
Episodio 97
Publicado el 31 de enero de 2025 · Duración: 12:58
La inmensidad del GÓTICO
¿Te ha sucedido que entras a una catedral y te sientes como una hormiguita dentro de ella, aplastado dentro de la inmensidad del lugar? Si has experimentado esa sensación, lo más probable es que haya sido dentro de una catedral construida bajo el estilo gótico, porque ese era precisamente uno de los propósitos de quienes las levantaban: hacernos sentir pequeños ante el poder divino.
Conviene subrayarlo antes de entrar en arcos y bóvedas, porque ordena todo lo demás. La sensación no es un efecto secundario de la escala. Es el encargo.
Este es un viaje a la Europa del siglo XII, a ver cómo comenzó toda esta fiebre del gótico, porque en eso se convirtió.
Y empecemos por el nombre, que nadie de los que levantaron estas catedrales habría reconocido:
«Gótico» nació como insulto, y cuatro siglos más tarde. Lo acuña el Renacimiento italiano: Giorgio Vasari, en sus Vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores de 1550, habla de un bárbaro estilo alemán y se lo atribuye a los godos, a quienes culpaba de haber destruido los edificios antiguos al conquistar Roma. Llamar gótico a esto era decir que era cosa de bárbaros.
Conviene tenerlo presente mientras se leen los párrafos que siguen, porque casi todo lo que hoy admiramos en una catedral fue, durante siglos, exactamente lo que había que despreciar.
De dónde se venía: el románico
Estamos en la Edad Media, un periodo marcado por una fuerte religiosidad, y cuando comienza el siglo XII el estilo constructivo que predominaba era el románico. Por eso los templos eran tan austeros: más bien bajos, tendiendo a la horizontalidad, con muros muy gruesos y macizos, y con muy pocos ventanales, así que sus interiores eran bastante oscuros.
La pregunta es qué sucedió para pasar de eso a catedrales como Notre-Dame o la de Chartres, que defienden la ornamentación, buscan la altura, tienden a la verticalidad, tienen muros ligeros e interiores iluminados por vitrales gigantescos. Hubo muchos cambios y no ocurrieron de un día para otro, sino a lo largo de siglos, pero siempre hay detonantes.
La chispa: un abad, una abadía y un presupuesto
A principios del siglo XII, dos de los abades más influyentes de Francia defendían ideas opuestas sobre cómo debía ser un templo, y esa discusión se puede ver como la chispita que encendió la llamarada del gótico.
En 1122, un abad llamado Suger —asesor cercano de Luis VI, rey de Francia en aquel entonces— asumió la jefatura de la abadía de Saint-Denis, cerca de París. A Suger le pareció que aquella iglesia estaba muy falta de gracia y de amplitud: apenas cabían las personas que allí se congregaban. Además consideraba que una edificación lujosa, que recordara la belleza de Dios, ayudaría a quien la contemplara a acercarse a él.
Así que durante años recolectó dinero e hizo modificaciones nunca antes vistas en una construcción religiosa: introdujo la bóveda de crucería con arco ojival, elevó notablemente la altura del edificio e iluminó su interior a través de grandes vitrales.
Las fechas, que importan más de lo que parece: Suger fue elegido abad en marzo de 1122; la primera obra, en la nave, es de 1130, y la reconstrucción a fondo arrancó hacia 1135 con la fachada oeste (1135-1140) según la ficha de Saint-Denis, o en 1137 según la de Suger. El coro nuevo se consagró el 11 de junio de 1144, con el rey presente.
Y hay un dato económico que explica por qué aquello era una declaración y no una reforma: una superficie construida en cristal era cuatro veces más cara que una similar construida en piedra. Poner vidrio donde antes había muro no era solo una decisión estética. Era decidir gastarse cuatro veces más en cada metro cuadrado que dejaba de ser pared.
Enfrente estaba Bernardo de Claraval, consejero del papa Inocencio II, que defendía la ausencia de ornamento y la sencillez en las construcciones religiosas: según él, estas edificaciones no debían resplandecer mientras los pobres vivieran en la indigencia. Él mismo vivía en un monasterio en medio de un bosque de Borgoña.
Su crítica está escrita y tiene título: la Apologia ad Guillelmum, de 1125, redactada a petición, al menos aparente, de su amigo Guillermo de Saint-Thierry, abad benedictino. Tradicionalmente se ha leído como un ataque al arte de los monjes cluniacenses, pero estudios recientes la ven dirigida a todo el monacato tradicional y a las órdenes nuevas. Critica el arte en tres frentes: como reclamo de donaciones, como gasto que va en contra del cuidado de los pobres y como distracción espiritual del monje.
