
Episodio 71
Publicado el 1 de julio de 2023 · Duración: 13:16 min
El Coliseo romano: tan reprochable… ¡como admirable!
Por qué se construyó
Se estima que en el Coliseo pudieron morir 400.000 personas y un millón de animales. Es un cálculo, pero da la medida de lo que allí pasaba. Y al mismo tiempo es un hito de la historia de la arquitectura. De ahí que provoque emociones tan encontradas.
En el año 64 un incendio había destruido el anfiteatro que tenía Roma, y en el 69 comienza la dinastía Flavia, que comprendió a tres emperadores. Una manera elegante de buscar simpatía entre los ciudadanos era construirles un anfiteatro nuevo, y no uno cualquiera: uno pensado para el espectáculo de masas. Solo tardó ocho años: en el año 80 ya estaba listo.
Lo reprochable
Lo que sucedía dentro eran espectáculos violentos y sanguinarios: peleas entre animales salvajes, los famosos combates de gladiadores y personas condenadas a muerte devoradas por fieras.
Tan escalofriante como aquello era cuánto lo disfrutaban los espectadores. Podían juntarse 50.000 personas, y más tarde se amplió la capacidad a 65.000; muchos iban con apuestas ya hechas, así que la euforia era todavía mayor.
El público se sentaba según las clases sociales, siguiendo la jerarquía romana: cuanto más importante el rango, más cerca del espectáculo. Las gradas más cómodas y amplias eran para senadores y sacerdotes; más arriba, patricios y plebeyos con dinero, y después los de menos recursos. Al final del todo, mujeres y no ciudadanos, para quienes había una tribuna de madera que ni asientos tenía.
Las crónicas son impactantes. En el siglo III un emperador llegó a organizar una lucha entre medio millar de leones, leopardos y osos, todos a la vez.
Lo admirable
Aún siendo tan antiguo, sigue siendo el mayor anfiteatro del mundo. Se llamó inicialmente Anfiteatro Flavio, y el nombre de Coliseo se cree que empezó a usarse por una estatua que había muy cerca, el Coloso de Nerón, aunque las dimensiones colosales del edificio también ayudaron a que cuajara.
La dinastía Flavia vio además la oportunidad de mostrarle al mundo la capacidad de Roma para crear arquitectura novedosa, con técnicas de ingeniería sin precedentes. La clave es la bóveda de arista. Hasta entonces, la única manera de sostener las gradas de un anfiteatro era apoyarlas sobre una pendiente o una colina, y el Coliseo está sobre terreno llano: la bóveda fue la solución estructural que permitió elevarlo sin depender de la topografía.
Vale la pena entender cómo funciona. El elemento constructivo principal del Coliseo es el arco de medio punto, rematado por un semicírculo; una sucesión de arcos de medio punto forma la bóveda de cañón, y al cruzar dos bóvedas de cañón se obtiene la bóveda de arista, cuyas aristas distribuyen el peso del edificio. Eso es lo que hizo posible su altura monumental sobre un terreno plano.
Se dice que la dinastía Flavia desarrolló una arquitectura hueca, explotando al máximo las arcadas y los órdenes clásicos en las columnas: dórico, jónico, corintio y toscano. Todo ello levantado con mano de obra esclava.
Cómo funcionaba por dentro
La arena era el escenario, hecho de arena y madera. Y la arena tenía una función muy concreta: absorber la sangre que se derramaba, porque sin ella el tablado habría provocado resbalones y charcos que afectaban a las luchas.
Debajo estaba el hipogeo, el foso donde se ubicaban gladiadores, condenados y animales, con un sistema de montacargas que los subía a la arena. Y por increíble que parezca, había también un toldo que se desplegaba con un sistema de poleas para proteger del sol a los espectadores.
De anfiteatro a icono
Llegado el siglo VI dejó de ofrecer aquellos espectáculos, y tras la caída del imperio los romanos empezaron a ocuparlo como una extensión más de la ciudad: dentro había mercados, fortalezas, albergues, fábricas, tabernas y hasta casas particulares.
En 1349 un terremoto sacudió Roma y lo dejó en estado de ruina, y a partir de ahí se usó como vertedero y como cantera de la que se extraían materiales para otros edificios. Por suerte, durante el Renacimiento —cuando se empieza a admirar el pasado griego y romano— vuelve a valorarse como la joya que es, y los artistas lo estudian y lo representan.
Más adelante, en los siglos XVII y XVIII, se decidió reivindicar su valor religioso: como allí se había torturado a los primeros cristianos, se construyeron capillas para rendir culto a aquellos mártires, demolidas ya en el siglo XIX.
En el siglo XX fue el cine el que terminó de convertirlo en el icono de Roma que es hoy. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980, y actualmente hay un proyecto para reconstruir la arena, lo que permitiría celebrar allí espectáculos de envergadura internacional, siempre que no pongan en riesgo su conservación.
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