
Episodio 49
Publicado el 2 de noviembre de 2022 · Duración: 17:44 min
¿Es arte el tatuaje?
Siglos atrás y hasta hace pocas décadas, el tatuaje tenía una connotación social negativa. Hoy es una moda y cada vez son más las pieles que lo llevan a nivel mundial, e incluso algunos lo consideran arte corporal. ¿Podemos decir entonces que el tatuaje puede llegar a ser una obra de arte?
Esa pregunta es el episodio entero, y conviene decir de entrada cómo se responde. El gran debate de qué es arte y qué no es algo extremadamente subjetivo, así que este es un episodio que se basa en opiniones muy, muy personales: en el arte no hay recetas ni esquemas rígidos, no hay un manual que podamos leer y que diga esto es arte, esto no es arte. Y no se queda ahí: también se van a oír las opiniones de otras personas que entrevistamos, un artista y un tatuador, y las dos respuestas se contradicen frontalmente.
Antes de eso, una pregunta al aire: ¿tienen tatuajes ustedes? Ninguna de las tres, y lo resumen así: somos tres rarezas dentro de la generación de nosotras. Una se lo pensó en algún momento, pero nunca llegó a concretar; otra dice que todavía la valentía no le ha llegado, y aclara que lo que la frena es el dolor, no el miedo a arrepentirse. Para los que nacieron en los años 90 el tatuaje ya es una moda, algo visto como normal, un elemento que identifica y que puede hacer únicos, un modo de personalizar el cuerpo. También hay quien se lo hace con un significado más sentimental: recordando a un ser querido, o una fecha importante, o los símbolos de una secta o hermandad a la que se pertenece. Puede haber cientos de motivos, y en todos el tatuaje es una forma de expresión.
Y sin embargo, hoy día hay personas, sobre todo de generaciones anteriores, que no ven el tatuaje con buenos ojos y mantienen sus prejuicios con este tema, prejuicios que vienen de mucho, mucho tiempo atrás. De ahí arranca la parte histórica del episodio, con una pregunta muy concreta: ¿de dónde proviene esa mala reputación social del tatuaje que durante tanto tiempo existió, y que existe aunque en menor medida en la actualidad?
Antiquísimos: de los Alpes a las sacerdotisas de Hathor
A veces ni sospechamos la cantidad de funciones que han tenido los tatuajes a lo largo del tiempo, y son antiquísimos. El episodio empieza por el caso de manual: un tatuaje encontrado en los actuales Alpes italianos, en el cuerpo de una persona que vivió hace 5.300 años, unas líneas en la espalda y en las articulaciones de las que nadie sabe con qué objetivo se hicieron. El detalle que importa es que en una fecha tan remota los seres humanos ya estaban pintando sus cuerpos.
Es la momia conocida como Ötzi, recuperada en 1991 en el Tisenjoch/Giogo di Tisa, en el valle de Schnalstal/Val Senales, en el Tirol del Sur italiano; el Museo Arqueológico del Tirol del Sur, que la conserva, sitúa su muerte "over 5300 years ago". El mismo museo describe los tatuajes: "61 tattoos were found on Ötzi's body, all in the form of lines or crosses. Unlike modern tattoos, they were not made with a needle; they were fine incisions into which pulverised charcoal was rubbed", y precisa su ubicación: "The tattoos are located near his ribcage and lumbar spine, on his wrist, knee, calves and ankles". La hipótesis que el museo considera más probable no es decorativa sino terapéutica: están todos en zonas con desgaste considerable, probablemente dolorosas.
Sobre el superlativo conviene ser exacto, porque las fuentes no dicen lo mismo. La Wikipedia inglesa lo resume así: "At one point, it was thought that Ötzi was the oldest tattooed human mummy yet discovered", y añade que "in 2018, however, tattoos were discovered on nearly contemporaneous Egyptian mummies". Esas otras son las momias predinásticas de Gebelein del Museo Británico —EA 32751, varón, y EA 32752, mujer—, descritas como "among the earliest known figurative tattoos preserved on human skin". El hallazgo, publicado en el Journal of Archaeological Science por Renée Friedman, de la Universidad de Oxford, y Daniel Antoine, conservador del Museo Británico, se hizo con imagen infrarroja sobre cuerpos que vivieron entre el 3351 y el 3017 a. C.: en el brazo del hombre, dos animales con cuernos, "a bull and a Barbary sheep"; en el hombro derecho de la mujer, cuatro motivos en forma de S dispuestos en vertical. O sea: los de Ötzi son líneas y cruces; los de Gebelein son figuras, y ese es el alcance exacto de cada primicia. Ese mismo hallazgo derribó además la idea de que en el Egipto predinástico solo se tatuaban las mujeres.
