La FLOR como MUSA

Episodio 93

Publicado el 3 de septiembre de 2024 · Duración: 23:44 min

La FLOR como MUSA

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¿Qué significa para ti una flor? Y más aún: ¿qué significado habrán tenido las flores para los artistas a lo largo de los siglos, que tantas y tantas veces las han representado? Porque desde la antigüedad hasta nuestros días, la historia del arte ha estado adornada por ellas.

Este episodio lo conducen dos invitadas: las historiadoras del arte cubanas Maybel Elena Martínez y Jaima Rodríguez, que curaron una exposición sobre la flor en el arte cubano y a las que Jenny y Gretel les cedieron su sitio.

Greta les pregunta primero por qué les apasiona tanto el tema, y las respuestas valen por sí solas:

«Desde niña he perseguido a las flores». «Mi abuela decía que era como una especie de vivijagua». «Me gustan mucho las plantas, cuidarlas me da paz y es una forma de desconectar». «Debo confesar que les peleo cuando no florecen y hasta las amenazo con deportarlas de mi patio». «En cada lugar donde vivo, para sentirlo casa, necesito mi lugarcito verde».

«Es casi imposible no percibir la magia de las flores, la magia que encierran».

Y entonces Greta pide con una palabra qué significa para ellas una flor. Jaima responde «sensibilidad»; Maybel, «triunfo»; Greta, «magia».

Y ahí está la tesis entera del episodio, en tres palabras: tres significados diferentes para tres mujeres contemporáneas. Y eso mismo ha pasado en el arte: las flores siempre se han representado con un porqué distinto según la época, según la personalidad del artista, según sus intereses.

Lo que sigue es ese porqué, época por época.

Egipto: la flor que acompaña al muerto

Los egipcios amaban las flores, y estaban muy presentes tanto en la vida cotidiana como en las ceremonias rituales. Las empleaban como ofrendas a los vivos, a los muertos y a sus dioses, y también para preparar bálsamos.

Y había un uso mucho más material que simbólico, que el episodio cuenta sin adornarlo: las flores acompañaban a los difuntos hasta su última morada para que con su aroma disimularan los malos olores de los cadáveres.

Merece retenerlo, porque es la primera respuesta a la pregunta del título y no es poética: la flor entró en el arte funerario egipcio resolviendo un problema práctico. El símbolo vino después.

En lo artístico, reproducían flores con mucha frecuencia en las paredes de las tumbas y de los templos. El ejemplo que dan es la tumba de Nefertari, donde la reina sostiene una flor de loto que simboliza su pureza, la conexión con lo divino y los deseos de regeneración.

Conviene ponerle ficha, porque no es una tumba cualquiera: Nefertari fue la Gran Esposa Real de Ramsés II, su tumba es la QV66 del Valle de las Reinas, la descubrió en 1904 el egiptólogo Ernesto Schiaparelli, director del Museo Egipcio de Turín, y por la calidad de su pintura se la conoce como la Capilla Sixtina del antiguo Egipto.

Y el loto no era una flor cualquiera: ha sido una planta sagrada en Egipto, al punto de que el loto azul es símbolo nacional del país —el Nymphaea caerulea, que no es un loto sino un nenúfar, y que se depositaba en las tumbas de los faraones como símbolo de creación y renacimiento—. Tenía un gran valor para los faraones y fue nombrado en varios capítulos del Libro de los Muertos, siempre ligado a sus ritos mágico-religiosos.

Grecia: tres mitos, tres flores

En Grecia las flores nos llevan al mundo de los mitos, y Maybel escoge tres.

La rosa está consagrada a Afrodita, diosa del amor y la belleza. Mientras nacía de la espuma del mar quiso poner a prueba su poder creando algo igual de hermoso que ella, y de su seno surgió una rosa blanca que usaría desde entonces como adorno.