De un modo u otro, de aquel choque de ideas nació el primer exponente de arquitectura gótica del mundo: la actual basílica-catedral de Saint-Denis. Y lo interesante, como bien apunta el episodio, es que cada abad defendía una forma diferente de asumir la fe: eso es lo que está en el fondo. La discusión no era de decoración. Era sobre para qué sirve un templo y a quién le debe algo la Iglesia.
Por qué prendió: ciudades, comercio y una clase nueva
A partir de ahí el gótico se afianzó y se dispersó por toda la Europa occidental. Contribuyeron varios factores: ya se observaba la decadencia del Sacro Imperio Romano Germánico y del sistema feudal, y el auge del comercio tras las cruzadas había favorecido el desarrollo de las ciudades y la aparición de la burguesía como nueva clase social.
Eso último es muy importante, porque el gótico es un arte urbano —la mayoría de las construcciones se hacían en el espacio de las ciudades— y también un arte burgués, pues la burguesía financiaba parte de esas grandes obras.
Ahí está la diferencia de fondo con el románico, que es en buena medida un arte de monasterios y de caminos de peregrinación. El gótico se levanta donde hay dinero nuevo, y ese dinero quiere que se le note.
Y se ve en las fechas. En poco más de un siglo, desde la consagración del coro de Saint-Denis en 1144, media Europa estaba en obras:
| año de inicio | catedral |
|---|---|
| 1194 | Chartres, reconstruida tras el incendio, en unos 26 años |
| 1205 | León |
| 1211 | Reims |
| 1220 | Amiens |
| 1221 | Burgos |
| 1226 | Toledo |
| 1245 | Westminster Abbey (consagrada en 1269; la obra se detuvo hacia 1269 y no se reanudó tras la muerte de Enrique III en 1272) |
| 1248 | Colonia |
| 1386 | Milán |
Nótese lo que significa esa columna: casi todas se empiezan en la misma generación, la del primer tercio del siglo XIII. No es una moda que se extiende despacio. Es una tecnología que, en cuanto se demuestra que funciona, todo el mundo quiere.
Podían ser castillos, palacios, ayuntamientos o universidades, pero donde más se explayó este estilo fue en las catedrales. Más allá de su función como sede episcopal, la catedral se convirtió en el símbolo del poderío económico de las ciudades y del prestigio de sus habitantes. Vamos, que ganaba el que tuviera la catedral más majestuosa: ganaba quien tocara primero el cielo.
Esa competición tuvo un límite físico, y tiene nombre y fecha:
La catedral de Beauvais llevó el pulso más lejos que nadie: según la Wikipedia inglesa, su coro alcanzó unos 48 metros de altura de bóveda, por encima de cualquier otra construcción gótica de su tiempo. En 1284, parte de ese coro se derrumbó. Hoy se atribuye el fallo a vibraciones de resonancia provocadas por vientos fuertes. La catedral nunca llegó a terminarse.
Beauvais es la prueba de que aquello no era una carrera retórica. Se estaba tanteando el límite real del material, y alguien tenía que encontrarlo.
El problema no era desearlo, era sostenerlo
Podía desearse construir edificios altísimos, iluminados, impresionantes, pero el cómo hacerlos —estructuralmente hablando— era el quid del asunto. Menuda tarea tuvieron los arquitectos de aquella época, a los que se solía llamar maestros de obras, que además estaban al frente de equipos numerosísimos de trabajadores y que merecen reconocimiento tanto por sus conocimientos técnicos como por su capacidad de organización.
Lo que viene a continuación son cinco soluciones, y conviene leerlas como lo que son: respuestas encadenadas a un mismo problema de física.
El arco ojival
En primer lugar, desecharon en gran medida el arco de medio punto, tan utilizado en el románico, y echaron mano del arco ojival o apuntado, formado por dos tramos de arcos simétricos que terminan en un ángulo central, en la clave. Este tipo de arco proporcionaba una mayor sensación de altura y de verticalidad, que es justo lo que buscaban.
Un ejemplo que habla por sí solo: la catedral de Colonia, en Alemania.
Según la Wikipedia inglesa, se empezó en 1248 y se terminó en 1880: 632 años de obra. Al acabarse, sus 157 metros la convirtieron en el edificio más alto del mundo. Es difícil encontrar mejor prueba de que una catedral gótica no es un proyecto, sino una herencia que se pasa de generación en generación.