En el antiguo Egipto también se han encontrado varias momias, sobre todo de sacerdotisas, con los cuerpos tatuados con líneas y con puntos. El episodio dice que se ha llegado a la conclusión de que esos tatuajes eran símbolos de valentía y de madurez.
La lectura mayoritaria que recoge la bibliografía es otra. La momia más citada es la de Amunet, "a priestess of the goddess Hathor from the 11th Dynasty of the Middle Kingdom", hallada "in 1891 CE by Egyptologist Eugene Grebaut at Deir el-Bahari", con "patterns of tattooed lines on her arms, thighs, and lower abdomen". Sobre el significado, la misma fuente es prudente: "These tattoos are interpreted by some scholars as fertility symbols and this claim is strengthened by other statues and mummies of tattooed women with the same kinds of marks on their body". La interpretación dominante, por tanto, gira en torno a la fertilidad, la protección durante el embarazo y el parto, y la identificación con el culto a Hathor, no en torno al valor o a la edad adulta.
Griegos, romanos y japoneses: la marca como castigo
De una u otra forma, muchas culturas se fueron apropiando del tatuaje. Griegos y romanos, dice el episodio, lo usaban para indicar la posición social —pone como ejemplo las jerarquías militares— y también para señalar la propiedad sobre un esclavo.
La función documentada en el mundo grecolatino es sobre todo punitiva: "The ancient Greeks and Romans used tattooing to penalize slaves, criminals, and prisoners of war". Los romanos sistematizaron la práctica hasta combinar en la marca el delito, el nombre de la víctima o del amo y la propia condena; según Esquines, algunos esclavos llevaban escrito "Stop me, I'm a runaway". En el año 316 el emperador Constantino I prohibió tatuar el rostro de los esclavos como castigo.
El uso militar romano existió, pero es tardío: "The Romans of Late Antiquity also tattooed soldiers and arms manufacturers, a practice that continued into the ninth century". La fuente antigua es Vegecio, que en el libro II, capítulo V de su Epitoma rei militaris describe el trámite y su orden: "Nam uicturis in cute punctis milites scripti, cum matriculis inseruntur, iurare solent" —inscritos los soldados con punciones duraderas en la piel, se los incorpora a las listas y prestan juramento—, y lo sitúa después de cuatro meses o más de ejercicios diarios. Es una marca de incorporación; el texto no habla de grados ni de jerarquía.
En Asia, también antes de nuestra era, ya existía el tatuaje con diferentes connotaciones, y hubo una época en que en Japón se utilizaba para marcar a los criminales. Tenerlo no era nada gracioso: hasta la familia podía aislarte, porque más bien era un castigo.
En el periodo Edo (1603-1867) el lugar del tatuaje dependía del delito: "thieves were tattooed on the arm, murderers on the head". De ahí que "tattoos came to be associated with criminals within Japanese society". El gobierno Meiji prohibió el tatuaje al comienzo de su periodo, y no volvió a ser legal hasta 1948; el estigma sobrevivió a las dos decisiones.
El tatuaje se ha empleado también con un sentido religioso, y eso se veía, por ejemplo, en las culturas de la América precolombina.
Polinesia: el mismo gesto, leído al revés
Pero todo es relativo, y el episodio gira aquí hacia el contraejemplo. En lugares como la Polinesia, en Oceanía, desde bien temprano se le dio un tratamiento más artístico al tatuaje: a lo largo de la vida a las personas se les iba llenando el cuerpo de diseños geométricos que se iban enriqueciendo con el tiempo, hasta el punto de que según la cantidad de tatuajes que tenía alguien en el cuerpo, así era el respeto que merecía y la jerarquía que tenía dentro de su comunidad. Era muy recurrente emplearlo para marcar el estatus social de las personas, ya fueran las de más rango o las de menor.
El Pitt Rivers Museum de Oxford describe ese proceso acumulativo casi con las mismas palabras: "Traditionally Polynesian girls and boys received their first tattoos at the onset of puberty that were then added to over time so that sometimes it took decades to decorate the whole body". Y avisa contra la lectura lineal "más tatuajes, más rango": en Tonga el jefe supremo se distinguía precisamente por no llevarlos. La función identitaria sí está documentada: "Complex and varied combinations of recognized designs and motifs could be used to signify a individual's identity with exactness, reflecting the complex system of kinship, chiefly rank, and mixed marriages".