La orquídea estaba asociada a Orchis, hijo de una ninfa y un sátiro, que en una fiesta en honor al dios Baco bebió demasiado y, ebrio, sedujo y violó a una sacerdotisa. Los dioses lo castigaron a morir devorado por las fieras, pero por intervención de sus padres volvió a la vida transformado en una bella orquídea. Y de ahí la creencia de que comiendo flores de orquídea se despertaban los poderes eróticos y la energía sensual del difunto Orchis.

Y la más conocida, la de Narciso: un joven famoso por su belleza del que todos se enamoraban mientras él rechazaba sus insinuaciones. Eco, una ninfa herida al ser rechazada, se encargó de que la diosa de la venganza lo hechizara haciendo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente, la contemplara sin respiro y se arrojara a las aguas. En el lugar donde se arrojó nació una flor en su memoria.

El apunte que hace Jaima es el que ordena todo el episodio: todas estas narraciones mitológicas serán recreadas por el arte a lo largo de toda la historia, en los romanos, en las pinturas medievales, en el Renacimiento. La flor no llega al arte como planta: llega como relato ya hecho.

Roma: de los arcos de triunfo a la alfombra roja

Hasta en sus monumentales arcos de triunfo los romanos no dudaban en incluir flores. Los arcos y otros monumentos presentaban relieves y esculturas decorativas con guirnaldas y motivos florales como símbolos de victoria y grandeza.

Pero lo bueno está en los interiores. En los frescos romanos de las villas y casas aristocráticas las flores servían como elementos decorativos para recrear escenas de la vida cotidiana, y también como recurso para enmarcar esas escenas. El ejemplo son los murales encontrados en Pompeya. Y lo que impresiona, dice Maybel, es la habilidad técnica con que representaban una gran variedad de especies de flores y de hojas.

El caso que mejor lo demuestra es el fresco de jardín de la Casa del Brazalete de Oro de Pompeya: un muro entero convertido en vegetación, con adelfas, viburnos y madroños identificables por especie, una fuente para pájaros, hermas y máscaras de teatro, y decenas de aves reconocibles. No es un motivo decorativo repetido: es un jardín retratado planta por planta, en una habitación que no tenía ventana al jardín de verdad.

O sea: ya en Roma conviven dos simbologías, la de victoria y grandeza en los arcos y la decorativa dentro de las casas.

Los romanos, además, siguieron añadiendo simbolismo a la rosa, y de ahí sale el mejor detalle del tramo: sus pétalos rojos se ponían a los pies del emperador, lo que tal vez sea un antecedente muy remoto de la alfombra roja de los eventos importantes de hoy.

Japón: mirar cómo se cae una flor

En Japón la flor de cerezo, el sakura, es todo un símbolo cultural que encierra una filosofía de vida.

El centro es el hanami, una tradición milenaria en la que las personas acuden en masa a parques, jardines y campos para contemplar el proceso de florecimiento y caída de las flores.

Y aquí el episodio hace algo que conviene subrayar, porque es autocrítica y no suele oírse: una tradición que a nuestros ojos occidentales puede parecer vacía, y cuando vemos los videos nos damos cuenta de esa dualidad y a veces de la falta de cultura que mostramos hacia cosas que no entendemos. Los occidentales que van de turismo a verla son bulliciosos, se pasan el día conversando y riéndose, cuando realmente es una tradición de contemplar, en silencio.

El significado es este: la costumbre implica encontrar la belleza en el acto de dejar ir, asociado al ciclo natural de la vida. Al solamente mirar las flores, los japoneses hacen un acto de reunión y reconciliación con la transitoriedad de su estancia.

Eso pasó a la pintura. A los ukiyo-e y a artistas tan conocidos como Hokusai, el autor de la gran ola de Kanagawa, que incluyó la flor de cerezo en varias obras de su serie 36 vistas del monte Fuji. En ellas se ve cómo transita el árbol a través de las distintas estaciones, cómo empieza a florecer, cómo suelta las hojas.

Mesoamérica: el príncipe de las flores

Si en Japón tienen su sakura, las civilizaciones mesoamericanas también tenían un príncipe de las flores: Xochipilli.

