo de entre todos los demás porque ya no es el poeta suspendido sobre los golfos del pecado y la expiación, aplastado por la piedad y el terror de la inflexibilidad de un dogma, ya no es el ser excepcional, el héroe; es nuestro hermano en sufrimiento, en curiosidad, en pensamiento, en alegría, la alegría amarga de ver y conocer; no es más un súper ser humano, un predestinado, es simplemente un hombre de todos los tiempos.»
Esa traducción española se detiene ahí, y tampoco ella llega al final: la versión inglesa que reproducen las fichas de Sotheby's cierra con un inciso más, «a man for all ages, for all latitudes».
Una precisión sobre el cierre del episodio: las palabras con las que nos despedimos —«ya no es el poeta suspendido sobre el abismo del pecado y la expiación… es simplemente un hombre de todos los tiempos»— no son de quien las atribuimos. Son de Gabriel Mourey, director de la revista Les Arts de la vie, y forman parte del artículo «Le Penseur de Rodin offert par souscription publique au peuple de Paris», con el que lanzó en mayo de 1904 la suscripción pública para regalar un bronce de la obra al pueblo de París; la instalación delante del Panteón, que sí es de 1906, fue el resultado de aquella campaña. La referencia del artículo puede verse en las fichas de Sotheby's, en la Wikipedia en español y en la bibliografía de la National Gallery of Art, cuya ficha no responde hoy a ningún cliente y se lee en la instantánea del Archivo de Internet.
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