También estaban los maoríes, que según el episodio se hacían los tatuajes pensando en las batallas, para asustar a sus enemigos.
El tā moko maorí está documentado sobre todo como marca de mana y de posición: "Moko were associated with mana and high social status", y recibirlo era "an important milestone between childhood and adulthood, and was accompanied by many rites and rituals". Los hombres lo llevaban en el rostro (moko kanohi), las nalgas (raperape) y los muslos (puhoro); las mujeres, en los labios (ngutu) y el mentón (kauae). La intimidación del enemigo es una lectura muy repetida, pero no es la que sostiene la descripción etnográfica: lo que el moko comunicaba era rango, linaje y edad adulta.
De Tahití a los puertos: cómo el tatuaje se hizo cosa de marineros
La Polinesia tuvo mucho que ver con la expansión del tatuaje: se dice que quienes lo introdujeron en la sociedad occidental fueron expedicionarios ingleses que habían aprendido a realizarlos allá, y que luego iban de puerto en puerto instalando sus centros. De ahí se sospecha que proviene esa asociación tan común del tatuaje con el marinero, que en aquella época, dicho sea de paso, a veces era alguien que estaba huyendo de la justicia y a quien le convenía embarcarse en aquellos largos viajes. Así todo empieza a encajar: el tatuaje se comienza a asociar en la sociedad occidental con las clases más bajas e incluso con los delincuentes, y esa es la concepción que llega de una forma u otra hasta nuestros días, con variaciones.
El episodio hace bien en decir "se dice". La expedición existió y está fechada: James Cook hizo tres viajes al Pacífico Sur entre 1766 y 1779, y fue en Tahití, a bordo del Endeavour, en julio de 1769, cuando anotó en el cuaderno de bitácora "Both sexes paint their Bodys, Tattow, as it is called in their Language". Su botánico, sir Joseph Banks, volvió a Inglaterra tatuado, y Cook trajo consigo a Omai, un hombre tatuado de Raiatea, a quien presentó ante el rey Jorge y la corte inglesa. De ahí la asociación con la gente de mar: "Many of Cook's men, ordinary seamen and sailors, came back with tattoos, a tradition that would soon become associated with men of the sea in the public's mind and the press of the day".
Lo que esa misma fuente matiza es el verbo "introducir". Desde los años cincuenta "a false belief has persisted that modern Western tattooing originated exclusively from these voyages": había tatuaje en Europa mucho antes, entre marineros y artesanos, entre peregrinos que viajaban a Tierra Santa y entre europeos que vivían con nativos americanos, y "European sailors have practiced tattooing since at least the 16th century". La historiadora Anna Felicity Friedman llama a esto el "Cook Myth" y apunta la razón por la que cuajó: lo que sí llegó con Cook fue la palabra. "Tatuaje", tattoo, tatouage, Tätowierung y tatuagem derivan del tahitiano tatau; antes, los textos europeos usaban rodeos como pricked, marked, engraved, punctured o stained.
El vuelco del siglo XX: rebeldía, hippies y body art
En el siglo XX se le dio a todo esto un vuelco. Los años 60 le dieron un vuelco a muchas cosas, y entre ellas al tatuaje, que comenzó a ser un símbolo de rebeldía, sobre todo entre los jóvenes, y se fue popularizando poco a poco. Los hippies pusieron su granito de arena: empezaron a hacer tatuajes más coloridos, más acordes con la época, más contemporáneos, más creativos, más artísticos.
La historiografía del oficio llama a ese cambio el "Tattoo Renaissance", término acuñado por el investigador Arnold Rubin en 1988, en la compilación Marks of Civilization, para "a period marked by technological, artistic and social change". Un momento citado como bisagra en la aceptación popular del tatuaje como arte es el que el tatuador de San Francisco Lyle Tuttle hizo a la cantante Janis Joplin. Y el cambio fue también de clientela y de iconografía: "The clientele changed from sailors, bikers, and gang members to the middle and upper class", y del flash —los diseños repetidos de catálogo— se pasó al tatuaje personalizado de cuerpo entero influido por el arte polinesio y japonés.