Durante el siglo XIX, en las faldas de un volcán cercano a la localidad de Tlalmanalco, en el Estado de México, se encontró una de las representaciones más humanas del panteón mexica. Su nombre significa príncipe de las flores o noble florido. Al descubrirse llamó la atención el tamaño de su cuerpo, similar al de un niño, sin contar el pedestal, y que en su cuerpo estaban talladas varias flores y plantas sagradas para esa cultura.

Y entonces el dato que cambia la lectura de la escultura: no fue hasta las décadas del 60 y el 70 que se identificaron de forma científica las plantas representadas, asociándolas a las experiencias místicas que tanta importancia tenían dentro de esa cultura.

Conviene decir hasta dónde llega eso, porque el episodio se queda corto y la realidad es más específica:

Qué plantas son. La identificación la hizo el micólogo R. Gordon Wasson con el asesoramiento de Richard Evans Schultes, director del museo botánico de Harvard. Lo tallado en el cuerpo y el pedestal no son flores decorativas: son plantas psicoactivas. Hay hongos del género Psilocybe, tabaco, ololiuqui, sinicuiche, probablemente cacahuaxóchitl y una flor sin identificar.

La escultura se conserva hoy en el Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México, y apareció en las faldas del Popocatépetl.

Es decir: Xochipilli no está cubierto de flores bonitas, está cubierto de la farmacopea ritual de su cultura. La escultura es un catálogo botánico.

En general, las civilizaciones mesoamericanas incorporaron flores en textiles y cerámicas, representando la conexión con la tierra, la naturaleza y la fertilidad, porque la agricultura era una actividad vital para ellos.

El lirio, la Virgen y una tumba llena de flores

Volviendo a Europa, en los primeros siglos después de Cristo las flores estuvieron muy vinculadas a la religión. Si nos remitimos a la Biblia, el simbolismo de las flores es muy rico y variado y se extiende a lo largo de toda la tradición judeocristiana: se usan como símbolo de belleza, pureza, protección, renovación, resurrección y vida eterna.

El caso concreto es la representación de la Virgen María, donde es muy habitual que se incluyan lirios blancos. Y el origen es una leyenda: la asociación comenzó con los relatos que narraban que su tumba estuvo llena de lirios después de su asunción al cielo, relacionando los pétalos blancos con su virginidad y pureza.

De ahí que los lirios fueran elementos recurrentes a la hora de pintar la Anunciación, el momento en que el ángel Gabriel anuncia a la Virgen que concebiría al Hijo de Dios. Y el episodio enumera bien las variantes, que es donde se ve el oficio: los lirios aparecen en un florero, en primer plano, sostenidos por el ángel, o en un pequeño jardín, siempre reforzando el mensaje de virginidad. Se ve en anunciaciones de Jan van Eyck, Simone Martini y Domenico Veneziano.

El Renacimiento: pintar una flor con rigor científico

El enfoque cambió en el Renacimiento, una época en la que el ser humano quería conocerse a sí mismo y a la naturaleza que lo rodeaba. Proliferan las investigaciones en ese sentido, y por eso muchos artistas empiezan a pintar las plantas y las flores con un rigor científico.

Primaba el interés por el conocimiento y el estudio de distintas disciplinas, entre ellas la anatomía humana, la geología y la botánica. Ahí entra Leonardo da Vinci, cuya curiosidad lo llevó a realizar profundos estudios en estos campos, con obras como La Virgen de las Rocas, donde incluye un hermoso ramo de flores en primer plano.

Y Sandro Botticelli, que se destacó por su capacidad para representar la naturaleza: El nacimiento de Venus y La primavera, donde incluye plantas y flores con un elevado nivel de detalle y llenas de simbolismo. En La primavera las flores representan el renacimiento y la renovación, capturando la esencia de la estación.

El episodio cita que los botánicos han identificado al menos 200 especies diferentes de plantas en ese cuadro, y remata con la pregunta correcta: cuánto tiene que haber estudiado el artista para obtener ese resultado.