La bóveda de crucería
Soportar estructuras tan altas era complicado, y la bóveda de cañón del románico —un arco de medio punto expandido en el espacio— ya no era muy fiable para eso. Así que se empieza a utilizar la bóveda de crucería, que se forma por la intersección o cruce de dos bóvedas de cañón apuntadas dispuestas perpendicularmente. De ahí su nombre. Cuentan con nervios dispuestos en diagonal que se cruzan en la clave, y esos nervios son los que sostienen toda la presión del techo y la trasladan al suelo.
Ese es el truco entero del gótico, dicho en una frase: concentrar el peso en puntos en vez de repartirlo por todo el muro. Si el techo descarga por unas líneas concretas, el resto de la pared queda libre. Y si queda libre, puede desaparecer.
Contrafuertes y arbotantes
Hay un dúo que trabaja en conjunto con la bóveda de crucería y que es muy característico de la arquitectura gótica: los contrafuertes y los arbotantes, una especie de apuntalamiento externo de los edificios.
¿Por qué eran tan necesarios? Porque las bóvedas tienden a abrirse y a empujar transversalmente el muro que las sustenta. Para eso estaban los contrafuertes, que ya se usaban desde el románico y permiten al muro recibir esos empujes; solo que en el gótico se separan del muro y se enlazan con él mediante arbotantes, que sí son elementos que se estrenan con el gótico y que funcionan como el arco de transmisión de la carga hacia el contrafuerte.
Una de las primeras catedrales donde se utilizaron fue Notre-Dame de París.
El dato aguanta la comprobación: según la Wikipedia inglesa, los arbotantes de Notre-Dame, hacia 1180, están entre los primeros empleados en una catedral gótica. En Chartres, hacia 1210, los primeros arbotantes se diseñaron bastante más pesados de lo que las cargas exigían: todavía se estaba aprendiendo cuánto hacía falta.
El pináculo
Otro elemento estructural característico es el pináculo, un remate de forma cónica o piramidal que corona al contrafuerte. Cumple una doble función: estructural, porque su peso estabiliza la fuerza vertical en los contrafuertes, y ornamental, porque al acabar en punta aporta sensación visual de altura.
Y la catedral de Milán, en Italia, está coronada por una infinidad de pináculos: es como la reina de los pináculos.
La cifra, para que la infinidad tenga número: el Duomo de Milán, empezado en 1386 bajo el arzobispo Antonio da Saluzzo, según la Wikipedia inglesa, y lleva 3.400 estatuas y 135 pináculos y agujas, según la italiana.
Vitrales y rosetones
Justamente porque los muros apenas tenían que soportar peso —gracias a la bóveda de crucería, a los contrafuertes y a los arbotantes— ya no tenían que ser macizos como en el románico, y por eso podían contener una lluvia de vitrales.
Algunos tenían forma de rosetón, una ventana circular muy vista en las fachadas, como en la catedral de Reims. Otros abarcan inmensos vanos que bañaban el interior con una luz que parece mágica, para que los fieles pudieran sentirse cerca de Dios. La Sainte-Chapelle, en la Isla de la Cité, lo ilustra a la perfección: prácticamente carece de paredes, porque fueron sustituidas por vitrales.
Se consagró el 26 de abril de 1248, según la Wikipedia inglesa, y se levantó en dos niveles: la capilla baja para el personal del palacio real y la alta para las reliquias más preciadas de Luis IX, entre ellas la Corona de Espinas y un fragmento de la Vera Cruz. Sus ventanales cuentan, según la web oficial del monumento, 1.113 escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento, y son tantos que las paredes parecen hechas de vidrio.
La catedral que enseñaba a leer sin letras
Todos esos vitrales y las esculturas naturalistas que decoraban los templos por dentro y por fuera servían para educar, porque recreaban pasajes bíblicos. Y hay que situarse: si aún hoy resultan sobrecogedoras, imagínese en la Edad Media, donde muchos no sabían ni leer ni escribir. Entrar en aquella catedral gigantesca llena de vitrales con escenas religiosas generaba un ambiente divino, idealizado, al que los humanos debían supeditarse, sentirse como hormiguitas.
Es el mismo argumento con el que Suger se defendía de quienes le acusaban de derroche: lo que para un monje letrado era lujo, para un peregrino que no sabía leer era el único acceso al relato.