En aquella época surge además lo que se conoce como body art, donde los artistas comienzan a utilizar su cuerpo como lienzo: el cuerpo como herramienta para expresarse y para plasmar su arte. Una de las cosas que hacían era pintarlo, y no solo con pinturas: también con sangre y con excrementos. Se valía todo, o casi todo. Poco a poco esa práctica de emplear el cuerpo humano como obra de arte se fue ensanchando hasta dar con lo que hoy conocemos como arte corporal, un concepto más amplio dentro del cual se encuentra el tatuaje.
La Tate lo define en una línea: "Body art is art in which the body, often that of the artist, is the principal medium and focus", y sitúa su desarrollo a partir de 1960 aproximadamente. Bajo ese paraguas caben hoy, según la definición extendida, "tattoos, body piercings, scarification, and body painting".
Las dos entrevistas: la artista dice que no, el tatuador dice que sí
El episodio vuelve entonces a su pregunta de partida, y la afila. Hay tatuajes y tatuajes, así que la cuestión se concreta: ¿cuándo podríamos decir que un tatuaje es una obra de arte? Ahí entran las dos voces de fuera, la de una artista visual cubana y la de un tatuador.
La artista empieza por dar la vuelta a la pregunta: para cuestionarse si el tatuaje es arte o no, lo primero es pensar qué cosa es arte, y el concepto de arte se ha transformado a lo largo de los siglos. Actualmente, para que algo se legitime o trascienda como arte, debe pasar por muchos filtros: filtros de crítica de arte, filtros institucionales, de museos, de galerías, de lugares donde se legitime el arte. Hay además dos fenómenos distintos, la artesanía y el arte como tal, que van por caminos diferentes: una cosa es saber pintar bien y otra que esa pintura sea considerada arte, porque la pintura ha llegado a un punto en que ya no es bellas artes, sino un arte que busca reflexionar, criticar, transformar, cambiar la sociedad y su manera de pensar, cambiar la estética entera de una sociedad. El arte ha llegado a un punto más allá de lo meramente decorativo.
Con esa vara, su respuesta es que el tatuaje roza mucho la decoración. Sí hay artistas que han hecho obras de tatuaje en galerías, pero lo decisivo no es lo institucional sino la actitud de quien lo hace: no es lo mismo un tatuador que conozca el arte y sepa dónde ha llegado, que lo asuma de una manera más performática, que quiera decir cosas mediante el tatuaje, que el caso general, en el que el tatuaje no se hace con una conciencia artística ni con la intención de decir nada más allá del mero hecho decorativo. La conclusión es explícita: le llamaría arte solamente si el tatuador es consciente de eso y tiene un objetivo artístico detrás de la obra, pero por lo regular no lo considera arte, no es arte en su gran mayoría, o por lo menos no desde el campo de las artes visuales. El concepto de arte ha llegado en el siglo XXI a un límite bastante extremo, y ya no estamos en el Renacimiento, donde todo lo que es bello es considerado arte.
El tatuador responde exactamente lo contrario, y explica por qué. Él siempre lo considera un arte, en parte porque lo desarrolla como tal, y en principio porque es parte de las artes plásticas: es como una pintura, un dibujo o una escultura, simplemente llevado al plano del cuerpo. De ahí sale la definición más memorable del episodio: es la única manifestación de la plástica en la que se emplea un ser vivo como soporte de expresión. Es arte como cualquier otro, y todo está en el enfoque que uno le dé, como en cualquier obra de arte.
Y para que no parezca una respuesta gremial, pone el listón en el mismo sitio para su propio oficio y para la escultura. Si alguien produce una escultura cuya única utilidad es servir de adorno para vender, si el punto de vista del creador es vender y ser un negociante de piezas con forma de escultura, con el interés de crear un producto y comercializarlo, en el tatuaje pasa igual: si el único interés es cobrar un dinero por hacer una pieza que te pide alguien, eso depende de la óptica que se le dé. Lo que salva la pieza es el contenido: si se crea obra personal en paralelo al trabajo por encargo, y esa obra tiene un contenido suficientemente consistente, perfectamente puede ser considerada una obra artística.
El episodio agradece a las dos personas entrevistadas por su nombre, y cita a la artista visual cubana Miriannys Montes de Oca. Lo que más enamora del arte, se comenta justo después, es que cada persona lo ve a su manera, y que estos criterios salen de la propia experiencia y de lo que cada cual practica y ejerce: cada cual defiende su verdad.