Los números exactos son todavía mejores que la cifra redonda:

La primavera en cifras. Se han contado 190 plantas en flor, de las que unas 138 están identificadas con nombre de especie. Y según el estudio sistemático de Mirella Levi d'Ancona, en el conjunto del cuadro aparecen cerca de 500 especies vegetales. El otro nombre imprescindible en ese trabajo es el del botánico Guido Moggi.

Dicho de otro modo: es un herbario que además es un cuadro.

El Barroco: la vanitas, y la espina de Caravaggio

Si hablamos de flores y de arte, al barroco no lo podemos pasar por alto, porque es el periodo en que el género de la naturaleza muerta o bodegón cobra importancia, valor artístico y significado. Y el episodio hace bien en parar a definirlo: los bodegones son aquellas obras donde se representan flores, frutas, animales u objetos a manera de conjuntos en un espacio determinado, por lo general sobre una mesa.

Dentro de ellas proliferó un subgénero llamado vanitas, que tenía como objetivo resaltar la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte. Las flores resultaban idóneas para representar esa idea de manera metafórica, como símbolo de fragilidad y brevedad de la existencia.

Ahí está el giro que da el barroco: la misma flor que en Egipto pedía regeneración y en la Anunciación pedía pureza, ahora sirve para recordarte que te vas a morir.

También en este periodo las flores empiezan a usarse de manera más teatral y emocional. Y el maestro absoluto del tramo es Jan Brueghel el Viejo, reconocido por su amplio conocimiento sobre botánica. Fue un maestro en la pintura de naturalezas muertas y paisajes, pero es en la representación de flores donde realmente se destacó: estudiaba minuciosamente las diferentes especies y las representaba de manera meticulosa, prestando atención a los detalles de cada pétalo, hoja y tallo.

Sus pinturas no solo se apreciaban por su belleza estética, también por su simbolismo, en tanto aludían a la fugacidad de la vida y la belleza efímera, como en naturaleza muerta con flores y frutas. Y el dato que lo resume: pintó tantas flores que llegaron a apodarlo Brueghel de las Flores.

Monet: pintar para que no se mueran

Un salto al impresionismo, siglo XIX.

Claude Monet fue un gran amante de las plantas y las flores, y todo ese amor lo plasmó en su arte. Amaba tanto su jardín que lo convirtió en su musa, un jardín que él mismo construyó y cuidó hasta el final de sus días y en el que se gastó una fortuna. Sus representaciones de los nenúfares en el agua son icónicas, y simbolizan la calma y la felicidad que le provocaba el contacto con la naturaleza.

Y queda su frase, que es la mejor respuesta que da el episodio a su propia pregunta: «Pinté las flores para que no murieran».

Otro impresionista que pintó muchísimo las flores fue Renoir. Y están los autorretratos de Frida Kahlo, donde las flores completan su compleja personalidad. Son tantos los artistas que las han eternizado que es imposible mencionarlos a todos.

El arte contemporáneo: la flor que hace daño

El arte contemporáneo marca un punto de giro sobre el simbolismo de la flor, y los tres ejemplos que escogen lo demuestran por vías distintas.

Marina Abramović y su performance Ritmo cero, de la década de los 70. Puso a disposición del público 72 objetos sobre una mesa —unos zapatos, unas uvas, un cuchillo, clavos, una pistola y hasta una rosa— para que las personas hicieran con ellos sobre su cuerpo lo que quisieran. Entre las barbaridades que el público le hizo estuvo clavarle las espinas de la rosa.

La lectura de Greta es exacta y es lo más valioso del episodio: este es un uso simbólico novedoso de la flor dentro de la historia del arte, como elemento que sirve también para causar daño.

Jeff Koons y Puppy, una escultura floral realizada en 1992 que está ubicada frente al Museo Guggenheim de Bilbao. Representa un cachorro escocés construido a partir de una estructura de acero recubierta con aproximadamente 38.000 plantas naturales, que se reemplazan dos veces al año a medida que dejan de florecer.

