El MALECÓN habanero

Episodio 85

Publicado el 9 de marzo de 2024 · Duración: 13:58 min

El MALECÓN habanero

Escúchalo en:

ivooxApple Podcast logoSpotify

Dicen que La Habana sin su malecón estaría incompleta. Algunos lo han descrito como el asiento más largo del mundo. Lo cierto es que ese inmenso muro que rodea gran parte del litoral, al que cubanos y extranjeros van para reflexionar frente al mar, llorar sus penas, romancear, ver puestas de sol o amaneceres, no siempre estuvo allí.

Esa última frase es todo el episodio. Porque el malecón se ha vuelto tan inseparable de la ciudad que cuesta imaginar qué había antes — y lo que había antes es una historia mucho más rara de lo que uno supondría.

Qué es exactamente

A los cubanos no hay que decirles qué es el malecón, pero conviene explicarlo: es un muro de unos 8 kilómetros de extensión que abarca toda la costa norte de La Habana, desde el Castillo de la Punta, en la entrada de la bahía, hasta la desembocadura del río Almendares.

Dentro de ese nombre está también la avenida que va junto al muro, que hoy tiene seis carriles en dos sentidos, y la acera entre el mar y la avenida, que funciona como paseo.

Es, para quien nació en una isla, el lugar que permite sentarse a contemplar el mar como si fuera una obra de arte. Forma parte del día a día de los habaneros desde que nacen, y por eso resulta extraño imaginar el mar sin ese muro. Pero hasta el siglo XX fue así.

«El malecón le robó un buen pedazo al mar»

Hay una frase que se le escucha mucho a los cubanos, y es cierta: el malecón le robó un buen pedazo al mar. El mar llegaba mucho más adentro de la ciudad, y en parte por eso, cuando hay un evento meteorológico extremo —los huracanes son frecuentes en el Caribe—, se inunda toda esa zona. Es como si el mar intentara recuperar el espacio que los humanos le quitaron.

¿Y qué había en ese espacio? Una costa rocosa en donde vertían desechos numerosas zanjas que venían de las casas más cercanas, sobre todo de las de la calle San Lázaro. Muchas de ellas estaban levantadas sobre pilares y tenían una especie de sótano abierto solo por el fondo. A los pescadores les convenía construir allí sus casitas.

Y había algo peor. Cuando alguien moría por una enfermedad contagiosa, sus familiares solían arrojar a las pocetas naturales que formaban los arrecifes su ropa de cama y sus pertenencias; y algunas personas se dedicaban a recuperar esos objetos para revenderlos, lo que propagaba las enfermedades. Era un problema de salubridad.

Conviene retener ese detalle, porque explica media historia: el malecón no nació como un paseo romántico. Nació, en parte, como la solución a un vertedero. Y hay una ficha que lo confirma, y que el episodio roza al mencionar la intervención:

La primera ocupación militar estadounidense de Cuba va de 1899 a 1902. El 20 de diciembre de 1899, el general Leonard Wood sustituyó a John Brooke como gobernador y estuvo al frente hasta principios de 1902. Su administración lanzó una campaña de saneamiento por toda la isla, con reglas estrictas sobre recogida de basura, pavimentación de calles y encalado de lugares públicos.

Las obras del malecón empezaron el 6 de mayo de 1901, en plena campaña y un mes antes de que el 12 de junio de 1901 se incorporara la Enmienda Platt a la Constitución naciente, en sesión secreta de la Asamblea Constituyente de Camagüey. Cuba declararía su independencia el 20 de mayo de 1902.

O sea que el muro no llega solo como ornato ni como rompeolas: llega dentro de un programa de higiene pública, a resolver exactamente las zanjas y los contagios que se acaban de describir.

Los baños de mar, que es lo mejor del episodio

¿Y qué me dices de los baños de mar que existían? Algunos historiadores dicen que esa era una forma muy pomposa de llamar a unas especies de barracones de madera a donde las personas iban a tomar baños.

Con el clima cálido de Cuba, la opción de darse un baño refrescante en el mar que estaba ahí al alcance de la mano no se podía desechar, así que allá iban las familias a darse chapuzones, sobre todo los domingos, en aquellas pocetas cortadas en las mismas rocas. O se aprovechaban algunas naturales a las que se les hacían dos aberturas por las que entraba y salía el agua del mar —dos huequitos, nada más.