El turno de la casa: la Mona Lisa, la originalidad y el sitio del cuerpo
No sería honesto andar entrevistando a los demás y no decir lo que se piensa, así que llega la ronda propia, y empieza por algo que puede parecer simple pero no lo es tanto. Supongamos que alguien lleva tatuada a la Mona Lisa en un brazo: ¿es eso un tatuaje artístico? Por el hecho de tener tatuada en el cuerpo una obra de arte reconocida, ¿es eso una obra de arte en sí misma?
La respuesta es que no: en ese caso es una reproducción, hecha mediante la técnica del tatuaje, de una obra que ya existe. Lo cual no significa que no tenga mérito, porque lleva precisión y conocimiento de la técnica.
El criterio que se propone para distinguirlos es la originalidad, y de dos tipos a la vez: formal y conceptual. Formal quiere decir bien ejecutado a nivel visual, con un uso inteligente de los colores, de la perspectiva y de los trazos, igual que en una pintura tradicional; son cuestiones elementales. Conceptual quiere decir que al mismo tiempo sea una creación única, que su forma transmita algo, o que deje al espectador cuestionándose qué significa eso que está tatuado.
Contra eso juega un reflejo muy extendido: mucha gente ve arte en lo que es bello, y un tatuaje llamativo y lindo puede parecer una obra de arte en el sentido de que deslumbra los ojos. Pero podemos estar ante un tatuaje decorativo, que no va más allá de lo que estamos viendo y que a nivel de significado no transmite mucho, algo por lo demás igual de válido. Es fundamental tener en cuenta que el concepto de arte ha variado a lo largo de la historia y que lo que entendemos hoy por arte contemporáneo implica ir un poco más allá de lo decorativo.
Hay además dos especificidades que el episodio reivindica como propias de este soporte. La primera: como el tatuaje es algo que va con el ser humano, lo artístico está también en la manera en que el tatuador inserta ese tatuaje original en una determinada parte del cuerpo; esa sería una de las especificidades de este tipo de arte corporal. La segunda es la relación espontánea entre cliente y tatuador, esa en la que el cliente llega y dice "yo quisiera algo así" y el tatuador tiene que ir creando desde cero: de ese vínculo se puede derivar un resultado artístico.
Y el "se puede" está dicho a propósito. En eso se coincide con la artista entrevistada. Son los menos. No es muy común que los tatuajes sean artísticos, al menos actualmente, porque predomina el uso decorativo. De ahí la conclusión, que parece un trabalenguas y no lo es: no todos los tatuajes son arte, pero sí hay tatuajes que pueden llegar a ser verdaderas obras de arte. Es lo mismo que pasa con cualquier otra manifestación, con la fotografía o con el cine: hay fotografía histórica, familiar y artística, y nadie confunde una cosa con la otra.
Un arte que se va con quien lo lleva
Queda una última peculiaridad, y es la que hace del tatuaje un caso aparte: va con las personas a donde quiera, e incluso desaparece con ellas. En ese sentido es un arte efímero, fugaz. Aunque hay intentos por preservar algunos tatuajes aun después de la muerte de quien los llevaba. El ejemplo que se cita es el de una asociación nacional para la preservación del arte corporal, una organización no lucrativa que rescata los tatuajes de personas fallecidas y siempre con el permiso previo de quien fue tatuado.
Existe y se puede nombrar: es la National Association for the Preservation of Skin Art (NAPSA), "a nonprofit membership group" con sede en Cleveland, presentada en septiembre de 2015 y dirigida por Charles Hamm como presidente del consejo y director ejecutivo. El nombre traduce literalmente "arte de la piel", no "arte corporal". El consentimiento previo que menciona el episodio es exacto y es la pieza central del mecanismo: la persona se inscribe en vida y comunica su voluntad a través del sitio savemyink.com. El destino final de la pieza, en cambio, es doméstico y no expositivo: quien la recibe es el beneficiario designado por el fallecido, que obtiene "the final artwork, framed" en un plazo de tres a seis meses.
Y así se cierra el episodio, sin veredicto único y sin fingir que lo hay. La artista visual sostiene que el tatuaje, por lo regular, no es arte; el tatuador sostiene que lo es siempre, y que su rareza está en ser la única manifestación plástica que usa un ser vivo como soporte; y desde el podcast se responde que no todos lo son, pero que algunos llegan a serlo cuando hay originalidad formal y conceptual. Tres respuestas distintas a la misma pregunta, que es exactamente lo que se anunciaba al principio: aquí no hay manual.
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