Nada de esto era decoración
Arco ojival, bóveda de crucería, contrafuertes y arbotantes, pináculos y vitrales no eran elementos meramente formales. Tenían un trasfondo muy simbólico, y la arquitectura estaba en función de transmitir mensajes a los fieles. La luz que se buscaba no era una luz cualquiera, sino una luz liviana, un tanto divina, que entraba por aquellas grandes vidrieras, y la búsqueda de la altura también tenía un sentido simbólico, de ascensionalidad, de llegar al cielo.
Eso no es una interpretación de historiadores posteriores: está escrito, por el propio Suger, en la puerta.
Suger mandó grabar unos versos en una de las puertas de bronce de Saint-Denis. Dicen que la obra es noble y luminosa, y que por serlo debe iluminar las mentes, para que viajen a través de las luces verdaderas hacia la Luz Verdadera. Otro pasaje suyo lo formula aún más directo: la mente obtusa se eleva hacia la verdad a través de lo material.
La idea no era suya. Viene del Pseudo-Dionisio Areopagita, de finales del siglo V o principios del VI, y los estudiosos suelen hacerla llegar a Suger a través de Juan Escoto Eriúgena: se asciende de la luz física a la luz espiritual, de lo material a lo inmaterial. A eso se le llama función anagógica. Que esa teología explique la forma del edificio es la tesis de Panofsky, hoy discutida.
Dicho de otro modo: la discusión entre Suger y Bernardo no era sobre si gastar o no gastar. Era sobre si la materia puede llevarte a Dios o solo distraerte de él. Todo lo que se ha descrito aquí —el arco, la bóveda, los arbotantes— es la infraestructura que hizo falta para que ganara una de las dos respuestas.
El edificio más alto, y el escenario de todo
La catedral debía ser el edificio más alto de la ciudad y estar preparada para acoger todos los actos importantes, religiosos, oficiales o incluso civiles: lo mismo el escenario de los sacramentos que las investiduras de los reyes o sus sepulturas.
Tres ejemplos bastan. En la catedral de Sevilla se encuentran los restos de Cristóbal Colón; Napoleón se autocoronó emperador en Notre-Dame; y en la de San Esteban, en Viena, se realizó el funeral de Mozart.
Los tres, con ficha. Lo de Colón se ha discutido durante siglos: según la Wikipedia en español, el equipo del forense José Antonio Lorente, de la Universidad de Granada, comparó el ADN de los restos de Sevilla con el de su hermano Diego y su hijo Hernando; las muestras se tomaron en 2003, el resultado se dio en 2006 y la confirmación llegó en 2024.
Napoleón se coronó el 2 de diciembre de 1804: la corona esperaba en el altar y, mientras el papa recitaba la fórmula, se la puso él mismo. Difícil encontrar una imagen más clara de para qué servía también una catedral.
La próxima vez que entremos en una, ojalá no solo nos sintamos como hormiguitas, sino que sepamos identificar los elementos que la definen como gótica y de paso nos extasiemos con ellos.
Porque a estas alturas la sensación ya no debería ser un misterio. Es el resultado de un arco que sube en vez de cerrarse, de unos nervios que llevan el peso a cuatro puntos, de unos arcos exteriores que aguantan el empuje para que la pared pueda irse, y de un vidrio que costaba cuatro veces más que la piedra a la que sustituyó. Sentirse pequeño ahí dentro no es una reacción personal: es una obra de ingeniería que sigue funcionando ocho siglos después.
Una precisión sobre cómo contamos el origen del gótico en el episodio: presentamos la crítica de Bernardo de Claraval como una reacción a las obras de Suger en Saint-Denis, y la cronología no lo permite. La Apologia ad Guillelmum, donde Bernardo ataca las iglesias grandes y decoradas, es de 1125 y está dirigida a Guillermo de Saint-Thierry; tradicionalmente se ha leído contra los monasterios cluniacenses, aunque estudios recientes la extienden a todo el monacato tradicional. La reconstrucción a fondo de Saint-Denis empezó hacia 1135, o en 1137 según otras fuentes, y su coro se consagró en 1144: Bernardo escribió entre diez y doce años antes de las obras que supuestamente le indignaron, y de hecho los dos abades acabaron colaborando: Suger reformó la disciplina de su abadía hacia 1127, y Bernardo lo felicitó por carta, según la Wikipedia francesa. Lo que sí sostiene el episodio, y es lo importante, es que cada uno defendía una manera distinta de entender la fe. La entrada Apologia ad Guillelmum de la Wikipedia en inglés recoge la fecha, el destinatario y las dos lecturas.
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