Y ahora el detalle que lo cambia todo: estamos en el siglo XIX, y había que tener privacidad para tomar aquellos baños. Muchos estaban parcialmente cubiertos para protegerse de alguna mirada indiscreta, y techados para protegerse del sol. Los trajes de baño eran muy recatados, acordes con la época.

La logística de aquello, tal como la cuenta el episodio, merece leerse despacio: existían unas especies de cuarticos donde la gente se cambiaba, algo muy rústico; estaban tan cerca del mar que el salitre se lo comía todo —se cuenta que los percheros, las patas de los bancos y hasta los espejos estaban comidos—; y para bajar al fondo de las pocetas había escaleras de piedra, bastante resbaladizas.

Muchos de estos baños estaban divididos por género y por color de piel, aunque otros eran para disfrutar en familia. Y, como es de suponer, unos eran más exclusivos que otros.

El caso concreto vale por todo el resto. En la actual calle E había uno muy famoso llamado El Progreso, cuyo dueño cobraba 50 centavos a los visitantes de paso por bañarse. Y ahí no quedó la cosa: viendo la aceptación que tenía su balneario, sobre todo en verano, construyó unos apartamentos que alquilaba a quien quisiera quedarse temporadas largas cerca de aquellas delicias.

Léase otra vez: un señor del siglo XIX cobrando entrada por un agujero en la roca, y montando alojamiento al lado. El turismo de sol y playa, inventado en una poceta.

Que no se imagine nadie unas piscinas hondas: su profundidad nunca excedía los seis pies. Y aun así, algunos propietarios colgaban sogas dentro de las pocetas para que nadie se ahogara —los más precavidos, que no querían perder el negocio— e incluso colocaban protecciones antitiburones.

Aquellos baños tuvieron una vida corta: el malecón, a medida que se fue construyendo, los fue exterminando. Aunque todavía hoy pueden verse, en los arrecifes pegados al muro, los restos de algunas de aquellas pocetas.

Cómo se construyó, y por qué tardó 58 años

A finales del siglo XIX y comienzos del XX hacía falta urbanizar la ciudad y ensancharla. En aquellos tiempos los norteamericanos estaban en Cuba porque habían intervenido militarmente, y aprobaron la construcción de una especie de muralla rompeolas a lo largo de todo el litoral habanero.

La idea inicial era un poco soñadora, porque incluía árboles y faroles sobre el muro; pero en cuanto llegaron los primeros fenómenos climatológicos fuertes se dieron cuenta de que aquello no procedía y lo desecharon.

Las obras comenzaron el 6 de mayo de 1901, y para ellas se contó con la sabiduría de don Francisco de Albear, el ingeniero que también proyectó el acueducto de Albear, que aún hoy abastece de agua a varios municipios de La Habana: su ingenio está más que probado. Guiándose por sus dibujos arrancó la construcción, con hormigón armado con acero de refuerzo, unas tecnologías constructivas que habían llegado por la vía norteamericana.

Y aquí hay algo que el episodio roza sin decirlo. Francisco de Albear y Fernández de Lara nació en La Habana el 11 de enero de 1816 y murió allí el 22 de octubre de 1887. Cuando empezaron las obras del malecón, en 1901, llevaba catorce años muerto.

Su proyecto para un paseo marítimo venía de lejos: empezó a trabajarlo en 1837 y lo presentó en 1863. Concebía una avenida majestuosa a cuatro metros sobre el nivel del mar, con el muro separado de la costa y bóvedas en la base que podían tener varios usos.

Con el acueducto le pasó lo mismo: empezado en 1861, medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1878, e inaugurado oficialmente en 1893, también después de su muerte. Albear no vio terminada ninguna de sus dos obras mayores.

58 años demoró la obra, de 1901 a 1959.

Los estadounidenses construyeron los primeros 500 metros en un año, mientras duró la intervención: esa es la primera de cuatro etapas, que no sucedieron una detrás de otra. Entre una y otra hubo años de inactividad, porque la construcción iba al ritmo de los vaivenes políticos y económicos de la isla, según quién estuviera en el poder —Mario García Menocal, Gerardo Machado, Fulgencio Batista—.