Y ahí está la otra novedad, que Maybel formula muy bien: la flor se usa como materia artística en sí misma y no como una representación. Frente a toda la historia anterior, en la que los artistas la pintaban, aquí es materia en sí misma.

Dos precisiones sobre Puppy. La escultura es de 1992, pero se instaló primero en el castillo de Bad Arolsen, en Alemania, cerca de Kassel, con motivo de la Documenta IX; llegó a Bilbao en 1997, cuando pasó a la colección permanente del museo. Mide unos 12,5 metros. El perro es un West Highland White terrier, y Koons lo eligió por ser una raza neutra, sin implicaciones de género, que le gusta mirar a casi todo el mundo. El cambio de flores se hace en mayo y en octubre: pensamientos para el otoño y el invierno; begonias, alegrías y petunias para la primavera y el verano.

Y Yayoi Kusama, que incluyó muchísimas veces las flores en sus obras porque, según ella misma confesó, cuando niña sufrió una alucinación en la que las flores le hablaban, algo que le causó todo un trauma. Al incorporarlas a sus obras inmersivas lo hace desde una perspectiva referencial, aludiendo a algo de su vida personal.

Sobre Kusama hay que añadir dos cosas. La primera, precisar el origen: las alucinaciones empezaron hacia los diez años, y no eran solo flores que hablaban, sino también estampados de tela que cobraban vida y la multiplicaban hasta engullirla. Empezó a dibujarlas como forma de controlar la angustia. La obra entera nace de ahí.

La segunda es triste y obliga a corregir el tiempo verbal del episodio: cuando se grabó, Kusama vivía y tenía noventa y tantos años. Murió el 26 de agosto de 2026, a los 97. Nació en Matsumoto en 1929.

La flor no es solo bonita

El cierre lo dan ellas, y es el mejor resumen posible. A lo largo de la historia del arte las flores se ven como símbolo de pureza, de poder celestial, de regeneración, de creación, pero también de la fugacidad de la vida, de lo cambiante, de lo efímero, y de las ansias del ser humano por conocer la naturaleza que lo rodea.

Y con eso se desmitifica la creencia de que las obras de arte donde aparecen flores solo son lindas e idílicas. Una flor en manos de un artista puede también transmitir mensajes crudos y dolorosos, como en el performance de Abramović.

Conviene cerrar el círculo, porque el episodio lo tiene a mano y no lo une: esa rosa que hiere no es una invención contemporánea. La rosa nació en Grecia del seno de Afrodita como prueba de belleza, los romanos la deshojaron a los pies del emperador, el barroco la usó para recordarnos la muerte, y Caravaggio ya la había pintado con sus espinas junto a un muchacho que grita de dolor. Cuando el público de Ritmo cero le clava las espinas a Abramović, no está inventando un símbolo nuevo: está cobrando una deuda de cuatro siglos.

Tres mujeres dijeron sensibilidad, triunfo y magia. La historia del arte, puesta en fila, dice las tres — y además dice muerte.


Una precisión sobre un dato que damos en el episodio: al hablar de Caravaggio citamos la obra Baco enfermo como ejemplo de flores en su pintura, y en ese cuadro no hay flores. Lo que hay sobre la mesa son dos racimos de uvas y dos melocotones, y lo que el joven lleva en la cabeza es una corona de hiedra. El Caravaggio de las flores es otro: Muchacho mordido por un lagarto, de hacia 1594-1595, donde junto a la fruta aparece un vaso de cristal con una rosa y una ramita de jazmín, y donde las espinas de esa rosa son justamente el sentido de la obra. Y hay algo que no podíamos contar cuando grabamos: Yayoi Kusama, de la que hablamos en presente, murió el 26 de agosto de 2026 a los 97 años. Lo recogen la ficha de la National Gallery de Londres y la noticia de su fallecimiento.

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