Hubo además modificaciones que costaron más de lo previsto: después de la primera etapa se dieron cuenta de que había que ensanchar la vía aún más para contrarrestar las inundaciones, lo que demandó más materiales y más transporte. Y el contexto mundial también influyó: durante la Gran Depresión las labores estuvieron detenidas. Sin contar los factores medioambientales.

Las etapas, con los tramos documentados: la primera, de 1901 a 1902, cubre del Paseo del Prado a la calle Crespo. La segunda termina en 1921, ya en la entrada del Vedado. En 1930 llega a la calle G. Y en los años 50 alcanza sus límites actuales, junto al Castillo de la Chorrera, en la desembocadura del Almendares.

Partió del castillo de San Salvador de la Punta y fue llegando a Belascoaín, al torreón de San Lázaro, a la calle 23, y ya en los años 30 a la calle G o Avenida de los Presidentes; y luego, durante el mandato de Batista, en los 50, primero a la calle Paseo y más tarde a la desembocadura del Almendares. Su crecimiento fue lento, pero aplastante.

Un dato que suele perderse: al principio no se llamaba malecón, sino Avenida del Golfo.

Lo que ha presenciado

Ha resistido estoicamente, presenciando situaciones felices y también muy estremecedoras, como el llamado maleconazo, cuando Cuba vivía una profunda crisis económica y social y miles de cubanos se lanzaron al mar desde el malecón en embarcaciones rústicas, construidas en su mayoría por ellos mismos, con el propósito de llegar a las costas de Estados Unidos. Muchos perdieron la vida en el intento. Es quizá uno de los momentos más conmovedores que se hayan vivido a nivel social en el malecón.

Conviene separar dos hechos que van encadenados. El maleconazo fue el 5 de agosto de 1994: cientos de habaneros se concentraron en la explanada de la Punta tras correrse el rumor de que había un barco en la bahía que llevaría a cualquiera a Estados Unidos sin trámites. Al no existir tal barco, la multitud se amotinó. Fue la mayor protesta antigubernamental registrada en Cuba desde 1959.

El éxodo vino después: el 11 de agosto se dio la orden de no impedir la salida, y en un mes más de 35.000 balseros llegaron a Estados Unidos. Es la crisis de los balseros, hija directa del periodo especial que siguió a la desintegración de la Unión Soviética en 1991.

Un paseo que es un museo

Quien quiera conocer monumentos o edificaciones importantes de La Habana puede empezar dándose un paseo a lo largo de esta avenida, porque allí están hoteles, el Castillo de la Real Fuerza, el Torreón de San Lázaro, la entrada al túnel de la bahía y la embajada de Estados Unidos.

Está también el Edificio de los Ataúdes, que según cuenta una leyenda su dueño mandó construir después de que su hija de 14 años se ahogara en el mar frente a donde hoy se levanta; y como símbolo de su tristeza lo hizo con balcones en forma de ataúd y olas creadas con mosaicos.

Y a lo largo del muro se han levantado monumentos a héroes como Máximo Gómez, Antonio Maceo y Calixto García.

Lo que queda cuando se juntan las piezas

Vale la pena mirar el conjunto, porque cuenta algo que ninguna de las partes dice sola.

Ese muro que hoy sirve de asiento, de mirador y de lugar de citas fue, sucesivamente, un vertedero de zanjas, un foco de contagio, un negocio de baños con sogas antiahogamiento y protecciones antitiburones, una obra proyectada por un hombre que llevaba catorce años muerto, un termómetro de cada crisis política del siglo XX cubano, y el punto exacto desde el que decenas de miles de personas se echaron al mar.

El malecón no es un paseo con historia. Es la historia, convertida en un sitio donde sentarse.


Una precisión sobre una fecha que damos en el episodio: situamos el maleconazo en 1993, y fue el 5 de agosto de 1994. Conviene además separar dos hechos que van encadenados pero no son el mismo: el maleconazo fue la protesta de aquel día en la explanada de la Punta, la mayor manifestación antigubernamental registrada en Cuba desde 1959; el éxodo masivo en embarcaciones rústicas vino después, a partir del 11 de agosto, cuando se dio la orden de no impedir las salidas, y es lo que se conoce como la crisis de los balseros. La entrada Maleconazo de la Wikipedia recoge la fecha y la secuencia.

Episodios relacionados